Capítulo 4
Harper
K ian Walker no se parece en nada a su padre. Es un capullo estirado y criticón.
Un día vi un vídeo de Tyler Heath bebiendo una cerveza directamente de un casco de competición, de un casco usado y sudado. Era asqueroso, pero me encantó verlo. Era entretenimiento puro. Creo que Kian no tiene ni idea de qué es la diversión.
Aun así, tiene una lista interminable de marcas importantes que se mueren por trabajar con él y le pagan millones de dólares.
Además, lo invitan a todos los pódcast y programas deportivos más famosos.
Es un desperdicio increíble que le hagan hablar durante horas sobre los beneficios del yoga y de irse a la cama a la misma hora que una abuela. ¡Menudo cabrón más aburrido!
No lo he visto desde que Anna lo sacó de la entrevista. Dios no quiera que su preciada reputación se vea empañada por tener que enfrentarse a algunas verdades incómodas pronunciadas por el nuevo del equipo.
Furioso, regresé a mi habitación y me calmé mientras intentaba averiguar qué coño le pasa.
Ayer por la noche recibí un mensaje que nos convocaba a los dos a una reunión en la sala de conferencias del hotel a primera hora, pero esta mañana no consigo ponerme en marcha.
Recuerdo la advertencia que me soltó Anna Kash cuando me llamaron para decirme que querían que ocupara el puesto de Elijah Gutaga durante esta temporada.
Hay que ponerse las pilas, nada de provocar mala prensa, y concentrarse en el trabajo.
Es probable que ya la haya cagado.
Cuando abro la puerta de mi suite un minuto antes de bajar, me encuentro cara a cara con Kian, que está dando vueltas por el pasillo. Hablando del rey de Roma…
Todavía estoy medio vestido porque me he despertado hace apenas cinco minutos, cuando la alarma que he pospuesto por quinta vez se ha puesto insoportable. Cojo mi sudadera y me pongo las Crocs, con la tarjeta entre los labios, cuando levanto la vista y lo veo. Esta puerta debe de estar gafada.
—¿Me estás tomando el pelo? —me pregunta entre dientes.
La verdad es que no sé si lo estoy haciendo o no. Quizá vaya sin camiseta por el pasillo para tocarle los huevos, ya que es la única reacción que puedo obtener de él.
Al final me pongo la sudadera e intento seguirle el ritmo mientras caminamos hacia el ascensor.
Porque Kian Walker no puede llegar tarde, claro.
Me apuesto algo a que el gran Tyler Heath llegaba tarde siempre que le daba la gana.
Seguro que a él se la pelaba. Era una estrella tan grande que podía seguir su propio horario.
—¿Mejor así? —digo, ya completamente vestido y atrapado en un ascensor para bajar treinta plantas con él.
Me responde con una mirada silenciosa; es uno de los cascarrabias más buenorros que he visto en mi vida.
Son las siete de la mañana de nuestro día libre; hoy no hay prensa a la que atender ni entrenamientos en el circuito.
¿Por qué cree que es necesario estar así de guapo tan temprano por la mañana?
—¿Me estabas esperando? —le pregunto, y le lanzó una mirada de reojo, incapaz de evitar provocarlo. Aunque intento ser amable.
Resopla con desdén, pero no sé si está molesto consigo mismo o conmigo, porque sin duda alguna me estaba esperando .
—Estaba esperando… llegar a tiempo para la clase de yoga al amanecer en la azotea.
«Claro. Es algo aburridísimo, claro. Qué idiota».
—Fijo que mañana vuelve a salir el sol. —El ascensor se queda en silencio cuando él no se digna a contestar.
Aún no se ha dado cuenta de que su silencio solo me anima a bombardearlo con preguntas molestas y charlas sin sentido.
El silencio me pone nervioso—. ¿En qué tipo de lío crees que nos hemos metido?
Es posible que no sea la mejor pregunta antes de reunirnos con el jefazo, pero quiero saber de verdad qué opina de nuestra situación.
Kian reflexiona durante un segundo, y lo observo en el espejo mientras sus engranajes mentales se ponen en marcha.
Ahora que me fijo bien en su cara, creo que no se parece tanto a Tyler.
Tyler es bastante alto, mide más de un metro ochenta, si no recuerdo mal su ficha de piloto.
Sin embargo, Kian no llega a esa altura, mide alrededor de un metro ochenta.
Tyler tiene el pelo casi negro azabache, mientras que el de Kian es castaño claro, y con cierta luz parece casi rojizo.
Eso sí, comparten los mismos ojos, de un penetrante color avellana.
Vale, sí, cuando era adolescente miré tantas fotos de Kian que podría describirlos a la perfección.
Sin embargo, ahora que los veo tan a menudo en persona, me da la sensación de que cambian de color cada dos por tres.
A veces verde musgo, a veces marrón claro, todo mezclado con tonos amarillo mostaza y dorados que rodean la pupila.
Tendrían muchísimo éxito si alguna vez saliera por ahí a ligar.
No es que pueda imaginármelo en una discoteca, por la pista de baile en busca de un ligue.
¿A lo mejor en un restaurante sofisticado o en el bar de un hotel elegante?
