Capítulo 9
Kian
E n el Gran Premio de Australia, volvemos a petarlo. Es la segunda vez en la temporada que Hendersohm consigue dos podios, y yo no podría ser más feliz por ocupar nuevamente el primer puesto.
Es un inicio potente de temporada; mientras analizo algunos de los motivos, debo admitir a regañadientes que Harper ha sacado mi lado competitivo…
, que quizá me esté dando cierta ventaja en la pista.
Haber cuidado de él el otro día ha tenido una consecuencia positiva: por fin lo he convencido para que entrene conmigo.
Se está esforzando de verdad, en lugar de comportarse como si solo asistiera para contentar a nuestro jefe, y no está nada mal.
Todo empieza en la cinta de correr. Él elige la que está justo a mi lado.
Al principio, calentamos suavemente. Aumento la velocidad hasta trotar, y Harper me sigue enseguida.
Vuelvo a aumentar la velocidad y él me iguala; la subo de nuevo y, a mi lado, Harper aumenta la suya para alcanzarme; entonces yo subo la mía.
Seguimos así hasta que los dos nos esforzamos al máximo, prácticamente corriendo a toda velocidad, pero no puedo parar.
No soporto dejar que gane. ¿Ganar qué?, no tengo ni idea, pero es estimulante.
Todo el cuerpo me arde, tanto por la emoción como por el esfuerzo que estoy haciendo.
No recuerdo la última vez que me sentí tan vivo, sin contar cuando me siento en el monoplaza .
Finalmente, pulsa el botón de parar y experimento un momento de intenso triunfo, antes de apresurarme a hacer lo mismo.
Jadeamos como perros mientras las máquinas nos ralentizan hasta alcanzar un ritmo de recuperación, y nuestras toallas de gimnasio no logran absorber el sudor que nos cae a chorros por la cara.
Es lo más divertido que he hecho en mucho tiempo. ¡Y con Harper James, nada menos!
—¿Cuánto peso levantas en sentadillas? —pregunta entre tragos de una bebida isotónica de color lila.
—Ciento cuarenta kilos. Depende de las repeticiones. ¿Y tú?
—Ciento cuarenta. —No parece muy seguro.
Me da la sensación de que es probable que intente demostrármelo a la fuerza y que acabemos con otro piloto lesionado.
—Bueno, hoy voy a entrenar el tren superior ahora que he terminado el cardio —le digo—, así que puedes guardar tus habilidades de sentadillas para otro momento… Si vamos a repetir lo de entrenar juntos, claro.
No intenta protestar, algo que por una vez se agradece, y decide seguirme hasta una máquina de bíceps.
Sin embargo, continuamos compitiendo, intentando superarnos mutuamente en cada ejercicio.
Pero lo curioso es que, en realidad, me lo paso bien y disfruto de mi rutina más de lo normal.
Sin duda, me exijo más de lo habitual; además, tengo que admitir que quizá esta nueva inyección de motivación era muy necesaria en mis entrenamientos.
Ahora, por desgracia, me toca a mí cumplir con mi parte del acuerdo.
Llevo puesto lo que Harper ha considerado mi atuendo para salir: una camisa azul marino de manga corta y unos pantalones cortos tejanos que me quedan un poco ajustados.
Estamos en un bar que él considera apropiado para la celebración y al que jamás habría venido si no hubiera hecho un trato con él.
Harper y Johannes se dirigen a toda prisa a la barra, mientras yo me dispongo a buscar una mesa un poco más apartada. Odio sentirme como si estuviera en el punto de mira en todo momento.
Regresan enseguida, con dos vasos de algo oscuro y fuerte en las manos de Johannes y una botella de cerveza en las de Harper.
¡Joder! Les he dejado bien claro que solo quiero beber agua.
Ninguno dice nada mientras se sientan a la mesa a mi lado, con sonrisas cómplices, porque está claro que han ignorado a propósito todo lo que he dicho.
Creo que nunca me había sentido tan incómodo.
Echo un vistazo a mi reloj. En Inglaterra, es temprano.
Podría estar charlando con Elise, teniendo una conversación de adultos antes de que los niños se levanten y ella tenga que empezar con la rutina matutina de nuestra madre.
La necesidad de estar presente, aunque sea virtualmente, es mayor cuando Grant está en una conferencia.
—Así que, Kian, este por fin te ha sacado por ahí, ¿eh? ¿Qué tal te lo estás pasando en Australia? Supongo que llevas diez años viniendo aquí. ¿Te has llegado a aburrir?
Sé que Johannes intenta ser amable, pero yo suelo ver únicamente el interior del hotel, el circuito y los lugares a los que me arrastran para las entrevistas.
Me devano los sesos intentando recordar cómo era hace diez años, cuando tenía más o menos su edad, cuando la vida era más fácil y la presión no era tan grande. Nunca fui muy fiestero, pero sí que hacía algo de turismo de vez en cuando.
—Es agradable estar en un lugar cálido, pero no puedo decir que esta vez haya visitado muchos sitios.
