Pole Position: Rivales en la pista Capítulo 22
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Capítulo 22

Harper

L a primera semana en Singapur es distinta. No sé explicar por qué, pero es como si Kian y yo camináramos de puntillas alrededor del otro.

Estar de nuevo en un hotel, alojados en habitaciones separadas al otro lado del pasillo, deja espacio entre nosotros, ya que ahora, para poder pasar tiempo juntos, debemos hacer el esfuerzo.

No hay ninguna autocaravana que nos encierre en una burbuja; es una decisión y no las circunstancias en sí mismas, y eso no hace sino sumarle una nueva y complicada capa de importancia.

El primer día, pasamos más tiempo alejados que juntos. Es obvio que él sigue descansando y recuperándose para estar en forma para el finde que viene, y yo intento dejar de preocuparme por él. Si no estuviera bien, los médicos no le habrían permitido coger un avión.

El segundo día, me manda un mensaje por la mañana, y vamos juntos al gimnasio. Está más callado de lo habitual, concentrado en su entrenamiento, y no hace ninguna pulla sobre el mío. Es superincómodo que termine en la cinta de correr y me deje ahí como un pasmarote.

El tercer y el cuarto día no nos queda más remedio que pasarlos juntos.

Protagonizamos la misma sesión de fotos para el merchandising de Hendersohm, y algunas fotos requieren que posemos juntos.

No diría que es incómodo, pero las bromas que hacemos me resultan forzadas, y no compartimos carcajadas auténticas.

Al final del quinto día, ya no aguanto más y cojo las riendas.

Lo echo de menos. Odio echarlo de menos, pero es así y ya está.

Cada noche, al quedarme dormido solo en la cama de mi hotel, pienso en ir a su habitación con una camisa bonita y preguntarle si quiere salir a cenar por ahí.

O si puedo pasar la noche ahí, lo que él quiera.

Ni siquiera me importa si follamos o no. Echo de menos cómo me envuelve el cuerpo con el suyo cuando dormimos y cómo me despierto con un enredo formado entre sus extremidades y las mías.

Está decidido. Me ducho, me pongo una camisa limpia y voy a su habitación.

En cuanto estoy delante de su puerta, me pongo tan nervioso que se me seca la garganta y no puedo tragar saliva. Mis pulmones tampoco parecen querer funcionar, y por lo visto no puedo ni cerrar el puño para llamar a la puerta. ¿Qué cojones me pasa?

Me obligo a hacer algunos de los ejercicios de respiración que he estado practicando con mi terapeuta, paralizado en el pasillo como un atontado, visualizando mares en calma, vientos cálidos y playas de arena, con la esperanza de que esas imágenes detengan el mareo y el ataque de pánico.

Se trata de Kian. Se trata de salir a cenar. No tiene por qué significar nada.

Antes de poder echarme atrás, llamo a la puerta y, durante un instante que me paraliza, solo hay silencio. Pero al poco, casi como si llevara un rato al otro lado de la puerta, Kian la abre.

Acaba de salir de la ducha, y las gotas de agua resbalan por su pecho desnudo y se enredan en el vello corporal que me encanta acariciar.

Tiene el pelo mojado y desgreñado y, aunque su piel aún está surcada de moratones amarillentos por el accidente, quiero abandonar los planes para cenar y subirme encima de él como si fuera un árbol .

—Mmm, hola. —Las palabras salen torpes de mi boca, y no consigo recordar todo lo que pensaba decirle. Vamos a cenar. Me quedo a dormir. Te echo de menos.

El cerebro me grita que se lo diga, pero me limito a abrir y cerrar la boca como un pez en la ribera del río.

—¿Vas a algún sitio? —me pregunta Kian al ver mi ropa y la bolsa a la que me aferro como si fuese mi salvavidas.

«Venga, cerebro».

—Pues sí. A algún sitio. O no. O podríamos irnos a la cama sin más.

¡No, no, no! No es lo que había planeado. Háblale de la reserva para cenar que has hecho. Dile que lo echas de menos.

—Joder, qué guapo estás. ¿Le abres la puerta así a todo el mundo? —La cosa no pinta bien.

—No, pero he visto que eras tú y…

—¿Querías tentarme a entrar? Entiendo su juego, señor Walker. —No pronuncio las palabras con el tono burlón que pretendía, por lo que la conversación se vuelve aún más incómoda.

—No, pero te he oído dando vueltas fuera y te he visto ahí inmóvil, con actitud rara, así que he pensado que sería mejor averiguar qué pasaba antes de que salieras corriendo.

¿Corriendo? No voy a salir corriendo. ¿Acaso da la impresión de que voy a salir corriendo con mis tejanos favoritos y la camisa que resalta mis ojos? Todavía no estoy seguro de no estar haciendo el ridículo.

Me tiemblan las manos a los lados. ¿La gente siente tanto estrés y ansiedad cuando quiere invitar a cenar a un chico de lo más normal?

¿Por qué me resulta tan difícil? Es lo que quiero. Quiero estar con Kian. Y sé que él quiere estar conmigo porque me lo pidió primero. Sin embargo, no puedo pronunciar las palabras. El silencio me envuelve, y siento que me ahogo.

