Pole Position: Rivales en la pista Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Tampoco sé a quién se refiere al hablar de «unos cuantos». Los últimos días lo he visto charlando con pilotos de otros equipos, y estoy bastante seguro de haber visto cientos de fotos en las que sale con Johannes, del equipo Red Bull Ford.

—No, gracias. Pero pasadlo bien. —Con tono seco, está claro que insinúo que quiero que me dejen tranquilo.

Vamos a disfrutar de dos semanas de «tiempo libre» en Baréin antes de que llegue el finde del primer gran premio, por lo que los técnicos tendrán tiempo de sobra para hacer los últimos ajustes a los monoplazas y pulir los últimos detalles.

El lujo de este deporte es que no estamos atrapados en el mismo hotel ni compartimos suite , como sé que ocurre en otras disciplinas cuando viajan por ahí.

—Pues nada. De todas formas, nos vemos dentro de una hora para la entrevista con los de la revista Sports . —Se va tras Ash con un torrente de preguntas saliéndole de la boca sobre la posibilidad de incluir un sidepod en nuestra carrocería.

Ahora mismo, no envidio el papel de Ash.

De repente, lo que ha dicho cala en mí. Enseguida abro el calendario y lo veo: entrevista de la revista Sports UK con Harper.

No sé cómo no me he fijado esta mañana. Supongo que se debe a que nuestro desayuno ha consistido básicamente en el cotorreo de cierto novato en mi oído en lugar de mi rutina normal con la que me preparo para el día .

A regañadientes, me levanto del sillón y voy a buscar a Kelsey, la encargada de los detalles relacionados con el transporte. Tengo que volver al hotel a darme una ducha y cambiarme de ropa.

—Te veo muy guapo, Ki. —Siempre nos dedica halagos, aunque soy yo quien debería piropearla. Hasta el momento, los trayectos y el alojamiento han sido de diez.

—Gracias, Kels. ¿Te importaría buscarme un coche con el que volver al hotel?

—Estás de suerte. Acabo de pedir uno para Harper. Si te das prisa, lo alcanzarás.

Durante un segundo, analizo el dilema. Kelsey es maravillosa y no me apetece darle el doble de trabajo, aunque lo último que me apetece es irme con el novato.

Aun así, me limito a sonreír y a darle las gracias rápido antes de dar media vuelta y marcharme por donde se ha ido Harper, gruñendo para mis adentros.

Por desgracia, llego a tiempo, a pesar de haber ido a paso de tortuga.

Harper está abriendo la puerta trasera del vehículo, y ojalá no fuera de mala educación por mi parte subirme en el asiento delantero.

—Sabía que no podrías alejarte mucho de mí —me suelta con una sonrisa.

¿Acaba de…? ¿Está intentando ligar conmigo?

El revuelo causado por la emergencia médica de Elijah y por la repentina llegada de Harper en el equipo está haciendo que analice demasiado las cosas.

Es uno de mis peores hábitos, también el motivo por el que paso tanto tiempo meditando y desarrollando mi concentración mental.

Enseguida expulso las suspicacias de la cabeza.

—Kels me ha dicho que te acababa de pedir un coche, y no he querido pedirle que llamara a otro, teniendo en cuenta que vamos al mismo sitio.

—Si es lo que necesitas decirte, Kian, adelante. Sé que te mueres de ganas de conocerme. ¿A lo mejor al final te apuntarás a la cena y todo ?

Le brillan los ojos por el entusiasmo. Tan de cerca, y bajo la luz dorada del sol de última tarde, resplandecen con un color turquesa muy claro.

Son hipnotizantes.

Aun sin querer, entiendo por qué todo el mundo quiere acostarse con él.

Aparto la mirada de sus ojos y recuerdo lo mucho que me irrita. Quizá su superpoder sea en realidad la persistencia. Nunca parece aceptar un no por respuesta.

—Pues no es lo mío. Quiero darme una ducha, hacer la entrevista y llegar a tiempo para mi clase. —Es obvio que las sutilezas no van con él, así que intento dejárselo claro con contundencia.

—¿Clase? ¿Qué estudias? —me pregunta, retomando la conversación, cuando a mí lo que me apetece es ponerle fin de una vez.

—Yoga.

La flexibilidad es vital para los deportistas. No es que mi entreno físico no sea ya conocido en todo el mundo, así que no sé por qué me siento tan incómodo hablando de ese tema con él.

Me observa repasándome de arriba abajo. Me examina de la cabeza a los pies. Le centellean los ojos por la emoción, como si le gustara lo que ve, y no sé cómo tomármelo. Su actitud no entra dentro de lo permitido.

—¡James! —le suelto.

—Perdona. Es que intentaba imaginarte haciendo yoga. No me pareces un tío que irradie elegancia.

—Es yoga, no ballet . Se trata de controlar, de respirar y de explorar los límites de nuestros músculos y extremidades. ¿Te suena de algo?

Sé que estoy siendo muy borde, pero es que tengo la mente embrollada y empiezo a estar harto de él. Cada vez echo más de menos a Elijah.

Por una vez, Harper no me contesta. Quizá sea porque está de acuerdo conmigo o porque por fin ha captado la indirecta. O porque le siguen ardiendo los ojos y es incapaz de seguir mirándome. Sea lo que sea, doy gracias por el silencio.

