Pole Position: Rivales en la pista Capítulo 20
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Capítulo 20

Harper

S on las cinco de la mañana cuando me doy cuenta de que Kian y yo llevamos compartiendo habitación desde Hungría, como si fuéramos pareja.

Los cuartos de la autocaravana no son lo bastante grandes como para acoger todos los trastos de dos personas; aun así, poco a poco me he ido introduciendo en su espacio.

No hasta el punto de que un observador externo pudiera verlo enseguida, pero hay algunas señales.

Mi ropa está en el suelo, junto a su cama; mi cargador del móvil, enchufado detrás de la cama; mi crema Deep Heat, en la mesita de noche.

Aquí se nota que hay una gran intimidad compartida, y no puedo mentir y decir que no me gusta. Hay algo más que nunca pensé que diría: aunque el sexo es brutal, no tiene punto de comparación con dormir toda la noche abrazado a Kian.

Kian Walker me ha convertido en un tío muy cariñoso. Los hombres con los que he compartido cama en el pasado nunca tuvieron ese placer; con suerte, les dejaba recuperar el aliento antes de que se marcharan. Tampoco fue así cuando Johannes y yo nos acostábamos.

No sé por qué es diferente con Kian. Hay cercanía, obviamente, y química sexual, así que quizá solo sea una opción conveniente. Siempre me ha gustado lo conveniente sin complicaciones .

Sin embargo, está mal en muchos sentidos decir que Kian es solo conveniente.

Sé que esa no es la razón por la que lo nuestro va bien.

A lo mejor por eso estoy tan nervioso ahora mismo, porque empieza a ser muy agradable y cómodo y…

similar a una relación. A ver, nunca he tenido pareja, así que en realidad no lo sé, pero últimamente, cuando me siento mal, prefiero ir a casa con Kian y acurrucarme con él en la cama que salir, emborracharme y tirarme a algún desconocido.

Me asusta, pero a la vez lo deseo muchísimo. De ahí que esté tan inquieto.

También me preocupa mucho lo que a veces le provoca pesadillas, que es otra experiencia nueva para mí.

A veces murmura mientras duerme, a menudo son tonterías, pero lo que quiera decir esta noche hace que la lengua le vaya a mil por hora.

—No va ahí —refunfuña.

Me aprieta la cintura con los brazos, me acerca a él y me saca de mis desordenados pensamientos.

Me muero de ganas de preguntarle el qué, qué es lo que no va dónde, pero no sé si debería despertarlo o no. Al final opto por abrazarlo más fuerte para que sepa que no está solo.

—¡No, no, no! —Repite la misma palabra una y otra vez; mientras miro por encima de mi hombro, su rostro se retuerce y se contorsiona de dolor—. ¡Todavía no, no!

No sé si gritar dormido es habitual, aunque cada vez sube más el tono. A estas alturas, casi chilla pidiendo que se detenga lo que sea que esté pasando en su sueño, y me escabullo de sus brazos para darme la vuelta.

—Hey, Kian. Kian, tranquilo. —Le sacudo suavemente el brazo, pero empieza a mover las piernas contra la sábana, como si intentara escapar—. Nene, tranquilo. —Se me escapa el apelativo cariñoso, pero no me importa. Solo quiero borrar la expresión de dolor de su rostro .

Lo sacudo una, dos, tres veces, y solo a la tercera abre los ojos de golpe, respirando con dificultad. Con los ojos como platos, se sobresalta antes de incorporarse.

—Lo siento —susurra, como si mi cara de preocupado fuera porque me ha molestado con su actitud—. Siento haberte despertado.

—No me has despertado. ¿Estás bien?

Instintivamente, tiendo los brazos hacia él. Por lo general, es él quien toma la iniciativa, pero parece que esta vez necesita que lo abrace.

—No sé…, no sé qué ha sido, pero… pero estaba soñando con la muerte de mi madre. —Se le quiebra la voz al pronunciar las últimas palabras, y los ojos llorosos le brillan en la oscuridad cuando al final me mira.

Por fin me deja abrazarlo con fuerza y estrecharlo mientras llora desconsoladamente en mi hombro.

Las lágrimas me resbalan por la piel desnuda, nuestros cuerpos están pegados, y lo abrazo durante diez, veinte, ¿a quién le importa cuántos minutos?

Me quedaría aquí con él para siempre si eso significara que está bien.

¿Cuándo he empezado a pensar que movería cielo y tierra para ver a Kian Walker feliz?

La luz del día comienza a filtrarse por los extremos de las persianas de la autocaravana. Kian se separa de mí y se pasa el dorso de la mano por la nariz.

—Te he dejado todo mojado, perdona.

Suelta una carcajada al darse cuenta de lo que ha dicho y el sonido nos envuelve a los dos, olvidadas ya las lágrimas que ha derramado hace apenas unos instantes.

Seguro que lo más sano sería que habláramos de su pesadilla, pero todo esto es nuevo para mí, y no sé cómo gestionarlo. De modo que hago lo que mejor se me da y me inclino hacia él de nuevo, esta vez para apoderarme de su boca .

Noto un sabor salado en sus labios al pasarle la lengua por las comisuras para suplicarle que me deje entrar.

