Capítulo 1 #2
Admiro todo de mi hermana, pero la forma en la que ha cuidado de nuestra madre es espectacular.
Sobre todo porque yo no he podido ayudar ni de lejos todo lo que me habría gustado.
Elise jamás lo criticaría. Te diría que está agradecida de que pueda conservar mi carrera, que aprecia muchísimo el fondo fiduciario que he ahorrado para que sus hijos vayan a la universidad, viajen por el mundo o hagan lo que les dé la gana en el futuro.
Ojalá fuera suficiente. Ojalá pudiera hacer más que pagar el mejor equipo, a los mejores médicos y las visitas de cuidadores para que el tiempo que le queda a nuestra madre en este mundo sea cómodo.
No sé cuántos minutos nos quedamos inmóviles, yo abrazando a Elise, pero nunca tenemos muchos momentos de tranquilidad como este.
De pronto, Cassie empieza a gritar sin parar y hace que Jesse, el bebé, rompa a llorar, así que tenemos que separarnos antes de que uno de los dos esté listo para soltarse.
Elise sale corriendo a atender a sus hijos y yo me pongo a fregar los platos. Es lo mínimo que puedo hacer. Todo está en el escurridor, y la encimera reluce para cuando regresa Elise, con la paz restaurada en el salón, aunque el cansancio se nota en cada fibra de su ser.
—Voy a darles un baño a los peques y a acostarlos. Tú sírvete una copa de vino y relájate viendo la tele —le digo. Es una orden, no una sugerencia.
—Me salvas la vida, Ki, gracias.
Puede que haya venido aquí a despotricar sobre Harper, pero sé que ahora no es el momento.
No quiero sobrecargarla más cuando es evidente que ya está física y emocionalmente agotada después de todo el día.
Pese a que sé que mi hermana se quejaría y diría que siempre estará ahí, pase lo que pase, para escucharme.
—¿Quién quiere que le cuente un cuento? —pregunto al entrar en el salón.
Cassie suelta un grito de alegría y corre a mis brazos para que la haga girar, después Jesse salta arriba y abajo en su sillita. No puedo creer que ya tenga catorce meses.
La hora del baño se convierte en un caos absoluto, pero merece la pena oír a mi sobrina y a mi sobrino jugar felices juntos. Cuando están secos y ya les he puesto crema, acuesto a Jesse en su cuna y, por suerte, se duerme casi de inmediato; Cassie es otra historia. Literalmente.
Termino uno de sus libros favoritos, y enseguida pide un segundo, que se convierte en un tercero, y tengo que reunir toda mi fuerza de voluntad para rechazar sus súplicas y no ceder a un cuarto.
Solo tiene tres años; sin embargo, es tan testaruda como su madre y tiene unos ojos a los que resulta igual de imposible negarse.
—Todavía me falta ir a contarle un cuento a tu mami, así que es hora de que te conformes, señorita. Venga, a dormir .
Le hago cosquillas en los costados y grita, pataleando debajo del edredón. Tengo que irme pronto, y Elise no me dará las gracias por haber alborotado así a Cassie, pero vale la pena ver la pura alegría que irradia su rostro.
Cuando era pequeño, no nos íbamos a la cama de esta forma.
Si estábamos de gira, nuestra madre ya estaba calentando o en el escenario para cuando Elise y yo nos teníamos que acostar, y nuestro padre…
En fin, cuanto menos hablemos de él, mejor.
Sé que para Elise es muy importante que sus hijos tengan lo que nosotros no tuvimos, y por eso siempre me cuesta tanto resistirme a sus súplicas para que les cuente un cuento más.
—Vale, tío Ki, mamá se merece un cuento.
Da una palmada y luego se gira de lado para mirar la montaña de ositos de peluche que tiene. Es la preciosidad personificada.
Después de darle un beso en la frente a Cassie, le subo el edredón hasta la barbilla y le deseo buenas noches.
Mi sobrina murmura algo, pero está más interesada en cuántos ositos puede abrazar a la vez.
Está tranquila cuando voy a verla después de coger el monitor de bebé de la habitación de Jesse, así que voy a la planta baja.
Una de las mejores cosas que hicieron Elise y Grant fue convertir la casa de mi madre en su propio hogar, creando un ambiente maravilloso para familias multigeneracionales.
Elise está acurrucada en el sofá en pijama, con el pelo recogido, sin rastro del maquillaje de hoy.
Su copa está llena de vino blanco color pajizo, y en la tele echan una serie policiaca.
Parece más calmada, pero veo en sus ojos que su mente sigue a mil por hora.
Solo beberá una copa para poder oír a nuestra madre o a los niños por la noche, y vuelvo a sentirme culpable por estar a punto de desaparecer durante casi nueve meses.
—¿Estás bien? —me pregunta, como si hubiera sido yo quien se hubiera encargado de los niños y de nuestra madre todo el día.
—Estoy bien, ¿y tú ?
Mi hermana me mira de la misma manera en la que me mira desde que éramos pequeños, con esos ojos que me recuerdan que es exactamente trece minutos mayor que yo.
—Si te dijera que no estoy cansada, sería mentira. Cassie ha estado llena de energía todo el santo día y Jesse solo quiere meterse en la boca cualquier cosa que encuentra.
Doy gracias por que no mencione a nuestra madre, y al instante me siento mal por eso.
—¿Mamá está bien? —Es una pregunta estúpida, porque es obvio que no lo está. Tiene una enfermedad terrible que está consumiéndola poco a poco.
Al principio, el diagnóstico de párkinson fue un shock total; luego, al cabo de unos meses, notamos todos y cada uno de los síntomas sobre los que nos habían advertido.
Elise fue increíble y lo sobrellevó con entereza, mientras que yo apenas pude soportar ver cómo la enfermedad consumía a nuestra madre durante los tres meses al año que estaba con ella.
—Ha tenido un mal día. Esta mañana, pensaba que yo era la tía Judith. —Intento disimular una mueca, pero mi hermana frunce los labios, y sé que me está ocultando lo mal que está en realidad—. Su memoria se está deteriorando mucho y parece que el ritmo de empeoramiento aumenta cada día que pasa.
Es otra cosa de la que nos avisaron los médicos. La demencia. Otra enfermedad que suele ir de la mano con el párkinson a medida que se agrava la situación.
—Lo siento mucho, Elise —me disculpo, como si no fuera también mi madre, aunque sé que no compartimos la carga equitativamente.
Nuestra madre me olvidará primero a mí porque no estoy lo suficiente en casa.
A Elise le dolerá mucho que la olvide, y es ella quien tendrá que soportarlo día tras día.
Es la enfermedad más cruel, sin duda alguna.
Siento una punzada en el corazón cada vez que mi madre me observa con la mirada perdida, incapaz de verme como parte de su vida, que se desvanece; por lo menos, no tengo que enfrentarme a ello todas las horas del día.
—En fin —dice Elise, restándole importancia al estrés—, ¿qué te cuentas? Te quiero, hermano, y sé que tú nos quieres a nosotros, pero no has venido solo para acostar a los niños.
Suelto un gruñido. La vela de lavanda que arde en la repisa de la chimenea no consigue calmar la ansiedad que me oprime el pecho desde que esta mañana me ha sonado el teléfono.
—Elijah se ha roto la pierna. Por tres sitios. Es grave.
—Qué putada.
—Pues sí.
—O sea, estará de baja… ¿de tres a seis meses? Media temporada, más o menos. ¿No está para eso el piloto de repuesto? Ese no es el motivo que te tiene tan alterado.
Me conoce demasiado bien.