Capítulo 10 #2
No hace falta ser un genio para leer entre líneas: Johannes se ha acostado con el tío bueno del bar y Harper ha ahogado sus penas en alcohol.
No entiendo por qué Johannes ha publicado esas historias, y sospecho que recibirá una llamada temprano por la mañana de su equipo de relaciones públicas para que las borre, pero el daño a Harper ya está hecho.
¿A eso se refería Harper? ¿Piensa que Johannes lo ha abandonado esta noche por quienquiera que sea este tío? Observando el rostro de Harper, intento descifrar si se refleja en él la tristeza.
¿Será eso? ¿Harper está enamorado de Johannes? Casi siento lástima por él porque ese tipo de amor no correspondido debe de ser terrible. Ver a la persona a la que quieres irse a casa con otro tiene que ser desgarrador.
Todo cobra sentido cuando recuerdo las últimas semanas. Harper se movía con mucha libertad al bailar con Johannes. Se le iluminaban los ojos con cada caricia; además, parecían encajar a la perfección.
Suspiro y recuesto la cabeza. A mi lado, Harper se revuelve y luego se queda quieto, con la mejilla apoyada en mi cuello.
Ojalá no empatizara tanto con él. Sería más fácil odiarlo, pero no lo odio.
El sol empieza a salir cuando lo guío por el pasillo hacia su habitación, con su brazo alrededor del cuello y el mío prácticamente sosteniéndolo por la espalda. Como nos vea alguien ahora mismo, daremos muy mala imagen.
Está empezando a volver en sí; es evidente que las luces brillantes del hotel le afectan, aunque le dificultan la coordinación al rechazar mis manos.
—¿Dónde está tu tarjeta? —le pregunto.
No quiero arriesgarme a registrarle los bolsillos porque lleva los tejanos más ceñidos que he visto en mi vida, y se le marcan los muslos.
Se encoge de hombros de una forma que sería graciosa si no estuviera cabreado con él, así que lo apoyo contra la pared mientras decido qué hacer.
No hay nada que hacer. Tengo que registrarlo, pero mi registro resulta frustrante e infructuoso. Ha logrado conservar la cartera y el teléfono —gracias al portero, supongo—, pero no hay ni rastro de su tarjeta de acceso.
Genial. Simplemente genial.
—Eres imbécil —le suelto—. No puedo pedir otra tarjeta de acceso en la recepción sin avisarles de tu situación. En cualquier caso, no puedo dejarte aquí solo y no voy a arrastrarte de vuelta abajo. ¡Argh! ¡¿Por qué eres tan idiota?!
Faltan dos días para las clasificatorias. Dos días, y decide ser así de irresponsable. No importa el impacto que su propio rendimiento tenga en el equipo; ahora también me afecta a mí.
—Pues llévame a tu cama —me sugiere el muy descarado, y durante un segundo esboza la sonrisa más maliciosa que jamás le haya visto. Es tan fugaz que, si no lo hubiera estado mirando fijamente, me la habría perdido.
Casi me entran ganas de dejarlo en el pasillo para que se las apañe por sí mismo.
Y aquí estoy, tan responsable como siempre, llevándolo a mi habitación como a un perro con correa.
Esto no debería estar pasando. No me apetece dormir en el suelo, pero no podemos volver a compartir cama.
De ninguna manera. Aunque son casi las seis de la mañana, con el jet lag y todo lo demás, todavía necesito unas desesperadas horas más de sueño, pero parece que no tengo otra opción.
Un profundo gemido escapa de los labios de Harper cuando lo dejo caer sobre mi cama. Abre los párpados de golpe y sus ojos brillantes me sorprenden, como si su mente sobria y racional finalmente hubiera despertado. Si es que tiene una.
—Mmm. ¿Por qué tu cama es más cómoda que la mía? —Coge una de las almohadas y la golpea para crear un pequeño nido para su cabeza—. Es como una nube. Supersuave. La mía es demasiado… elástica.
No quiero saber cómo lo ha comprobado; mi cerebro no necesita imaginarse ahora mismo a Harper rebotando. Desnudo. Con otro tío .
—¿Quieres algo? —le pregunto—. ¿Un vaso de agua, quizá?
Niega con la cabeza, cómo no.
Saco una manta y una almohada del armario y empiezo a improvisar una cama en el suelo. Tanto mi espalda como mis caderas van a odiar a Harper por esto; sin embargo, me parece la opción más inteligente comparada con el impacto que dormir a su lado tendrá en mi psique.
Me doy la vuelta y lo veo desabrocharse los pantalones e intentar quitárselos a patadas.
Por supuesto, se le quedan atascados a medio muslo, dejándolo atrapado en calzoncillos y con la camisa desabotonada.
Los problemas de coordinación que tiene serían cómicos si no fuera porque la imagen de él desnudándose se me está grabando en la retina.
—¿Q-qué haces? —balbucea—. No muerdo… —Me lanza una descarada mirada de reojo—. A menos que me lo pidas.
Negando con la cabeza, intento disimular mi reacción con una mirada de desaprobación.
Él, en cambio, parece impasible y sigue pateando la rígida tela vaquera sin éxito.
Podría dejarlo así, inmovilizado por su propia incompetencia, pero no creo que me tranquilice demasiado la idea de verlo sometido físicamente de esta manera.
—¿Necesitas ayuda, tío? —le pregunto.