Tendré que preguntarle cómo liga la próxima vez que lo incordie con preguntas molestas, pero quizá no cuando estemos en el estrecho espacio de un ascensor y pueda darme un puñetazo .
La puerta se abre con un chasquido y, como si él ya conociera el hotel —que seguro que sí—, Kian recorre otro pasillo antes de entrar en la sala de conferencias.
Parece un poco grande para la ocasión, teniendo en cuenta que solo hay cuatro personas y las mesas están puestas para treinta o más.
Anna está sentada junto a Anders, el jefe del equipo.
Sus asistentes les sirven té y café hasta que se marchan, y se hace un profundo silencio.
Kian y yo nos sentamos en el lado opuesto de la amplia mesa.
Me doy cuenta de que no nos han ofrecido té ni café, pero me muerdo el interior de la mejilla para no preguntarlo.
Ni siquiera yo soy tan tonto como para ponerme tiquismiquis ahora mismo.
—A ver, ¿qué pasó? —pregunta Anders.
El silencio que nos rodea es ensordecedor. Ninguno de los dos quiere admitir que ayer jodimos la entrevista, y Anders parece cada vez más furioso.
—Lo siento. La cagamos —dice Kian finalmente, retorciendo las manos encima de la mesa—. Creo que solo necesitamos un poco más de tiempo para encontrar una dinámica entre nosotros que funcione.
«¿Nosotros?».
—No sé a quién te crees que representas, Walker, porque desde luego a mí no. —Lo fulmino con la mirada mientras él pone los ojos en blanco y extiende una mano, en plan «¿Veis lo que tengo que aguantar?».
Aprieto los dientes.
—Mirad, aún es pronto y sé que el cambio en el equipo ha sido repentino.
Ni siquiera hemos participado en una carrera todavía, pero no podemos permitirnos el lujo de desmoronarnos el primer día, así que os hemos reservado a los dos una sesión privada de formación sobre la prensa para que arregléis vuestras chorradas. —Anders no se anda con rodeos .
Siempre he admirado eso de él, incluso ahora que soy yo quien sufre las consecuencias.
La cara de Kian es un poema. Que le digan que necesita una sesión sobre la prensa debe de ser sumamente humillante para alguien que lleva más de una década en los circuitos y ha sido el centro de atención la mayor parte de su vida, gracias a sus padres.
La horrible entrevista de ayer y esta reunión insoportable de hoy casi merecen la pena solo por este momento.
Estoy a punto de echarme a reír. Hasta que recuerdo que voy a tener que soportar horas y horas de presentaciones tediosas sobre la forma correcta e incorrecta de responder preguntas con Don Sieso.
Pero las cosas como son: el problema en la entrevista no fui yo.
Fue Kian quien básicamente le dijo al mundo que no soy lo bastante bueno como para estar en este equipo y que está deseando que Elijah vuelva.
Kian acepta al instante la sesión. Como si estuviera encantado de organizar la formación con Anna.
Para sorpresa de nadie.
Obviamente, no puedo protestar delante de Anders, aunque no pienso a asistir a esa gilipollez.
—Claro. Contad conmigo. —Fuerzo una sonrisa y dejo que Anna siga comentando que nos enviará un correo electrónico y que añadirá la sesión a nuestro calendario compartido.
Genial. Vamos, equipo.
Aún no hemos salido de la sala cuando nos suena la notificación en nuestros móviles, y suelto un gruñido al ver que la primera sesión es esta misma tarde.
—Anna es muy rápida —dice Kian sin más al adelantarse, siempre con ganas de alejarse de mí.
—Su trabajo consiste básicamente en hacer control de daños. —Soy directo, pero ahora mismo no tengo ganas de aguantar estas tonterías.
Odio que sus comentarios me estén llegando a afectar. Supongo que debería preguntarle por qué se comporta como un capullo; sin embargo, eso significaría seguir soportando su actitud de mierda.
No pienso ir a esa formación de prensa, aunque por ello me expulsen del equipo.
No lo digo en serio, aunque así es como me siento ahora mismo. Soy más bien de los que actúan antes de pensar.
—Creo que iré a la piscina —anuncia. Se pasa una mano por el pelo, dudoso, y casi puedo oír cómo rechina los dientes, como si intentara tenderme una ofrenda de paz, como si estuviera a punto de invitarme.
¿Es lo que hace falta para que Kian sea amable? ¿Que su jefe le suelte una buena bronca?
Pero la invitación no llega, y me quedo mirándolo con cierta expectación al subir en el ascensor. Seguro que parezco un niño desesperado por que lo inviten a una fiesta. No es mi estilo para nada. Aun así, quiero que me lo ofrezca.
Resoplo, y él tiene los cojones de enarcar una ceja mirándome en el espejo.
—Supongo que volveré a la cama un rato —replico, aunque no ha tenido la decencia de preguntarme si tenía algún plan.
De repente, se me ocurre una imagen y no puedo quitármela de la cabeza. Kian Walker en un diminuto bañador Speedo. ¿Por qué sigue resultándome tan atractivo cuando en la vida real me ha demostrado que es un gilipollas?