Capítulo 3
Kian
H oy es el tercer día de la pretemporada, y por fin me da la sensación de que estoy recuperando la rutina.
Me alegra estar de vuelta en el circuito y en el poco espacio que hay en el monoplaza.
Para alguien a quien no le gusta estar apretujado, debería sentir bastante claustrofobia, pero en realidad es el único sitio donde siento que tengo totalmente el control.
Las últimas sesiones de pruebas han sido brutales. He visto las mejoras que le han hecho al coche, y pilotarlo una y otra vez me ha vuelto más confiado en lo que está por venir en mi decimocuarta temporada. Que les den a los medios, que no dejan de especular con que pronto voy a retirarme.
Cuando me dirijo hacia los boxes y salgo de un salto del monoplaza, veo a Harper James. Deambulando por ahí. Otra vez.
Está en todas partes.
Ahora no tengo escapatoria, no puedo hacer nada para evitarlo por mucho que lo intente. Ni siquiera puedo bajar del monoplaza sin que me atosigue.
Me tomo unos segundos para acostumbrarme a estar en vertical después de haberme pasado casi una hora dando vueltas por el circuito. Estiro la espalda y las piernas, aflojo los músculos que se me han empezado a tensar y, mientras tanto, observo de reojo el perfil de Harper.
No deja de clavar los ojos en mí, sé que está esperando a hablar conmigo cuando pase por su lado.
No puedo negar que yo también lo he estado observando a él.
He examinado varias de las vueltas que ha dado este fin de semana.
En la pista es otro. Parece que como persona sea incapaz de controlarse, aunque en el monoplaza siempre tiene el control; toma decisiones audaces y estratégicas, pese a que también podrían considerarse imprudentes, y es el resultado de un talento y un instinto naturales.
Para mi fastidio, he visto cómo algunas de esas decisiones tienen consecuencias increíbles.
Después del primer día, volví a mi habitación de hotel y analicé algunas de sus grabaciones.
Es un genio en el circuito. Ojalá pudiera ver lo que le pasa por la cabeza cuando examina el trazado, porque pilota como si tuviera todas las curvas del recorrido impresas en el cerebro.
Siempre parece saber qué vendrá y nunca piensa demasiado las cosas.
Es un nivel de conducción inteligente que solo he visto en algunos de los campeones del mundo.
Cuanto más lo observo, más crece la reacia admiración que siento por su técnica.
En cuanto abre la boca, sin embargo, lo manda todo a la mierda.
—Madre mía, se nota a leguas que tienes todos los genes buenos de Tyler Heath.
Se me ha acercado mientras me sumía en mis reflexiones, y mi ingeniero Cole le ha pisado los talones. Veo a Cole poner una mueca donde está, agachado para ver cómo han respondido los neumáticos, y tengo que contenerme para no gruñirle a Harper por haberse interpuesto entre los dos.
Harper se fija en la mirada que me lanza Cole, pero o es imbécil o intenta enfadarme, porque sigue hablando por los codos.
—¡Coges las curvas igual que tu padre, tío! Estoy muy celoso. Tienes la pizca de intrepidez que tenía él.
Con los ojos cerrados, respiro hondo y poco a poco me quito el casco. Miro directamente a Cole e ignoro a Harper.
—Los C4 me han dado muy buenas vibras en estas vueltas. Creo que irán bien para la fase de clasificación, pero quizá optaría por los C2 para el inicio del gran premio .
—Tomo nota. —Cole asiente con la cabeza—. En las últimas vueltas, hemos visto un poco de degradación en los neumáticos, así que habrá que tenerlo presente para cuando tomemos las decisiones finales. —Escribe a toda prisa en el iPad que lleva.
Nuestros mejores técnicos e ingenieros están reunidos alrededor de las pantallas, analizando los datos proporcionados por el monoplaza y apuntando estadísticas.
He hecho cerca de 120 vueltas en las dos sesiones de hoy, y en los tres días van ya 347, casi tantas como en mi récord de la tercera temporada, que fueron 368.
Y haré más si es necesario, porque el compromiso, la dedicación y la disciplina son tan importantes como el talento natural que se pueda tener.
Harper James deberá asimilar que está en una liga totalmente distinta a las categorías inferiores; además, no va a durar demasiado por aquí si hace el gilipollas y no se lo toma en serio.
Me enseñan muchas pantallas con tiempos de vuelta, incluidas las diez más rápidas y lentas del día, y me rodean todos los técnicos sénior.
Quiero echar un buen vistazo a los resultados y digerirlo todo; sin embargo, Harper se ha situado delante de las pantallas como si estas mostraran información de su rendimiento.
Está con los ojos como platos y emocionado como un cachorro, y su actitud me seca la energía.
¿Me comporté así durante mi primera temporada en la Fórmula 1?
Su entusiasmo lo hace más joven y me convierte a mí en un anciano.
Tampoco es que haya una enorme diferencia de edad: él tiene veinticinco y yo estoy a punto de cumplir treinta y cuatro, pero, en lo que a carreras al volante y a nuestros niveles de experiencia se refiere, es una vida entera.
