Capítulo 21
Kian
–E lise, te prometo que estoy bien. Los médicos me han hecho un montón de pruebas y no tengo nada roto. Unos cuantos cortes y moratones, nada más —le aseguro a mi preocupadísima hermana por cuarta vez durante la llamada.
—Ay, me alegro de no haber dejado que Cassie viera esta carrera. No tengo ni idea de cómo habría podido explicárselo.
Para mí también es un alivio. Con apenas cuatro años, Cassie es demasiado pequeña como para preocuparse por nada.
Además, también espero que se suba a un kart algún día, y no lo hará si le da miedo porque a mí me haya pasado algo.
—Me darán el alta cuando haya pasado un tiempo prudencial, pero no te preocupes por mí, por favor, de verdad.
Mi hermana ya tiene suficientes cosas por las que preocuparse. Me he dado cuenta de que en las últimas llamadas no se ha alargado mucho al hablarme del estado de nuestra madre.
Me digo a mí mismo que es porque los niños están creciendo y cada vez que me llama hay más cosas que contar sobre ellos.
Jesse aprende más palabras semana tras semana y se tambalea como el niño pequeño en el que se está convirtiendo, y Cassie es un torbellino de energía artística a la que le encanta pintar y hacer cosas con arcilla.
Me estoy perdiendo muchas cosas. Por eso la idea de retirarme me parece un poco más atractiva .
—¿Me estás escuchando, Ki?
Es evidente que no.
—Perdona, ¿qué decías?
—Te he preguntado qué ha pasado. Hasta yo sé que esa curva la puedes coger con los ojos cerrados.
Lleva razón. Mucha. Las últimas catorce veces que he recorrido este circuito, nunca he tenido ningún problema con el trazado.
Sin embargo, no puedo decirle que el hombre del que me estoy enamorando ni siquiera quiere salir a cenar por ahí.
Tampoco puedo decirle que se trata de Harper James, claro. Mi hermana le daría una paliza.
—No sé qué ha pasado —miento. Me odio muchísimo y odio la culpa que me consume al seguir elaborando la mentira—. No sé si he calculado mal la velocidad o si ha habido algún problema con el monoplaza.
No ha sido ninguna de las dos cosas. Es que no estaba concentrado en la pista.
Sería una confesión peligrosa, y me aterra la posibilidad de tener que contárselo al equipo cuando investiguen el coche y el circuito para ver qué ha provocado el accidente.
—Odio la Fórmula 1. Sé que ya han pasado quince años, pero sigo odiando que corras cada dos fines de semana durante nueve meses al año.
¿Podría ser esa otra razón para retirarme? ¿Me lo parece porque se van acumulando los motivos o porque la prensa me los mete en la cabeza cada vez que me entrevistan? Algunos días, creo que ya he tomado la decisión.
—Lo sé, El, y lo siento. Te prometo que tendré más cuidado. —La enfermera que ha estado viniendo a revisarme las constantes vitales asoma la cabeza por la puerta y me hace una seña para llamar mi atención—. Un segundo, El.
—Tiene visita en la sala de espera. Lleva mucho tiempo aquí. ¿Quiere que pase ?
Asiento con la cabeza y la enfermera se marcha.
—El, tengo que irme. Creo que Anders está aquí, o quizá Cole, no sé. Alguien de Hendersohm.
—Vale, hermanito. Te quiero. Avísame cuando te den el alta.
Le devuelvo el cariño y cuelga.
En un abrir y cerrar de ojos, veo en la puerta a un Harper con cara de vergüenza. El mismo que se rio en mi cara ayer cuando intenté proponerle salir a cenar.
—¿Cómo te encuentras? —me pregunta dejando que las puertas se cierren suavemente tras él, sin acercarse a mi cama.
—Bien. Un poco dolorido, pero me darán el alta mañana, ya que estoy en observación por una posible conmoción cerebral.
Me gustaría irme a casa ya, pero después de más de una década en este deporte conozco el protocolo de conmociones cerebrales mejor que mi propio nombre.
Antes de que Harper pueda siquiera sentarse a mi lado, Cole también asoma la cabeza por la puerta.
—Hola, Cole —lo saludo—, gracias por venir.
—No me quedaré mucho tiempo. Hay que dar un informe de la pista, ya sabes. Y… —Mira a Harper—. Les diré a todos que estás bien. Me alegro de verte.
—Lo mismo digo, Cole. Gracias otra vez.
Dicho esto, se va. Es evidente que ha captado la extraña energía que desprende Harper, aunque ahora mismo no puedo permitirme pensar en eso.
—Pensaba… —Harper apoya una mano en la pared—. No sé qué pensaba. ¡Joder! Por un momento he pensado que estabas muerto. Ash tardaba mucho en darme información y luego me ha dicho que eras tú y he pensado: «Mierda, no quiere decírmelo porque es demasiado tarde».
Durante unos segundos, la espantosa conversación de ayer queda completamente olvidada.
La emoción a flor de piel que veo en su rostro me dificulta respirar.
Lleva el pelo sudoroso y despeinado, un lío de rizos tanto por el casco como por lo que parecen horas de pasarse los dedos por el cabello.
Tiene manchas rojas en las mejillas que solo pueden deberse a emociones reprimidas y los ojos hinchados por las lágrimas que ha contenido.
