Capítulo 16
Harper
C uando vuelvo a la autocaravana, me zumban los oídos con palabras como «última oportunidad», «la hora de recomponerse» y «estás a una cagada de tener que buscar otro equipo».
Dejo atrás a los periodistas echando chispas por los ojos, pero ellos no se inmutan y siguen metiendo el dedo en la llaga de mi fracaso.
Lo peor de todo es que hemos cedido el liderato del Campeonato de Constructores. Es horrible. Solo me ha parecido más horrible ver la cara de todo el mundo cuando han comprendido lo que significaba…, y entonces a Kian se le ha caído el alma a los pies. Anders no estaba nada contento.
Es totalmente culpa mía. Soy el culpable.
Siempre ignoro a los remilgados y puritanos que intentan entrometerse en mi forma de vivir la vida, pero no soy un imbécil integral.
Desde que me llamaron para subir a la Fórmula 1, hasta yo he ido con más cuidado.
Al principio de la temporada, Anna me comentó una serie de expectativas relativas al comportamiento de un piloto de Hendersohm.
Una lista básica de cosas que hacer y no hacer, por llamarlo de alguna manera.
Desde que firmé el contrato, no me he alejado demasiado de esas directrices.
No he hecho nada que pueda provocar mi despido.
Me da igual lo que piense Kian: quiero estar en el equipo.
Lo curioso es que lo que va a provocar que me despidan es algo que hice antes de que empezara siquiera la temporada.
Hace un par de años, hice una orgía con tres tíos, y ahora lo voy a pagar caro porque alguien hizo un vídeo, cómo no.
Por lo visto, el equipo de relaciones públicas de mi mánager se las ha visto y deseado para intentar retener la historia.
Supongo que antes yo no era un perfil lo bastante conocido, por lo que mi chantajista ha esperado hasta que subiera a la categoría superior para ver si podía sacar algún dinero con las imágenes.
Tenía la intención de vendérselas a los medios, pero al parecer voy a ser yo quien se las compre, con una considerable parte de las ganancias de esta temporada.
No hay nada malo en hacer una orgía, ya que fue consensuada y todos éramos mayores de edad; aun así, Anders se puso como loco porque a los propietarios, los patrocinadores y los VIP no les haría ninguna gracia, claro.
Esta temporada no he cruzado ninguna línea roja; sin embargo, sé que me he acercado a zonas grises y, tras la bronca que nos echó Anders en Baréin, no puedo tentar a la suerte.
Sin embargo, aunque me hubiera comportado como el niño bueno, como Don Pelmazo, mi pasado habría vuelto de todos modos a tocarme los cojones.
Por lo visto, hubo una reunión con el equipo sénior, que decidió que me iban a dar una última advertencia.
Otra cagada y adiós, muy buenas. Es evidente que lo que Kian le haya susurrado a Jackson al oído ha llegado hasta Anders.
Tengo suerte de que Elijah no esté todavía lo bastante recuperado como para regresar, porque de lo contrario ya me habrían puesto de patitas en la calle.
La gente lleva toda la vida diciéndome que siente la cabeza.
Que no haga nada que pueda poner en riesgo mi carrera.
Siempre les he dicho que me dejen en paz.
En cambio, tenían razón. Siempre la han tenido.
Quizá por eso me esfuerzo tanto y conduzco tan rápido, porque intento escapar de los demonios que sé que me persiguen.
Los demonios que siempre me persiguen. Los errores que ya he cometido.
Si bebo mucho, follo mucho, gano mucho, algún día seré lo bastante mayorcito como para que los demonios ya no puedan hacerme daño.
¿Acaso no es con eso con lo que sueña un niño como yo, con dejar atrás el miedo de que algún día lo señalarán y lo llevarán de vuelta a la pocilga de la que salió?
Hace tiempo, oí que alguien lo apodaba «el síndrome del impostor», aunque creo que es poner palabras de terapia a una mierda muy gorda.
Es distinto para la peña como yo, los que no tenemos donde caernos muertos, ningún sitio al que ir ni nadie a quien recurrir.
La estoy cagando por activa y por pasiva: con el equipo, con Kian, con mi vida en general. Es probable que la esté cagando desde que aparecí en este mundo.
Ahora le he costado puntos al equipo y, posiblemente, el Campeonato Mundial de Constructores. ¿A cambio de qué? De un par de orgasmos mediocres de tíos que son unos cabronazos.
Ni siquiera puedo llamar a Johannes. Últimamente, apenas nos vemos.
Siempre está ocupado con el secreto que me oculta, y creo que de todos modos tampoco me entendería.
¿A quién más iba a importarle? En mi móvil hay muchos nombres y teléfonos, pero no puedo llamar a nadie para contarle lo que está pasando.
De ahí que me vaya a la autocaravana y me encierre en mi habitación.
Durante lo que parecen horas, aunque en realidad no son más que unos minutos muy largos mientras reflexiono acerca de lo que ha ido mal, me quedo tumbado mirando el techo oscuro. No estoy acostumbrado a tanto silencio.