Me mira con expectación, sus ojos me suplican que le pregunte algo, pero no puedo. No puedo darle lo que quiere .

Cuando me doy cuenta, se me rompe el corazón.

Me alegro de estar apoyado en el marco de su puerta cuando pregunta:

—¿Qué sentido tiene todo esto, Harper? ¿Qué pretendes? ¿Vienes aquí, nos metemos en la cama y fingimos que no significa nada?

¿Tan malo sería? En la autocaravana no lo oí quejarse de nuestra rutina. Fue agradable y un tanto hogareño, pero pensé que era feliz.

Voy a contestar, aunque no me da la oportunidad.

—¿A dónde crees que va esto? Me refiero a largo plazo.

¿Seguiremos viéndonos a escondidas cuando termine la temporada?

¿Y dentro de un año? ¿Y de dos? ¿Seguirás viniendo a mi puerta para echar un polvo cuando te apetezca?

¿Seguirás fingiendo que no hay nada más entre nosotros?

¿Ves un futuro para nosotros o todo esto no es más que un juego para ti?

—Kian suelta un suspiro profundo y pesado, como si se sintiera mejor por haberlo dicho todo de corrido.

Me pregunto cuánto tiempo lleva acumulándolo en su interior.

Conociéndolo, bastante.

Me da vueltas la cabeza. Todas las preguntas me atraviesan el cerebro como un gran letrero de neón parpadeante que me hace estremecer.

Ni siquiera sé por dónde empezar. Lo único que sé es que me pregunta si me imagino un futuro con él y la verdad es que…

no puedo. No estoy seguro de imaginarme un futuro con nadie.

Ni siquiera sé cómo empezar a imaginarlo.

Mi mente no tiene la configuración adecuada.

No pienso así, nunca he pensado así. Pienso en el presente y sé que el mañana se encargará de sí mismo.

Nunca tuve control sobre lo que me pasaba cuando era pequeño, por lo que aprendí que los planes y las expectativas solo conducen a la decepción y al rechazo.

Empecé esta temporada en la categoría inferior, preguntándome si alguna vez me llamarían de la Fórmula 1, y luego, el primer día de la pretemporada, me catapultaron a la categoría superior por la mala suerte de otra persona.

Y aquí estoy, con una victoria en mi haber, adaptándome a las circunstancias y aprovechando al máximo lo que me ha tocado vivir.

Es un sueño estar aquí, y también lo es obtener estos resultados.

Y junto a Kian Walker, el tío que ha sido mi ídolo durante años, el tío que me hace sentir y desear cosas nuevas, emocionantes y… aterradoras.

Kian sigue mirándome fijamente, con los nudillos blancos de tanto apretar la toalla para que no se le caiga. Con cada segundo de silencio que pasa, la expresión de su rostro cambia de esperanza y emoción a una dolorosa y amarga desilusión. No puedo darle lo que quiere, y puede que ya lo sepa.

Puede que por eso me lo pidiera al final, para poder poner fin a todo esto.

No lo culparía. En realidad, no necesita este lío en su vida. Está intentando conservar un título, tal vez incluso batir un récord, y tiene gente en su vida que lo necesita. Que lo quiere. No necesita a alguien que ni siquiera puede pensar en el futuro sin sufrir un ataque de pánico.

Veo cómo la ira se apodera de su rostro y cómo tensa la mandíbula. Se le endurecen los ojos, y puedo sentir el muro que está construyendo entre nosotros, ladrillo a ladrillo.

Ni siquiera puedo culparlo. Cada vez que pienso en el accidente, no puedo evitar pensar que quizá fue mi culpa.

He sido una gran distracción para su rutina.

Una distracción peligrosa. Podría haberle costado la vida.

¿De verdad voy a pensar que es una buena idea que empiece una relación con alguien como yo?

—¿Harper? ¿Qué pasa?

El sonido de mi nombre me saca de mis pensamientos, y la bola de nervios se transforma en ansiedad. El revoltijo de dolor del pecho y el hormigueo de las manos me dicen que es hora de irme de aquí. No hay lucha, solo huida. No puedo hacerlo .

—Es que… voy a salir. Con Johannes… —Me apresuro a añadir su nombre, aunque hoy no he hablado con él—. Voy a salir con Johannes. Quería preguntarte si te apetecía apuntarte, pero me parece que vas a irte a la cama. Así que… nada, nos vemos mañana.

Es lamentable lo rápido que salgo corriendo por el pasillo. Llamo a un coche para que me lleve a algún sitio oscuro y lúgubre. Ni siquiera me detengo a mirar las reseñas del lugar en internet; le pido al chófer que me lleve a cualquier bareto donde pueda beber y bailar, y él accede.

Una vez dentro, no me cuesta encontrar a alguien con quien intentar perderme. El tío sonríe al ver que ni siquiera debe invitarme a una copa.

Luego se comporta como si yo fuera fácil en todos los demás sentidos. Aún no ha terminado la primera canción cuando noto que juguetea con el botón de mis tejanos, con la otra mano peligrosamente cerca de tocarme la polla.

Lo aparto de mi entrepierna, y sus manos me recorren el pecho para jugar con mis pezones a través de la fina tela de mi camisa. Normalmente son muy sensibles y se ponen duros con cualquier tipo de atención, pero no siento nada de nada.