Capítulo 20 #2
Lo medito durante unos cuantos días; de pronto, en un atípico momento libre antes de las clasificatorias, nos encontramos solos en la autocaravana. Kian solo lleva la camiseta térmica que va debajo del mono, y yo, una sudadera con capucha del equipo Hendersohm y los calzoncillos.
—Hola. —Sonrío cuando gira la cabeza y me ve pegado a él por detrás—. Qué casualidad verte aquí .
—Vaya, sí que estás cachondo.
He apoyado la polla contra su culo, presiono en el hueco entre sus nalgas y lo aprieto contra mí con todas mis fuerzas.
—¿En qué estabas pensando el otro día? —le pregunto.
Me ha costado varios intentos decirlo, y ahora que me siento capaz tengo que seguir.
—¿Eh?
—Cuando Anna estuvo a punto de cargarse nuestra puerta con los porrazos.
—Ah. —El ambiente apasionado que intentaba crear desaparece, y se aparta de mí.
Me preparo para lo que se avecina.
—¿Ki?
Se detiene al oír su nombre, aunque ha logrado dejar una distancia considerable entre los dos.
Se queda callado. Pensativo, frunce el ceño. Irradia incertidumbre, y empiezo a desear no haber sacado el tema. ¡Adiós al diálogo abierto y sincero!
—Estaba pensando… si querías cenar conmigo.
¿Cómo? Creía que iba a referirse a la necesidad de mantener nuestro secreto ante el equipo.
—¿En lugar de desayunar?
—No, no, o sea… Me preguntaba si querías salir a cenar. Por ahí.
Su maraña de palabras me inunda como un tsunami, y me alegro de estar agarrándome con fuerza al borde de la encimera para no caerme al suelo. No sé qué esperaba, pero esto no.
¿Por qué es peor que si hubiera dicho que no quiere que nadie se entere de lo nuestro?
—¿En plan cita? —pregunto, temiéndome lo peor.
No dice ni pío. Se limita a asentir tímidamente con la cabeza.
—Ah. —Empiezo a oír un pitido y noto el momento en el que el aire sale a borbotones por las ventanas de la autocaravana, que cuesta abrir .
Sin duda, no es la respuesta monosilábica que Kian esperaba. En cierto modo, es peor que un no rotundo porque parece expresar incredulidad ante el simple hecho de que me lo proponga.
Su rostro refleja decepción, y al levantar la vista me encuentro con una versión muy triste de Kian. Lo he visto llorar por culpa de las pesadillas, cabrearse por perder una carrera y ponerse histérico por completo, frustrado por mis payasadas, pero esto es lo peor.
Si alguien necesitara una imagen de la devastación, sacaría la cámara ahora mismo y haría un catálogo interminable de su mirada.
—Kian… —comienzo a decir.
—No, no pasa nada, tranquilo. Ha sido una sugerencia ridícula. Ni caso. Es evidente que estar encerrado en estas cuatro paredes me está afectando. —Se entretiene en el fregadero, enjuagando un vaso que ya estaba limpio.
Me da la espalda, pero no necesito verle la cara para interpretar sus emociones.
—Cuatro paredes con ruedas —lo corrijo, forzando una carcajada incómoda con la esperanza de romper la tensión.
No me contesta. Mientras sigo pensando en algo que decir para calmar la situación, coge la chaqueta y las zapatillas, se las pone a toda prisa y sale por la puerta con la bolsa de deporte con todo lo necesario para el día colgada del hombro.
La puerta se cierra de golpe tras él, y todo se desmorona.
Se desmorona literalmente cuando Kian queda décimo en el entrenamiento, y sé que es cien por cien culpa mía.
Justo cuando pensaba que no podía empeorar, me veo obligado a salir de la habitación de Kian. Relegado a la fría habitación que antes era la mía .
Incapaz de cargar el móvil ni de aliviar el dolor punzante que se me extiende por el pecho.
No he podido dormir bien y, cuando me despierto a la mañana siguiente con un plan para hablar con Kian, ya se ha marchado.
No charlamos mientras nos preparamos para la carrera. Está absorto en lo que escucha con los auriculares (seguro que es una de sus meditaciones guiadas), pero tiene todo el cuerpo tenso al intentar cambiar de estado de ánimo.
Durante el camino al box, no se ha detenido a firmar autógrafos ni a tomarse selfis con todos los aficionados, como suele hacer.
Era como un fantasma cuando la gente gritaba su nombre.
