Capítulo 14
Harper
H e alcanzado un nuevo nivel de mezquindad.
Pongo la alarma diez minutos antes de que suene la de Kian.
Es muy estricto con su horario, así que es fácil darse cuenta.
Me preparo una tortilla de champiñones y jamón, además de un vaso de zumo de grosella negra, asegurándome de ensuciar todo lo posible, y luego me dejo caer en el sofá del salón y espero.
La emoción me recorre el estómago y se extiende por todo mi cuerpo.
Es graciosísimo.
—¡Capullo! ¿Qué haces? —gruñe, con la voz ronca y áspera de la mañana.
Dios, casi me pone cachondo. Si consigo que diga mi nombre ahora mismo, es probable que me corra en el pijama.
No digo nada, solo apoyo los pies en la mesa de centro mientras le doy otro bocado a mi tostada.
—¿Te importa? —pregunta, irritado.
Está desenrollando su esterilla de yoga morada en el salón. Lleva una camiseta sin mangas enorme y los pantalones cortos más ajustados que he visto en mi vida. Se pegan a los troncos de árbol que él llama muslos y me hipnotiza la forma en la que tensa los cuádriceps al enfadarse.
—¿Si me importa el qué? —Me hago el tonto porque es que es muy divertido verlo enfadado.
—No es un deporte con público. —Lo dice con su mejor voz de profesor, pero no me desanima.
—Pues cualquiera lo diría —digo, mirando su entrepierna en esos ajustados pantalones cortos.
Esta imagen llenará mi reserva de fantasías durante años. No voy a desaprovechar la oportunidad de verlo hacer la postura del perro bocabajo por nada del mundo.
—No te mueves.
—Gracias, Capitán Obvio. —Meto los pies debajo de mí y me acomodo.
El aceite gotea de mi tortilla doblada y me cae en los dedos. Lamo las gotas y lo oigo respirar de manera entrecortada.
¡Es demasiado fácil!
Ayer por la mañana fui tambaleándome al baño para mear y vi el final de su rutina.
Al principio estaba medio dormido, pero enseguida me desperté del todo.
Observé todos y cada uno de sus músculos, extendidos y abultados, mientras mantenía la posición.
Era precioso. Tenía los ojos cerrados y la respiración controlada, el rostro relajado y sereno.
Creo que nunca me he sentido como Kian. No sabía si quería acostarme con él o ser como él.
Incluso me había preparado un tentempié matutino. ¿Qué quería que hiciera? ¿Que lo tirara?
—Pues nada —murmura, y procede a empezar la rutina sentándose con las piernas cruzadas y cerrando los ojos.
Luego mueve el cuello y los hombros con fluidez en un ritual de cuerpo completo que hace que parezca elástico o como si estuviera hecho de agua. No sé cómo describirlo, solo sé que es toda una experiencia verlo tan centrado, tan relajado y tan increíblemente sexi a la vez .
De hecho, empiezo a sentirme como un voyeur al observar algo tan personal e íntimo. Tiene culazo, fuerte y musculoso, con hoyuelos en las nalgas al apretarlo.
Sobre todo cuando se inclina en lo que creo que es el saludo al sol.
—Así me gusta, adórame.
Se ríe antes de fruncir el ceño rápidamente y darse la vuelta por completo.
No es que me queje, porque así consigo otra vista perfecta de su culo respingón, ceñido por la finísima capa de licra. Si no conociera a Kian, pensaría que lo hace para provocarme.
Pero lo conozco y sé que es probable que exista una razón por la que lleva esos pantalones cortos. Fijo que es para respirar o moverse con más facilidad.
No me importa cuál sea el motivo. Le agradezco que haya decidido ponérselos esta mañana.
Quiero inclinarlo sobre la mesa de café y follármelo por detrás. Las ganas son tan potentes que he olvidado la bebida y la tostada que tenía en la mano. Estoy hipnotizado por la forma en la que mueve el cuerpo. Hasta que llega al final y termina con algunos ejercicios de respiración.
Se tumba bocabajo, con las palmas de las manos planas sobre la esterilla, y luego se incorpora de modo que curva la columna y echa la cabeza hacia atrás.
Observo cómo le palpita una vena del cuello y pienso en el pastizal que podría ganar en OnlyFans vendiendo vídeos de sí mismo haciendo estas cosas.
Empiezo a valorar la posibilidad de probar el yoga; ¿será muy chungo?
Tengo la boca seca.
Ya ni siquiera sé por qué sigo aquí; bueno, es obvio por qué sigo aquí.
Es decir, para provocarlo. Para irritarlo.
