Pole Position: Rivales en la pista Capítulo 11
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Capítulo 11

Kian

A l cabo de un día y medio, sigo desmoronándome. No puedo pensar, no puedo dormir, no puedo concentrarme.

Y el maldito de Harper James irradia una especie de brillo extraño. Diría que es el posorgasmo, a pesar de que ninguno de los dos se corrió.

Sin duda, envidio lo rápido que se ha recuperado de nuestro fallido polvo.

También estoy… ¿dolido? ¿Ofendido? No consigo expresar con palabras lo que siento al ver que parece completamente indiferente a lo que pasó entre nosotros.

Sobre todo porque me da la sensación de que mi mundo entero se ha sumido en un caos que no augura nada bueno para mi rendimiento.

Cada vez que me mira, se me eriza la piel y tengo que apartar la vista; estoy con los nervios de punta.

No puedo dormir; cada vez que cierro los ojos, veo su mano en mi polla, noto la presión de su agarre, el movimiento con el que me pajeó, la tensión en los huevos…

Me cuesta recordar hacer incluso las cosas más básicas mientras me preparo para entrar en el monoplaza.

Idiota de mí, no he traído los auriculares al circuito porque esta mañana, cuando me he despertado con los ojos legañosos por haber dado vueltas en la cama, debería haber visualizado el trazado de Miami y pensado en lo que necesitaba hoy. Sin embargo, solo podía pensar en Harper.

¿Estará pensando él en mí ?

Es probable que no, me digo con dureza. Siempre hace lo mismo. Está acostumbrado, acostumbrado a la descarga de adrenalina, a la sensación de ingravidez y a la deliciosa anticipación.

¡Hablo como un puto adolescente obsesionado con alguien, joder!

Me digo a mí mismo que me resulta tan desconcertante porque la última vez que tuve sexo fue hace unos ocho meses. Fue rápido, como rascarse una picazón, y justo lo que los dos buscábamos: relajarnos un poco.

No he tenido ninguna relación seria en casi cuatro años.

Christine y yo estuvimos dieciocho meses juntos.

Rompió conmigo poco antes de que me fuera a la pretemporada porque no estaba el tiempo suficiente en casa y no podía soportar otra temporada sin recuperar lo poco que podía ofrecerle.

Afirmó que no estaba presente, ni siquiera cuando estaba con ella.

Y no la culpo; mi capacidad de concentración siempre ha sido mi mayor fortaleza.

Es una de las razones por las que tengo una rutina tan estricta y disciplinada.

Por eso no bebo ni salgo de fiesta. Cuando me pongo al volante, necesito saber que estoy comprometido al cien por cien con la victoria. Sin distracciones.

En esa época, lo que empeoró las cosas fue que, durante el descanso entre una temporada y otra, a mi madre le diagnosticaron párkinson y mi hermana estaba muy enferma con náuseas matutinas crónicas.

Me sentía agobiado y ansioso, y después de cuidar de mi madre y de mi hermana no me quedaban fuerzas para Christine.

Fue una separación amistosa, luego comencé la pretemporada sin mirar atrás. Cualquier espacio mental o emocional que me sobrase lo dedicaba a asuntos familiares, y en la pista podía separar una cosa de la otra sin problema.

Ahora ya no.

La sensación de los labios de Harper sobre los míos se me ha quedado grabada en la mente. Todavía noto sus huellas en cada centímetro de mi piel, incluso en lugares donde no me tocó .

Con Harper no ha habido separación amistosa. Se pavonea con su habitual arrogancia; en cambio, yo soy un manojo de nervios y de torpeza. En público, delante de Anders y del equipo, de los medios y de prácticamente cualquier otra persona, mantenemos lo que se considera una tregua amistosa.

En privado… En fin, no hay privacidad. Me aseguro de que nunca estemos solos. Hago lo imposible por olvidarlo. Sí, ya lo sé, muy maduro por mi parte.

—¿Estás bien? —me pregunta Cole—. Te late el corazón a mil.

Tiene todos los datos de los distintos monitores, tanto del estado del coche como del mío, en una pantalla, claro.

Genial. Simplemente genial.

Mientras estaba absorto en mis pensamientos, viajando al pasado, Cole me ha visto sufrir un miniataque al corazón. Saber qué es tener a Harper James debajo de mí está afectando mucho a mi concentración. No es demasiado agradable. Un cero sobre diez, no lo recomiendo.

¡Ya basta, Walker! Por el amor de Dios.

No sé qué decirle a Cole. Él es mis ojos y mis oídos cuando me subo al monoplaza, así que supongo que debería sincerarme sobre lo que me pasa por la cabeza, pero no existe forma humana de que admita lo que me ocurre. ¡Negación al poder!

—Intento concentrarme. He olvidado los auriculares y me está empezando a doler la cabeza. —Me froto las sienes por si acaso.

Noto cómo el estrés me agarrota la nuca y me tensa la frente. Menos mal que solo es un entrenamiento, el último antes de las fases clasificatorias, y no el día de la carrera.

—Déjame pedirle a uno de los chicos que te lleve algo con electrolitos para que no te agotes. Te lo bebes y luego te pones en marcha —dice, indicándole a un miembro del equipo que coja una bebida de la nevera de los boxes.

Ojalá los electrolitos pudieran sacarme a Harper del sistema .

Uno de los coaches de deportistas de élite que Hendersohm contrata dice que a veces la única salida es afrontar las cosas.

No puedes evitar un problema para siempre ni puedes encontrar una manera de rodearlo; tienes que aceptar la verdad y enfrentarte al problema con valentía.

«Déjate sentir, pero sigue adelante», suele decir. Si Harper es mi problema, entonces…

Mierda. Quizá la única solución sea una revancha sin ropa. Quizá esa sea la única manera de quitármelo de la cabeza.

Uno de los chicos viene corriendo con mi bebida isotónica favorita, la azul. Le doy las gracias, aunque ya lo están llamando para que haga otra cosa.

—No es más que un entrenamiento —me tranquiliza Cole—. A ver qué tal te sientes en la pista, y mañana darás lo mejor de ti. Da unas cuantas vueltas para quitarte de encima lo que te esté chupando la energía.

Ahora me imagino a Harper haciéndome una mamada. Gracias, Cole, qué útil.

Me siento culpable al instante, porque ¿cómo iba a saberlo mi ingeniero?

—Sí, gracias, tío. Creo que solo estoy un poco deshidratado.

Por culpa de la sed que me provoca ver a Harper James.

Cole me mira raro mientras sigo bebiendo la bebida isotónica. Me señala algo en el monitor que reproduce imágenes de esta mañana. Espero mi turno en la pista, pero Yorris, Johannes y los dos suecos de McLaren ya han dado sus vueltas. Creo que son mis mayores rivales esta temporada.

Supongo que debería incluir a Harper en la lista, ya que suele terminar entre los cinco primeros. Me cuesta admitirlo, pero lo está haciendo mejor que Elijah a estas alturas de la temporada pasada.

Cole y yo buscamos las debilidades de los monoplazas de nuestros competidores y señalamos los microerrores que indican sus puntos débiles al volante.

Sobre todo de los suecos, que son hermanos.

Se compenetran muy bien e intentan quedar los dos primeros, justo lo que Harper y yo no hacemos.

Siempre estoy buscando oportunidades para adelantarlos o para mantener el liderato.

El hermano mayor es intrépido, con un instinto asesino en el circuito.

Es como un don natural. El hermano menor a veces entra en pánico si lo presionas lo suficiente.

Es el más débil de los dos, y siempre confío en que puedo vencerlo.

Es una dinámica interesante, la de dos hermanos que compiten juntos. Me alegra no tener que hacerlo, eso seguro. Elise es dura como ninguna y siempre la he admirado, aunque tiene el instinto asesino de un nenúfar.

—¿Preparado para salir? —me pregunta Cole después de que me beba la mitad de la botella de líquido azul.

Asiento con la cabeza. Necesito una buena sesión de entrenamiento para ir con buena mentalidad a las clasificatorias de mañana. También para asegurarme de estar concentrado.

Tras ponerme el pasamontañas y el casco, me subo en el monoplaza. Es mi segundo hogar. La voz de Cole me resuena en los oídos; la cadencia familiar de su respiración me tranquiliza mientras espero a que me digan que puedo arrancar.

El circuito de Miami tal vez sea nuevo, pero fue mi favorito para correr el año pasado. Son solo tres largas rectas que sé cómo aprovechar a mi favor, y luego algunas elevaciones en ciertas curvas que son emocionantes de sobrevolar.

Bajan la bandera para que pueda arrancar y el jefe ya está animándome al oído.

—Dalo todo, dalo todo —me dice Cole.

Acelero a fondo y me lanzo a toda velocidad por la primera recta.

—Ah, y una cosa, Kian. Intenta divertirte, ¿vale?

El comentario me hace sonreír y reír para mis adentros al tiempo que preparo el cuerpo para la fuerza de la gravedad de la primera curva.

En Miami, los entrenamientos libres son divertidísimos.

Puede que esté haciendo un sol de justicia, pero en la pista hay una atmósfera que me saca del bajón de las últimas treinta y seis horas al pasar a toda velocidad junto al estadio de los Miami Dolphins.

Aumento la velocidad y siento cómo responde el coche.

Es entonces cuando por fin empieza la diversión.

Intento no pensar demasiado en nada más que en el pie con el que piso el acelerador, en sujetar el volante con las manos y en la forma en la que el asiento ergonómico se ajusta a mi cuerpo.

Analizo mentalmente todo lo que no funciona bien en la pista y le paso la información a Cole, que trabajará con los técnicos antes de las clasificatorias de mañana. Al fin vuelvo a ser yo mismo.

Entro en los boxes después de quince vueltas y salgo del coche para hablar con Cole y con el equipo sobre qué ajustes podemos hacer para solucionar mañana el flojo tercer parcial. Cole y yo analizamos los datos específicos, luego le entrego mi informe general sobre la sesión de hoy.