Capítulo 21 #2
Me incorporo de pronto y, con un gesto muy poco digno, desgarro la bata de hospital que me han obligado a ponerme.
En la silenciosa habitación resuena su grito ahogado.
—¡Hostia puta, Kian! No son solo unos cortes y moratones. Es como si el cincuenta por ciento de tu cuerpo estuviera amoratado, y eso es solo lo que veo.
Intento reajustarme la bata y la manta para tapar las marcas, pero ahora mismo no puedo moverme mucho y me duelen todas las articulaciones y músculos.
Harper me aparta las manos y examina los daños a conciencia.
Me roza suavemente con los dedos los moratones más oscuros de los antebrazos, bíceps y codos, que están casi negros.
Tengo un doloroso corte en la parte superior del hombro, donde algo me ha golpeado, pero no me duele ni la mitad cuando Harper lo acaricia con los dedos.
—Es lo que hay, ¿no? —Intento sonar despreocupado, pero es cierto que lesionarse forma parte de cualquier deporte.
El nuestro es un poco más extremo a la hora de sopesar riesgos y beneficios, porque podríamos acabar muriendo en un incendio infernal. Me alegro de que Elise no vaya a verlo.
—Te has estrellado, Kian. Nunca había visto algo así.
He contenido la respiración cada vez que pasaba por el lugar del accidente.
Quería verte, pero a la vez no, ¿sabes? Han tenido que sacarte del coche.
¿Te imaginas intentar conducir y seguir mirando fijamente al mismo tiempo?
—Las palabras le salen de la boca rápido y sin aliento.
Es casi como si estuviera a punto de entrar en pánico, y no por la idea de estar en una relación, sino por la idea de que yo esté herido.
—Hey, hey… —Extiendo una mano para coger la suya y entrelazo nuestros dedos mientras rezo para que no entre una enfermera.
Harper saldría corriendo y seríamos carne de cañón para los periódicos, y ahora mismo no tengo energía para lidiar co n eso—.
Estoy bien, en serio. Me han hecho radiografías y escáneres de la cabeza a los pies.
Me han examinado incontables veces para descartar una conmoción cerebral y, en general, me siento bien.
Un poco dolorido y cansado, con un ligero dolor de cabeza, porque mi cuerpo necesita recuperarse, pero ya está.
Se recuesta en la incómoda silla de plástico, con la otra mano sobre la mía para sujetarme. Aunque tampoco es que pueda marcharme, ya que estoy conectado a un monitor de ritmo cardiaco.
Es la vez que más preocupado lo he visto, y sé que debería sentirme halagado, pero la duda persiste y me atormenta. Querré algo de él para lo que no esté preparado, lo presionaré demasiado rápido y se irá de nuevo. Y un día dejará de volver.
—Necesito descansar y tomármelo con calma un par de días. Pero no te preocupes, en cuanto volvamos al gimnasio te volveré a dar una paliza.
En Singapur nos alojaremos en un hotel —¡adiós a la autocaravana!—; por lo visto, ocuparemos un ala entera, de nueva construcción, en la misma planta que el spa y el gimnasio.
Se me hace agua la boca al pensar en darme un buen baño en el jacuzzi .
—Claro, claro, porque siempre eres tú el que me da a mí, nene. —Cuando traga saliva después de soltarme el apelativo cariñoso, me queda claro que no quería decirlo.
Ya son dos las cosas que no quería decir en voz alta. Es obvio que ha bajado la guardia. No sé cómo decírselo sin asustarlo, así que agradezco que la enfermera decida interrumpirnos justo en este momento.
Separamos las manos de una forma que nos parece obvia, pero la enfermera no debe de haberse dado cuenta.
—Lo siento, las visitas han terminado. El señor Walker necesita descansar .
No se mueve de la puerta, así que a Harper no le queda más remedio que despedirse rápidamente y seguirla. Al final supongo que me comeré la pizza solo.
Al día siguiente, por la tarde, Kev, uno de los técnicos, me deja en la puerta de la autocaravana, y me sorprende que nadie venga corriendo con una silla de ruedas para llevarme los pocos metros que me separan hasta la puerta.
Me han mimado muchísimo durante las últimas veinticuatro horas y estoy deseando volver a tener algo de intimidad.
Le doy las gracias a Kev por ayudarme a salir del coche —los abdominales parecen haberse llevado la peor parte de todo—, pero la oportunidad de estirarme bien por fin es una maravilla.
El aire fresco es delicioso; aunque me duele todo el cuerpo, es estupendo estirar las extremidades y recuperar la movilidad.
Harper aparece en la puerta como si hubiera estado esperando mi llegada. Tiene una leve sonrisa y lo oigo exhalar al relajar los hombros y abrir la puerta para que entre.
—Me alegro de estar en casa —digo al cruzar el umbral. Sin embargo, me detengo en seco al ver que la autocaravana está impecable—. ¿A quién has contratado? —bromeo.
