Capítulo 2
Harper
Aunque sé que no debería estar tan emocionado porque se debe a que un tío se ha roto una pierna, no puedo fingir que no ardo en deseos de empezar y demostrar que estoy hecho para las categorías superiores.
Se siente, Elijah Gutaga.
En el amor y en la guerra, todo vale, y, si al jefe de equipo le gusta lo que ve y cree que soy mejor, el puesto será mío por derecho. Me muero de ganas de demostrarles de lo que soy capaz con esta oportunidad.
En cuanto cuelgo el teléfono después de hablar con Anders y con mi mánager, empiezo a meter todo lo que se me ocurre en mis bolsas de viaje. Saldremos hacia Baréin dentro de menos de veinticuatro horas, y todavía me faltan muchas cosas que preparar.
Anders me ha comentado que debía estar calladito hasta que se publicara oficialmente la noticia sobre Elijah, pero la emoción que me recorre me lleva a coger el móvil para llamar a Johannes.
La línea da menos de dos tonos antes de que en la pantalla aparezca su preciosa cara, su piel morena y unos ojos marrón terciopelo que parpadean a medida que corre en la cinta. Lleva una toalla alrededor del cuello y veo gotitas de sudor en la sien de su cabeza rapada .
—Espero no interrumpir —digo con un tono que le confirma que no podría importarme menos haberlo interrumpido.
—Sabes que siempre estoy a tu entera disposición, James. —Se seca el sudor antes de extender un brazo para bajar la velocidad de la cinta.
Veo un trocito de su torso desnudo, con vello castaño rizado y unos pezones rosa oscuro.
Por Dios, se nota lo reprimido que estoy si me voy a empalmar al ver a mi mejor amigo. Todo eso ya lo hemos dejado en el pasado.
—Ah, ya, pero no me gustaría distraerte del sudor que has empezado a acumular —replico.
Él pone los ojos en blanco, pero la cinta se detiene del todo, y tarda un minuto en recuperar el aliento.
—Me entrevistan dentro de diez minutos y todavía me tengo que duchar. Date prisa, James.
—Madre mía, si vas a ser tan desagradecido, a lo mejor decido no contarte el notición.
—Ya sabes que estoy en Baréin preparándome para la pretemporada, nene. No puedo permitir que me despistes…
—Uy, pues vas a tener que aguantarme mucho, de hecho.
Johannes coge el teléfono de la cinta, donde lo había dejado, luego observa mi sonrisilla. Le suena el móvil y empieza a reírse.
—Déjame adivinar —dice mientras se seca el sudor—. ¿Elijah está lesionado y tú te vas a quedar con su puesto?
—¡Qué capullo eres! ¿No podías dejar que te diera yo la noticia? Me cago en la BBC, que vuelve a cargarse mi diversión.
—Les encanta hacerlo. Por lo menos en el artículo hablan maravillas de ti y no han tenido que emborronar la foto para ocultar tus huevos peludos.
Vale, no es algo que me apetezca revivir.
Siempre he pensado que, si algún día se llegan a filtrar desnudos guarros míos, enseñarían una de las numerosas ocasiones en las que he dejado que un buenorro me la chupe en el rincón de una disco oscura, no que se debería a que un fan decidiera bajarme los pantalones en plena calle.
Por desgracia, alguien hizo una foto que retrató mis partes delanteras antes de que pudiera taparme.
—Bueno, algo es algo, supongo. ¿Han usado una foto bonita por lo menos?
—Una del podio del año pasado.
Me conformo. Hacia el final de la temporada pasada, tomé la decisión de borrarme todas las aplicaciones de noticias del móvil y desactivar las alertas que tenía para cuando apareciera mi nombre en Google.
Los medios de comunicación no suelen decir cosas muy positivas sobre mí y adoran indagar en mi pasado.
Yo ya lo he vivido, no hace falta que me recuerden qué ocurrió.
—Estupendo, esa sí es una buena noticia. Aunque me habría gustado que usaran una de mis publicaciones recientes de Instagram.
—No creo que a la BBC le interesen tus fotos provocativas, nene. —Pone los ojos en blanco y me deja en la encimera de lo que parece una cocinita.
No tengo ni idea de dónde me alojaré mañana a esta hora, pero espero que sea un sitio tan chulo como el que ocupa Johannes.
Es su segundo año en la categoría superior.
Su primer año fue con la escudería Haas, y luego, cuando Ford anunció que regresaba a las carreras con Red Bull, lo eligieron enseguida para su equipo.
Encaja muy bien con ese espíritu, ya que siempre ha sido de los que remontan.
—Ellos se lo pierden. ¿Qué estás preparando?
Johannes coge una batidora del armario y se dirige a la nevera antes de enseñarme, de la forma menos sexi del mundo, lo que va a meterle.
—Un batido de plátano, avena y crema de cacahuete. Un poco de proteína después del entreno. ¿No hay nada más que quieras decirme? Tengo que ducharme antes de la entrevista, James .
—Estoy superceloso. Mándame un montón de fotos.
—Ya no tienes ese privilegio. —Menea un poco el culo en los ceñidos pantaloncitos de correr al estirarse para coger un vaso alto del armario.
