Capítulo 16 #2
El silencio vuelve a instalarse a nuestro alrededor, pero con cada bocado puedo sentir su mirada.
Tiene varias preguntas en la punta de la lengua y dudas en la forma en la que se le han suavizado los ojos al ver las marcas de lágrimas que aún están en mi cara.
Por una vez, casi quiero que me lo pregunte.
Quiero que me lo pregunte para poder contárselo. Creo que quiero que lo sepa.
Pero no hablamos hasta que no recogemos nuestros platos y guardamos las sobras.
Cuando sale de la habitación para meterlas en la nevera, después de haber apurado la cerveza, no estoy convencido de que vaya a volver.
Ya ha hecho su buena acción del día, no tiene ninguna responsabilidad conmigo.
Podría irse a su habitación, llamar a su hermana y fingir que esto no ha pasado, que no hemos tenido un momento civilizado en el que hemos podido respirar el mismo aire sin necesidad de discutir ni de follar.
Al final, sin embargo, regresa, con una segunda cerveza en cada mano, y se acomoda de nuevo en el borde de mi cama. Tal como estamos sentados, nos rozamos con los pies, y ninguno de los dos hace el menor intento por apartarse.
—¿Qué ha pasado? —me pregunta por fin—. Has estado entero toda la temporada. Hasta los críticos más duros dicen que has tenido una primera mitad de temporada increíble para ser un novato. Dejando a un lado los titulares sensacionalistas, tu rendimiento en la pista ha sido excelente.
—Me sorprende que no lo sepas ya. Parece que todo el mundo lo sabe. Es mi última oportunidad, ¿verdad?
—¿Y has pensado que cargarte también tu rendimiento era la manera de afrontarlo?
Casi le gruño en la cara.
—Claro que no. No podía concentrarme, ¿vale? Estoy donde siempre he querido.
—Pues no entiendo por qué te comportas como si no te importara. Tantas juergas, tantas borracheras y polvos de una noche… Eres tu peor enemigo. Es como si te estuvieras autosaboteando… —Se detiene de repente, como si se diera cuenta justo antes de decirlo—. Te estas autosaboteando, ¿verdad, Harper?
Me da un empujón en el hombro.
—La he cagado, ¿eh? —Me encojo de hombros porque no tiene sentido intentar ocultar nada. Como si no estuviéramos hablando de mi futuro en el deporte que adoro, lo único que sé hacer—. No sé cómo parar.
—Pero ¿por qué? Ahora mismo, tienes el mundo a tus pies. ¿De qué tienes tanto miedo?
«De que lo que más deseo en el mundo no me corresponda».
Las lágrimas me escuecen en los ojos. ¿Cómo es posible que me quede algo en los lagrimales?
—Creo que se llama problemas de abandono.
Por lo menos, fue lo que dijeron los terapeutas.
Fui a varios cuando era adolescente, pero siempre fue intermitente e inconsistente, dependiendo de dónde viviera en ese momento.
Nunca estuve con ningún terapeuta el tiempo suficiente como para aprender a abrirme o ser vulnerable, y la vida me enseñó a no confiar en nadie más que en mí mismo.
—Es probable que también tenga problemas de confianza .
Siempre he logrado esquivar a los psicólogos de equipo y el entrenamiento de rendimiento como parte de mi carrera profesional, y aquí estoy ahora.
«Aquí estamos», pienso. Él está aquí y me está preguntando, y quiero contárselo.
Respiro hondo y me lanzo:
—Fui un accidente. Padres adolescentes que todavía estudiaban y que obviamente no me querían, pero se enteraron demasiado tarde como para hacer algo al respecto.
Creo que aun así lo intentaron. No me acuerdo de ellos, la verdad, pero me cuidaron hasta que tuve casi seis años y luego me dejaron con mi abuela y se esfumaron.
O eso es lo que dice mi expediente. Mi abuela era estupenda, pero cuando cumplí diez años le diagnosticaron cáncer en etapa cuatro y falleció al cabo de cinco meses.