Y cómo me gusta a mí sentirme viejo cuando tengo que estar día sí y día también esquivando preguntas sobre cuándo me voy a retirar.
—Esta vuelta… —Harper da un golpecito a la pantalla y señala mi segunda vuelta más rápida— ha sido una locura. El monoplaza parecía muy aerodinámico cuando has cogido la segunda y la tercera curva, y he pensado que ibas a salir volando del circuito, pero se te ha visto muy controlado.
Oigo el asombro de su voz; seguramente debería halagarme que me esté piropeando así, pero estoy acostumbrado a cómo trabajamos Elijah y yo como compañeros de equipo.
Siempre nos relajamos un poco y luego nos reunimos de regreso en el hotel para analizar los datos con la cabeza fría, con calma y objetividad.
A veces, cuando bajo del monoplaza, necesito un poco de espacio.
El silencio es a menudo imposible porque siempre tienes cámaras en la cara y te rodean los miembros del equipo y los jefes.
Por lo general, suelo irme a un rincón vacío, sentarme en una silla y respirar durante un par de minutos.
Todos los que llevan tiempo en el equipo están acostumbrados; ojalá alguien apartara al niño entusiasmado y le dijera que se calme de una puta vez, porque está empezando a sacarme de mis casillas.
Una gran parte de este deporte es la mentalidad, y sé en qué estado debo estar para responder de la mejor manera, y el puñetero de Harper James se está cargando la rutina que Elijah y yo hemos perfeccionado en el último año.
Sin embargo, como no se me dan muy bien las confrontaciones, me digo que ignorar a Harper es la mejor solución posible.
Ya lo pillará. O alguno de los ingenieros le dirá a las claras que se está pasando de la raya.
Pero yo no pienso hacerlo. Las confrontaciones no son muy buenas para mantener la mentalidad correcta. No es algo que me salga natural por culpa de la ansiedad que me inunda. Ash o Cole se lo dirán. Confío en ellos, saben lo que me sienta mejor.
Me aparto de Harper y sigo con la boca cerrada.
Es obvio que esperaba una respuesta, y la sorpresa que se lleva basta para que esté un par de minutos calladito.
Para ocultar la confusión, se inclina hacia Kev, uno de los técnicos, y se sumerge en los gráficos que muestran mis rendimientos con el nuevo monoplaza.
—No te preocupes, tío —me dice Cole en voz baja—. Hemos preparado una carpeta de tu pretemporada para que le eches un vistazo más tarde. Ya nos contarás todo lo que se te pase por la cabeza en los dos próximos días.
Cole sabe leer entre líneas. Lleva casi tanto como yo en el equipo, y doy gracias por que todas las temporadas se preste a hacer lo imposible para tenerme contento.
—Eres el mejor. Gracias, Cole. —Le doy una palmada en el hombro y cojo mi mochila para hurgar en busca de mis auriculares.
Al ponérmelos y activar el modo de cancelación de ruido, puedo dejar atrás el caos durante un rato.
Con el tiempo he aprendido que, cuando no puedo estar en la pista o en un simulador, visualizar la conducción lo es todo para mí.
Me imagino cada curva, noto la sensación de los frenos en el circuito y cómo responde mi cuerpo en el momento en que la fuerza de la gravedad es más intensa de lo que he experimentado nunca.
Pongo una meditación guiada de mis listas preferidas de Spotify y me hundo en un sillón cómodo.
Controlo la respiración, me fijo en cómo se me tensan y se me destensan los músculos y procuro recorrerme todo el cuerpo, concentrado y relajado.
Es un ejercicio de calma, justo lo que necesito después de la oleada de adrenalina del circuito.
Sin embargo, la calma no dura demasiado, ya que, cuando llevo menos de dos minutos con el pódcast, noto una enorme mano que me sacude el hombro, y sé que solo puede tratarse de una persona. No me hace falta abrir los ojos para saber que es él. Por lo visto, es su forma preferida de abordarme.
—Dime, Harper. —Me quito uno de los auriculares y abro un ojo.
—Ay, perdona. Es que llevo unos tres minutos aquí, y ni siquiera te has movido. Pensaba que estabas en trance o algo.
Es como un niño pequeño que irradia energía y puro entusiasmo. Lo entiendo, es su primera pretemporada en la Fórmula 1, pero este finde también ha hecho más de trescientas vueltas, y pensaba que estaría un poco más cansado .
—Solo intento conseguir un poco de paz. —Aunque no me está sirviendo de gran cosa. O lo está haciendo a propósito o no sabe interpretar el ambiente.
—Unos cuantos vamos a ir a cenar y tomar algo esta noche. ¿Te apuntas?
Se ha quitado el mono de carreras y se ha puesto unos pantaloncitos de gimnasio y una camiseta corta que le deja el ombligo a la vista. Creo que nunca he visto nada parecido en los boxes de Hendersohm.