Pole Position: Rivales en la pista Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Relajarse un poco, salir a tomar algo para celebrarlo, tal vez ir incluso a una discoteca.

Pone cara de absoluto terror y casi me echo a reír, pero la carcajada se me queda atascada en la garganta, completamente irritada, hasta convertirse en una tos.

Kian me pasa enseguida una botella de agua fría, y una vocecilla en mi cabeza me recuerda que debo beber a sorbos, no a grandes tragos.

—Mira, tú haz lo que quieras, ¿vale? Pero eso no va conmigo. ¿Te imaginas que me emborracho en una discoteca? Porque yo soy incapaz de imaginármelo. ¿Y bailar? Bailar es un no rotundo.

Claro, supongo que al principio se sentiría un poco incómodo, pero sé que conseguiría que se soltara. Si me dejara las riendas a mí, lo tendría bailando sin parar en un abrir y cerrar de ojos. Un poco de orientación nunca viene mal.

—No hace falta beber ni bailar para pasarlo bien. Basta con… relajarse un poco. Intentar desconectar. No lo entiendo… Eres simpático con todos los demás pilotos y con el resto del equipo, pero parece que no quieras tener amigos.

Una expresión pensativa le cruza el rostro, con las cejas fruncidas, como si estuviera pensando en cómo responder. Sé que se está preguntando si debe sincerarse conmigo o no. Está intentando decidir si puede confiar en mí.

—No es eso… Es que…

Vale, creo que ya tengo la respuesta. Si no se sincera es que no hay confianza.

—Si sales conmigo después de nuestra próxima victoria, me uniré a tus entrenamientos y asistiré a la dichosa sesión de comunicación…

Esta vez es él quien se dispone a interrumpirme a mí.

—Te resultará útil. Te ayudará a moderar tus respuestas sarcásticas y a pensar antes de hablar.

Me da igual lo que haya hecho por mí… ¡No pienso acatar nunca esas instrucciones!

—Y eso lo dices tú, que eres incapaz de controlar tu mala hostia cada vez que se menciona a tu padre. Yo tampoco lo entiendo; ya has tenido una carrera mucho mejor que la suya, y seguro que si no te retiras este año podrías triplicar sus resultados.

Salta a la vista que está molesto. Vaya, acabo de tocarle la fibra sensible.

—¡Odio ese puto verbo! ¡Retirarse, retirarse, retirarse! ¿Por qué es lo único de lo que habla la prensa? ¿Por qué no del increíble inicio de temporada? ¿Ni del trabajo que hago como embajador de la organización benéfica juvenil de…?

—Venga, viejo… —bromeo, pero me callo al ver su cara.

«No es el momento, Harper. No es el momento» .

—Pensaba que era una de esas cosas que el equipo había filtrado a la prensa —lo intento de nuevo—.

Que ya lo habías comentado y que el equipo les estaba dando a los periódicos pistas y detalles, creando expectación sobre tu último año para generar interés en los medios. Ahora entiendo que no es así, ¿no?

—¡No! Joder. No. He hablado con Anna sobre la posibilidad de parar, pero a todo el mundo le encanta especular, y últimamente es lo único que me preguntan. No sé si… No he pensado si… Todavía no he cumplido los treinta y cuatro. —Pone una expresión entre contrición y tortura.

Puedo ver cada una de las dificultades que está atravesando con esta decisión.

Aunque solo tengo veinticinco, entiendo que tomar esta decisión es complicado, independientemente del deporte que practiques, y decidir si retirarse en la cima o desvanecerse poco a poco es difícil.

—Entonces, ¿todavía existe la posibilidad de que sí?

—¿Acaso no existe la posibilidad de que sea la última temporada de cualquiera?

Este finde podría tener un accidente y no volver a pilotar nunca más, o Hendersohm podría decidir no renovar mi contrato y que ningún otro equipo me fiche.

Lo mismo se aplica a todos los demás. Es lo que hay, y ya me ocuparé de eso al final de la temporada.

Pero, si me voy, será mi decisión. —Sus palabras y su tono son firmes, aunque a ningún periodista le importaría.

Publicarán de todos modos los motivos por los que creen que podría retirarse.

Incómodo con la intimidad de la conversación, decido que es hora de levantarme.

Me incorporo y noto que en la habitación hay algo diferente.