Kian extiende un brazo y dejo que me arrime a él. No debe de estar cómodo, aunque para mí es agradable.
—En ese momento entré en el sistema de acogida. Ningún otro familiar me acogió y mis padres ya habían muerto. Tenía la edad suficiente para comprender que a nadie le importaba, que nadie se preocupaba por mí y que no había una sola persona en el mundo que me quisiera.
Kian se tensa a mi lado. No sé qué esperaba, pero seguro que no era esto. Me estrecha con fuerza con el brazo, como si su vida dependiera de ello. O como si la mía dependiera de ello.
—Durante los siguientes ocho años, pasé por nueve familias de acogida diferentes; ninguna me quiso, como mínimo no lo suficiente como para quedarse conmigo.
A otros niños a los que conocía los acogieron, y nunca volvieron.
Fueron adoptados, mientras que yo no, y creo que eso fue el detonante de todo.
—No lo sabía… —empieza a decir.
Niego con la cabeza para interrumpirlo, es obvio que no lo sabía. No es algo de lo que haya hablado públicamente .
—No me malinterpretes, la mayoría de las familias fueron buenas conmigo.
La última lo intentó de verdad: me pagaron los karts, intentaron que fuera a terapia, procuraron que me sintiera integrado, pero creo que para entonces ya había levantado un montón de muros.
El daño ya estaba hecho. Es más fácil estar constantemente a la defensiva.
Nadie puede hacerte daño si no les das una oportunidad.
—¡Por Dios, Harper! Si antes no tenía sentido, ahora sí. Sé que quieres estar aquí porque salta a la vista, pero la cagas sin parar porque quieres asegurarte de tener un montón de excusas guardadas para explicar por qué te han echado, y que no sea porque no eres lo bastante bueno.
—Madre mía. Quizá deberías hacer terapia cuando te retires.
—No pronuncies esa palabra —gruñe.
—¿Por qué te cabrea tanto?
Veo la frustración reflejada en su rostro cada vez que un periodista le pregunta sobre sus planes una vez que termine la temporada.
—No me cabrea. Es que me da la impresión de que los demás ya lo han decidido, pero yo no. No voy a sopesarlo hasta que termine la temporada. Estoy aquí y quiero conservar mi título, eso es lo único que me importa. No sé si será el último o si ganaré cinco más.
—Estás teniendo una gran temporada, pero a veces parece que no estás disfrutando. Como si ya no te gustara. Como si no quisieras estar aquí.
Me he fijado, ahora me doy cuenta. Todavía se entusiasma con cada victoria; sin embargo, al mismo tiempo se mantiene alejado de la magnitud de lo bueno que es y no puede llegar a disfrutar del todo de la experiencia.
—No siempre quiero estar aquí; es eso —replica sin más, y sé que lo dice en serio.
—¿Por mi culpa? —Casi me da miedo preguntarlo, pero a lo mejor es mi única oportunidad .
—Sabes lo de mi madre, ¿verdad?
Asiento con la cabeza. Claro que sí. Todo el Reino Unido se conmocionó cuando se anunció que a Chastity Walker le habían diagnosticado párkinson en etapa temprana.
—Su salud ha empeorado mucho y mi hermana es ahora su principal cuidadora. Elise ha sacrificado muchísimo para cuidarla, y luego estoy yo, vagabundeando por el mundo como si no fuera mi responsabilidad.
—No me imagino a tu madre desaprobando que vivas tu sueño. O sea, ¿no fue lo que hizo ella? Creo que leí un artículo que decía que os llevaba a ti y a tu hermana de gira cuando erais pequeños.
No voy a admitir que he leído todos los artículos que existen sobre Tyler Heath y Chastity Walker.
—La diferencia es que ninguno de los dos estaba enfermo. No nos abandonó para ir a perseguir sus sueños. Se aseguró de que tuviéramos la mejor vida posible, incluso cuando vivíamos en un autobús de gira.