Capítulo 27
Kian
–S uponía que te encontraría aquí. —La voz de Elise, procedente de la puerta, me da un susto de la hostia.
Se queda en la penumbra, iluminada tan solo por el resplandor del televisor.
El volumen está muy bajo, pero los subtítulos me dicen todo lo que necesito saber. La carrera está a punto de empezar e intento no verlo.
Vale, sí, he oído mi nombre demasiadas veces para no estar participando en el gran premio. Incluso han hablado de mi madre, y he llorado sobre uno de los cojines de decoración del sofá de mi hermana.
—Por lo visto, aunque no esté ahí, no puedo alejarme demasiado. —Se sienta a mi lado y nos tapa a los dos con una manta.
Estamos a mitad de septiembre, pero a ambos nos irá bien algo de calor reconfortante.
La situación me recuerda que seguramente deberíamos hablar de lo que vamos a hacer con esta casa.
La tierra pertenece a nuestra madre, así que pronto, cuando se legitime el fallecimiento, nos pertenecerá a nosotros.
Yo tengo una casita en los límites de la propiedad, y Elise y Grant, una casa que hace cuatro años pusieron en alquiler al empezar a cuidar de nuestra madre.
No sé si mi hermana va a querer seguir en esta casa .
Pero Elise ha criado a los niños aquí desde que nacieron, y sé que hay tantos recuerdos felices como tristes, aunque ahora mismo no sean lo primero que nos venga a la mente. Apoyaré la decisión que tome, sea la que sea.
Incluso estoy pensando en volver a la casita si me retiro al final de esta temporada.
Sería perfecta para mí solo. Podría desconectar de todo, pero seguiría estando a cuarenta minutos en coche del centro de Norwich.
Es una casita de dos habitaciones, pero el salón y la cocina me encantan.
La reformé hace tiempo, pero conservé todos los detalles de época, como las puertas correderas de estilo rústico que dan a la despensa y las vigas del techo.
Tiene un ambiente superacogedor y hogareño.
Quizá adopte un gato. O unas gallinas. Quién sabe.
Se supone que el mundo estará a mis pies cuando me retire a la respetable edad de treinta y cuatro años.
—¿Te gustaría estar allí? —pregunta mi hermana cuando empieza la carrera.
—Es raro que todo siga igual que antes de que muriera mamá. ¿El mundo no sabe que ha pasado algo tan grave? Pero no, no me arrepiento de estar aquí contigo.
No me molesta haber tenido que volver a casa.
Si te digo la verdad, he sentido un gran alivio al estar aquí con mi hermana gemela, pero también tengo un miedo terrible a perderme la carrera.
Echo mucho de menos estar al volante. Echo de menos la forma en la que los diferentes neumáticos se aferran a la pista.
Echo de menos tener el control de un motor potente y oler a goma y gasolina en todo momento.
Echo de menos el chute de adrenalina y la importancia de cada fracción de segundo durante una carrera.
¿Cómo no echar de menos un trabajo que ha sido toda mi vida durante los últimos quince años, e incluso más, si contamos la buena temporada que pasé compitiendo con karts de joven?
Sin embargo, esta temporada ha sido diferente. En más sentidos de los que me atrevo a admitir ahora mismo .
—No te imaginas lo felices que están los niños por tener a su tío Ki en casa.
—Creo… creo que podría estar más a menudo en casa después de esta temporada. Creo. No se lo digas a nadie. Todavía no estoy del todo seguro, pero empiezo a hacer las paces con la decisión de retirarme.
Elise se abalanza sobre mí y me abraza con fuerza.
—Ay, Kian —murmura contra mi hombro como si le estuviera dando la mejor noticia del mundo.
—Ya lo sé —le contesto mientras se separa—. Es que… creo que estoy listo para decir adiós. —Decir adiós parece un tema recurrente: a mi madre, a mi carrera y al tío que podría haber sido el amor de mi vida.
Mi madre siempre decía que las cosas vienen de tres en tres. Lluvia, truenos y relámpagos. Tres son tormenta, nos decía cuando éramos pequeños. Es muy apropiado para este momento.
