Pole Position: Rivales en la pista Capítulo 7 #2
26%

Capítulo 7 #2

—No querrás sobrecalentarte, así que ponte cómodo debajo de la sábana y, cuando se te baje la fiebre, vuelves a taparte con la manta. Supongo que debería llamar al médico del equipo y preguntarle su opinión por si es algo más que una intoxicación alimentaria y hayas cogido una infección o algo.

—¡No! —se apresura a interrumpirme con un grito—. No avises al equipo. Se pensarán que estoy de resaca, y ahora mismo no necesito un rapapolvo.

—Vale, vale. —Levanto las manos, a la defensiva, aunque entiendo lo que dice.

Últimamente, los jefes ya nos han reprendido suficientes veces—.

Es que no quiero que empeores y no sé qué hacer.

—De repente, una idea me asalta—. Mi hermana es enfermera.

¿Te parece que la llame si no mejoras en las próximas doce horas?

Una intoxicación alimentaria, si es que es lo que tienes, puede ser muy fea, o a lo mejor es otra cosa y necesitas que te vea algún médico.

—Vale. Pero tu hermana no trabaja para el equipo ni nada, ¿no?

A estas alturas, a Harper le cuesta tener los ojos abiertos, pero, cuando parece que se ha recuperado un poco, se ve obligado a levantar una mano y apartarse los rizos apelmazados y sudados de la frente.

Algo extraño se ha apoderado de mí, ya que al cabo de unos segundos estoy en su cuarto de baño para humedecer otra toalla con agua fría, que escurro y doblo hasta que tiene el tamaño perfecto de la frente de Harper. Hoy soy la puta personificación de la enfermera Florence Nightingale.

—¿Me dejas que te ponga esto en la cabeza? —Muevo la toalla delante de él, y asiente, así que le aparto los rizos de la frente y los sustituyo por la tela calmante.

El ruido que le sale de los labios al notar la frialdad en la frente debería ser ilegal, y yo no debería sentir un hormigueo en la entrepierna.

El tío está enfermo, Kian. Venga, hombre.

—Gracias —murmura cuando por fin se relaja sobre la almohada.

No sé cuánto tiempo llevo junto a su cama, pero sin duda habrán pasado un par de horas. Entre cotillear en las redes sociales y enviar algunos correos, he comprobado su temperatura cada media hora más o menos, y ya lo he hecho tres veces. Sigue ardiendo, pero no tanto como al principio.

También lleva un rato sin moverse. Durante la primera hora aproximadamente, se ha contorsionado bajo la sábana, con los brazos alrededor de la barriga, y me ha parecido que iba a despertarse y a vomitar de nuevo. Al final, sin embargo, se ha calmado .

Miro el reloj de mi móvil con horas de todo el mundo. Es probable que ya sea una hora decente para llamar a Elise y confirmar que estoy haciendo todo lo que debería, así que me meto en el cuarto de baño y pulso su nombre en la pantalla.

—Buenos días —me saluda animada.

Me alegra oírla así, si soy sincero. Las últimas veces que hemos hablado, estaba decaída, aunque sé que no admitirá abiertamente que la situación está siendo muy dura.

—Buenos días —murmuro, y enseguida se echa a reír—. ¿Qué pasa?

—Pensé que nunca llegaría este día. Con lo pronto que es, ¿en la habitación de quién estás que te ves obligado a susurrarle a tu hermana mayor?

Ah, estupendo. No sé quién se cree que soy, pero no pensará en ningún momento que estoy escondiéndome en el cuarto de baño de una cita, ¿verdad?

—Por Dios, El. Quítate esas ideas de la cabeza. Solo necesito consejo médico. Sobre una intoxicación alimentaria.

—¿No te encuentras bien?

—No, no es para mí.

—¿Para quién, entonces? Tengo que saber de quién se trata para decirte cómo arreglarlo.

Pongo los ojos en blanco porque tampoco es que le esté pidiendo que diagnostique una enfermedad dramática. Solo quiero saber si he hecho todo lo que hacía falta.

—Elise…

—Kian, dale el gusto a tu hermana mayor, venga. Nunca me cuentas historias divertidas.

Sí, porque cuidar a un novato que vomita ha sido divertidísimo, vamos.

—Parece que Harper se comió un burrito en mal estado y se ha pasado media noche vomitando. Tenía fiebre, pero ya ha empezado a bajarle. Lo he hidratado antes de que se fuera a dormir y he intentado que no pasara calor. Quiero saber si puedo hacer algo más.

—Vaaaaya, no me puedo creer que ahora estés cuidando de Harper James. Te juro que no has dejado de repetir por activa y por pasiva lo tocapelotas que es.

