Pole Position: Rivales en la pista
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Capítulo 1
Kian
–¿C ómo que se ha roto una pierna?
Justo cuando debería estar haciendo las maletas para viajar a Baréin, Will, mi mánager, y Anders, el jefe del equipo, deciden meter un follón espectacular en mi vida.
—No sé qué más quieres que te diga, Kian. Ha sido un accidente. Elijah ha resbalado cerca de una piscina. Se ha roto la pierna por tres sitios distintos, el muy tarado.
Oír la historia por segunda vez no calma las aguas revueltas de estrés que mi cerebro ha enviado por todo el cuerpo.
A estas alturas, es evidente: mi compañero de equipo estará por lo menos seis meses alejado de la temporada, quizá más, y todo se va a ir a la mierda.
Bajo la mirada hacia mi maleta, que está abierta encima de la cama.
Ni siquiera todos los organizadores del mundo harán que me sienta mejor.
Y ya es decir, porque a mí me encanta ordenar mi vida con cuadraditos organizados de pulcritud.
Elijah Gutaga y yo llevamos cinco temporadas siendo compañeros de equipo y hemos desarrollado un vínculo que no se limita a la pista, sino que va más allá.
Soy el padrino de su hijo de tres años. Es mi mejor amigo en un mundo en el que cuesta encontrar a gente en quien confiar.
En uno de los deportes más peligrosos del mundo, es importante que haya un nivel de confianza en tu círculo inmediato y también en el equipo en general.
Ese vínculo es crucial sobre todo para el Campeonato Mundial de Constructores. Sin esa confianza, todo se desmorona.
Tardo demasiados segundos en darme cuenta de que estoy sentado en silencio, mientras las dos personas que sostienen mi carrera en las manos esperan a que les conteste.
No sé qué quieren que les diga. En este deporte, mantener los nervios a raya es una de las habilidades más importantes, y ahora mismo me está costando un poco.
La Fórmula 1 no es exactamente un deporte de equipo, pero Elijah y yo llevamos años trabajando juntos y siempre hemos colaborado la mar de bien.
Sin Elijah…, en fin, no sé qué será de mí.
Joder, no me puedo permitir pensar en esas cosas.
Ya corren rumores de que esta será la temporada en la que me retiraré; tengo treinta y tres años y he sido cuatro veces campeón del mundo, la última la temporada pasada.
Por eso necesito que sea un año espectacular, para que así los periodistas cierren el pico de una vez.
—Vale. —Me alejo del micrófono del móvil para respirar hondo e intentar calmarme—. No pasa nada. No es el fin del mundo. Ahora lo llamo. Ya me extrañaba que no me hubiera contestado a ningún mensaje en las últimas veinticuatro horas.
—Todo irá bien, Kian, y nos aseguraremos de que Elijah reciba los mejores cuidados. —Anders enseguida pilla al vuelo mis palabras—. Fijo que va a necesitar que lo operen, así que buscaremos a los mejores cirujanos de Harley Street. Queremos que esté de vuelta y en forma cuanto antes.
—¿Cree que podría volver antes de que termine la temporada? —le pregunto, esperanzado.
Menos da una piedra.
—Ahora mismo, es mejor que no contemos con eso. Lo veremos sobre la marcha. Depende de cómo se le cure la lesión y luego de cómo se recupere. Lo único que puedes hacer es concentrarte en ti mismo y dejar que nosotros nos ocupemos de apoyar a Elijah durante la rehabilitación .
—Vale, muy bien, pues voy a terminar de hacer las maletas. —Analizo el desastre que he creado al intentar organizarme. Es probable que vaya a tardar toda la noche. Por lo menos, podré dormir en el avión privado.
Y dormiré sabiendo que London, el piloto de reserva del equipo, cogerá el puesto de Elijah. En el último año ha aprendido muchísimo.
—Perfecto. Eso es lo que queríamos oír. Os veremos a Harper y a ti en la pista a primera hora de la mañana.
—Mañan… Un momento, ¿cómo ha dicho? —¿Ha mencionado a Harper?—. ¿Acaba de mencionar a Harper? ¿Se refiere a Harper James?
—El mismo. Lo hemos escogido de la categoría inferior para sustituir a Elijah mientras esté fuera de combate. Me he puesto en contacto con él antes de llamarte a ti. —Anders está muy tranquilo, como si no fuera la peor noticia que podría darme ahora mismo.
—Claro, claro —respondo entre dientes—. Es lógico. Nos vemos mañana.
La llamada se corta y tengo que contener las ganas de lanzar el móvil contra la pared.
Me cago en Harper James.
Podría escribir una lista de veinte pilotos con los que preferiría compartir un podio antes que con Harper James.
Tiene cara de angelito, pero en el circuito es un auténtico demonio.
Es más famoso por sus fiestas y por sus técnicas de seducción que por su habilidad al volante.
