Capítulo 8
Harper
N o sé qué hora es, en qué día estamos ni dónde estoy siquiera.
Me ruge el estómago y me palpita la cabeza. La habitación está a oscuras, pero me da la sensación de que hay la misma negrura que la última vez que me he despertado, así que soy incapaz de precisar cuánto tiempo ha pasado.
Mierda, no recuerdo haberme sentido nunca así de mal. Abro un ojo y la habitación da unas cuantas vueltas. Es entonces cuando me doy cuenta de que la cortina está pegada contra la ventana para crear un efecto de sombra total. Eso de ahí… ¿son mis zapatos?
¿Cuándo los he puesto ahí? ¿Y cómo? ¿Acaso estoy teniendo pérdidas de memoria? ¿Es normal después de una intoxicación alimentaria?
Intento rodar por la cama, aunque termino estampándome contra otro cuerpo caliente.
Hostia puta.
¿Qué está pasando? ¿Estoy soñando? Jamás dejo que un ligue se quede a dormir. Cómo odio esta situación. Odio no poder pensar, y cuando vuelvo a moverme me duele una barbaridad la espalda.
Oigo suaves ronquidos de mi compañero de cama. En cuanto intento salir de debajo de la sábana, golpeo con el pie una tela fría y húmeda. ¿Qué ha pasado en mi cuarto ?
Me detengo unos instantes mientras la habitación deja de dar vueltas y procuro pensar.
Salí a cenar. Con Johannes y con unos cuantos tíos de los boxes.
¿Quizá con Cole y con Ash? Con uno de los asistentes más jóvenes.
Volvimos después de cenar para mantener la promesa que le hice a Kian de que no iría a tomar algo para conseguir estar en planta a las nueve para entrenar.
Comimos en un restaurante mexicano, creo.
Los vívidos colores de un local parecido a un antro de mala muerte regresan a mi cerebro.
Aunque yo no bebí, Johannes sí. Se fue de copas él solo después de haberse bebido varios margaritas ya en el restaurante mexicano y de haber apurado un par de chupitos en la barra cuando intenté convencerlo para regresar al hotel.
Recuerdo estar preocupado. Lo vi algo alterado.
No sé si le pregunté qué le pasaba; así que tomo nota mental hasta que pueda analizar mi situación actual.
El estómago me ruge y la sequedad de garganta, sumada al mal sabor de boca que tengo, empieza a tener sentido. Me puse malo.
Aquí.
Me acuerdo de la frialdad de las baldosas del baño sobre mi piel cuando vomité. Aun así, eso no da explicación a mi compañero de cama, que no deja de roncar.
El tío semidesnudo elige este momento para darse la vuelta, dormido como un tronco, y… Vaya, vaya, vaya. No estoy en mi mejor momento, está claro, pero es difícil sentirse como el culo cuando tienes a Kian Walker en tu propia cama.
Todo comienza a despejarse. Regresé al hotel y me puse tan malo que no podía moverme del suelo del baño. Notaba el cuerpo muy pesado, y, cada vez que intentaba levantarme, me daba un vuelco el estómago y volvía a vomitar.
Ay, madre… Fue ahí cuando llamé a Kian. ¡Precisamente a él!
¿Por qué? Cojo el móvil y me sorprende ver que también le mandé un mensaje a Johannes.
Por lo visto, lo llamé un par de veces, pero no me lo cogió.
Es raro, sobre todo porque nos alojamos en el mismo hotel, aunque no me parece que se encontrara mal cuando fue a emborracharse después de salir del restaurante.
Es probable que se desmayara por ahí y que por eso no pudiera responder al teléfono.
Así que Kian vino a cuidar de mí, ¿eh? Cierro los ojos y recuerdo su gran mano en la espalda cuando me llevó del cuarto de baño a la cama. Pues sí, me acuerdo sin problemas de la toalla fría que me puso en la frente y la sensación de que se preocupaba por mí.
Debería darme vergüenza que me viera en un estado tan lamentable, y es probable que luego sienta esa vergüenza, pero ahora mismo siento…
gratitud. En mi vida no ha habido muchos momentos en los que sentirme así.
Johannes me ha acompañado durante las resacas y durante el extraño caso de gripe que cogí cuando empecé a viajar por todo el mundo por primera vez; sin embargo, él se comporta de forma despreocupada y tranquila, mientras que ahora…
No sé, es agradable. Aunque también me extraña que viniera Kian.
Intento, sin conseguirlo, relacionar al capullo tieso que sé que es con el tío amable y preocupado que me metió en la cama con un cuidado inesperado.
No hace falta decir que ahora mismo este escenario me tiene de lo más confundido.
Imagino contarle al Harper de catorce años que algún día estaría semidesnudo y compartiendo cama con su amor platónico.
Pegado a la tele, vi la primera temporada de Kian cuando él empezó a ponerse el mundo por montera, esquivando cualquier comentario sobre su padre en todas las entrevistas.
No podía comprender por qué Tyler Heath era una leyenda, pero me ponía el vello de punta.
Yo no era más que un adolescente enfadado en su enésimo hogar de acogida, intentando convencer a sus nuevos padres de que gastaran en los karts una parte del dinero que les pagaban cada semana por cuidar de mí.