—Sabes que te apoyaremos pase lo que pase, ¿verdad? Tanto si vuelves a casa para siempre como si vuelves en un año, o si no regresas hasta dentro de unos cuantos, todos estaremos aquí.
—No me hagas llorar, Elise. En la vida me han dolido tanto los ojos. —Desde que abrieron las compuertas, no he parado de llorar. Es como si las cataratas del Niágara me salieran de los lagrimales.
—Solo quiero que lo sepas. Estoy segura de que ahora todo parece horrible y quizá cambies de opinión cuando vuelvas, pero siempre estaremos aquí, hasta cuando las carreras no lo estén.
Tiene razón. Siempre tiene razón, la cabrona.
—Lo sé. Creo que podría ser el final. Estoy cansado y preparado para pensar en lo que viene. Mejor empezar de cero, ¿no?
—¿Quizá con un chico en particular? —Me da un codazo, con una sonrisa pícara, y yo pongo los ojos en blanco cuando veo lo que sale en la tele.
Están entrevistando a Harper. No puedo creer que me haya perdido el final. No sé qué ha pasado ni cómo le ha ido .
—No lo creo —le digo a Elise—. Creo que hemos terminado.
—¿Quién podría terminar contigo?
No sé si se habrá dado cuenta de quién es. No he dicho su nombre desde que llegué a casa, pero puede que lo esté adivinando.
—Él no quiere lo mismo que yo, y somos muy diferentes —replico—. No, se acabó. Tengo que superarlo y pasar página. Él ya lo ha hecho.
—¿En serio? ¿Estás seguro?
Coge el mando de la tele y empieza a subir el volumen.
La miro y veo en su expresión una arrogancia familiar que siempre me ha molestado. Solo es mayor que yo por unos pocos minutos, pero actúa como si esos minutos extras le hubieran otorgado la sabiduría de una antigua filósofa.
—Sí, estoy seguro. Me ha hecho mucho daño, El, y no puedo permitir que siga jugando conmigo.
—Tú míralo, Ki, y luego me dices que ya ha terminado contigo.
Miro la pantalla, y los dos observamos cómo Harper da su discurso.
En directo para la televisión internacional, Harper James me dedica su victoria.
No solo eso, sino que también rinde homenaje a mi madre y a lo que estoy viviendo.
Me falta el aire. Es imposible que esté pronunciando estas palabras el mismo que hace solo unas cuantas noches salió por ahí y se tiró a otro.
Elise me aprieta la mano.
—Ahora dime que ha terminado contigo.
Pongo los ojos en blanco. Supongo que ya no vamos a fingir que mi hermana no sabe que el tío con el que me he estado acostando es Harper James.
—Pero ya hemos pasado por esto. Es exactamente lo que hace siempre. Es un tira y afloja constante. Me quiere, no me quiere. La caga, vuelve y hace algo bonito. No puedo más.
—Estoy de acuerdo, no suena bien. También parece que está intentando aclarar algunas cosas. ¿Lo habéis hablado ?
—Ese es el problema, El. No quiere o no puede… No lo sé. Lo he intentado, pero se cierra en banda. Ya no sé a qué juega.
—¿Fue lo que pasó en Italia? ¿Lo del accidente? Porque si se está volviendo peligroso…
—Sí y no. Fue culpa mía —la tranquilizo—. Si cometo un error en la pista, es mi responsabilidad, no la suya.
Me sienta genial poder hablar por fin de esto con alguien. Ojalá me hubiera sincerado antes. Elise me abraza y suspira. Sé que le preocupan los riesgos que corro, y sobre todo ahora que solo nos tenemos el uno al otro.
—¿Qué diría mamá? —le pregunto.
Se queda callada unos instantes mientras reflexiona.
—Mamá diría que la vida es demasiado corta como para no tener lo que quieres de verdad. Si estuvieras…, si estuvieras en tu lecho de muerte y repasaras tu vida, ¿qué querrías recordar? ¿Qué te traería consuelo y alegría? ¿Sería Harper James? Porque en ese caso…
Vale, de acuerdo, lo admito. Esos minutos extras sí que le dieron a mi hermana la sabiduría de los viejos filósofos.
Mierda.