El trayecto hasta el hotel dura solo cinco minutos; sin embargo, la atmósfera es tan tensa que esos cinco minutos parecen una eternidad hasta que por fin nos detenemos frente a la entrada y el conductor nos abre la puerta para que bajemos.

Los dos atravesamos el vestíbulo con grandes zancadas y acabamos metiéndonos en el mismo ascensor, que sube hasta la misma planta.

Cuando lo dejo atrás por el pasillo en dirección a mi habitación, me coge del brazo.

—¿Quieres que quedemos aquí dentro de media hora para ir juntos a la entrevista? —me pregunta, delante de la puerta de su suite , con la tarjeta ya metida en la ranura.

El espacio que nos separa apesta a sudor y al material cuyo olor se te pega a la piel por más tiempo que haga que te has quitado el mono.

No sé por qué, pero cedo. A fin de cuentas, no está bien visto darle una patada a un cachorro.

—Vale.

Creo que lo he pillado por sorpresa, ya que saca la tarjeta al mismo tiempo que se dispone a cruzar la puerta, así que me regala la escena en la que se golpea la cabeza contra la madera cuando no se le abre la puerta.

Gracias, universo.

Es mi recompensa por haber soportado su cansina presencia y me deleito con cada segundo del momento.

Su cara es la viva imagen de la vergüenza y de la confusión. Abre la boca para decir algo, pero opta por volver a pasar la tarjeta en silencio y desaparecer en su habitación .

Media hora más tarde, nos encontramos en el pasillo.

Corto de raíz sus intentos de entablar conversación —o, sería más preciso decir, de elogiar sin parar a mi padre— y caminamos lo que falta hasta el ascensor en silencio.

Qué paz. Espero que tal vez, solo tal vez, Harper al fin haya captado el mensaje.

En cuanto entramos en el ascensor, sin embargo, pulsa los botones de todas las plantas que nos separan del vestíbulo.

—¿Se puede saber qué te pasa? —Mi arrebato de exasperación nos sorprende a los dos.

—¿A mí? ¿Se puede saber qué coño te pasa a ti? ¿Por qué estás siendo tan capullo?

—¿Perdona? —¿Que yo estoy siendo un capullo?

—Es la primera entrevista que damos juntos. ¿Podrías aparentar…, no sé, que estás un poquito emocionado de tenerme en el equipo?

—Van a preguntarnos lo de siempre. ¿Qué sensaciones tenéis sobre la temporada que se avecina? ¿Estáis preparados para el finde que viene? ¿Quién es vuestro mayor rival este año? Da respuestas generales y todo te irá bien.

—Pues perdone usted, don Llevo Quince Años Aquí, pero algunos de nosotros no tenemos tanta experiencia como tú.

Vale, supongo que en eso tiene razón.

—De acuerdo. A ver, la entrevistadora, Ava Gonzalez, es una máquina. Pero también es muy respetuosa. Ni siquiera tú podrías cagarla.

Veo de reojo cómo Harper retrocede claramente.

Puede que esté siendo un cabrón, pero todo lo que hace me fastidia que no veas.

Volvemos a quedarnos en silencio, aunque esta vez la quietud hace que me hormiguee la piel como nunca me ha pasado. Suspiro al entrar en la sala de prensa, pero ha llegado el momento de poner cara de póker e impedirle que me afecte su comportamiento. Esta va a ser mi temporada .

Después de peluquería y maquillaje, nos llevan al plató y nos indican dos taburetes diminutos en los que sentarnos antes de saludar a una entrevistadora a quien fijo que conozco, aunque no sé de qué.

Me dispongo a decirle a Harper que no es la periodista de la que le he hablado, con la advertencia en la punta de la lengua, pero es evidente que están esperando a que empecemos de una vez.

He hecho miles de entrevistas parecidas, y siempre son iguales. Será coser y cantar.

Lo que no sabía era que se trataba de la calma antes de una furiosa tormenta de rayos y truenos.

—Bueno, Kian, ¿qué sensaciones te dan todos los cambios? Sobre todo la ausencia de Elijah y el ascenso de Harper cuando falta tan poco para que comience la temporada.

Es una pregunta para la que llevo preparándome desde que se anunció la noticia de la lesión de Elijah. La respuesta es directa: le envío mis mejores deseos a Elijah, reacciono de forma positiva a los cambios y le digo que sigo con muchas ganas de empezar la temporada. Chupado.

—Antes de dejar que Kian responda a la pregunta, déjame que diga que quiero mandarle los mejores deseos a Elijah —interviene Harper antes de que yo siquiera pueda abrir la boca, y me roba la frase.

Como si le importara Elijah.

Noto que empieza a hervirme la sangre.

—Todo el equipo desea que se recupere rápido, y les mandamos todo el ánimo y el cariño del mundo a él y a su familia —prosigue Harper.

Que yo sepa, se han visto una o dos veces, nunca han salido por ahí juntos y apenas se conocen.

No puedo añadir nada a su respuesta sin sonar falso y sin limitarme a repetir lo que acaba de soltar, así que me quedo callado sin más.

—Debes de echar de menos a tu compañero de equipo y viejo amigo, ¿no? —me pregunta la periodista .