Había gente sosteniendo figuras de cartón con su imagen, pidiéndole que las firmara; en cambio, él ha estado concentrado en llegar al box y aislarse de todo y de todos.
Al montarme en el monoplaza, he tenido que dejar de pensar en Kian. No puedo permitirme preocuparme por él. No me he matado trabajando para quedar solo tercero y echarlo todo por la borda el domingo porque tengo sentimientos.
En general, la carrera es brillante. Es mi tipo de batalla favorita, con algunos de nosotros luchando por el primer puesto, pero no veo a Kian por ningún lado.
Le he preguntado a Ash varias veces qué posición ocupa y me ha dicho que está entre el quinto, el sexto y el séptimo puesto. Le está costando recuperar terreno después de quedar tan atrás en la clasificatoria.
De repente, justo antes de la séptima vuelta antes del final, veo de reojo una bandera amarilla. Como las condiciones climáticas son perfectas, significa que ha pasado algo. Un accidente, probablemente.
—Ash —gruño intentando concentrarme por completo en el circuito—. ¿Qué ocurre?
La línea se queda en silencio durante un segundo, y siento una ansiedad abrumante en el estómago .
—Ash, por el amor de Dios, dime qué está pasando. Desde aquí no veo nada. Se supone que eres mis ojos desde el lado.
Nada.
Silencio absoluto.
—Alguien se ha salido de la pista. Baja un poco la velocidad cuando cojas la octava curva. No sé qué pasa, pero han derrapado como si hubiera aceite o algo así. Estate atento a las rayas si la situación cambia en la próxima vuelta, ¿vale?
—¿Quién se ha salido? —Todavía veo a los dos McLaren suecos delante de mí, bloqueándome el paso al primero y segundo puesto, y mi cerebro está imaginando con angustia a mi mejor amigo hecho un montón de metal al lado de la pista—. ¿Es Johannes? ¡Ash, por favor! Necesito saberlo.
No me importa suplicar, pero de verdad que no quiero hacerlo ahora mismo, con lo mucho que me cuesta recordar girar el volante.
Las curvas de este circuito son implacables, casi me alegro de que Ash se quede callado, hasta que termino una sección complicada y vuelvo por la estrecha recta para acabar la vuelta.
La bandera amarilla sigue ondeando a lo lejos, así que reduzco la velocidad, casi a regañadientes.
—No es Johannes —me confirma Ash al final.
Suelto un suspiro de alivio, aflojando un poco el agarre del volante.
Disminuyo la velocidad un poco más al acercarme al lugar donde según Ash ha ocurrido el accidente. Conduzco con cuidado y precaución por si hay aceite en el circuito, para no salir disparado yo también. Al reducir la velocidad, veo el coche que se ha estrellado contra las barreras, volcado de lado.
No es Johannes, pero reconozco demasiado bien el color y el diseño.
—¡No! —grito—. Por favor, no me digas que es Kian. Por favor.
Ahora sí que suplico. Si creía que el estrés de que fuera Johannes era malo, no es nada comparado con el pánico paralizante que me invade al pensar que se trata de Kian .
—Ya están en ello, Harper. Concéntrate en la pista, colega. Ahora mismo no hay nada que puedas hacer.
¡Los cojones! Puedo detenerme, bajarme y echar una mano. Lo sacaré del coche yo mismo si así me aseguro de que está bien.
—¿Está bien? ¡Dime que está bien, joder! —Las palabras me salen histéricas y desesperadas.
Tengo el pie en el acelerador y la vista fija en la pista, pero mi mente solo piensa en Kian.
Veo un hueco entre los dos que ocupan las dos primeras posiciones; ellos también deben de estar distraídos.
Un movimiento rápido y podría estar en lo más alto del podio…
De pronto, acelero, guiado por la memoria muscular y el puro instinto.
Es como si fuera más rápido que nunca al concentrarme en la brecha que ha aparecido.
Aun así, cuando llego al segundo puesto, no siento nada más que un miedo terrible.
—Ya lo están sacando —me confirma Ash.
—Pero ¿está bien? —Me da la impresión de que voy a estallar si no me dice cómo está en los próximos cinco segundos.
—Está consciente, es lo único que sabemos por ahora. —Bueno, algo es algo. Más que algo, porque significa que está vivo—. La bandera amarilla sigue levantada, pero han confirmado que no hay aceite en la pista.
—¿Por qué se ha salido entonces?
—Esa es una pregunta para después. Concéntrate ahora, Harper. En la última vuelta estabas a uno punto ocho del primero. Puedes ganar si te lo propones.