Capítulo 18
Harper
S i hace cuatro semanas alguien me hubiera dicho que esta autocaravana se convertiría en una burbuja de felicidad, sexo y mimos, me habría reído en su cara.
En primer lugar, porque nunca he sido un amante de los mimos, y el sexo se resume en una emoción rápida sin repeticiones.
En segundo lugar, porque, aunque hemos hecho todo lo demás, Kian y yo todavía no hemos follado.
Ya lo sé, ya lo sé. No podría alejarse más de mi rutina habitual.
Estoy seguro de que quiere. O sea, estoy bastante seguro de que quiere. Yo quiero.
Y, aunque ninguno de los dos ha descubierto aún las preferencias del otro en cuanto al sexo anal, seguimos con lo demás como conejos.
Resulta que a Kian le encanta el 69, y encima se le da de puta madre. Adopta un ritmo perfecto para comérmela mientras me folla la boca. No me deja más opción que metérmela hasta el fondo.
Es una de las cosas más excitantes que he hecho en mi vida, y en lo que respecta al sexo no soy precisamente un santo. He tenido un montón de experiencias —parejas, grupos, de todo—; aun así, cuando se trata de Kian, es diferente.
Se le da bien tomar el control, algo que yo quizá nunca había deseado.
En el pasado, siempre me han gustado los tíos sumisos y afeminados que quieren que los dominen.
Siempre he hecho de activo, y me encanta que me la coman.
Pero ahora mismo lo que más deseo en el mundo es que Kian me diga qué hacer.
Quiero que me domine, y esa es una experiencia totalmente nueva para mí.
Por lo general, cojo el control, coloco al chico en posición y me lo follo como me apetece.
Sin embargo, me doy cuenta de que no sé cómo pedírselo. No sé cómo decirle lo que quiero.
Un día, al volver del gimnasio, me empotró contra la pared.
No dijo ni una palabra; al meterle la mano en los calzoncillos y empezar a pajearlo, me gruñó al oído: «Buen chico».
Pensé que me iba a explotar la cabeza. Me puso supercachondo, y cuando se corrió bastó con que me rozara la punta de la polla con la mano, y me corrí con él.
Mi obsesión por complacerlo me tiene atrapado.
¿Quién iba a pensar que ser un buen chico sería así?
Y me está yendo de maravilla. Así se elimina el estrés del sexo, que no tiene cabida en la intimidad. No salgo de fiesta. No bebo demasiado. No ligo con desconocidos ni me preocupo por qué tipo de historia venderán a la prensa o publicarán en las redes sociales.
La mayoría de las noches, atravieso el estrecho pasillo, asomo la cabeza por la puerta de Kian y él me invita a entrar. Otras, cuando el día ha sido largo, nos acurrucamos —¡nos acurrucamos!— en el sofá hasta que la cosa se pone más intensa y Kian nos lleva a su cama.
Y no sé por qué, pero siempre termino quedándome dormido después de hacerlo, aunque todas las noches me prometo que volveré a mi cama.
Después de la primera noche, también me prometí que me cansaría de Kian, que me lo follaría él y luego lo dejaría, y ya han pasado semanas. No quiero a nadie más.
Porque con él es una puta pasada.
Por ejemplo, ahora mismo. Estamos en nuestra autocaravana compartida en Stavelot, Bélgica. Dentro de un par de días nos iremos hacia Zandvoort, en los Países Bajos, pero disponemos de un pequeño respiro después de un mes muy ajetreado, y Kian y yo lo estamos aprovechando al máximo.
Los labios de Kian rodean mi polla a la perfección mientras tira de mi culo hacia adelante hasta que toco el fondo de su garganta. Y, como el hombre de mis sueños, se relaja y me deja metérsela más adentro.
Puede que se le acumule saliva en las comisuras de los labios, que están resbaladizas por el líquido preseminal, pero eso solo lo vuelve más atractivo.
Me mira con ojos llenos de lujuria bajo un espeso abanico de pestañas castaño oscuro, y noto cómo se me contraen los huevos. Está disfrutando de cada minuto mientras vuelve a marcar el ritmo y me da una palmada en el culo cuando intento apartarme para durar más.
El ritmo que alcanzamos es delicioso. Él sabe que estoy a punto; cada embestida va acompañada de un gemido profundo.
Las vibraciones de su garganta apretada ahogan mi rabo y me provocan una explosión de sensaciones en la cabeza.
Hace un gesto como de tragar; no sé si es por cómo me aprieta la punta de la polla o porque es una orden, pero sé que ahora mismo haría cualquier cosa que me pidiera.
Cuando me parece que estoy a un tris de caerme por el precipicio, desliza un dedo entre mis nalgas y me presiona el ano.
Normalmente, no permito que me follen. Yo soy el que la mete cuando estoy en mi propia cama.
Soy el activo, no el pasivo. Sin embargo, no me canso de las sensaciones que me produce la punta de su dedo y me tiene al borde del clímax.
Durante unos segundos, me muevo contra él y la yema de su dedo se acerca peligrosamente a la penetración.
—¿A qué esperas? —gimo.
Mi ano está ansioso por sentirlo dentro de mí, aunque sea solo un dedo. Ahora lo deseo con todas mis fuerzas, y la suave sensación de aleteo de caricia alrededor del borde ya me basta .
