Capítulo 15
Kian
V er a ese chico arrodillado delante de Harper me afectó de una forma que soy incapaz de admitir.
El motivo original por el que los vi —la necesidad de orinar— ya no era factible, porque se me puso durísima, y tuve que pajearme al volver a la cama.
Lo que me dejó al borde de la locura fue ver a Harper poner los ojos en blanco cuando el chaval le comía la polla entusiasmado.
Es como si la imagen se me hubiera grabado en la retina, de modo que, al regresar a la cama y mirar fijamente al techo, solo conseguía ver el absoluto placer que le irradiaba el rostro.
Me empalmé más y más, quizá incluso más cuando Harper se dio cuenta de que había estado inmóvil en el marco de la puerta observando en silencio durante un par de segundos antes de anunciar mi presencia.
Tuve que recolocarme para que no quedara clarísimo que la escena me ponía cachondo, pero él se dio cuenta. Lo sé por la sonrisilla pícara que esbozó.
Sin embargo, en cuanto salí del trance no me quedaba nada más que rabia. Una cosa es ser un poco desordenado, dejar platos sucios a un lado y ropa tirada por el suelo, pero ¿tener sexo en nuestro espacio compartido? Es una falta de consideración, es imperdonable y, francamente, asqueroso.
Sigo pensando en eso al despertar. Me ha costado años de práctica concentrarme durante las clasificatorias, y necesito la estructura de mi rutina más que nunca para centrarme y afrontar la carrera con la mentalidad adecuada, pero las imágenes de anoche se reproducen en bucle en mi cabeza.
Por la noche me desplomo en la cama y vuelvo a dormir fatal.
Como resultado, llego tarde a mi sesión de yoga matutino. Son mucho más de las ocho cuando por fin extiendo la esterilla y empiezo en el salón, pero tengo que confiar en el proceso y seguir los pasos que sé que me funcionan.
Estoy en la postura del saludo al sol cuando aparece Harper.
Pienso durante un segundo que está a punto de cabrearme y volver a observarme desde el sofá, pero está completamente vestido con la ropa del equipo y sale corriendo antes de que pueda siquiera saludarlo.
No dice a dónde va, y, cuando termino el yoga y reviso nuestro calendario compartido, no veo nada en su agenda tan temprano.
Qué raro. Casi me preocupa un poco qué estará tramando, aunque me basta con un recuerdo de su polla dura para expulsar cualquier preocupación. Harper es un egoísta de mierda, y necesito concentrarme en mi propio rendimiento.
Varias horas después, regresa de donde sea que haya estado, dejando tras de sí una estela de furia silenciosa. Se encierra en su habitación. Una inquietante quietud se apodera de la autocaravana hasta que llega la hora de ir a la pista.
Lo más extraño es que no dice nada en todo el camino. Por lo general, no para de hablar de todo y de nada, o se burla de mí por hacer yoga y la meditación que me ha «pillado» haciendo más veces de las que me gustaría admitir.
Si alguien me acusara de haber empezado a practicar en el salón para que me viera, lo negaría hasta la saciedad. Pero en el amor y la guerra…
En cuanto entramos en el box, me hacen un par de entrevistas previas a la carrera.
Siempre es mucho más emocionante cuando te entrevistan delante del público.
La gente aplaude y corea, y veo por lo menos a una docena de personas con ropa de Hendersohm, algunas con carteles con mi nombre.
El ambiente no perjudicará a mi reputación y mi ego se llena de alegría. No me preguntan cuándo voy a retirarme.
—Siempre te vemos con auriculares puestos cuando calientas cerca del trazado. ¿A quién o qué estás escuchando? —se interesa la presentadora de Sky Sports.
Hacía tiempo que no me formulaban esta pregunta, quizá porque cuando me la hacían mucho al principio de mi carrera como piloto mis respuestas siempre eran las mismas.
Ya no.
—A veces es un pódcast de meditación guiada, a veces es Noah Kahan u Hozier.
Ella asiente como si fuera a dar más detalles, pero de repente me quedo paralizado. Harper, con la capucha puesta, está de pie a la sombra de una bandera con los logotipos del equipo y de nuestros principales patrocinadores, y se está secando las lágrimas. Nunca pensé que vería algo así.
La reportera vuelve a hablar, y doy gracias a Dios de que no sea en directo, ya que no oigo ni una de las palabras que dice. Toda mi capacidad mental está centrada en Harper.
¿Qué coño está pasando?
—Lo siento mucho, ¿podrías repetirme la pregunta? —digo con la mayor cortesía posible, intentando no parecer un capullo arrogante.
—Te preguntaba que por qué meditación guiada.
—Me ayuda a concentrarme. Las carreras son tanto mentales como físicas.
Estar en el estado mental adecuado es tan importante como entrenar en el gimnasio o en la pista.