Para intentar obtener una reacción de él.
Cuando anoche puse la alarma, me reí con malicia al imaginar lo mucho que se cabrearía; en cambio ahora, aquí sentado, el único que está sufriendo soy yo .
Kian se ha esforzado por dejar claro que el beso fue un error. Pillo las indirectas al vuelo y, como se larga de cada habitación en la que entro, lo he captado a la perfección. Hasta el punto de que me está empezando a enfadar.
Ahora mismo, sin embargo, haría cualquier cosa para convencerlo de que me vuelva a besar. Quiero sentir el roce de sus labios sobre los míos, sus dedos hundiéndose en la piel de mis caderas, mi estómago, mis muslos. Me muero por cualquier caricia suya. Solo una, una vez. Necesito algo que me calme.
Pero sé que no sería suficiente. Una vez nunca será suficiente con él.
Lo sé tan bien como sé cómo me llamo.
Y ese es el problema, en resumidas cuentas.
Soy un lobo solitario, no un animal de manada.
Nadie ha creído jamás en mí como yo creo en mí mismo.
Siempre me han dicho que nunca llegaría a nada.
Siempre me han abandonado, me han dejado atrás, me han desechado como si fuera basura.
La única persona con la que puedo contar soy yo mismo.
Incluso Johannes, la única persona en la que he confiado durante toda mi vida, apenas está presente ya.
Sé que ha encontrado a otro, y al principio me pareció que el mundo se me venía abajo.
No podía respirar, no podía pensar, no podía ver.
Así que empecé a beber hasta que ya no me importaba nada.
Y entonces llamé a Kian.
Pero no quiero una relación. No quiero depender de nadie, necesitar a nadie, amar a nadie.
Sería mi perdición.
Eso era lo que necesitaba recordar para no hacer ninguna tontería.
Querer estar con alguien más de una vez no funcionaría. Para mí no. Nunca.
Me escabullo mientras él está acurrucado en una especie de contorsionismo encima de la colchoneta. Se acabó la diversión .
Aunque sigo tensando la tela del pijama, así que necesito solucionarlo.
No puedo acostarme con Kian, pero eso no significa que no pueda cascármela mientras me lo imagino estirándose para la postura del saludo al sol.
No necesito mucho, un par de sacudidas y me corro en el puño. Debería bastar. Debería estar agotado, pero no funciona.
Quiero más. Quiero meterle la polla en la boca. Quiero que sus manos me aprieten el culo mientras me chupa los huevos.
¡Jodeeeer!
Por suerte, mi día está repleto de entrevistas, un masaje deportivo y algo de fisioterapia, seguido de compromisos en redes sociales para promocionar el campeonato austriaco.
Me han llamado a mí, junto a uno de los suecos, Johannes y Yorris.
Por lo menos han elegido a algunos de los pilotos más divertidos, los que tienen más personalidad, así que seguro que nos reiremos.
Lo mejor es que después saldremos todos juntos a cenar y tomar algo. Puede que Kian no quiera socializar con sus rivales, pero yo no veo cuál es el problema.
Yorris es interesante. No lo conozco muy bien, y de primeras no me convence. Transmite una vibra de cabrón total, en un sentido que no mola ni es sexi, pero cuando se toma un par de copas es divertidísimo.
—Ese tío lleva toda la noche mirándote. —Yorris apunta con el cuello de su botella de cerveza a un chico guapo que, como bien ha dicho, no puede quitarme los ojos de encima.
El tío ni siquiera intenta disimular y, cuando intercambiamos una mirada, me hace señas para que me acerque.
—Bueno, chavales —digo, dándome palmadas en los muslos—, disfrutad del resto de la noche. No hagáis nada que yo no haría.
Johannes se levanta del reservado para que yo pueda salir y me lanza una mirada de desaprobación casi idéntica a la de Kian, pero no hay quien me pare .
El guapo es presa fácil. Le pongo una mano en el hombro y tres segundos de mirada fija bastan para que acepte irse conmigo. En cuanto salimos del bar y nos subimos al Uber que he pedido, me doy cuenta de que no sé a dónde lo voy a llevar.
Mi cama de la autocaravana es muy cómoda, pero las paredes son delgadísimas, y Kian seguro que me oirá.
Es perfecto.
Le voy a enseñar lo que se está perdiendo.
—Nunca me ha follado un famoso —comenta él tan pronto como entramos en la autocaravana.
Se me baja todo de golpe. Son todos iguales, solo buscan cinco minutos de fama.
Al principio no me molestaba; hasta me gustaba que me adoraran. Últimamente me repugna. Casi me entran ganas de parar y mandarlo a casa.
