Pole Position: Rivales en la pista Capítulo 29
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Capítulo 29

Kian

N ada te prepara para una despedida definitiva.

Ninguna terapia de duelo del mundo o ninguna realidad en la que sepas de antemano que a tu ser querido le llega el final. Ya se ha ido, pero es la última vez que podrás estar en la misma habitación que esa persona antes de que la entierren.

Hemos decidido organizar un funeral íntimo sin famosos de la carrera de nuestra madre ni grandes multitudes. Me parece que es lo que habría querido ella. Dejó atrás ese mundo hace mucho tiempo, y ni Elise ni yo queremos ser el blanco de las miradas de los medios de comunicación.

Observo cómo mi hermana y su familia se preparan y envidio que estén juntos un día como hoy. Sé que mi gemela está ahí para mí, pero no es lo mismo. Veo las caricias cariñosas y las miradas de consuelo que intercambia con Grant, y sé que es algo que yo también quiero para mí.

Cuando echan a caminar delante de mí hacia la iglesia, una oleada de profunda tristeza me invade.

Ojalá…

—Hola.

Su voz me sobresalta, pero sé al instante quién es.

Me giro y ahí está. Es como si lo hubiera invocado con mis sueños. Está muy guapo con traje negro, y al principio estoy demasiado atónito como para decir nada .

—¿Te parece bien que esté aquí? —me pregunta con incertidumbre—. Lo siento muchísimo…

No sé si me está dando el pésame o disculpándose por haber sido un capullo en Singapur, pero ahora mismo no me importa.

Asiento con la cabeza y, cuando separa los brazos, me aferro a él. No me puedo creer que esté aquí.

—¿Cómo…?

—Le pedí a Anders que lo organizara, y tu hermana me dio los detalles.

Me separo del abrazo y lo miro estupefacto. Acto seguido, me giro y veo a Elise contemplándonos con una ligera sonrisa. Mi hermana estaba involucrada, cómo no. Se encoge de hombros e inclina la cabeza, en plan: «¿Qué esperabas?», y luego entra en la iglesia.

—Gracias por venir. —Es lo único que consigo decir.

Me aprieta los dedos y bajo la mirada hacia mi mano, que todavía me sostiene, y luego nos volvemos a mirar a los ojos, con una pregunta silenciosa flotando entre ambos.

—¿Te parece bien…? —me pregunta de nuevo.

Sí, Harper me sujeta la mano, y no quiero soltársela. No voy a soltársela.

—Me parece bien —le contesto.

Ahora no es el momento de preguntarle qué significa todo esto. Está aquí, y ya no me siento tan solo. Entramos juntos en la iglesia, y no me importa quién nos vea ni qué piensen. Hoy toca despedirnos de nuestra madre. Todo lo demás puede esperar.

El servicio es precioso.

Creo que es lo que mi madre habría querido. Su amiga más antigua y una de sus hermanas han leído un texto, y su vieja representante ha recordado con cariño su carrera de una forma que me da que le habría gustado mucho .

Y luego Elise se levanta y se dirige hacia el estrado.

Mi hermana es muy valiente por subir y hablar. Sentado en el banco, a mí me cuesta mucho contenerme. Ni en sueños podría hablar en público sobre la persona que nos crio, que nos quiso y nos animó, que nos formó y…

Trago el nudo que se me forma en la garganta.

Pero Elise está preparada, por supuesto. Lleva el discurso impreso en unas tarjetitas y contiene las lágrimas lo suficiente como para hablar con claridad y emocionar a los presentes.

Cuenta anécdotas de la juventud de nuestra madre, de cómo alcanzó la fama y luego nos crio durante los primeros años en una serie de viajes en autobús y avión privado.

Incluso arranca algunas risas a las amigas más cercanas de nuestra madre al recordar las épocas más alocadas de su adolescencia.

Habla en nombre de los dos sobre la clase de madre que fue y las cosas que más recordaremos de ella.

Es perfecto. Nadie podría haberlo hecho mejor.