Afecta enormemente a mi rendimiento. Sé que la mayoría de los pilotos prefieren música más animada para motivarse, pero a mí esto es lo que me funciona.
O, como mínimo, lo que me suele funcionar. Últimamente me ha fallado un par de veces .
Pero hoy no. No voy a dejar que me falle hoy.
Hoy tengo que estar alerta. No puedo permitirme preocuparme por lo que le pasa a Harper. Él no se preocupará por lo que me pase a mí, desde luego.
Los dos ocupamos buenas posiciones de salida, pero ese es el último momento en el que la situación pinta bien.
En la primera vuelta, perdemos a dos pilotos enseguida. Justo delante de mí ocurre un pequeño accidente, del que ninguno de los monoplazas puede recuperarse. Aunque haya pocos restos en el circuito, tengo que esforzarme para evitar chocar contra ellos, y eso me ralentiza la vuelta.
Es su accidente, pero para mí es de lo más frustrante cuando cada segundo cuenta.
Al cabo de dos vueltas, vuelve a suceder.
—¿Qué está pasando, Cole? —pregunto cuando aparece otra bandera amarilla y tengo que reducir la velocidad de nuevo.
—Es un Ferrari. Estamos a la espera de saber qué pasa. Podría ser grave. Ha chocado con la barrera. Puede que entre el coche de seguridad. Te mantendré informado. —Este circuito no es precisamente conocido por los accidentes, así que me sorprende que haya tantos.
—¿A cuántos pilotos hemos perdido ahora mismo?
—A cuatro.
—¿Quién va primero?
—Yorris. Pero estás cerca. Sigues segundo. No dejes de apretar.
—¿Y Harper?
Se hace un breve silencio, casi como si quisiera dejarme terminar la vuelta antes de contestar. Aunque me conoce bien y ha sido mi ingeniero de carrera durante unos cinco años, no se da cuenta del estrés que me genera su silencio.
Sobre todo después de cómo he visto a Harper esta mañana.
Cruzo la línea de meta a toda velocidad, preparándome para otra vuelta, cuando me informa :
—Decimosexto.
Todavía tengo tiempo de presionar a Yorris e intentar llegar al primero puesto, pero está claro que Harper está teniendo una pésima carrera.
—¿Qué le pasa? —me extraño, pero Cole no lo sabe.
Harper debe de estar destrozado. En un día como hoy, nadie quiere ocupar el último puesto.
Por suerte, consigo expulsar de mi mente la idea de que esté molesto. No logro adelantar a Yorris y tengo que conformarme con un segundo puesto, pero lo acepto.
Harper, en cambio, llega al box cojeando.
Espero que alguien esté pendiente de él y que no esté solo.
Seguro que Ash se encarga. Es muy fácil que un mal día, después de haber tenido un buen desempeño, se convierta en un momento muy difícil.
Es un golpe duro que no deja de afectarte mientras tu estado mental se hunde.
No es algo que puedas olvidar, porque tendrás que responder preguntas de la prensa sobre tu desempeño y leer el análisis de tus errores.
Luego, antes de la siguiente carrera, te preguntarán cómo vas a corregir esos errores y qué haces para recuperarte tras semejante fracaso.
Es como recibir una bofetada justo cuando más necesitas animarte.
Cuando salgo del monoplaza, el box está más silencioso de lo normal después de que un piloto de Hendersohm haya terminado segundo, y sé al instante que es por Harper.
Está sentado en un rincón, con una sudadera del equipo encima del mono, con los cordones ajustados alrededor de la cara para no ver y que nadie lo vea a él.
No sé ni qué decir. Es una imagen desoladora, y sospecho que está llorando.
Terminar fuera de los diez primeros puede ser devastador, y él no tiene la resiliencia de un piloto experimentado.
A veces olvido que todavía es un novato y que esta es su primera temporada.
Seguro que se siente aún peor por el hecho de que vayamos a caer al segundo puesto en el Campeonato de Constructores como consecuencia de su resultado.
Sabe que es su culpa, no hay ninguna duda.
Esto no es como el fútbol, donde un error lo pueden cometer tres, cuatro o más jugadores, o verse agravado por diferentes incidentes y provocar la derrota.
La forma en la que se reparten los puntos en este deporte lo deja claro.
Cuando lo veo ahí sentado, completamente desanimado, sobre todo después de lo callado que ha estado esta mañana, se me pasan las ganas de enfadarme con él.
Tiene que olvidarse de Austria y centrarse en lo que viene: Silverstone.
Es nuestro hogar y tenemos que arrasar. Tampoco es que yo haya quedado primero hoy; también podría haber hecho más para quedar primero en lugar de segundo.
Solo espero que Harper sepa afrontar los contratiempos y no se hunda en la desesperación, y que Johannes sea de esos amigos que no hacen leña del árbol caído.
