Capítulo 19 #3
Ni siquiera me he quitado las zapatillas cuando se me sube encima como si fuera un árbol. Por suerte, en la parte superior del cuerpo tengo la fuerza de un levantador de pesas profesional, porque prácticamente me veo obligado a sostenerlo mientras me besa con pasión.
—A veces, desearía poder volver a verte conducir desde el lateral del circuito —me murmura entre besos—.
Me pone muchísimo. Cuando me has adelantado, creo que me he puesto cachondo.
—Sus labios se posan sobre los míos, luego sobre mi mejilla, mi mandíbula y mi cuello, hasta que tocan la tela de mi camiseta—. Necesito que te la quites.
—Primero yo te necesito a ti en la habitación —contesto.
Aparto los brazos para que pueda bajar al suelo.
Busca mi mano con la suya y me conduce a mi habitación como si hubiera sido idea suya. Mi espalda no aguantará otra sesión en el sofá.
Me desnuda antes siquiera de que pueda cruzar el umbral de la habitación. Él también se desviste, y caemos rendidos en la cama, con manos y labios por todas partes a las que llegan.
Es indudable lo mucho que nos deseamos. Llevamos semanas jugueteando, alternando entre mamadas y pajas, un poco de beso negro y algún que otro dedo en el culo. Aun así, todavía no hemos hablado de qué sigue ni quién hará qué.
Soy versátil, así que me da igual, pero me intriga descubrir cómo un polvo propiamente dicho cambiará nuestra dinámica.
No quiero arruinar el momento, pero ha llegado la hora. Los dos queremos más. La pregunta es la siguiente: ¿me lo follo yo o me folla él a mí?
—¿Cómo quieres que lo hagamos? —le pregunto, tiñendo mi voz de una naturalidad que no siento .
—Me la metes tú —me contesta.
A pesar de no haber estado seguro de sus preferencias, me sorprende. Me rodea la polla con la mano y le pega un tirón brusco para que empiece la fiesta.
Decido ir despacio, ya que algo me dice que hace tiempo que no se la mete nadie; tampoco quiero preguntárselo. Más vale prevenir que curar.
Tengo intención de ir despacio, pero, en cuanto empiezo a lamerlo y a usar mi saliva para dilatarlo bien, estoy tan ansioso por empezar como él.
Le meto primero un dedo húmedo, luego un segundo.
Juego al metesaca mientras con la otra mano le estimulo la polla y los huevos.
Preparo un tercer dedo y empiezo a presionar.
Harper se retuerce contra mis dedos, pidiéndome más. Se echa hacia atrás y me encanta ver cómo desliza el culo sobre mi mano. Es algo que jamás pensé que vería, pero sé que se quedará grabado en mi cabeza para siempre.
Tengo muchísimas ganas de metérsela, pero cuando saco los dedos me doy cuenta de que no tengo condón.
Ni siquiera recuerdo la última vez que los incluí en mi maleta y mucho menos la última vez que los tuve a mano. No suelo hacer estas cosas.
Una risita se me escapa de los labios. Entonces Harper abre los ojos de golpe, extrañado por el cambio de ritmo. Me muero de ganas de penetrarlo y ahora estoy perdiendo el tiempo.
—¿Qué? —me pregunta, apoyándose sobre los codos—. ¿Por qué paras?
—¿Tienes condón?
—Joder, Kian. Creía que eras Don Preparado.
—Levántate de la cama y ve a buscar uno. Sé que tienes un montón. O eso espero.
Cuando Harper regresa con uno y se sube de nuevo a la cama, le meto de nuevo los dedos y encuentro su próstata enseguida. Hago que sus caderas se muevan como un resorte y se levanten de la cama .
—La madre que te parió —jadea mientras yo acelero el ritmo.
Ignorándolo, junto las dos pollas, que están mojadas, y con cada embestida de mis dedos nos restregamos el uno contra el otro. Es casi demasiado incluso para mí, y eso que no tengo a nadie estimulándome el punto G al mismo tiempo. No puedo imaginarme lo bien que se lo está pasando Harper.
Antes de que los dos lleguemos al clímax, me pongo el condón y empiezo a metérsela.
Al principio, solo la punta, pero suelta una exhalación, así que empujo hasta el fondo.
Qué maravilla, hostia. Cuando levanto la vista de su culo, que se desliza alrededor de mi rabo, veo que él también lo está disfrutando.
Me mira con una intensidad que me sorprende, entonces sé con certeza que no es algo que haya hecho muchas veces.
Jadea entre dientes y gruñe cuando se la meto entera.
—¡Joder!
Se coge la polla y empieza a masturbarse, gimiendo con los ojos cerrados.
Empiezo a embestirlo y tardo poco en llevarlo al límite. El sudor se acumula entre nosotros. Con una embestida más, siento que estoy a punto, pero ver su corrida extendiéndose por su vientre es el detonante final, y me corro a saco, gritando su nombre.
Me desplomo en la cama, luego él se acurruca a mi lado, los dos jadeantes, antes de que la habitación se quede en silencio. Me quito el preservativo y lo tiro. Cuando regreso, me susurra algo al oído que no oigo bien. Quiero pedirle que me lo repita, pero ha cerrado los ojos y está muy relajado.
La respiración de Harper se normaliza, con pequeñas bocanadas que me rozan el vello del pecho, y nos quedamos dormidos enredados, con los cuerpos cubiertos de semen y de sudor, y con el corazón lleno de la ilusión de lo que podríamos llegar a ser.