Y estaría hecho un mar de lágrimas si no fuera por Harper, que no me suelta la mano en ningún momento. Es un pilar fundamental. Es justo lo que necesito en uno de los días más difíciles.

Cuando termina la ceremonia, de repente, nos llega el momento del adiós.

Elise me aprieta la otra mano y sé que los dos nos estamos despidiendo de nuestra madre en silencio.

Harper y yo echamos a caminar por última vez detrás del ataúd, cogidos de la mano. Delante de nosotros solo están Elise, Grant y los niños.

El oficiante lleva a cabo las formalidades y, finalmente, descienden a mi madre bajo la tierra.

Lo único que me sostiene es Harper. Su mano me aferra al presente e impide que me derrumbe del todo.

Grant se lleva a los niños después de dejar caer una rosa sobre el ataúd.

El resto de los asistentes lo imitan hasta que pronto ya no vemos el féretro .

Al final, solo quedamos nosotros tres junto a la tumba.

—¿Queréis que os deje un momento a solas? —nos pregunta Harper, sin soltarme la mano, para ofrecernos a Elise y a mí un poco de espacio.

Sin embargo, niego con la cabeza. No puedo hacer esto sin él.

—Mierda, no lo estoy haciendo bien, ¿verdad? —Elise se acerca y entrelaza el brazo con el mío.

—Creo que mamá no esperaría menos. Siempre fue muy malhablada, incluso cuando éramos niños —dice, y es como si en ese momento nos apoyáramos mutuamente.

—Te quiero, mamá. Muchísimo. —No puedo decir nada más.

Este es el final. En el instante en el que lance mi rosa y me marche, llenarán el hoyo de tierra y no habrá más momentos.

Sé que puedo volver a visitar la tumba, pero nada será igual.

—Yo también, mamá. Te quiero para siempre. —Avanzamos cogidos del brazo, depositamos nuestras rosas y nos alejamos de la tumba.

Grant nos espera, con el brazo extendido para consolar a Elise cuando ella se echa a llorar, y yo me mantengo firme, con la mano de Harper sujetando la mía.

—Adiós, mamá —susurro por última vez antes de dejarla descansar en paz.

El velatorio que organizamos después del funeral tiene un ambiente completamente diferente.

La lista de famosos es interminable. A la prensa le daría algo si se enterara de los nombres que se encuentran ahora mismo dentro de una gran carpa blanca de nuestro jardín.

Es abrumador ver cuánta gente quería a nuestra madre, y tanto Elise como yo disfrutamos escuchando historias cada vez más increíbles de su vida y su carrera.

Parece que todos intentan superarse unos a otros con sus historias, y me encanta.

Me alegro de que esta parte sea más bien festiva.

Paso un buen rato charlando con mis tías. Las dos han estado presentes en mi vida de forma intermitente desde que era pequeño y siguen viajando por el mundo como coristas de algunos de los cantantes más famosos de la industria.

Se deshacen en halagos hacia Cassie y Jesse e intentan indagar en mi vida, preguntándome si planeo tener hijos pronto, pero les doy excusas que tienen que ver con mi apretada agenda y el tiempo que paso viajando por ahí.

Todo va bien hasta que Harper se une a la conversación y me pone una mano reconfortante en mi espalda. De pronto, las dos se desatan.

—Preséntanos, anda —comenta mi tía Judith, con curiosidad en la mirada, mientras nos observa a los dos.

—Judith, Angie, este es Harper James. El segundo piloto de Hendersohm y mi… mi… amigo. —Las dos se ríen entre dientes, y Harper se les une como si estuviera al corriente de la broma, mientras que yo solo quiero que la tierra me trague.

Amigo. Mi amigo.

Genial. Me lo recordarán de por vida. Fijo.

—Bueno, pues con este no te líes. Está teniendo una gran temporada de novato y necesitamos verlo más el año que viene —dice Angie, sonriéndome con picardía.

Porque sabe perfectamente quién es Harper, claro.

Siempre le ha apasionado el automovilismo.

