Pole Position: Rivales en la pista Capítulo 28
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Capítulo 28

Harper

A unque sé que ahora mismo tanto Kian como su hermana están procesando el duelo, no habrá servido de nada que haya venido hasta aquí en plena noche y no consiga hablar con ella por teléfono.

Por suerte, Kian me dio su número del fijo cuando se puso malo y he intentado llamar cada hora durante el vuelo, hasta que finalmente ha sonado más de una vez en mi quinto intento.

Esa vez, por fin me contesta. Tras una breve presentación, le comento que llevo días intentando contactar con Kian.

No menciono que me ha bloqueado, pero parece que Elise sabe más de nuestra situación de lo que me figuraba.

—Joder, hasta ahora pensaba que nunca conocería a nadie más cabezón que mi hermano. Sabes que mañana enterramos a nuestra madre, ¿verdad? —Tiene mucho carácter, quizá incluso más que Kian. Se nota que son gemelos.

—Sí, lo sé, y por eso ahora mismo estoy a treinta y seis mil pies de altura y a siete horas de aterrizar.

—Por Dios, ¿qué aerolínea te permite hacer una llamada desde el avión?

—Es un jet privado, claro.

—Claro, tonta de mí. ¿Qué quieres, Harper?

—Estar ahí con Kian; voy para allá. Solo necesito la dirección de donde saldrán los coches mañana por la mañana. Voy a estar ahí pase lo que pase .

La línea se queda en silencio, y tengo que comprobar que no me haya colgado, pero la llamada sigue activa.

—Eres para darte de comer aparte, Harper; lo sabes, ¿verdad?

—Asiento con la cabeza aunque no pueda verme.

Ya imagino las historias que le habrá contado su gemelo—.

Está destrozado ahora mismo, no solo por lo de nuestra madre.

Creo que ni siquiera ha empezado a procesar bien la culpa y el dolor.

Pero de verdad que tú le has hecho mucho daño.

Casi quiero decirte que lo dejes en paz, pero…

—¿Pero…? —Suelto una esperanzada exhalación.

—Pero creo que mañana necesitará apoyo. Yo tengo suerte: estarán mi marido y mis amigos y mis hijos, que me dan fuerza. Kian…, en fin, cree que puede hacerlo solo y a lo mejor…, no sé, podría ser un poquito más fácil si estás tú ahí.

—Elise, gracias. Te prometo que no estorbaré, me sentaré atrás si es necesario, solo quiero estar ahí para él.

—Los coches saldrán a la una. ¿Vas a llegar a tiempo?

No lo sé. Aterrizamos a las nueve y media, y Norfolk está muy lejos. Tendré el tiempo justo.

—¿A qué distancia estáis de Gatwick?

—A unas dos horas y media.

Calculo a ojo que, siempre y cuando no haya retrasos y pueda usar la fila prioritaria para el control de pasaportes, no habrá problemas. Menos mal que solo llevo equipaje de mano.

—Allí estaré. Llueva o truene.

—Espero que salga el sol; el velatorio es en el jardín. —No me sorprende, teniendo en cuenta la cantidad de terreno de la finca.

—Nos vemos mañana.

—Confío en ti, Harper. Ya ha sufrido bastante —me advierte por última vez.

—Te doy mi palabra .

Oigo un resoplido. Es evidente que ahora mismo mi palabra no le importa gran cosa, pero estoy decidido a demostrarle que se equivoca.

Después de apuntar mi número, cuelga, pero luego me envía un mensaje con la dirección de la casa de su madre, desde donde salen los coches fúnebres, así que lo interpreto como una victoria.

El avión despega, y duermo hasta que estamos a punto de aterrizar.

El aeropuerto es un caos total. Alguien se ha enterado de que he salido de Singapur para venir aquí y están como pirañas buscando pruebas. Peor aún: creo que he visto a un capullo aún mayor que yo cruzando el aeropuerto al mismo tiempo.

Tiene que ser una puta broma. No recuerdo la última vez que lo vi en los periódicos ni ningún titular positivo sobre él; prácticamente había desaparecido del mapa.

Y aquí está, seguido de periodistas y cámaras mientras camina por el aeropuerto con su traje de luto y gafas de sol.

Es un auténtico cretino. No me puedo creer que en el pasado lo haya admirado.

Al final, mi equipo de seguridad empieza a apartar a la prensa.

No puedo desvelar la verdadera razón de mi visita.

Además, Anders me ha pedido que no hiciera ningún comentario al respecto.

De ahí que estemos mi equipo de seguridad, yo y el puñetero Tyler Heath en el mismo camino para salir del aeropuerto.

Puede que sea la cosa más estúpida que haga en mi vida, pero no puedo evitar llamarlo.

—¡Tyler! —grito. No estoy seguro de que siga la Fórmula 1.

De repente, se gira para ver quién lo llama y se detiene en seco.

—Harper James, hostia, qué casualidad que hoy estemos aquí una leyenda de las carreras y una en ciernes. No me extraña que la prensa esté como loca. En España no pasa demasiado.

Así que ahí es donde se fue cuando abandonó a sus hijos y a su mujer. A dos horas de distancia en avión. La sangre me hierve aún más .

—¿Qué coño haces aquí? —le pregunto, y el tono cortante de mi voz lo pilla desprevenido. Veo cómo el hombre rencoroso que es en realidad toma el control.

—No creo que sea asunto tuyo, chaval. Pero, por si no te enteraste mientras subías al podio, la semana pasada murió mi mujer.

—Exmujer. No creo que sea buena idea que asistas —le suelto con tono gélido, aunque intento bajar la voz. La prensa no necesita oírme.

—Mis hijos necesitarán a su padre.

Me río por la nariz, y se estremece. Sin duda, no esperaba que un joven de veinticinco años sea inmune a sus chorradas.

—Kian y Elise no te necesitan —le aseguro—. No creo ni por un segundo que Kian quiera que estés aquí hoy después de que los abandonaras antes de que nacieran.

—¿Quién te ha puesto al mando de la historia de la vida de Kian? ¿Eres su novio o algo?

Ojalá. Ojalá, joder. Pero mi silencio debe de ser elocuente, ya que Tyler me mira con desprecio.

—Se nota que lo crio su madre. Ningún hijo mío acabaría siendo un marica.

Tiene suerte de que no quiera generar más noticias negativas sobre Kian. Si no, le habría pegado un puñetazo. Le habría borrado esa sonrisa de suficiencia de la cara.

Al final, mi equipo de seguridad forma un muro a mi alrededor y me aleja del posible objetivo de mi puñetazo para meterme en un coche que espero que me lleve al funeral justo a tiempo.