Pole Position: Rivales en la pista Capítulo 7
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Capítulo 7

Kian

D esde Baréin, Harper y yo nos hemos llevado bastante bien.

Si es que se puede llamar llevarse bien a entrenar juntos y sentarse uno frente al otro en el avión sin discutir.

Ni siquiera el maldito jet lag nos ha hecho chocar.

Todavía. Sobre todo porque el jet lag en Australia parece ser peor que en cualquier otro país.

Me cae como un jarro de agua fría cada año.

Aunque no parece afectar a la brillante personalidad de Harper, que sigue funcionando a toda velocidad.

Además, se ha portado bien. Incluso lo he oído rechazar la invitación para salir esta noche cuando Johannes se lo ha propuesto justo delante de mí.

El reloj de la mesilla parpadea y marca las cinco de la mañana. No sé cuánto tiempo llevo dormido ni si he dormido algo.

Por desgracia, las cortinas no protegen mis ojos irritados de la luz del sol cegadora, así que no hay manera de que vuelva a dormirme, por más que lo intente.

En el Reino Unido es de noche. Podría llamar a Elise para ver cómo está, pero hablé con ella hace solo ocho horas, cuando no podía quedarme dormido.

Al final, decido encender el portátil para ver qué ofrece Netflix en Australia.

Un programa de cocina me llama la atención, y me acurruco delante del ordenador con la esperanza de tener una mañana tranquila.

Harper y yo no hemos hecho planes de ir al gimnasio hasta las nueve de la mañana porque insiste en que mis entrenamientos a las siete son demasiado temprano para él.

Es un pequeño compromiso para que Anders no nos incordie.

Más vale que aproveche que ya estoy despierto, pero sin tener nada que hacer.

Voy por la mitad del primer episodio cuando el teléfono empieza a sonarme. Para mi sorpresa, es Harper. Antes de las siete de la mañana, nada menos.

—¿Diga? —respondo con cautela. ¿Qué querrá a estas horas de la mañana? O, pensándolo bien, a cualquier hora.

—¿Puedes venir a mi habitación? —Habla con voz baja y ronca.

Casi me da miedo preguntar por qué.

Una cosa es ser educado e intentar aprender a ser compañero de equipo. Otra muy distinta, pedir favores antes de que amanezca.

¿Acaso hay alguien en su habitación que no debería oír esta llamada? ¿En qué lío se ha metido esta vez? Otro desastre al que quiere arrastrarme y luego espera que yo lo solucione. Sea lo que sea, no quiero tener nada que ver.

—Hola, Kian, ¿cómo estás? Gracias por preguntar, Harper, estaba genial hasta que me has llamado. ¿No te han enseñado modales? —Suspiro exasperado—. No, no puedo ir a tu habitación. Son las cinco de la mañana.

—Kian. —Uf, no. Ese tono de súplica es nuevo, y a mí me pueden las causas perdidas—. Es que…

La línea se queda en silencio durante un par de segundos, luego oigo el ruido espantoso de alguien vomitando y, lo que es peor, el vómito chapotear en una superficie de agua.

—¿Te encuentras bien? —Qué pregunta más tonta. Está claro que tiene la cabeza metida en el váter. Mi destello de compasión se esfuma en un abrir y cerrar de ojos—. ¿En serio me llamas porque estás de resaca? ¿Qué crees que puedo hacer por ti?

—Mmm… No estoy de resaca. —Empieza a toser, y debo apartarme el móvil del oído cuando vuelve a vomitar en el váter.

—Vale, vale. Los enfermos nunca mienten .

—Que no estoy de resaca, joder. —Suena cabreado—. Me he pasado la noche en vela. Llevo con el estómago revuelto desde que me metí en la cama.

Oigo un lastimero temblor en su voz. Supongo que, si estuviera de resaca, no tendría motivos para llamarme a mí.

Por las juergas que se pega, tiene que estar roto, así que, si hay alguien capaz de soportar una resaca, ese es él.

Si se parece tanto a mi padre como creo, es probable que sea su especialidad.

Aunque anoche lo vi con mis propios ojos rechazar una noche de fiesta en la ciudad con algunos de los demás pilotos y preferir ir a cenar algo rápido con Johannes.

—Sigo sin saber el motivo por el cual me has llamado a mí —insisto.

—Por favor, ayúdame.

¿Por qué soy tan débil? Odio estar a punto de ceder.

—¿No hay nadie más a quien puedas llamar? ¿A Johannes, por ejemplo, o al médico del equipo, si tan mal estás?

—No puedo. Es muy temprano, y tú siempre estás despierto.

Ah, o sea que soy la opción más conveniente. Estupendo.

—¿Qué pretendes que haga yo?

—Me he bebido todas las botellas de agua y ginger ale de la mininevera. ¿Te queda alguna a ti en la tuya? ¿Podrías traerme algo que beber a sorbos mientras siga en el suelo del baño? ¿Y a lo mejor un poco de hielo? Porfa. —Suena patético y desesperado.

Tengo que contener las ganas de ceder al instante a sus peticiones. Sin embargo, de pronto caigo en la cuenta de que es la primera vez que me habla con cierta amabilidad.

—Vale. —Cuelgo el teléfono, salto de la cama y me pongo unos pantalones de chándal y una camiseta limpia.