—Te aseguro —empieza Harper, con el borde de su vaso de lo que sea apoyado en el labio inferior— que no sale del hotel hasta las clasificatorias. ¡Hace yoga en su habitación !
Pongo los ojos en blanco y casi suelto un gruñido. Dale con lo del yoga. Es probable que no deje de mencionarlo nunca.
—Hacer yoga no tiene nada malo —replica Johannes, y casi me quedo boquiabierto.
Estaba preparado para que los dos se unieran contra mí.
Me imaginaba que pasaría la siguiente hora, que es el tiempo que he acordado estar por ahí, siendo objeto de burlas—.
El preparador físico del equipo es un gran defensor.
Me lo recomendó el año pasado y me ayuda a relajarme después de estar encerrado en el monoplaza durante horas.
La temporada pasada tuve una distensión en el cuello, ¿te acuerdas?
El yoga fue lo que me la curó. Bueno, como mínimo ha impedido que vuelva a salirme. Te lo juro.
—Ay, dios. Antes de que te des cuenta, estarás haciendo la postura del perro bocabajo juntos, y me veré obligado a unirme.
Me río por la nariz. Lo dudo mucho. Pero recuerdo que es la primera temporada de Harper en la máxima categoría.
Nunca ha tenido a tantos entrenadores, especialistas y profesionales intentando controlar cada detalle de su estado físico.
Además, aún conserva la invencibilidad propia de la juventud que te hace despreciar los consejos de los mayores.
Todavía no ha sufrido lesiones graves y no ha sentido que el cuerpo le falle.
Su energía es contagiosa; yo deseo por su bien que su arrogante confianza no lo lleve a tomar una decisión imprudente de la que se arrepienta en el futuro.
Madre mía, ¿cuándo he empezado a preocuparme por el futuro de Harper James?
Por suerte, Johannes se ríe de la sugerencia de Harper y yo me hundo un poco en el asiento. El reloj parpadea en la esquina de la pantalla de televisión, donde echan un partido de rugby. Cincuenta minutos más y me piro.
Hablamos un poco más sobre los resultados de hoy y sobre el vuelo a Azerbaiyán para la próxima carrera.
Al parecer, es uno de los circuitos favoritos de Johannes.
Nunca he oído a nadie decir algo parecido.
Pensaba que era un circuito que no despertaba pasiones.
A mí no me desagrada, pero está demasiado dividido en dos zonas como para que pueda disfrutarlo de verdad.
Un lado es ancho y abierto, lleno de rectas preciosas donde puedes llevar la velocidad al máximo.
El otro es estrecho y sinuoso, repleto de curvas jodidas que te hacen pagar diez veces cada pequeño error.
Hay que estar muy concentrado para alternar entre las dos zonas.
Supongo que forma parte del reto, aunque no es donde me siento mejor.
—Bailemos —sugiere Harper al poco, cuando se acaba la conversación sobre automovilismo.
Niego con la cabeza enseguida; antes de que me dé cuenta, Johannes se levanta de la mesa y arrastra a Harper a la pista de baile, gritando algo sobre que es su canción.
Mientras Harper se contonea —sí, se contonea desenfrenadamente— contra Johannes, desearía no haber aceptado venir.
Aún no ha terminado la hora, pero le prometí a Anders que cumpliría: me esforzaría, cedería y sería un buen compañero.
Bueno, aquí estoy, ¿no? Aunque ahora mismo no veo cómo me convierte en un mejor compañero, porque en mi interior se está gestando un abismo ardiente de algo que no quiero nombrar.
Es feroz y ataca mis niveles de estrés más que la culpa.
Las manos de Johannes recorren el cuerpo de Harper. Cuando las baja hasta las caderas, la camisa que lleva puesta se sube, dejando al descubierto una deliciosa cantidad de pelo rubio que cae sobre sus ridículamente ajustados pantaloncitos tejanos.
No es que esté ni haya estado ciego a Harper James.
Me niego a aceptar que sea la sensación que dicen sus fans.
Vale, está bueno, eso es innegable, pero es más que eso.
Es atractivo en el sentido más clásico de la palabra.
Sus rasgos son los que tallaría uno de los grandes escultores del pasado: divinos, perfectos, impecables.
Y luego está su culo. Es esbelto, firme y bien formado, y tentaría a cualquiera a pecar.
Pues claro que me he fijado en él. Pero también está su lengua afilada y sarcástica …
Él echa la cabeza hacia atrás para apoyarla en el hombro de Johannes. Con los ojos cerrados, un par de rizos brillantes se adhieren a su frente húmeda mientras se retuerce y se contonea en la pista de baile. Joder. No quiero que esta imagen de Harper James se me quede grabada en la mente.
Sin embargo, no puedo apartar la mirada. Noto una incómoda sensación en los pantalones cortos que hace que estar sentado en esta mesa pegajosa sea aún más incómodo. No quería venir aquí y ahora no puedo irme, atrapado entre los términos de nuestro acuerdo y la obligación de seguir mirándolo.