Sé que se lo está pasando en grande jugando con mi cuerpo, porque se mete mi polla aún más en el fondo de la boca, como el diablillo que es en realidad. A continuación, me retira el dedo del culo.
Echo la cabeza hacia atrás, casi decepcionado, y de pronto desliza los dientes un poco por mi polla, y estoy demasiado sobreestimulado como para que me importe.
Sus manos ya han acariciado cada parte de mi cuerpo antes de arrastrarse por la cama para adorar mi rabo.
Cada terminación nerviosa de mi cuerpo vibra con las caricias de Kian.
Quiero que me posea, que me domine, que me folle.
Es una sensación nueva para mí, y no estoy seguro de qué hacer con ella, pero quién va a culpar a un tío por querer que a su próstata también le den un poco de cariño.
Estamos casi en la línea de meta, yo con los huevos tensos y con una sensación intensa que tira de ellos como si estuvieran a punto de explotar. Las dos manos de Kian están en la base de mi polla, estimulándome al ritmo de su boca, y el orgasmo se acerca cada vez más.
Parece que no le importa tragárselo; aun así, me gusta advertirle por si cambia de opinión.
—Kian —jadeo—, estoy a punto de correrme.
Hago una embestida más profunda hasta que hunde la nariz en la piel suave que mantengo bien depilada para lucir mi marca en forma de V y mi miembro. Justo cuando voy a retroceder para dar otra embestida, un dedo húmedo se introduce en mi culo. Y me presiona justo en ese punto tan sensible.
Pongo los ojos en blanco hasta que veo estrellas, ¡estrellas! Es increíble.
Es pura magia. Él es… mágico, con esa intuición que le permite tener el control total sobre cómo y cuándo hacerme llegar al orgasmo. Entonces me corro. Varias veces.
—Hostia puta, Kian. —Es lo único que puedo decir. Casi quiero darle las gracias, pero me parece raro .
Se recorre el labio inferior con la lengua para relamer cualquier rastro de mí que no haya engullido. Trago saliva como respuesta; es como si me tuviera encadenado y ni siquiera me importara.
Se levanta y acerco su cabeza hacia mí para darle un beso. Siento un impulso primario por saborearme en su boca.
—¿Todo bien? —me pregunta sobre los labios como un idiota.
¿Acaso no me ve bien? Soy un montón de extremidades agotadas, paralizado como si no pudiera moverme aunque lo intentara.
—Mmm —murmuro contra él antes de sellar mis labios con los suyos.
Por dentro, su boca sabe cálida y salada, y mi polla se estremece levemente a modo de aprobación, a pesar de lo agotada que está, la pobre.
Nos besamos durante lo que parecen horas, hasta que no me importa nada más que sus labios. También es algo nuevo para mí. Aunque nunca me opongo a que un chico me bese, no suelo tomar la iniciativa.
Sin embargo, dejaría que Kian me besara todo el tiempo si me hiciera sentirme así.
—¿Ya no vas a poder estar con ningún otro tío o qué? —me suelta al apartarse.
La habitación se sumerge en una oscuridad tenue. Solo son las nueve de la noche, pero podría ser de madrugada por lo oscuro que está todo.
Incluso en la oscuridad, la forma en la que sus ojos buscan los míos contradice el tono burlón de su pregunta. Busca una respuesta real. Quiere que le diga que sí.
En general, a Kian se le da bien ser sincero, pero ahora mismo noto que está reprimiendo lo que en realidad quiere decir, y no me gusta. Me pone nervioso .
Al no obtener respuesta, se aleja de mí, respirando agitadamente, y estampa la cabeza contra la otra almohada.
—¿A qué te refieres? —le pregunto al final, con la esperanza de que no se ría en mi cara y lo ignore; también con la esperanza de que solo estuviera bromeando y no intentando concretar nuestra situación.
Pasan un par de segundos de silencio, pero luego se incorpora sobre los codos para mirarme a los ojos.
—¿Estás viéndote con alguien más ahora mismo?
¿Eso es lo que estamos haciendo? ¿Viéndonos? ¿Acaso no me había dado cuenta de que era algo más que sexo? El pánico se apodera de mí y me forma una enorme bola en la garganta, y no puedo contenerla.
Kian debe de deducirlo porque enseguida se corrige.
—O sea, ahora mismo solo estás conmigo, ¿no? —Es una pregunta desesperada, y los dos lo sabemos. En su mente, la única respuesta correcta es que sí. Asiento con la cabeza—. Vale. Entonces, no te acostarás con nadie más, ¿verdad?
¿Se refiere a nunca? Porque no puedo prometérselo, la verdad.
Ni en un millón de años. Lo nuestro funciona ahora porque estamos atrapados aquí, obligados a estar juntos, pero no siempre será así.
Kian me abandonará porque todo el mundo me termina abandonando.
Se aburrirá de mí o lo haré enfadar y ya no querrá estar conmigo.
O me sentiré atrapado y necesitaré la emoción de que alguien me desee.
Necesitaré sentir que tengo opciones porque no quiero empezar a depender de él.
No soy tonto, he ido a terapia. Sé cómo soy.