Pole Position: Rivales en la pista Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Sin embargo, tiene unas técnicas impresionantes que me obligan a colocarme en posiciones desfavorables detrás de él, por lo que no puedo adelantarlo.

En Hendersohm no tenemos una política de prioridad para el piloto número uno.

Sé que algunos equipos siguen una estrategia y trabajan juntos como un dúo; en cambio, nosotros no hacemos las cosas así.

Elijah y yo siempre hemos sido iguales en la pista, y nos ha funcionado.

Pero en la forma de pilotar de Harper hay algo que me pone de los nervios. Es como si me estuviera tentando con oportunidades y luego me las arrebatara en cuanto caigo en la trampa y me lanzo. Está jugando conmigo.

Aunque tengo años de experiencia. Conozco el circuito, conozco el coche y sé lo que hago.

—Cole, ¿a cuánto estamos? —le pregunto.

—A cero coma seis —me responde.

Tan pronto como veo la oportunidad, activo el DRS y consigo cierta ventaja, que me permite adelantarlo con la gracia y la elegancia de un bailarín de ballet .

Qué satisfacción más increíble.

Chúpate esa, imbécil arrogante. Observa y aprende cómo lo hacemos los profesionales.

Cuando subo a la tercera posición, Harper está justo detrás de mí.

Solo necesito ignorarlo y concentrarme en mi propia carrera, en mi propio tiempo, en mi propia rutina. Es un novato. Es bueno; aun así, es un novato. Soy el vigente campeón y estoy defendiendo mi título. Una mala entrevista con la prensa no lo va a cambiar.

Estoy haciendo adelantamientos que me resultan tan naturales como respirar, hasta que casi llego a la cabeza de carrera, donde me corresponde.

Es fácil sentirse satisfecho aquí, sobre todo cuando durante la última media vuelta solo he podido ver a una persona delante de mí.

Sea quien sea, estoy lo bastante cerca como para ver que su monoplaza rebota casi descontrolado.

Si no estuviéramos pilotando, pensaría que está escuchando a AC/DC .

—¿Me puedes confirmar que voy segundo, Cole? —pregunto a través del intercomunicador, por si acaso he estado tan concentrado que he pasado algo por alto.

—Segunda posición confirmada. Solo tienes delante a Yorris.

De modo que solo me queda adelantar a un Ferrari rebelde y, con lo mal que lo veo y lo bien que me siento yo, confío en que no será tan difícil.

El último tercio de la carrera, en cabeza, casi liderando el pelotón, es el paraíso que he estado construyendo durante la última década y media. Tengo la vista fija en la pista y, con Cole hablándome al oído, no hay nada que no podamos hacer. Somos imparables. Ni siquiera Yorris va a detenerme.

—Tres vueltas para el final, Ki. Se acerca la recta.

Tomo las curvas, prestando especial atención a la más estrecha, y, en cuanto llego a la recta, acelero a fondo, buscando el mejor sitio por donde dejar atrás a Yorris y cualquier problema que tenga.

—¡Vas primero! —Cole intenta no gritar, pero oigo un revuelo detrás de él en los boxes.

Estoy a tres vueltas de petarlo en la primera carrera de la temporada, con la mente despejada y el coche rindiendo al máximo, mientras cruzo la línea de meta por antepenúltima vez.

Dos vueltas, solo dos vueltas para la victoria.

Tan cerca y a la vez tan lejos, porque antes de que me dé cuenta un coche se me pega, y puedo sentir cómo otro coche lo presiona justo detrás.

—Dime quiénes van segundo y tercero, Cole.

Necesito saber a qué me enfrento ahora mismo para poder planificar cómo afrontar las últimas vueltas y mantener la primera posición.

—Yorris va segundo y James, tercero —me informa Cole.

Durante un segundo casi pierdo la concentración. No puede ser.

—¿Me confirmas el tercer puesto otra vez, por favor ?

Es imposible. Una cosa es que un novato haga una buena vuelta en la clasificación, y otra muy distinta que esté luchando por el podio en su primera carrera.

—Es Harper, tío. Está peleando codo a codo con Yorris. Podría ser uno de esos momentos que pasan a la historia.

«A tomar por el culo». Descarto cualquier pensamiento sobre quién está detrás de mí.

Ahora mismo tengo que concentrarme en mi conducción.

Me duele muchísimo la espalda de tanto empujar contra el asiento, como si así fuera a incrementar la velocidad.

Sé que puedo ignorarlo durante dos vueltas más y mantener el ritmo sin salirme de la pista hecho un montón de metal.

—El ayer está olvidado, hoy es un nuevo día, está todo controlado.

Me anuncian la última vuelta por los auriculares.

Ahora estoy apretando a tope. No es como en otras temporadas, cuando en las últimas vueltas me daba la impresión de que luchaba contra el coche, pero todavía siento la fuerza de gravedad al frenar antes de la curva para evitar chocar con el muro.

Me duelen el cuello y la espalda, y a la vez es emocionante.

«Para esto vivo».