Sin embargo, no lo hago. Al final lo llevo a mi habitación y empezamos a sobarnos en la puerta.
Él intenta desabrocharme los vaqueros y yo voy bajando por su camisa abotonada, dándole besitos y mordisquitos por su clavícula hasta que su piel se enrojece y gime cada vez que le clavo los dientes un poco más de lo que debería.
—Joder, qué bien se te da. Mi amigo tenía razón cuando me habló de ti el año pasado.
¡Hostia puta! ¿Por qué no cierra el pico? Me arrepiento de no haber metido una mordaza en mi bolsa de viaje.
No se lo corroboro con una respuesta, sino que me limito a morderle en el hombro, y esta vez se encoge.
Estupendo.
Pero le doy un beso rápido para que se le pase. No quiero que mañana los titulares de los tabloides me llamen mordedor o una especie de caníbal fetichista friki.
A Anders no le haría ninguna gracia.
El chaval me baja los tejanos y los calzoncillos por los muslos hasta dejarlos a la altura de los tobillos, luego se sienta en el suelo.
Está delante de mi polla y empieza a pasar la lengua por la punta antes de recorrer la parte inferior.
Ahogo un gemido. Busco algo donde apoyarme y encuentro el marco de la puerta mientras este tío me hace maravillas con la boca.
Está disfrutando de cada segundo, ahueca las mejillas y succiona con fuerza mientras se mete en la boca todo lo que le cabe.
Le entra una leve arcada cuando le golpeo el fondo de la garganta con el rabo.
Tiene talento, hay que reconocerlo, y por lo menos ha evitado cargarse el buen rollo diciendo chorradas.
Necesito de verdad desahogarme después de lo que ha pasado esta mañana en la autocaravana.
Con los ojos cerrados, evoco el recuerdo de la sesión de yoga matutino y casi puedo imaginar que es Kian el que está de rodillas frente a mí.
Nada va a impedir que me corra ahora mismo.
—¡Tiene que ser una puta coña! —sisea Kian desde la puerta. El tío, cuyo nombre no recuerdo, se sobresalta y se atraganta con mi polla—. Haz lo que quieras en tu habitación, pero esto sí que no. Tenemos que compartir este espacio. No quiero pisar tu corrida de camino al baño.
El chaval está aterrorizado y se levanta. Tengo suerte de que no me arranque la polla con lo rápido que se ha apartado.
—¡Joder! ¿Es Kian Walker? ¿Compartes la caravana con Kian Walker? Qué suerte, tío. Preferiría mil veces hacerle una mamada a él que a ti. No te ofendas.
¿Por qué la gente comenta eso cuando es obvio que acaba de decir algo ofensivo?
—No, gracias —dice Kian.
Eso no consigue curar mi maltrecho ego. Yo también preferiría estar comiéndole la polla a Kian Walker.
—Deberías irte —le sugiero, y sale de aquí más rápido que una rata por una alcantarilla—. Muchas gracias, ¿eh? —añado girándome hacia Kian .
La luz del porche lo ilumina en la puerta. No está contento, tiene la punta de las orejas y la parte alta de las mejillas rojas como un tomate, y no estoy seguro de si es porque me ha pillado recibiendo una mamada o porque lo hemos despertado.
En cualquier caso, está muy mono tan descolocado.
De repente, recuerdo que me sigue colgando el rabo, que no se ha enterado de que es hora de bajar. Creo que estoy incluso más cachondo ahora que cuando se lo he metido hasta el fondo al tío del bar.
Pero sé que, si no me subo los calzoncillos, puede que Kian me ampute la polla, así que me los subo enseguida, seguidos de los vaqueros.
—Ya era hora, joder —dice, sin moverse de la puerta, como el pervertido que es.
—¿Decepcionado?
Incluso con la poca luz que hay, es difícil no ver cómo se le oscurecen los ojos, casi como si estuviera decepcionado. O tal vez solo sea una ilusión.
—Es que tengo que compartir este sitio contigo durante otras once semanas.
Es una mentira descarada. Ni siquiera él se la cree, y yo menos aún.
—Si tú lo dices… —replico, soltando la bomba casi tan rápido como me he bajado los pantalones para el tío cuyo nombre no recuerdo.
Vuelvo a mi habitación y cierro la puerta de golpe, imaginándolo corriendo para espiar por una rendija mientras me corro.
Es una paja rápida e intensa, y ni siquiera intento no hacer escándalo al llegar al orgasmo.
Lo único que lamento es que la puerta no tenga una mirilla para ver lo mucho que lo he sorprendido.