Asiente con un murmullo y, en un abrir y cerrar de ojos, vuelvo a ponerle las manos encima. ¿Cómo es posible que ya sea la segunda vez que desvisto a Harper James?
—¡Deja de patear, lo estás empeorando! —le digo, exasperado por sus inútiles gestos.
—Johannes dice que me hacen un culo de escááááándalo.
Ni siquiera yo puedo negarlo.
—¿Has tenido mucho éxito?
—No. Qué va. Ki-Kian. —Pronuncia la respuesta con un esfuerzo intenso y luego me mira a los ojos. Deja de moverse y añade—: La-verdad —dice—, no estoy solo, ¿verdad? Estás aquí conmigo. —Me sujeta la muñeca para impedir que me vaya .
—Tampoco es que me hayas dado opción, ¿no? Cuando me llamas borracho y solo, expulsado de una discoteca por quién sabe qué, no puedo abandonarte a tu suerte, ¿no crees?
—Todos los demás lo han hecho —replica con una risa amarga y autocrítica.
Cada vez me cuesta más ignorar sus comentarios despectivos.
Me recuerdan que, en realidad, no lo conozco.
Sé que es un juerguista que no se toma nada en serio y que sabe cómo sacarme de quicio, pero ya está.
No sé nada de su familia, de sus metas ni de su vida fuera del campeonato.
Somos compañeros de equipo y, a la vez, unos desconocidos.
Suspiro. ¿Cuándo empezó a darme pena el capullo que ha convertido los últimos meses en una auténtica pesadilla? Bueno, no han sido una auténtica pesadilla, pero sí más difíciles de lo necesario.
Sigue aferrado a mi muñeca como si fuera su salvavidas. Se incorpora hasta que estamos tan cerca que puedo sentir su aliento en la cara. Espero que huela a cerveza y decepción; aun así, percibo un aroma dulce y afrutado, como si se hubiera pasado toda la noche bebiendo cócteles.
—A veces, creo que eres una de las personas más aburridas que conozco.
—Sonríe mientras habla, de repente capaz de articular palabras como si la niebla de la borrachera se hubiera disipado momentáneamente para poder pronunciar una píldora de infinita sabiduría—.
Pero otras veces me miras de una manera tan… primitiva, ¿sabes? Y me pregunto si…
—No, no lo sé. ¿De qué estás hablando? —Salto a la defensiva y espero que esté demasiado enfadado como para darse cuenta.
De pronto, aprieta la mano con la que me sujeta la muñeca.
Con esas manos que tiene no me extraña que controle tan bien el volante.
—¡Vaya! ¡Mira…! Se te han iluminado los ojos. Fijo que te encantan las esposas, malote .
—Cállate, James. —Intento zafarme, pero, aun cuando afloja el agarre, algo me sigue reteniendo.
Él no lo sabe. No puede saberlo. Nadie lo sabe.
He salido con hombres y con mujeres; sin embargo, solo he tenido una relación sentimental con una persona —que resultó ser una mujer— y no he dejado un rastro de musculosos, estrellas o aspirantes a estrellas para vender historias a la prensa sensacionalista sobre cómo soy en la cama. Así que nadie lo sabe. Salvo…
Está claro que Harper es un poco más observador que el resto.
—Díselo a tu amiguita, Doña Media Asta. —Se queda mirando fijamente mi entrepierna.
Tiene razón. No hay manera de disimular la semierección con los pantalones deportivos grises que llevo puestos, sobre todo porque no me he puesto ropa interior en la confusión de las cuatro de la mañana, cuando he corrido a buscar mi Uber.
—¿Por qué no te das la vuelta y empiezas a dormir para recuperarte de la inevitable resaca? Tienes cosas más importantes en las que pensar que si la tengo dura o no.
—Si casi no te estoy tocando.
Esta vez, me lo quito de encima como es debido, y me suelta sin oponer resistencia. Aunque mueve una mano hacia mi muslo y desliza los dedos por el suave algodón de mis pantalones, y no quiero que pare.
—Eres tan… sensible.
Sus dedos suben cada vez más por mi muslo hasta que me roza la erección con las yemas. Ahora la tengo dura del todo. Es imposible negarlo. Pero no soy el único. A él se le marca la polla en los calzoncillos, y no puedo evitar relamerme los labios.
En el pasado, he visto titulares sensacionalistas sobre hombres que contaban historias sobre la «mejor noche de su vida con Harper James».
La mayoría de las veces pensé que eran cazafortunas que buscaban cinco minutos de fama o que intentaban que Harper repitiera con ellos.
Hasta yo sé que no funciona así. Con Harper James solo tienes una oportunidad y se acabó.
¿Es esta la mía?
Ya me había hecho esa pregunta antes de tener la oportunidad de decidir si quería que lo fuera.
Casi niego con la cabeza al pensarlo.
Ni hablar. De ninguna manera quiero ser un nombre más de su enorme lista de conquistas. Además, está demasiado borracho como para poder dar consentimiento a nada.
Sin embargo, me está acariciando a través del chándal y no quiero que pare.
—¿Qué haces? —le pregunto, con la voz entrecortada.
—Lo que quieras, cariño. —El apelativo cariñoso suena obsceno en sus labios.
¿Qué significa «lo que quieras»? ¿Una mamada? ¿Una paja? ¿Quiere que me lo folle? ¿Es pasivo o activo? ¿O versátil, como yo?