—¿A cuánto estamos? —pregunto al acercarme a la última curva de la vuelta.

—El segundo a dos coma ocho. El tercero, a uno coma cuatro del segundo.

Me tranquiliza bastante oírlo. No pinta mal la cosa.

Sigo adelante. Acelero a fondo en la última recta y vuelo sobre la línea de meta como si mi vida dependiera de ello. En mis oídos, los boxes estallan en un caos de estruendosa celebración. No veo la hora de salir del monoplaza y celebrarlo con mi equipo.

—Gracias, Cole —murmuro por el auricular, contentísimo de que uno de mis compañeros favoritos esté conmigo por quinto año consecutivo .

—De nada, superestrella. Anders está llorando. Primera carrera y tiene en el podio a los dos pilotos de Hendersohm.

De fondo oigo tantos gritos que tengo que comprobar si lo he oído bien.

—¿Harper ha aguantado la tercera posición?

—Pues sí. Todos estamos flipando, pero en plan bien.

Los boxes son un caos. Me duele la espalda tanto por las palmadas y los abrazos que me han dado como por las dos horas que he pasado soportando la fuerza de la gravedad en el monoplaza.

Los corchos de champán vuelan por todas partes y el estallido solo hace que la gente coree el nombre de nuestro equipo cada vez con más fuerza.

Me dan una botella de la marca Hendersohm y le doy un trago antes de dársela a Ash.

Segundos después, tiene a Harper de rodillas frente a él y le vierte la espumosa bebida a chorros por la garganta.

El cámara de Netflix está por ahí, así que promete ser una grabación interesante.

No es mi problema, me repito enseguida.

Necesito concentrarme en lo que estoy haciendo; que Harper James se las apañe solito. Si Anders está encantado de darle una oportunidad, es decisión suya.

Sin embargo, la frustración amenaza con cargarse mi alegría. Harper James ha llegado aquí como si nada, ha ignorado todo el cuidadoso entrenamiento, la planificación y las claras instrucciones del jefe del equipo; aun así, ha subido al podio.

Hablando de podios, cuando Harper pasa junto a mí para subir en tercer lugar, me da un buen empujón con el hombro, lo bastante fuerte como para que tropiece ligeramente. A la vista de todos los aficionados, de la prensa, de todo el mundo.

Eso sí que es deportividad de novato. Es un mal perdedor.

Hace falta tener elegancia, dedicación y compromiso para ser un ganador. Todavía no lo domina y acaba de demostrar lo arrogante y gilipollas que es .

Cuando subo al podio y recibo la medalla del primer puesto, puedo sentir las oleadas de cabreo que desprende. Yorris, al otro lado, parece ajeno a la tensión.

Entonces, llega el momento de darnos la mano para las inevitables fotos de prensa; me dirijo primero a Yorris y nos felicitamos.

No lo conozco demasiado, pero hemos compartido podio muchas veces y sabemos cómo funciona.

Saludo, contacto visual y luego mirada a las cámaras para la foto.

Pero, cuando me giro hacia Harper y voy a estrecharle la mano para repetir el gesto, finge no verme —o no entender el protocolo— y se desvía para estrechar la mano de Yorris y felicitarlo.

Me quedo con la mano extendida, haciendo el ridículo enfrente de miles de aficionados y medios de comunicación internacionales. Las cámaras disparan un sinfín de fotos, y sé que será una noticia que ocupará la primera página de la prensa deportiva.

Cuando de aleja de Yorris, Harper actúa como si yo no existiera y se da la vuelta para bajar del podio.

—Qué mal perdedor eres —le digo en voz baja.

Me fulmina con una mirada que podría matarme en el acto.

No puedo evitar reírme de su petulancia, aunque admito que es fácil ser la persona madura en esta situación, pues he sido yo el que ha ganado. Al girar la cabeza, veo que Anders nos observa y me siento reprendido.

Anders es como un padre para mí. Sin duda, ha sido más padre que el biológico. Ha impulsado mi carrera, y por la forma en la que me apoyó cuando a mi madre le diagnosticaron párkinson, además de por cómo sigue apoyándome, siempre estaré en deuda con él.

Ahora me siento mal por haberlo avergonzado de esta manera.

Es muy importante la imagen que da el equipo en público.

Es muy importante nuestra reputación. Es muy importante para los patrocinadores, los dueños de la escudería y las ganancias del equipo.

No es tanto pedir que evitemos trasladar las hostilidades privadas.

Tenemos aproximadamente treinta minutos de alboroto para disfrutar de las celebraciones, estrechar la mano de los VIP, los patrocinadores y los cazadores de autógrafos antes de que Anders me haga señas para que me acerque.

Ya tiene a Harper pegado a él con un brazo alrededor de los hombros, una postura que parece jovial, aunque probablemente sea una atadura de hierro.

No me cabe ninguna duda de que esto no va a terminar bien. Cuando Anders nos tiene a los dos entre los brazos, en medio del ruido ensordecedor de las celebraciones del equipo, nos dice en voz baja para que solo Harper y yo podamos oírlo: