Pole Position: Rivales en la pista Capítulo 10
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Capítulo 10

Kian

C uando nos sentamos el uno al lado del otro en el jet privado, hay por lo menos seis pares de ojos clavados en nosotros.

Anna se queda prácticamente con la boca abierta al levantar la vista del portátil, en el que no deja de escribir.

Su sorpresa enseguida se transforma en una sonrisa radiante que le ilumina toda la cara.

En todos los años que hace que la conozco, creo que nunca la he visto tan feliz.

Me guiña un ojo y me enseña un pulgar hacia arriba sutilmente.

Buf.

Nadie tiene que saber que Harper y yo discutimos en la discoteca después de subir al podio en Melbourne.

Desde entonces, hemos arrasado en el gran premio de Azerbaiyán.

Lo más destacado fue que no me quedé solo con la pole position , sino que volví a subir a lo más alto del podio.

Ya van tres de cuatro en lo que va de temporada.

Otra prueba más, si es que era necesaria, de que mi estrategia funciona.

Harper terminó cuarto tanto en la clasificatoria como en la carrera, algo bastante impresionante para un novato en su primera temporada. Quizá a él le funciona su estrategia, reconozco a regañadientes.

Desde la noche que salí con Harper y Johannes, estoy más tranquilo.

Un poco. Como mínimo, ya no estoy tan enfadado.

La verdad es que no puedo negar que mi forma de ver a Harper ha cambiado un poco.

Es algo que jamás admitiría en voz alta ni, dios no lo quiera, pondría en práctica, pero algunos pensamientos fugaces sobre él se repiten en mi mente.

Puede que esté frustrado sexualmente; no recuerdo la última vez que eché un polvo.

Sin embargo, por mucho que medite o me dé duchas frías, no consigo borrar de mi cerebro la imagen de su camisa subida, de la piel tostada de su vientre con vello rubio.

Ni del pelo rizado contra su frente húmeda mientras se retorcía contra Johannes en la pista de baile.

Ha alimentado muchas pajas intensas. El agua fría, como mil agujas diminutas perforando mi piel, solo me ha excitado más al cogérmela con una mano y fantasear con darle una lección al novato metiéndosela en la boca.

Incluso ahora, sentado a su lado, con su aroma en las fosas nasales, tengo que recurrir a todos los mantras de meditación de mi arsenal para mantener una expresión neutral y no perder la compostura.

Después de que todos termináramos entre los cinco primeros en Azerbaiyán, Harper salió de fiesta con algunos de los otros pilotos, incluido Johannes, y yo incluso me arrastré a la cena de la celebración.

Lo vi como un compromiso, esta vez con mis propias condiciones.

Hablé con los otros pilotos y técnicos, y ni siquiera miré el reloj.

Disfruté de un vaso de agua con gas helada y nadie esperó que me levantara y moviera el culo.

Mejor aún, no tuve que ver a Harper menear el suyo.

—¿Por qué nos miran como si tuviéramos dos cabezas? —me susurra mientras se cierra la puerta del jet y se retiran las escaleras de la pista.

El resto de Hendersohm sigue observándonos como si fuéramos animales de un zoológico. Es obvio que esperan algún tipo de espectáculo, pero no voy a poner en riesgo todo lo que me ha costado tanto conseguir. En público, Harper y yo somos exactamente lo que Anders nos exigió: un equipo.

En privado… Bueno, eso es otra historia.

—A lo mejor tiene algo que ver con que respiramos el mismo aire y no nos peleamos por quién se queda con la porción más grande.

Me responde con una carcajada relajada, y poco a poco todos vuelven a lo que estaban haciendo antes.

Es evidente que tenemos la misma idea sobre cómo contentar a Anders. No lo habíamos planeado. He ocupado mi asiento habitual junto a la ventana, mi favorito, con vistas al ala, y él se ha sentado tranquilamente a mi lado, como si fuera lo más natural del mundo.

De modo que sí es capaz de comportarse como un adulto cuando quiere.

«No seas capullo, Walker», pienso para mí mientras me pongo los auriculares con cancelación de ruido y me desconecto del mundo durante el vuelo hasta Miami. Le ofrezco un chicle para compensarlo, que él acepta.

«Todo irá bien —me digo—. Todo va a salir bien».

Es justo entonces cuando todo se va a la mierda.

El móvil me despierta en medio de la noche.

Parpadeo mientras el mundo se enfoca ante mí. Son las 04:18 de la madrugada y el nombre de Harper aparece en la pantalla.

Un nuevo nivel de frustración se desbloquea en mi interior, ya que esta llamada se carga los esfuerzos que hemos hecho hasta ahora. Estoy a punto de no responder, pero con el sexto tono pulso el botón verde, una música estridente y metálica me taladra los oídos.

No espero a que hable.

—¡Eres un puto egoísta, James! No sé por qué te crees que está bien lo que haces. Sabes lo importante que es dormir los días previos a una carrera. Tengo una rutina. Tengo un sistema. Necesito concentrarme. Lo sabes de sobra; aun así, ¡me despiertas en mitad de la noche a días de la carrera!

—¿Kian? —Suena lastimero. Desorientado.

—¿Harper? ¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?

Mi mente se acelera al imaginar todo tipo de escenarios horribles. Un accidente terrible, una lesión que acabe con su carrera, violencia armada.

—¿Harper? ¿Qué coño está pasando?

—Kian… Ven… ¿Puedes… a venir buscarme? —Arrastra las palabras y apenas puede pronunciarlas en el orden correcto—. No puedo re-re-recordar el nombre del… hotel.

De pronto, ato cabos. Está borracho. Harper James está como una cuba.

«Otra vez con esas».

¡Justo cuando empiezo a bajar la guardia con él! ¡Justo en ese momento, joder!

De todos modos, bajo las piernas de la cama y me pongo unos pantalones deportivos holgados.

Pido un Uber y, en los seis minutos que dice que tardará en llegar, cojo una camiseta, una sudadera con capucha, el móvil y mi tarjeta de acceso.

Me calzo los zapatos y parpadeo ante las luces brillantes mientras me tambaleo hacia el ascensor y pulso el botón.

Sí, voy a buscarlo, pero que quede clara una cosa: estoy que echo chispas por los ojos.

—Sube —le ordeno a mi compañero bruscamente al tiempo que lo meto a la fuerza en la parte trasera del Uber.

Me lo he encontrado medio desplomado en la acera, delante de una discoteca, donde un portero lo había dejado y a duras penas lo vigilaba. Asiento con la cabeza al hombre y espero desesperadamente que no nos reconozca o que no le importe .

«Mierda».

Me siento junto a Harper y le pido al conductor que nos lleve de vuelta al hotel. Harper tiene suerte de que no estemos solos; de lo contrario, me habría puesto hecho una furia. No podemos permitirnos que nada de esto se filtre a la prensa.

—Mmm… Me ha abandonado —murmura Harper al golpearme el hombro con la cabeza—. Todo el mundo me abandona. Menos él. Esta noche… me ha abandonado.

Sus palabras dan pena, y durante unos segundos me preocupa que vaya a echarse a llorar, pero solo está borracho. Es lo que pasa cuando bebes como un cosaco, cuando dependes del alcohol para animarte, hundirte o hacerte olvidar. Empieza a consumirte. Te nubla la mente. Te convierte en otra persona.

Que me lo digan a mí.

No sé qué decirle, aunque da igual, porque su respiración se normaliza y unos suaves ronquidos llenan la parte trasera del coche mientras recorremos las calles de Miami. Son las cinco de la mañana, pero me sorprende el tráfico que hay.

Tardamos cuarenta minutos en regresar al hotel, y Harper se pasa casi todo el trayecto durmiendo. Aunque agradezco el silencio, por dentro estoy que trino.

Ahora entiendo perfectamente que idolatre a Tyler Heath. A mi padre. El gran Tyler Heath. Uy, sí, era estupendo.

Un borracho estupendo.

Un falso fantástico.

Y un mentiroso aún mejor.

Solía entregarse más durante las fiestas de las carreras que en los circuitos. Hasta que todo le pasó factura y ya no importaba lo bueno que fuera al volante. Nada importaba.

Que se joda. Y que se joda Harper James.

Aun así, me pregunto: ¿quién lo ha abandonado?

Ni siquiera sé con quién ha salido esta noche.

No paso mucho tiempo en las redes sociales, sobre todo durante la temporada.

Me desconcentran y me quitan la posibilidad de centrarme.

Una decisión de una fracción de segundo en la pista podría costarme el título. O la vida.

Saco el móvil del bolsillo de mi pantalón de chándal y abro las historias de Instagram de Johannes; me ha parecido un buen punto de partida.

Y ahí está. El tío cuyo cuerpo me ha estado rondando la cabeza en la ducha estaba entre Johannes y el perfil de un chico que me resultaba familiar.

Tenía el pelo largo, castaño y ondulado, y si no estuviera tan cansado seguro que recordaría quién es.

Hay una serie de fotos en las que etiquetan a Harper.

Los tres se han relajado en la discoteca, con varias poses, durante toda la noche, emborrachándose y descontrolándose poco a poco.

La última foto muestra a Johannes abrazando al de los rizos de color chocolate.

Por la forma en la que se miran, es evidente que estaban a punto de besarse; a unos metros, con la cara medio en la sombra, aparece Harper.

Al principio, la expresión de sus ojos parece difícil de descifrar, no lo es si lo conoces como yo ahora.

Dudo de que Johannes supiera siquiera que Harper estaba en la foto cuando la ha subido, pero la amplío para verla mejor.

Sin duda, hay dolor en su mirada; aun así, lo que me llega hasta lo más profundo del estómago es la desesperación.

Sigo observando las publicaciones y hay un lapso de cuatro horas sin nada, antes de que aparezca una imagen borrosa.

Parece mostrar unos abdominales contra una sábana blanca arrugada, iluminados artísticamente de lado, y sobre el pecho se extiende una melena rizada que es fácil de identificar, ya que corresponde al guapo del bar.

No hay texto que la acompañe; solo un pequeño corazón rojo en la esquina inferior.