Pole Position: Rivales en la pista Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

He estado con hombres, pero hace tiempo que no. Tengo experiencia, pero es que nunca pensé que podría hacerlo con Harper James.

Aunque me apetece. Cada caricia, por leve que sea, me está volviendo loco. El latido de mi propio corazón me resuena en los oídos, y sé que empiezo a jadear. Es casi una sobrecarga de sensaciones. Es demasiado. Demasiado Harper.

—¿Qué quieres, Kian Walker? —Pronuncia mi nombre y mi apellido como si yo tuviera algún poder aquí.

No lo tengo. Me inundan las ganas de someterme y dejar que me haga lo que quiera. Estoy seguro de que en este momento cualquier cosa me sentaría bien.

Su otra mano se acerca para acariciarme la mejilla y me inclina la cabeza para obligarme a mirarlo a los ojos.

Hace media hora estaban vidriosos y él estaba casi inconsciente, como si el alcohol hubiera apagado su brillo.

Ahora son del azul más claro que he visto jamás.

Cristalinos, como el color del mar. Por lo visto, ha recuperado el control por completo.

El borracho que estaba molesto porque su amigo lo ha abandonado ha desaparecido, y ha vuelto el arrogante y fanfarrón Harper James, el novato y capullo de las redes sociales.

No puedo hablar. ¿Qué voy a decir? Me limito a arrimarme a su mano hasta que quedamos rodilla con rodilla en la cama.

Si él no quiere esto, o si no lo quiero yo, ahora es el momento de apartarnos.

No se habrían cruzado límites imposibles.

Podríamos atribuirlo a un error suyo por estar borracho y a un error mío por falta de sueño.

Pero no. Nos inclinamos y, en un instante eléctrico, nuestros labios se tocan. Suavemente al principio, con indecisión, casi como si hubiera habido algo más que cinco minutos de coqueteo previo. A lo mejor sí. A lo mejor han transcurrido algunas semanas. A lo mejor ha pasado más tiempo.

El deseo ha estado ahí, en el fondo de mi mente, cada vez que he vislumbrado su piel desnuda, su sonrisa juguetona, sus hermosos ojos azules. La vulnerabilidad que se esconde debajo de la máscara.

Ese sarcasmo que siempre me ha sacado de quicio. Sí, llevo tiempo fijándome en él.

Aunque no me lo esperaba.

En un movimiento rápido, lo inmovilizo en la cama y nos refrotamos la erección a través de la ropa mientras peleamos por el control del beso. Es salvaje. Emocionante. Como nada que haya experimentado antes.

Hacía años que no estaba tan cachondo, como si pudiera correrme solo con estas caricias. La mano de Harper se desliza por mi cintura y me baja el pantalón, dejando al descubierto mis nalgas. Giro las caderas para que el pantalón desaparezca del todo y mi polla tenga espacio.

Harper interrumpe el beso solo para quitarse la camisa y tirarla al suelo. Consigo quitarme el pantalón de los tobillos mientras intento mantener los labios en contacto con cualquier parte de su piel a la que pueda acceder.

Es una locura. Soy un animal salvaje que busca su próxima comida.

Le mordisqueo la piel de la mandíbula, del cuello, de la clavícula y hasta del pezón.

Perdido en el sabor de su piel salada, me da la impresión de que se me está yendo la cabeza.

Es pura perfección cuando le rodeo los pezoncillos rosados con la lengua, y la mano de Harper por fin me sujeta la erección. Es a la vez un alivio y un tormento.

Me aprieta la polla con el puño y gimo contra su boca. Ay, dios, es increíble. Es demasiado y no suficiente al mismo tiempo, noto una gran ola que comienza a crecer dentro de mí.

—Kian… —gime, y su voz ronca pronunciando mi nombre me pilla completamente por sorpresa.

Es como si me lanzaran una jarra de agua helada que detiene todos mis movimientos y lo miro a los ojos.

La mirada interrogante que me recibe es de preocupación, pero también de confusión.

—Joder.

Suspiro con dificultad y apoyo la frente contra la suya. La ola retrocede como una enorme marea baja cuando al final recobro la cordura.

Me aparto de Harper y él me suelta la polla para levantar las dos manos en una especie de horrible parodia de un hombre que es arrestado por la policía.

La cara que pone es de dolor, también de resignación, como advierto a mi pesar.

En cierto modo, sé que no es la primera vez que lo rechazan así, y quiero consolarlo, tranquilizarlo, decirle que no es culpa suya, sino mía, pero no lo hago.

—No podemos hacer esto. ¡Joder! Ha sido una estupidez.

Me pongo el chándal tan rápido que el tejido me quema la piel caliente. Tropiezo al intentar meter los pies en las sandalias y el impulso de mi huida me desequilibra en mi deseo de salir de la habitación .

En cuanto estoy en el pasillo, recuerdo que esta es mi habitación y que Harper no tiene la tarjeta de la suya, que esta situación va a ser más incómoda de solucionar.

Me cago en la puta.

Con el torso desnudo y avergonzado, me humillo en la recepción haciéndome pasar por Harper y les digo que he perdido mi llave. Después subo en el ascensor hasta nuestra planta, me meto en su habitación y me tumbo en la cama, desesperado por fingir que nada de esto está pasando.

Porque, por lo visto, lo único que se me da bien hacer esta noche es evadir la realidad.