Con una mirada muy intensa, me recorre el cuerpo para asegurarse de que estoy bien.
¿Cómo se supone que voy a enfadarme? ¿Cómo puedo alejarme de este tío cuando se me acerca así?
Aunque sé que tengo que hacerlo. Sé que tengo que hacerlo porque, si lo nuestro no va a ninguna parte, ¿qué sentido tiene? No quiero un follamigo. Quiero un amante en todo el sentido de la palabra.
—Gracias por venir a verme, pero estoy bien. Deberías irte. La autocaravana está hecha un desastre y tenemos que devolver las llaves dentro de menos de cuarenta y ocho horas antes de volar a Singapur.
No se me ocurre ni por asomo que vaya a ser responsable y ordenar algo, pero le dará la oportunidad de recoger sus cosas de mi habitación. Además, necesito que se largue, y me parece la excusa perfecta.
—Es que he… he pedido pizza al hospital cuando han venido a decirme que podías recibir visita. Se me ha ocurrido que podríamos comer juntos. Fijo que no es el lugar más romántico del mundo, pero tú propusiste que cenáramos juntos. —Se ríe, nervioso, y un rubor rosado le sube por el cuello.
Si ahora mismo no me doliera la cabeza tantísimo, pondría los ojos en blanco.
Cuando le propuse salir a cenar, no me refería a esto, y creo que lo sabe.
Sin embargo, creo que no tengo fuerzas para mantener la conversación que hace tiempo que está pendiente mientras me recupero de un accidente a trescientos kilómetros por hora.
—Una pizza suena bien.
Estoy demasiado cansado y magullado como para protestar.
Me da la sensación de que llevo meses esquivando su timidez.
Nos hemos comportado como una pareja en privado, y todo ha ido muy bien, pero, en cuanto intento ir más allá, se asusta.
Sé que no hemos acordado exclusividad, aunque siempre estábamos juntos, así que tampoco es que se esté viendo con nadie más.
Pero no quiere salir a cenar conmigo y, sin embargo, ¿se presenta con un montón de sentimientos y pizza ?
Descifrarlo resulta más agotador que pasar dos horas en un circuito.
A mi mente le cuesta mucho tener que controlarse para no espantarlo.
No sé si voy o vengo, y no pienso sacrificar mi rendimiento en la pista por su mera comodidad.
Italia ha sido un desastre absoluto para mí, y no tengo a quién culpar más que a mí mismo.
Hasta ahora, nos hemos comportado según sus términos, pero lo que quiero y necesito yo también importa.
Pero es que, cada vez que echa a correr, luego vuelve más rápido.
Es una especie de progreso; por la forma en la que me mira ahora, está claro que debo de significar algo para él.
Pero ¿cuánto tiempo podemos seguir así? ¿Durante cuánto rato echaría a correr si le pidiera que fuera mi novio?
¿Dejaría de huir si hincara una rodilla en el suelo?
¡Ahí va!
Ahora no es momento de pensar en casarme con alguien que ni siquiera quiere salir a cenar conmigo. Debo de haberme dado un buen golpetazo en la cabeza.
—¿En qué puesto has acabado? —pregunto.
Me mira con un orgullo tímido que no sabía que tenía. Conozco al Harper arrogante, al Harper bromista, al Harper seductor, al Harper triste, pero esta actitud es nueva. Y le sienta bien.
—Primero —contesta.
—Muy bien. Deberías estar muy orgulloso de ti mismo.
—Lo estoy, lo estoy. A ver, solo he ganado porque tú estás aquí, pero bueno.
—No, te lo mereces, Harper —le aseguro.
Y lo digo en serio. Es un piloto increíble. No sé por qué ha tardado tanto en ascender a la categoría principal. A los patrocinadores y a los dueños de los equipos les deben de desagradar mucho sus payasadas fuera de pista para haberlo ignorado durante tantos años.
—Gracias —murmura.
—¿Qué pizza me has pedido ? —pregunto, intentando disipar la repentina tensión.
—De pepperoni picante con miel.
Se le da demasiado bien. Para mí es la combinación perfecta de carne, especias y dulzura en una pizza , y detesto que me conozca tan bien.
Sé que se fija en mi reacción porque está muy orgulloso de sí mismo.
Obviamente, lo interpreta como una invitación a acercarse, porque se sienta en la silla que está junto a mi cama y la acerca justo a mi almohada.
—Lo he hecho bien, ¿eh?
—Depende. ¿Solo has pedido pizza ?
—¿Por quién me tomas? Claro que no. He pedido arancini de tomate y mozzarella , también pan de ajo con mermelada de chipotle y chutney de cebolla caramelizada.
Tiene razón. Es demasiado bueno. Es el capricho de después de la carrera, y, como estamos en Italia, va a ser fenomenal y terminaré enamorándome aún más de él.
Luego es probable que me diga que no a tener una cita de verdad y nunca volveremos a acostarnos. Desaparecerá en otro equipo o yo me retiraré y se acabó. Una cita para comer pizza en el hospital y un montón de sexo excelente. Después nada.
Es deprimente que mis pensamientos divaguen así sobre nuestra inexistente relación.
—A lo mejor se me da bien esto de las citas.
No estoy seguro de si pretendía decirlo en voz alta. Su rostro me asegura que no, ya que muestra una mezcla de sorpresa, conmoción y una buena dosis de miedo .