Las alfombras están limpias, mis bolsas de deporte están guardadas en el armario y las cartas de los fans que me dieron al llegar están ordenadas sobre la mesa. Es imposible que lo hiciera yo anoche.

—Mmm… ¿Ordenaste mis cosas? —le pregunto mientras busco con la mirada toda la ropa que antes estaba tirada en el suelo. Tenía una prenda en cada rincón .

A lo mejor todo esto es una broma cuidadosamente planeada y me ha escondido toda la ropa o la ha quemado en plan venganza. Tendría más sentido que ordenar mi habitación.

—Sí. Era un auténtico desastre. ¿Cuándo fue la última vez que lavaste la ropa?

Me devano los sesos, pero no lo recuerdo. Desde luego, no lo he hecho desde que llegué. ¿Quizá en Arabia Saudita? No me acuerdo.

—Tengo mucha ropa, así que no hay problema. ¿Dónde está… lo que llevaba anoche?

—En la bolsa de la ropa sucia, que es su sitio. Mientras dormías, cogí un montón de tu ropa sucia y la mandé para la lavandería exprés.

Lo dice como si nada, pero me quedo sin palabras, en estado de shock .

Es casi demasiado: las toallas frías, el orden, los cuidados…

Noto cierta tirantez en la piel. No puedo imaginar por qué haría todo eso por mí.

—Eh… ¿Gracias? No tenías por qué hacerlo.

—No, claro que sí. De lo contrario, seguro que la ropa se habría metido sola en la bolsa. ¿Tus padres no te enseñaron a recoger tus cosas?

Jamás de los jamases hablo de mi infancia en público ni con los medios de comunicación.

No hay manera de que Kian sepa que no tengo padres ni nadie que se haya ganado ese título.

No hay manera de que Kian sepa que ese comentario es como una puñalada en el corazón; sin embargo, rompe por completo el hechizo bajo el que estaba.

—Creo que estaré bien. Puedes irte. —No quiero sonar borde porque, objetivamente hablando, en las últimas horas se ha portado muy bien conmigo, pero ya no aguanto más. No quiero seguir con esta conversación.

—Mi hermana me ha dicho que necesitas comer poco y a menudo para asentar el estómago. Iba a pedirte unas tostadas o algo al servicio de habitaciones. —Habla a la defensiva, como si no entendiera por qué el ambiente se ha enrarecido de repente.

No puedo culparlo, pero estoy harto de este cuento de hadas doméstico y necesito mi espacio.

—Seguro que puedo arreglármelas solito. —Cruzo los brazos sobre el pecho para que quede claro, y por fin lo capta.

Se dirige hacia la puerta.

—Como quieras, pero te espero en el gimnasio mañana por la mañana. Y, si ganamos, saldré por ahí contigo, ¿vale?

Casi había olvidado, con el silencio que se ha instalado en la habitación, que lo habíamos acordado. Asiento rápidamente con la cabeza.

—Sí, sí, mañana —replico. Tengo la mandíbula tan apretada que seguramente necesitaré su puñetera rutina de yoga para relajar el cuello y los trapecios.

Abre la puerta un poco y mira cómicamente a izquierda y a derecha para asegurarse de que nadie lo vea salir, aunque no hayamos hecho nada malo; luego sin mediar palabra se escabulle por el pasillo. La puerta se cierra tras él con una sensación de final que es un alivio y también una pérdida.

El aire vuelve a entrar en la habitación, y por fin puedo respirar de nuevo. En realidad, no es respirar; más bien jadear, como si mis pulmones intentaran desesperadamente, y sin éxito, aprovechar todo el aire que aspiro; pero lo prefiero a no poder respirar en absoluto.

Sumado al dolor de garganta por los vómitos y a mi estómago vacío, el jadeo no me ayuda en absoluto.

Necesito recomponerme urgentemente y borrar de mi mente todo lo que ha pasado esta mañana.

Dedicar lo que queda de este día libre a descansar e hidratarme.

Kian me ha dicho que es lo que le ha aconsejado su hermana, y como es enfermera supongo que debería hacerle caso.

Aunque no voy a pedir un par de tostadas del menú del servicio de habitaciones solo porque me lo haya indicado él, desde luego.

Me da igual lo que piense Kian.