Vale, puede que esté exagerando, porque el año pasado ganó la categoría inferior, aunque sus payasadas retratadas en las redes sociales y en los medios de comunicación eclipsan todo lo que haya conseguido durante la carrera.
Cuando no hay grandes premios, protagoniza titulares cada dos por tres, y he visto el cuerpo de ese tío más veces de las que me gustaría.
Si salta un escándalo en las páginas dedicadas al deporte, es muy probable que su nombre aparezca mencionado.
Me sorprende que Anders esté dispuesto a dejarlo a un lado y a arriesgarse a irritar a los patrocinadores… Harper James es bueno, pero ¡no tanto!
De hecho, es lo único que tenemos en común.
Como he estado expuesto al público desde el segundo en el que nací, he ocupado un montón de titulares.
Las historias que se cuentan de ti cuando eres pequeño —además de las fotos raras y poco favorecedoras con pelo de casco que acompañan los artículos— te siguen para los restos. Podría haberlo aprendido de mí.
Le mando un mensaje a Elijah para que me llame en cuanto tenga un momento.
Seguro que está destrozado y su vida se ha puesto patas arriba.
No me puedo imaginar lo duro que debe de ser haberse hecho una lesión que pone fin a la temporada días antes de que nos preparemos para empezarla.
Quiero asegurarme de que está bien y decirle que iré a visitarlo tan pronto como me sea posible.
Nada más darle a «Enviar», me suena el móvil con una noticia: el comunicado de prensa del que por desgracia ya estaba al corriente.
Elijah Gutaga será baja en el equipo Hendersohm. Harper James ocupará su lugar, con la nueva temporada a la vuelta de la esquina.
Pues nada. Ya es oficial.
El artículo cita no solo un mensaje publicado en Twitter por el equipo, sino una publicación de Instagram del propio Harper anunciando su ascenso. Cómo no, tiene tan poca clase que lo anuncia sin camiseta, con unos pantalones cortos de Hendersohm y una gorra de béisbol.
No basta con que haya tenido que aguantarlo en alguna que otra fiesta de Hendersohm, ahora voy a tener que soportarlo todos los días durante casi un año.
Toda la ilusión que sentía por la nueva temporada empieza a desvanecerse.
Normalmente, a estas alturas estoy rebosante de energía para la pretemporada, pero ya no.
Es muy curioso, pero en este deporte encuentro paz, a pesar de la intensa presión, y ahora Harper James está a punto de arruinarlo todo con su actitud de mierda y su imprudencia en la pista.
Ya he lidiado con tíos como él y no necesito ni quiero ese tipo de caos en mi vida.
Es un recordatorio de todo lo que está mal en este deporte.
Unas horas después, dejo mi maleta junto a la puerta principal y me pongo una chaqueta. Ha llegado el momento de mi ritual de pretemporada menos favorito: la despedida.
En cuanto entro en la casa de mi madre, me golpea de inmediato el aroma a tarta de manzana recién horneada.
Ese olor me reconfortaba de pequeño. Cuando dejó de hacer giras, no había nada que a mi madre le gustara más que preparar pasteles.
Ahora, sin embargo, es mi hermana quien cocina para calmar el estrés, y siempre es señal de que no ha sido un buen día.
Una punzada de culpabilidad familiar se me instala en el estómago y me obligo a cruzar el umbral por última vez durante los próximos nueve meses.
En la televisión de la sala de estar están dando dibujos animados, pero paso de largo rápido y me dirijo a la que ahora es la habitación de mi madre, en la planta de abajo.
Cuando asomo la cabeza, veo que está profundamente dormida, con una expresión de angustia en el rostro.
Hay cierta fragilidad en la prominencia de sus pómulos, y tengo que detenerme un par de segundos para observar cómo la manta sobre su pecho sube y baja para asegurarme de que respira.
Como no quiero despertarla, cierro suavemente la puerta de su habitación y encuentro a mi hermana en la cocina, entre un montón de ollas, sartenes y platos .
—Hola, hermanita.
Se sobresalta un poco, pero nada me prepara para los ojos inyectados en sangre que se fijan en los míos cuando se gira para mirarme.
Sin mediar palabra, le doy un abrazo, mientras unos suaves sollozos me resbalan sobre los hombros al estrecharla con fuerza contra mí.
Hace cuatro años, Elise estaba en el último curso de Enfermería cuando se enteró en la misma semana de que estaba embarazada de mi sobrina, Cassie, y de que a nuestra madre le habían diagnosticado la enfermedad de Parkinson.
Las dos noticias la transformaron; una para bien, la otra no tanto.
Abandonó sus estudios y, cuando nuestra madre comenzó a perder más facultades, Elise se convirtió en su cuidadora a tiempo completo.
Elise y su marido, Grant, pusieron su casa en alquiler y se mudaron a la granja de nuestra madre, en Norfolk, en una finca de varias hectáreas. Su primera hija, Cassie, y su segundo hijo, Jesse, han crecido ahí en los últimos tres años y medio. No consigo visualizarlos yéndose de la granja.