27. FUEGO INFERNAL
FUEGO INFERNAL
El agua fría me envolvía, arrastrando las cenizas y la sangre de mi frente. Me desperté sobresaltada y, entonces, deseé haber seguido inconsciente.
Lilian estaba ante mí, ataviado con toda su indumentaria de tweed y blandiendo el cuchillo de Tom.
Forcejeé, intentando arremeter contra él, pero estaba fuertemente atada. Sujeta con una cuerda contra un pilar de hormigón. ¿Dónde estaba?
Miré rápidamente a mi alrededor. Sin ventanas. Tuberías. Restos de fuselaje. Podía ser el sótano de la casa de vecinos.
—Perdona por este brusco despertar —dijo Lilian, sonando casi sinceramente arrepentido pese a la sonrisa de su rostro—. Pero sabía que no querrías perderte esto.
—¿Qué estás planeando, Pumpernickel? —escupí, sintiendo crecer mi ira. Mi chispa intentó calmarme, pero yo estaba más allá de toda calma. Solo albergaba una furia justiciera, con apenas un matiz de miedo.
Lilian retrocedió ante mi rabia, sin dejar de sonreír. Abrió los brazos y se apartó para que pudiera ver el infierno que había desatado.
Cadáveres desmembrados, carne desollada y sangre estaban esparcidos por el sótano. La sangre formaba una variedad de círculos rituales entrecruzados, con runas dentadas escritas en la misma escritura demoníaca que la del ritual de su apartamento de Muizenberg.
Todos los círculos se combinaban y confluían en uno gigantesco que ocupaba casi todo el sótano.
Solo mirar el círculo me drenaba la vida. Mi chispa se apagó. ¡Grietas! ¿Cómo iba a enfrentarme a algo así? Podía sentirlo palpitar de maldad. Una oscuridad más negra que cualquier noche.
Y eso antes siquiera de que se activara.
—Esta es tu última lección, Cindy Giles. Por desgracia, ojalá tuviéramos más tiempo. Pero, con tus intromisiones, el reloj se ha adelantado. Tsk, tsk. Has sido muy mala. Aún tenía planes para Phthisis.
Durante un instante frunció el ceño, pero enseguida recuperó la sonrisa.
—Pero no lo necesitaremos. Pronto ni siquiera necesitaremos a mis hijos demoníacos. Han sido un incordio, ¿verdad? Siempre mordisqueando los cadáveres. Deshaciéndose de los ingredientes de papá.
Se me abrieron los ojos al ver cómo las ratas se congregaban alrededor de Lilian. Sus ojos brillaban en rojo. Y cotorreaban en una antigua lengua demoníaca.
Habían sido demonios disfrazados. Todo este tiempo.
DJ Gibbs tenía razón. Aquellos demonios del restaurante habían sido hombres rata. Bueno, demonios rata.
Y se habían ocultado justo delante de nuestras narices.
—¿Qué intentas hacer? —pregunté, mirando alrededor. Buscando una abertura.
—Quiero invocar a un archidemonio. Al archidemonio. La encarnación suprema del odio, la malicia y el caos en todos los reinos. Y quiero traerlo aquí.
Mi chispa dio un vuelco al mismo tiempo que mi corazón. ¡Oh, Luz Sagrada!
—¿Por qué? ¿Por qué harías algo así?
Se encogió de hombros con despreocupación. Como si el motivo no importara.
—Porque puedo. Porque el caos es el estado natural de las cosas.
Todos jugamos con el orden, las reglas y la moral.
Pero, al final del día, todo acaba en fuego, sangre y ceniza.
Este es un mundo condenado que finge ser algo que no es.
Ha llegado el momento de obligarlo a afrontar la realidad.
¡Ha llegado el momento de que todos afronten un auténtico apocalipsis!
—¡Estás loco! No puedes creer de verdad nada de esto. No tiene ningún sentido.
Rio. —La cordura me abandonó hace mucho. Es el apoyo de los hombres débiles. Yo no la necesito. Ninguno de nosotros la necesita. Lo único que importa al final del día es la luz…
Con un rápido movimiento, me hizo un corte superficial en la mejilla.
—Y la oscuridad.
Lamió la sangre del cuchillo. Después soltó una risita. Su risita se convirtió en una carcajada y luego en una risa maníaca y estruendosa. Se apartó de mí y se acercó al círculo ritual, seguido por su séquito de demonios rata.