En nuestras minineveras hay un montón de botellas de agua y de bebida isotónica, así que cojo un par de cada y cruzo el pasillo hasta su habitación. Al llamar a la puerta, me dice que ha quitado el pestillo. Bajo la manecilla y entro .

«¡Por Dios!». Aquí huele a muerto.

En el aire flota el hedor espeso a enfermedad, y enseguida dejo las botellas en su cama, me tapo la boca y la nariz con el bajo de la camiseta e intento no tener arcadas al correr a abrir las ventanas.

Cuando ya están abiertas, doy gracias por el aire fresco que entra en la habitación.

Por suerte, ha dejado de vomitar en el cuarto de baño, aunque cuando abro la puerta me encuentro con una escena de lo más lamentable.

Está pálido como un fantasma, con los ojos inyectados en sangre y la cara roja. Está acurrucado alrededor de la base de la taza de váter, con la mejilla arrimada a los fríos azulejos del suelo.

—Qué mala cara tienes.

Me mira con el ceño fruncido y ve que llevo las manos vacías, entonces me doy cuenta de que he dejado las botellas encima de su cama.

—Gracias por verbalizar lo obvio —musita, con la garganta completamente seca.

Lo señalo con un dedo para indicarle que espere donde está, aunque es evidente que no se moverá. Voy a por las bebidas y vuelvo.

—Bebe esto —le digo, arrodillado a su lado, y le tiendo la botella de agua—, y luego un poco de esto. —Le acerco la bebida isotónica—. Después de tanto vomitar, te habrás deshidratado, así que más vale que también te metas en el cuerpo algún electrolito.

Desenrosca el tapón a toda prisa y empieza a beber. Casi me entran ganas de quitarle la botella de las manos, porque a este ritmo no hará más que volver a tener arcadas. Me limito a sujetarle la mano y a acercarle la botella.

—A sorbos —le ordeno—; de lo contrario te pondrás malo otra vez.

Me fulmina con la mirada como si se cuestionara por qué diablos debería hacerme caso. Le empieza a rugir el estómago, y al final obedece y se conforma con beber a sorbos. Es él quien me ha llamado a mí en lugar de a cualquier otra persona del planeta; yo sigo sin tener ni idea del porqué.

Después de haber cumplido con mi misión, sopeso la posibilidad de irme.

En realidad, debería… Pero es que parece un muerto; además, tiene los ojos cerrados por el dolor.

Por primera vez desde que comenzamos a trabajar juntos, lo veo vulnerable y solo.

Puede que mi hermana sea la enfermera de la familia, pero no está aquí, y no puedo dejarlo en este estado.

Por irritante y exasperante que sea. Tiene una capa de sudor en la frente y, cuando me inclino para ver si le ha subido la temperatura, enseguida noto que está ardiendo.

—Creo que tienes fiebre. ¿Qué te parece si te voy a buscar ropa limpia para que puedas cambiarte y volver a la cama?

Gruñe, aunque termina asintiendo con la cabeza.

Es un poco raro hurgar en las bolsas de viaje de Harper, que están llenas hasta los topes, pero encuentro lo que busco en forma de una camiseta holgada y un bóxer, que me parece de una talla demasiado grande.

Aunque tampoco es que sepa si está muy dotado o no.

Enseguida expulso ese pensamiento de mi cabeza.

Regreso al cuarto de baño y veo que sigue donde lo he dejado, con la barriga pegada al suelo.

—¿Crees que puedes levantarte? —le pregunto desde la puerta.

Él niega con la cabeza antes de beber un par de sorbos de agua.

La madre que lo parió, me va a obligar a ayudarlo.

Me agacho a su lado y señalo la camiseta empapada en sudor que se le pega al torso.

—¿Te parece bien que te la quite?

Asiente, pero, en cuanto toco con los dedos el dobladillo de su camiseta, suelta una temblorosa exhalación. No hace falta que me diga lo raro que es esto. Voy rápido, aunque se la quito con cuidado. Tiene una capa de sudor en el pecho y en la barriga .

—Un segundo. —Me detengo, cojo una toallita de las que da el hotel y la empapo en agua fría antes de pasársela por el cuerpo.

A continuación, es el turno de los pantalones, que por suerte, como está tumbado en el suelo de baldosas, puedo quitárselos en un santiamén.

No me sorprende que no lleve nada debajo; parece el típico tío al que le gusta ir sin ropa interior.

Ponerle un bóxer limpio resulta mucho más complicado que quitarle el pantalón; incluso conseguimos llevarlo a cabo sin que el mundo llegue a su fin por lo incómoda que es la situación.

Le doy otro segundo para disfrutar de la frialdad de la toallita sobre el torso antes de secarlo con la toalla de manos y ponerle la limpia y gigantesca camiseta por la cabeza.

Me observa en todo momento, con los ojos entrecerrados. Describiría su expresión como de asombro si no estuviera a punto de caer inconsciente.

—Venga, vamos a la cama.

Le paso los brazos por debajo del hombro para levantarlo del suelo y le rodeo la cintura para que se apoye en mí cuando caminamos hacia la habitación. Acto seguido, lo dejo encima de la cama.

Está aletargado y parece cansadísimo al arrastrarse por la cama. ¿Por qué verlo así me da ganas de hacer cosas buenas por él?

Al final acabo retirando la colcha que cubre la cama y cojo una sábana extra del armario para taparlo.