No echo de menos ese culo como seguramente piensan algunos de nuestros amigos y él. Ahora mismo, echo de menos cualquier culo.
Tampoco es que esté en fase de sequía —acción no me falta—, pero me aburren un poco los ligues de discoteca.
No sé por qué mis últimos escarceos no me están sirviendo como antes, pero por algún motivo no llego a saciarme del todo.
Si digo la verdad, en realidad no sé qué es lo que quiero ni cómo ir a buscarlo.
Johannes siempre ha sido un poco distinto.
Corrió con karts cuando era pequeño y adolescente, luego a los diecinueve se rompió la cadera y tuvo que dejar las carreras.
Su rehabilitación fue muy dura tanto física como mentalmente, y estuvo a punto de no regresar a la competición.
No me atrevo a decir que cuidé de él durante esa temporada, pero vivíamos juntos y, cuando se recuperó y le dieron el alta, empezamos a acostarnos.
Fue una buena época. Éramos follamigos, pero Johannes decidió que quería encontrar a alguien con quien tener algo más. Quería exclusividad y una relación.
Por cómo me lo dijo, quedó claro que esa persona no podía ser yo. Era lógico. Soy el tío bueno al que le tiran los tejos en una discoteca, no el tío del que se enamoran.
Y a mí no me importa, ojo.
Nuestra amistad no se rompió, pero sí pasé página.
Cuando por fin me llamó un equipo, me alegró que no fuera el suyo.
Seguíamos haciendo videollamadas por FaceTime a diario y salíamos por ahí y de fiesta cuando estábamos en la misma ciudad.
Puede que a veces me trate como si fuera su irritante hermano pequeño, pero sé que le gustará que nos veamos más ahora que los dos estamos en la Fórmula 1 .
Por delante de nosotros se extiende una temporada entera. Puede que no le apetezca ir de bares a ligar como antes, pero sé que accederá gustoso a acompañarme.
—Ya está. Sabes que me aburre ver ese melocotoncito tuyo —lo provoco. Nos echamos a reír, y por suerte ese tema de conversación muere—. En fin, gracias por cargarte mi anuncio. Voy a terminar de hacer las maletas y ¡nos vemos mañana!
—Adiós, guapo. Nos vemos. —Saluda hacia la cámara y pone fin a la llamada.
Ha sido un día bastante raro. Por la mañana me he despertado pensando que sería un día como otro cualquiera porque faltan unas cuantas semanas para que empiece la temporada de la categoría inferior, y en estos momentos estoy haciendo las maletas para subirme a un avión rumbo a Baréin para las pruebas de pretemporada.
Supongo que debería ponerme las pilas. O hacer algo. ¿Qué hace la gente normal cuando se entera de que su carrera va a pasar a otro nivel? Al nivel con el que llevan soñando desde que eran lo bastante mayores como para sentarse detrás de un volante.
La mayoría llamaría a su familia, imagino, pero yo no tengo de eso. Ya se lo he contado a la persona más importante de mi vida, así que… seguiré haciendo las maletas.
Diez horas más tarde, Hendersohm envía un coche a recogerme al aeropuerto de Gatwick. Es una limusina negra con ventanillas tintadas y asientos de suave cuero italiano. No es algo que haya experimentado antes. Por fin. ¡Por fin he llegado a lo más alto!
Ni siquiera tengo que recorrer el aeropuerto, algo que me deja con el culo torcido. Revisan mi pasaporte cuando nos detenemos en la pista y luego me acompañan hasta las escaleras de un jet privado que solo se puede describir como la personificación del gran lujo.
Por dentro, no se parece a ningún avión que haya visto.
Para empezar, en el fondo hay una barra, y, si no tuviera muy presente la advertencia que me han hecho tanto mi mánager como Anders para que me porte bien, me sentaría allí con una copa tras otra durante todo el vuelo.
Sin embargo, supongo que me tendré que conformar con uno de los sillones mullidos con un montón de botones.
Espero que uno haga que el asiento se recline del todo, porque nunca he podido tener una cama para mí solo en un vuelo.
Asientos de clase business sí, claro, pero ¿asientos de primera clase en jets privados?
El corazón me late desbocado al visualizar el resto de mi vida como un deportista de élite.
Por cierto, en esta parte del avión no hay más de quince asientos.
La mitad está ocupada por el equipo principal y por miembros séniors que suelen reunirse detrás de la pared de los boxes durante las carreras.
Creo que sé cómo se llama cada uno, aunque la única a la que conozco de verdad es Anna Kash, la relaciones públicas de Hendersohm.
Nos conocimos hace tiempo cuando yo estaba en el equipo de la categoría inferior de la escudería.
Seguro que ella diría: «Ya nos hemos visto demasiado».
Me odia.
—Anna, mi salvadora, ¿cómo estás, tía? —Le tiendo el puño para que me lo choque, pero ella se limita a mirarme con ojos cansados desde detrás del portátil.
—Sería estupendo que este año intentaras no sacártela de los pantalones, James. No salgas tanto de fiesta, porfa, y deja de bailar semidesnudo encima de las mesas con tus rivales, por el amor de Dios.