Capítulo 18 #2
El pánico aumenta con una sensación de palpitaciones y opresión en el pecho. Noto una jaula alrededor de mi corazón, que lo atrapa de tal manera que le cuesta palpitar correctamente.
Intento articular palabras; sin embargo, tengo la boca tan seca que no me salen .
Ya es superincómodo no haber respondido, y, cuanto más tardo en hacerlo, peor se pone la cosa. Me muero por irme, aunque, al mismo tiempo, no quiero estar en ningún otro sitio que no sea aquí, tumbado a su lado. Quiero que me abrace, sentirme seguro y querido, y, sin embargo, estoy aterrado.
Esta contradicción que no consigo descifrar es la sensación más brutal y abrumadora del mundo.
Por suerte, me salva el pitido fuerte de mi teléfono, que rompe el horrible silencio.
—Perdona —digo al tiempo que saco el móvil de debajo de la almohada. Veo un par de mensajes de Johannes. El primero dice «SOS» y el segundo es un montón de signos de exclamación—. Mierda.
Bajo las piernas de la cama y uso la linterna para encontrar los calzoncillos y el resto de mi ropa cuando recibo un tercer mensaje con la ubicación de un bar.
—Lo siento, pero Johannes acaba de enviarme un mensaje de auxilio, y en nuestra amistad tenemos una regla: si alguno de los dos envía ese mensaje, tenemos que ir.
Kian asiente con la cabeza, comprensivo, pero no dice nada.
Sé que es probable que parezca conveniente para mí que suceda justo cuando está intentando hablar de que seamos exclusivos o algo así, pero esas son las reglas de la amistad.
Es la primera vez en mucho tiempo que Johannes se pone en contacto conmigo, y quiero saber qué le pasa.
Cuando llego al bar, veo que Johannes está buscando un ligue; está merodeando por el local con una determinación que no había visto en mucho tiempo.
Han pasado meses desde que se contentó con dejarme a mi bola y dejó de ayudarme a ligar.
No sé qué ha cambiado, pero esta noche me está metiendo de lleno en la acción .
Intento que me cuente qué está pasando y qué ha ocurrido; en cambio, no quiere hablar del tema. No ha tenido una buena carrera en el circuito belga, aunque no creo que eso sea lo que lo preocupa.
—¿Qué nos parecen los gemelos? —me pregunta, con el borde del vaso a la altura de los labios.
No sé qué está bebiendo, pero está claro que quiere pasar un buen rato.
Sigo su mirada hacia la barra, donde efectivamente hay dos tíos idénticos, y guapísimos, observándonos. Uno le da un codazo al otro y gira la cabeza para decir algo. Es evidente que están hablando de nosotros.
Si soy sincero, no me interesan lo más mínimo, pero ya es demasiado tarde. Johannes se levanta torpemente de su asiento, sin duda borracho. Lo veo acercarse a los gemelos e invitarlos a nuestra mesa.
Me toca lidiar con el gemelo número 2, que es más aburrido que una ostra y solo está interesado en hablar de su amigo de la universidad, del que claramente está enamorado.
A pesar de todo, me pide que me vaya a su casa.
—Lo siento mucho, pero esta noche no busco nada —le digo.
El gemelo número 2 me mira como si me hubiera vuelto loco, y la expresión de Johannes también es de cómica sorpresa.
—¿Qué haces? —me pregunta Johannes casi gruñendo desde el otro lado de la mesa.
—Irme a casa. Venir ha sido una idea estúpida.
Me siento mal por abandonarlo cuando está borracho, pero es justo lo que me hizo en Miami la noche en la que me dejó por su misterioso hombre.
—¿Vas a estar bien? —le pregunto de todos modos, porque no quiero ser un capullo. Sigue siendo mi amigo de toda la vida.
—Sí, tranqui. ¡A lo mejor tengo suerte doble !
No estoy tan seguro, pero por lo menos me voy tranquilo.
El gemelo número 1 levanta el pulgar en mi dirección, y está claro que se va a encargar de Johannes a partir de ahora.
Pago la cuenta al salir y sugiero que dejen de servirle alcohol a mi amigo borracho, pero no tengo ni idea de si lo harán o no.
Solo quiero volver con Kian.
—Hola —digo, asomando la cabeza por la puerta de su habitación en cuanto llego a la autocaravana.
Su rostro está iluminado por la luz de su teléfono y capto el momento en el que se da cuenta de que estoy en casa.
Joder, qué idiota soy. No ha intentado atarme al matrimonio ni encerrarme en su habitación para los restos. Solo me ha pedido que no me acostara con nadie más mientras estuviéramos juntos.
Él no estaba siendo irracional, sino yo. Lo sabía incluso en ese momento, pero ahora lo sé con certeza.
No necesito acostarme con nadie más si lo tengo a él.
Es más que suficiente. No estoy demasiado familiarizado con esa palabra.
Al pasar de la nada absoluta a la vida de lujo de las carreras, es como si nada fuera suficiente: sexo, alcohol, dinero, éxito.
Sin embargo, la forma en la que me he sentido con Kian, en la que me siento cuando estamos…
, cuando nos acurrucamos sin más…, es una especie de consuelo emocional que nunca había tenido y… me gusta.
¿Quién soy? Últimamente apenas me reconozco.
—Hola —me saluda Kian.
No es gran cosa, pero se mueve en la cama para hacerme sitio, y se me encoge el corazón. Me quito los pantalones cortos y la camiseta por encima de la cabeza y la dejo caer al suelo de su habitación para buscarle un poco las cosquillas.
—¿Puedo? —le pregunto desde el borde de la cama .
Creo que nunca he sentido tanta inseguridad estando casi desnudo y a punto de meterme en la cama con uno de los tíos más atractivos del mundo.
Kian levanta las sábanas y da unas palmaditas en el colchón a su lado.
Me meto en la cama, y al instante me refresca la suavidad de las sábanas contra la piel.
Me siento limpio, agradable y casi relajado.
Nos tumbamos cara a cara, sin tocarnos, con la mente a mil por hora porque no sé muy bien qué decirle.