—Gilipollas. —Va a darme un golpe en el brazo antes de recordar mi estado y detenerse en seco—. Que sepas que lo he hecho todo yo solito, con un poco de ayuda de Johannes, que ha levantado los sofás para que pudiera pasar la aspiradora por debajo.
—¿La aspiradora? No sabía que supieras usarla.
—De hecho, no tenía claro dónde estaban las cosas de la limpieza, pero está todo ahí. —Señala el armario gris como si fuera la primera vez que lo ve en las doce semanas que llevamos viviendo en la autocaravana .
—Sí, ya lo sé. ¿Quién crees que ha limpiado tus desastres en los últimos tres meses?
—Ya, ya.
Me alegra volver con Harper, aunque todavía tenga la cabeza hecha papilla. Me digo a mí mismo que es por el accidente, pero sé que es ante todo por la incertidumbre sobre nuestra situación.
—Gracias por preparar algo de ropa para que Kev la llevara al hospital esta mañana. Salir con esa bata tan corta habría provocado algunos interesantes titulares.
—De nada. No quería que nadie entrara y se diera cuenta de que todas nuestras cosas están en tu habitación.
Y dale con eso. Podría haberse limitado a un simple «De nada», pero ahora me siento de nuevo como su secretito sucio.
—Claro. —Es lo único que puedo decir sin dar a entender mi decepción.
—También he preparado la cena. No me malinterpretes, solo es pasta con pesto, nada del otro mundo, pero la despensa está bastante vacía porque nos vamos mañana.
—Prefiero cualquier cosa a la comida del hospital. —Odio que la conversación vuelva a ser incómoda.
Sirve pasta de una olla en dos platos y nos sentamos en el sofá a comer. Estamos uno al lado del otro, pero es como si estuviésemos a miles de kilómetros de distancia. El silencio nos envuelve mientras comemos, y luego incluso se ofrece a fregar los platos.
No me puedo creer lo que oigo, pero no me voy a quejar. De todas formas, no creo que pueda estar de pie mucho rato, lo único que quiero es dormir un año entero. Tendré que hacer las maletas mañana por la mañana, porque ahora no estoy para nada.
—Voy a preparar la ducha. Te he comprado gel de ducha de eucalipto. Dicen que es bueno para la piel, y encima huele de maravilla. También te he traído un espray de magnesio para después y crema de árnica. ¿Te parece bien ?
No sé por qué me lo pregunta con tanta vacilación. Quizá porque estoy muy impactado por lo que ha estado haciendo en las últimas veinticuatro horas.
—Me parece perfecto, gracias.
Cuadra los hombros al oír mis palabras y enseguida termina de fregar los platos antes de desaparecer en el baño.
No sé qué pensar de sus atenciones. Corro el riesgo de interpretarlas demasiado y pensar que significan algo que es probable que no signifiquen. No puedo permitírmelo. No necesito pensar demasiado para comprender por qué.
Cuando me meto en la cama, limpio y fresco y con ganas de dormir, Harper aparece en la puerta con lo que creo que son mis calzoncillos.
Me da un beso en el hombro y luego otro en la frente, y me doy cuenta de que no está seguro de si es bienvenido en mi cama o no.
Levanto las sábanas, y se acuesta a mi lado.
—¿Quieres ser la cucharilla pequeña esta noche? —me pregunta.
No sé por qué, pero de repente tengo la garganta demasiado cerrada como para tragar y se me empañan los ojos. A lo mejor es por el alivio de estar bien después del accidente. A lo mejor es por los analgésicos que estoy tomando. O a lo mejor es por la forma en la que me cuida. No lo sé.
Asiento. Entonces me rodea con los brazos, arrimándose a mí hasta que mi culo queda pegado a su entrepierna. No está empalmado y yo tampoco, pero es lo más íntimo que hemos hecho nunca.
Nos quedamos dormidos, con su pecho pegado a mi espalda, y lo último que recuerdo pensar es cuánto me gustaría pasar así todas las noches del resto de mi vida.
Pero entonces, como es típico en Harper James, a la noche siguiente elige un asiento lejos del mío en el avión.
Bromea diciendo que quiere estar más cerca del bar, pero eso no me convence.
Sobre todo cuando se pasa todo el vuelo sentado, a excepción de una pausa para ir al lavabo, y no prueba ni una gota de alcohol.
Igual que en el momento del accidente, sigo sin poder dejar de pensar en él ni en sus sentimientos hacia mí. Incluso cuando se comporta de esta manera.
Es la típica rutina de altibajos en la que nos hemos instalado, y estoy desanimado del todo. Hemos pasado de lo más alto a lo más bajo.
Saco el teléfono con ganas de mandarle un mensaje a Elise para pedirle consejo, pero ¿qué le voy a decir? ¿Cómo podría expresar con palabras la situación en la que me encuentro? ¿Cómo puedo explicarle lo que siento por él cuando estoy en esta montaña rusa emocional?
A estas alturas, estoy tan jodido que tal vez no seamos nada ya.
Y eso es lo más desgarrador de todo.