Y, de pronto, aparecía ese nuevo piloto, que se negaba a ser definido por quiénes eran sus padres.
No quería ser un fenómeno mundial por el simple hecho de que su madre había sido una gran estrella del pop, y su padre, un campeón de Fórmula 1.
Quería triunfar por mérito propio o no triunfar, y era emocionante verlo correr.
Podía entenderlo, aun siendo adolescente.
Me giro para mirarlo; entonces la habitación empieza a dar vueltas de nuevo.
Es difícil distinguir algo en la oscuridad que ha creado en la habitación; sin embargo, no voy a perder la oportunidad de observarlo bien.
El dolor de cabeza no mejora, así que me deslizo de nuevo bajo las frías sábanas y me permito disfrutar de la situación.
Puede que el sol de Melbourne le haya bronceado la cara y los hombros, pero tiene el torso y el estómago pálidos, cubiertos de espesas matas de vello castaño.
Yo me depilo porque sé que me sacan fotos sin camiseta; bueno, reconozcámoslo: me gusta lucirme, pero está claro que a Kian le da igual.
Quiero alargar una mano y tocarlo. Quiero pasarle los dedos entre el pelo y ver si es tan suave como parece.
Los hombres como él nunca han sido mi tipo.
Normalmente me gustan los tíos delgados y espigados que quieren ser dominados, tíos con rasgos delicados y que disfrutan de los halagos; Kian no encaja en ninguna de esas categorías.
Tiene rasgos marcados y solo necesita pasar un par de días sin afeitarse para lucir una barba impresionante.
No puedo ni imaginarme disfrutando de decirle qué hacer. De hecho, seguro que sería al revés.
Y esa posibilidad me provoca una sensación emocionante.
Me sorprende descubrir que me gusta ver a Kian así. Me había acostumbrado tanto a que fuera un gilipollas insoportable que el cambio me está asustando. Bueno, no del todo. De hecho, estoy tranquilo. Cómodo.
En paz. Es la única expresión que se me ocurre para describir el estado de Kian en este momento.
Una tupida hilera de pestañas castañas le roza las mejillas y en la piel clara tiene algunas pecas, producto del sol.
No esboza la sonrisa forzada y tensa que suele poner conmigo, como si se estuviera mordiendo la lengua constantemente, intentando ocultar al mundo lo mucho que me desprecia.
Sonrío para mis adentros al admirarlo. De repente, esas mismas pestañas comienzan a revolotear, y me sumerjo en el momento más incómodo de toda mi vida cuando intercambiamos una mirada.
¡Me ha pillado!
Compartimos cama y estoy aquí tumbado, despierto, contemplándolo fijamente, mientras él está sin camisa y babeando sobre mi almohada. Una línea de sudor me recorre la espalda, no creo que pueda fingir que la causa es otra que el hombre que está en mi cama.
Me cuesta demasiado apartar los ojos de él; cuando vuelvo a mirarlo, ya se ha levantado de un salto.
Con una expresión de pánico en la cara, camina de un lado a otro, como si intentara recordar por qué está aquí. Sigo observándolo —es que no puedo parar— y, al darse cuenta, desaparece en el cuarto de baño.
Supongo que está pensando cómo irse sin que esto sea incómodo, aunque quizá ya sea demasiado tarde. Ha estado aquí durante horas y horas, cuidándome, y se ha quedado dormido a mi lado. Es más de lo que debería hacer alguien que se comporta como si me odiara.
Oigo el agua correr en el lavabo y me preparo para la inevitable excusa forzada que está a punto de darme y para la rapidez con la que huirá de regreso a su habitación.
Odio que casi me decepcione que se vaya, porque ¿por qué debería importarme lo que haga o deje de hacer Kian Walker en su día libre?
Sin embargo, cuando vuelve del baño, se limita a darme otra toalla húmeda, y no puedo negar que el tejido frío contra la frente me hace sentir cien veces mejor. Tampoco puedo negar, aunque me provoque un retorcido nudo en el estómago, que me gusta cómo me cuida .
—Mira —le digo—, a estas alturas, seguro que podemos encontrar la manera de llevarnos bien. ¿Una tregua?
No estoy seguro de si lo que me hace querer intentarlo es el hecho de que me siento completamente agotado o el hecho de que me mire con algo más que pura repugnancia en los ojos, pero me dejo llevar.
—¿Una tregua? ¿Un compromiso? —me pregunta con cansancio desde donde está sentado, en el borde de la mesa. Por desgracia, se ha vuelto a abrochar la camisa.
—Ponerse en la piel del otro. Quieres que pruebe tu yoga, tus sesiones de formación sobre los medios, tu vida de acostarte temprano, pero tú también deberías probar mi método. ¿Acaso no es esa la definición de compromiso?
Durante unos segundos, creo que no va a aceptar. Ha dejado bien claro que no aprueba mi estilo de vida. Ni siquiera sé si se lo pasaría bien si saliera a tomar algo después de una victoria o algo; sin embargo, merece la pena intentarlo.
—¿Cómo defines tu método?
Pongo los ojos en blanco. Por su culpa, ahora parece un aburrido trato de negocios.