Normalmente, a estas alturas del análisis posterior a la carrera, Harper bromea con Ash, busca los tiempos de vuelta específicos y repasa los momentos de la carrera en los que los neumáticos no se comportaron bien o ve imágenes de los momentos clave.
Ash lo intenta, pobre. Le muestra los mejores momentos de las vueltas, pero no funciona.
Harper está a punto de estallar y, como es la primera vez que le pasa, nadie sabe cómo ayudarlo.
¿Se convierte en un torbellino de ira, destroza cosas o se enfurruña?
Hay una especie de contención colectiva mientras esperamos a ver qué pasa.
Al final, tan solo se derrumba.
Se cierra en banda. Es como si le hubieran succionado el alma. Es una devastación total.
Por suerte, Anders lo libera de cualquier entrevista, y Harper se va tan rápido que casi parece que se evapora.
Por desgracia, ya hay periodistas merodeando cerca, así que tiene que esforzarse para llegar a un coche mientras le bombardean con preguntas implacables sobre su desempeño.
Ojalá esté diciendo: «No haré declaraciones», sobre todo para que no comente nada de lo que se arrepienta más tarde.
Anders corre tras él y le grita que «nada de prensa» no significa que pueda irse, pero Harper ya se ha marchado.
Me quedo solo ante los medios y ninguno quiere hablar de mi segundo puesto. Todos quieren saber qué le ocurre a Harper James.
—¿Ha sido un problema técnico o de ingeniería? —pregunta uno de ellos, con el micrófono colgando sobre un grupo de columnistas y locutores de radio.
—Que nosotros sepamos, no. Se hará un análisis exhaustivo del coche tras la carrera, claro, pero no parece ser un fallo mecánico.
—En ese caso, ¿su mal desempeño de hoy se debe a un error de conducción?
La pregunta me enerva un poco. ¿Podría haberlo hecho mejor? Claro que sí, pero no ha provocado ningún accidente en la pista ni ha dañado el monoplaza; solo ha tenido un día de lo más malo.
—Todos tenemos un mal día. Nadie es perfecto, no somos robots. Pero la temporada todavía no ha terminado. Eso es lo bonito del automovilismo. Aprendemos de la carrera y lo ponemos en práctica para la próxima.
Doy respuestas así a cualquiera que intenta provocarme para que critique a Harper, más cuando mencionan que Harper podría habernos costado la victoria del Campeonato Mundial de Constructores.
Mi tono se vuelve más cortante a medida que se suceden las preguntas.
No sé cuándo empiezo a proteger a Harper James; sin embargo, no tiene nada que ver con las amenazas de Anders, sino con la imagen de él acurrucado en un rincón, con el corazón a punto de romperse.
Quiero volver a casa, sobre todo al Reino Unido, donde veré a mi familia y sentiré la fuerza de su amor y apoyo, pero también a la autocaravana.
Aunque no estoy del todo seguro de lo que me voy a encontrar .
Con lo angustiado que estaba cuando ha salido furioso del box, desquitando la frustración con todos los periodistas que lo esperaban e ignorando las súplicas de Anders para que parara, no tengo ni idea.
Quizá ha destrozado la autocaravana, le ha prendido fuego o está ahogando las penas en vodka o con la mamada de un desconocido. Es difícil predecir lo que hará Harper.
Al entrar, reina el silencio. Todas las luces están apagadas. Cuando las enciendo una a una, veo que no hay nada roto, destrozado ni ardiendo.
Hay una espeluznante quietud. Es casi demasiado.
No me he quedado mucho tiempo después de la reunión del equipo, así que me sorprende que haya podido llegar a casa, ducharse y marcharse en este tiempo, aunque ya nada debería sorprenderme de Harper James.
Hace lo que le da la gana y le importan poco las consecuencias o los daños colaterales.
Estoy a punto de ir a darme una ducha, con la mano sobre el interruptor, cuando un leve ruido se filtra por debajo de la puerta del baño compartido.
Es casi inaudible, como si mi mente me estuviera jugando una mala pasada.
Hasta que pego la oreja a la puerta y ahí está de nuevo: pequeños sollozos.
Casi puedo imaginarlos recorriendo su cuerpo, su pecho subiendo y bajando mientras intenta controlar los gimoteos.
Me rompe el corazón. Más aún viniendo de un tío que tiene una coraza tan dura.
No puedo dejar de escuchar, así que me siento como la peor persona del mundo por estar escuchando a escondidas su dolor en lugar de acercarme y ver cómo está.
Pero ¿qué le digo a un tío que tiene una dura capa de arrogancia alrededor que utiliza como armadura? ¿Qué le digo al tío que seguramente rechazaría con vehemencia cualquier intento de consolación?
¿Qué le digo al tío al que he besado una vez y en el que no he podido dejar de pensar desde entonces?