Hay tanta calma que oigo cuándo vuelve Kian y cómo deambula por el comedor.
Es probable que esté ordenando, pero ¿quizá me esté buscando a mí?
O quizá es un delirio pensar que a Kian pueda preocuparle lo que esté haciendo yo.
Me resulta un tanto reconfortante oírlo dar vueltas por la caravana.
Supongo que está aliviado por poder tenerla para él solo durante un rato.
Quiere que me vaya, claro. ¿Quién no lo querría?
Bueno, pues pronto se le cumplirá el deseo. Sabía que esto no podía durar. Sabía que tarde o temprano lo mandaría a la mierda. Como siempre lo mando todo a la mierda. A fin de cuentas, este no es mi sitio.
Me acurruco contra la almohada y me la meto en la boca para ocultar los sollozos, pero no puedo parar de llorar.
Al cabo de un rato, oigo que abre el grifo de la ducha, y casi siento alivio al pensar que el ruido del agua salpicando contra los azulejos ahogará mis sollozos. Quizá también ahogue el ruido de mi cabeza.
Sin embargo, dura poco. O Kian se ha dado la ducha más rápida de la historia o la ha abierto para que no lo oiga cagar.
No sabría decir qué es peor, porque siempre se necesita una ducha larga después de un día de carreras para quitarse la peste a goma y a gasolina.
Sigo llorando contra la almohada hasta que no puedo más.
Me parece oír a Kian salir, y espero que solo esté siendo amable y dándome espacio, aunque sé que no me lo merezco.
Cuando llama ligeramente a mi puerta, es a la vez esperado e inesperado.
Esperado porque pensaba que entraría enseguida en cuanto llegara a la autocaravana, despotricando sobre lo malo que soy, lo decepcionado que está, cómo lo he arruinado todo para los dos. Y ni siquiera lo habría culpado.
Inesperado porque, cuando le susurro que entre, tiene una bolsa de comida para llevar en una mano y un par de cervezas colgando entre los dedos de la otra.
—¿Te parece bien que pase? —me pregunta desde la puerta, un rayo de luz que se cuela en mi habitación.
No recuerdo la última vez que alguien me vio llorar. Tenía a lo mejor… ¿catorce años? Una tarde, en aquella maravillosa casa de acogida, la familia que pensé que por fin me adoptaría me pidió qu e entrara y me sentara. Supe exactamente qué tipo de conversación se avecinaba.
Hora de irse. Otra vez.
Para entonces ya había superado la etapa de sollozar como un niño pequeño, pero no pude evitar que varias lágrimas silenciosas corrieran por mi rostro cuando me dijeron que la asistente social llegaría por la mañana y que me ayudarían a guardar mis cosas en un par de bolsas de basura.
Las cosas que habían hecho de la habitación de la planta de arriba mi hogar.
Aunque todavía está bastante oscuro, me esfuerzo por secarme las lágrimas por si así consigo que no se dé cuenta.
Deja la comida para llevar a los pies de mi cama antes de sacarse dos bandejas de debajo del brazo.
Se mueve con torpeza hasta que enciende la lámpara de mi mesita de noche, que nos ilumina con una luz cálida. La luz justa para servir la comida.
Ha traído una mezcla de todo: fideos, arroz, una variedad de carnes con diferentes salsas de frutas.
Y lo más importante: patatas fritas con sal y pimienta.
Ni siquiera sé qué está pasando ni por qué, pero no puedo decirle cuánto necesito esto ahora mismo.
No tengo palabras para expresar lo reconfortante que es esta comida y cuánto me recuerda a las cenas baratas de mi infancia.
No importaba dónde viviera, las patatas fritas con sal y pimienta del restaurante chino sabían igual, y me llenaban.
—No es que no te esté agradecido —empiezo a decir, sorbiendo por la nariz mientras intento encontrar la mejor manera de terminar la frase—, pero… ¿por qué?
No es elegante, pero tampoco lo es la forma en la que me limpio la nariz mocosa con el edredón, pero así soy yo.
—Hoy ha sido un día de mierda y es comida china para llevar. Creo que a los dos nos sentará muy bien.
Tranquilo y sereno, se sienta en mi cama y recuesta la espalda contra la pared. Con el festín chino situado entre los dos, se pone a comer .
—Ha sido un día de mierda solo por mi culpa. Que conste que lo siento.
Me mira como si un conejo blanco acabara de salir de mi boca y estuviera bailando alegremente en el suelo.
—¡Vaya! Nunca pensé que oiría esas palabras brotar de la boca de Harper James. —Abre una cerveza y me la da antes de hacer lo mismo con la suya.
—Estás bebiendo cerveza sin que nadie te coaccione. Yo tampoco pensaba que llegaría a verlo.
Brindamos con las botellas y comemos. Bebo un sorbo y luego miro la etiqueta. Es cerveza sin alcohol. Supongo que hay cosas que no cambian nunca.