Fue ella quien presentó a mis padres hace mucho tiempo.

—No se preocupe, nos reservamos hasta el matrimonio —replica Harper.

Enseguida tenso las rodillas para evitar que las piernas temblorosas me hagan caer al suelo. ¿Acaba de decir «matrimonio»? ¿Dónde ha quedado el tío con fobia al compromiso?

Harper entretiene a mis tías, y salgo un momento de la carpa para recomponerme. Estoy teniendo una experiencia extracorpórea que no se debe solo a que sea el funeral de mi madre .

Por desgracia, el aire frío solo me hace recordar aún más lo que ha dicho. Puede que estuviera bromeando, pero nadie, ni siquiera Harper, es tan descarado como para usar esa palabra cuando sabe que a la otra persona le importa mucho. Demasiado.

¿Acaso querría casarse conmigo? No lo veía como el tipo de persona que querría comprometerse legalmente para siempre con alguien. Por mucho que yo quisiera, o quiera, tener la esperanza de que podría ser nuestro futuro.

Harper me busca poco después, me abraza y me arrima a su cuerpo.

Estoy muy confundido. No es el momento, pero me da la impresión de que hay que abordar el elefante de la habitación.

—Esa foto… —digo.

—No fue nada. Te lo prometo, no fue nada. Estaba haciendo lo que siempre hago: comportarme como un imbécil porque me das un miedo espantoso. No olvides que soy nuevo en todo esto del amor. Soy de los que se limitan a una noche, a una sola vez, y luego tú te apoderaste de mi mente y de mi corazón.

¿De su corazón? ¿De verdad vamos a tener nuestro primer momento romántico en el velatorio de mi madre? Es extraño y de lo más inapropiado.

—No puedo seguir así, Harper. Me destrozaste, y siento que estás jugando conmigo. Cada vez que me harto y trato de pasar página, vuelves corriendo y encuentras la manera de engancharme de nuevo.

—Sé que lo parece, pero no es mi intención. Me importas mucho, y estoy intentando superar todos mis problemas en terapia, pero es cuestión de tiempo. ¿Puedes darme ese tiempo?

Suspiro y respiro hondo. Recuerdo las palabras de Elise sobre lo que diría nuestra madre. Quizá este sea el escenario perfecto para esta conversación, a fin de cuentas.

—Si vamos a estar juntos —respondo al fin—, debe haber ciertos límites, y el primero y más importante es que tengamos exclusividad. Eres mío si quieres serlo, pero ya está. De nadie más .

—Kian —dice muy serio—, no quiero estar con nadie más que contigo.

Hace tiempo que no quiero estar con nadie más.

Es un mecanismo de defensa cuando me asusto, y entonces entro en pánico y te alejo porque tengo miedo de que te aburras y me abandones, y me dolería muchísimo, pero te prometo que solo quiero estar contigo.

—¿Por qué no me dijiste todo esto hace un mes? No me imagino lo felices que seríamos ahora mismo.

—¡Porque no sé cómo se hacen estas cosas! —exclama—. Y porque soy un idiota, obviamente.

Es la vez que más sincero es conmigo.

—Ya lo hemos estado haciendo. Nos queda ordenar un poco los detalles.

—Sí, supongo.

—Sé que ordenar no es tu fuerte.

—Vete por ahí —dice entre risas, y me da una palmada en el hombro—. ¿Puedo besarte ya?

Es una maravilla abrazarlo y besarlo justo hoy. No sé cómo habría superado el funeral sin él. Creo que mi madre lo aprobaría, y eso me hace sentir bien.

Harper se aparta y me dice:

—Aunque esto está genial, no creo que sea apropiado volver ahí con una erección, así que… ¿a lo mejor podríamos parar un rato?

—Vaya, me dejas de piedra. Podría acostumbrarme al Harper responsable… —bromeo.

—Pues que sepas que el Harper responsable también se pregunta cuándo crees que deberíamos contárselo a Anders, porque sabes que le dará algo como se entere por las redes sociales…

Ahí va. Eso sí que me deja de piedra.