—Estaba enfermo, El. ¿Qué querías que hiciera? ¿Abandonarlo? —Mi respuesta la hace callar porque no existe un mundo en el que mi hermana fuera a decirme que abandone a alguien a su suerte si esa persona no se encuentra bien—. ¿Puedo hacer algo más por él?

—Asegúrate de que, cuando se despierte, se toma el analgésico que quiera.

Es probable que tenga la garganta irritada por haber vomitado y que le duela muchísimo la cabeza por la deshidratación, aunque le hayas dado agua.

También debería comer algo, poco y a menudo es lo mejor: tendrá el estómago vacío.

No era mi intención marcharme enseguida, aunque tampoco tenía pensado quedarme hasta que se despierte. Sin embargo, ahora no me queda otra. Elise se decepcionaría si lo dejo solo en un momento de necesidad.

—Vale. Haré todo eso. Llamaré al servicio de habitaciones o algo cuando se despierte. —Si les pido que dejen la comida en la puerta, no tienen por qué enterarse de que estoy aquí. Puedo hacerme pasar por Harper al teléfono.

—Eres buena persona, Kian, por cuidar de él cuando contigo se ha portado como un capullo.

Hablando de cuidar a la gente…

—¿Qué tal por casa? —le pregunto como todos los días, pero sigue sin parecerme suficiente.

—Todo bien. Los niños están en la cama y Grant se pasará otro día aquí porque han cancelado una conferencia que tenía que dar.

Mamá se ha pasado todo el día en la silla.

Le he dado el desayuno allí y todo. Ha recordado lo mucho que le gustan los cereales, así que Grant ha ido a comprar varias cajas.

—Elise suena contenta, eufórica incluso, porque nuestra madre haya tenido un buen día.

Me alegro muchísimo de oírlo.

Aun así, me escuecen los ojos y tengo que controlar la respiración. Expulso todo el aire para no echarme a llorar por unos momentos que puede que no vuelva a presenciar nunca. Y por la culpa. La culpa porque El lo esté haciendo todo…

—Qué bien, Els —murmuro, con la garganta seca al contener una nueva oleada de lágrimas—. Dales a todos un besazo de mi parte, sobre todo a mamá. Dile lo mucho que la quiero.

—Se lo digo cada día, Ki. Ya lo sabe.

No estoy seguro de que mi madre lo sepa.

Ni Elise ni yo tenemos la certeza. Puede que nunca vuelva a saber que su hijo la quiere muchísimo…

o que tiene un hijo siquiera. ¡Joder! No puedo llorar en la habitación de Harper.

Como se despierte ahora, no dejará que lo olvide jamás, y a saber a quién se lo contará. Seguro que a Johannes.

Después de despedirme de mi hermana, me dispongo a ocuparme del desastre en el que ha convertido su habitación. No hay nada como ordenar y organizar para sentir que tengo el control de la situación.

El hotel nos proporciona una bolsa de ropa sucia en cada habitación y, si bien yo procuro aprovecharlo al máximo cuando estoy de viaje, parece que Harper no.

Hay montoncitos de ropa sucia por todo el suelo, además de la ropa que manchó de vómito, que he dejado en el cuarto de baño.

Lo meto todo en la bolsa, relleno el formulario para que la laven en el servicio exprés de veinticuatro horas y la dejo al otro lado de la puerta para que la puedan recoger.

Es otra cosa que Harper no me agradecerá, pero no hay nada peor que estar enfermo y encontrarse en una habitación desordenada. O tener que ponerse ropa sucia.

Una siestecita no nos hará daño a ninguno de los dos.

Nos acercamos ya a la media mañana y las cortinas no consiguen impedir que entre la luz del sol.

Cierro las ventanas y pongo el aire acondicionado; el olor por fin ha desaparecido, y el calor pronto será insoportable.

Fijo las cortinas en los extremos con los zapatos de Harper para que no se muevan.

La oscuridad es un alivio, pronto el aire acondicionado empieza a reducir el calor que se estaba acumulando en el cuarto.

No estoy preparado para acabar con dolor de espalda por dormir en una de las butacas.

Soy demasiado mayor y mi cuerpo es demasiado importante para mi carrera.

Me digo que, si me quedo en el lado derecho de la cama, no será tan raro.

Me quito la camiseta y me meto en la cama, encima de la sábana que le he dado, obviamente, y recuesto la cabeza en la almohada.

Me alivia cerrar por fin los ojos. El jet lag me ha dejado el cerebro un tanto grogui.

Un par de horas de sueño harán que vuelva a ser yo mismo; este día ya ha sido una experiencia de otro mundo.

Pongo una alarma porque esta tarde he quedado con el equipo de comunicación para grabar unos cuantos vídeos para la cuenta de TikTok de Hendersohm.

Y me permito dormir.

En la cama de Harper.

Puede que sea una estupidez, pero ya es demasiado tarde porque el mundo se vuelve negro.