Es un beso perezoso y volvemos a la posición horizontal, compartiendo la almohada, con nuestros cuerpos calientes por el edredón debajo del cual nos hemos vuelto a meter.

Sin embargo, me da igual. No encuentro en mí la capacidad de preocuparme por que esta situación no vaya a terminar en sexo.

Me conformo con estar aquí tumbado con él y explorándonos las bocas hasta que cada centímetro de la suya y de la mía se convierta en su segundo hogar.

Es suficiente.

Y siento que también es suficiente para él.

Como si yo fuera suficiente.

He estado trabajándolo en terapia, e intento bajar las revoluciones y disfrutar sin más de la sensación de ser suficiente. Es extraño e inquietante. También maravilloso.

Cuando me empieza a doler la mandíbula y noto los labios más que resecos, me aparto.

Durante unos segundos, Kian me mira sin parpadear mientras me aparta un par de mechones de pelo de la frente.

En un abrir y cerrar de ojos, es como si se sacudiera algo de encima antes de saltar de la cama. Supongo que debería hacer lo mismo, me espera un día ajetreado, pero no tengo ganas de salir de esta habitación ni de esta cama. Bajo las piernas e intento poner el cerebro en marcha.

Kian levanta las persianas, y entonces la luz del día inunda la habitación.

—¡Argh! —siseo mientras me tapo los ojos como un vampiro.

—Creo que estos últimos días nos hemos convertido en auténticos ermitaños. Tenemos que grabar un pódcast y algunos vídeos cortos en la sala de descanso del equipo. Oye, estaba pensando…

—No te lo recomiendo demasiado. Tu minúsculo cerebro podría explotar. —Me río. ¡Me río! Como un adolescente que quiere hacerle gracia a su primer amor .

Kian no se da cuenta o no le da importancia, ya que me atrae hacia su pecho y me recorre los costados con las manos mientras me hace cosquillas como un animal salvaje. Mis risotadas se convierten en gritos y estoy intentando zafarme de él cuando llaman a nuestra puerta.

Nos separamos al instante, aunque quienquiera que sea no puede entrar así como así. No nos han pillado con las manos en la masa, pero sabemos que no podemos comportarnos así a la vista de todos.

—¡Ya voy! —grito, y salgo disparado de la habitación de Kian como una bala. Deslizo el pestillo y veo a Anna al otro lado.

—¡Llegáis tarde! ¿Dónde está Kian? Me sorprende que no esté ya en la sala del equipo.

Porque Kian siempre es muy puntual, y está claro que lo estoy corrompiendo.

—Estábamos a punto de salir.

Anna me mira el torso desnudo y los calzoncillos, y me dedica su mejor sonrisa de «A mí no me cuentes milongas».

—Estaba a punto de salir, lo prometo —tercia Kian, que aparece detrás de mí completamente vestido. Su aliento a menta flota a mi lado cuando sale de la autocaravana.

—No he dudado de ti ni un segundo —exclama Anna entre risas—. Tienes dos minutos para vestirte y salir, Harper.

Kian se encoge de hombros detrás de ella, reprimiendo una risilla, y me entristece que haya explotado nuestra feliz burbuja de sexo y pizza .

Me entristece que tengamos que salir al mundo exterior y que durante los próximos días previos al gran premio de Italia tengamos que ser Harper James y Kian Walker, compañeros de equipo, los mejores pilotos de Hendersohm. No nosotros.

Sin embargo, los días pasan volando. Se desvanecen en un torbellino de declaraciones, sesiones de fotos y la satisfacción de los directivos por fin con lo que les estamos ofreciendo.

Ya no hay especulaciones sobre la supuesta división en el equipo Hendersohm.

Anders no deja de sonreír de oreja a oreja por la cantidad de buena prensa que hemos recibido.

Hasta me resulta más fácil estar con Jackson cuando asiste a todas las reuniones de equipo y sesiones de vídeo, ahora que sé que no representa una amenaza sobre Kian.

Pero no es solo eso. El ambiente en el box también es más dinámico ahora que ya no hay tanta animosidad entre los dos. Los técnicos no se andan con pies de plomo a nuestro alrededor cuando practicamos en el simulador. Todos nos reímos y bromeamos, incluidos Kian y yo.

Aun así, seguimos manteniendo cierta distancia. Kian no se acerca a menos de medio metro de mí, casi como si no pudiera tocarme sin revelar nuestro secreto. No puedo pensar demasiado en el porqué; sé que, si lo hago, mi cerebro pensará que es porque le da vergüenza estar conmigo.

No.

No puedo pensar así.

Me viene enseguida a la mente mi última sesión de terapia, en la que hablamos de las razones por las que mis padres se marcharon y cómo no fue por mí ni por nada que hubiera hecho yo.

Se fueron porque son —o eran— así y porque tenían sus propios problemas.

No es que no me lo hayan dicho antes; aun así, es difícil deshacer toda una vida de traumas internalizados y el comportamiento que producen.

Sin embargo, lo estoy intentando, y trabajarlo con un terapeuta me ayuda a tenerlo presente.

Ahora mismo, procuro usar ese mismo razonamiento con Kian.