—Deberías sentirte honrada, Cindy Giles, de presenciar este acto final. No habrá bis. No habrá epílogo. Cuando traiga un mal verdadero a este mundo, no habrá más que caos. Nada salvo las crueles realidades del mundo. La oscuridad que te creó y te moldeó en su opuesto.
—¡Espera!
Lilian se detuvo y volvió la cabeza hacia mí. Oyó la desesperación en mi voz. Y, pese a todo, aún había algo que necesitaba saber.
—¿Cómo sabías mi nombre? —pregunté—. Sé que Sintari no era mi nombre. ¿Cómo me conocías?
Su expresión se había vuelto seria, pero una leve sonrisa curvó sus labios. No su nauseabunda y exagerada mueca. Una sonrisa sincera, cómplice, de labios cerrados.
—Te he observado desde que alcanzo a recordar, Cindy.
Era difícil no hacerlo. Tu aura, tu chispa.
Eres una luz en la oscuridad. Un espléndido faro para todos los perdidos y condenados.
Hace mucho tiempo vi tu luz a través de la ventana de una chabola.
Brillaba. Incluso mientras tus padres se mataban a golpes, peleándose por una raya de polvo de hadas, tu luz brillaba.
Rechazando la oscuridad. Negándose a ceder.
—Tú… —tartamudeé—. Estabas allí. ¡Hiciste que lo hicieran!
Rio. —No tuve que hacerlo. Hay oscuridad en el corazón de todos los humanos. Salvo en el tuyo. Tú, mi querida Cindy, eres una luz dorada e inmaculada.
Se apartó de mí y su voz se volvió sombría. Sin alegría. Sin ligereza. Solo odio frío y duro.
—Y por eso debes quebrarte.
Los ojos se me abrieron de golpe al comprenderlo.
—Tú… mataste a Herschel. Te aseguraste de que me uniera a El Reckoning. Para acercarte a mí. Para… para demostrar algo.
Rio sin alegría. —Estuve ahí desde el principio.
Pinchando, acariciando, experimentando. He estado contigo más tiempo que tus padres inútiles.
Un pequeño padrino en las sombras, empujándote hacia este momento.
Asegurándome de que hasta la luz más brillante pueda consumirse y dejar este mundo tal como debería ser. En su estado natural.
No podía moverme. No podía hablar. Mi vida pasó ante mis ojos. Cada sutil empujón. Cada momento decisivo. Todo podía haber sido culpa suya. Obra suya.
¿Acaso mi vida era siquiera mía?
Me dedicó una última sonrisa satisfecha y se dio la vuelta.
La vida regresó a mis extremidades y forcejeé contra mis ataduras mientras Lilian se acercaba al círculo ritual.
Alzó la mano sobre una grieta en el suelo de hormigón del sótano y llevó el cuchillo de Tom hasta su palma.
Sus débiles invocaciones enviaron ondas de choque por mi mente. Golpeándome como piedras.
Sus demonios rata huyeron, desapareciendo en la oscuridad, mientras deslizaba el cuchillo por su palma y dejaba que un generoso charco de sangre carmesí se derramara en la grieta. De inmediato, el círculo ritual se iluminó. Un resplandor naranja y ardiente que, de algún modo, era oscuro y bullente.
Había creído que las lineas wey de aquel lugar ya eran oscuras. Me equivocaba. Su pureza comenzó a desplomarse todavía más. Mi visión se apagó. Sentí que el mundo se cerraba sobre mí.
Entonces lo vi todo con claridad. No destellos. No recuerdos lejanos. Sino como una película que se proyectaba en mi mente.
Pero no era una película.
El olor a licor y polvo de hadas era nítido. Abrumador. Podía soportar el hedor a gasolina del alcohol. Pero ¿el polvo de hadas? Olía a sufrimiento. Podía oír pequeños gritos en cada grano. Cada mota contenía un tormento que mi mente de siete años no debería haber tenido que contemplar.
Mis padres habían empezado a beber y esnifar temprano aquella noche. Yo me mantuve apartada. Sabía que era mejor no ponerme en medio. Aunque me doliera el estómago de hambre. Ahogaba el sonido de sus rugidos. Me mantuve alejada, escondida bajo una mesa en el rincón más apartado.
Nunca me gustaba cuando estaban así. Era mejor esconderse.
Se acabó el licor y también el polvo de hadas.
Pero mi madre pensó que mi padre estaba ocultando más.
Rompió una botella. Había cristales por todas partes.
Quedaba algo de alcohol. Se derramó por el suelo.
Mi padre le dio una bofetada con el revés de la mano.
Ella cayó hacia atrás y tiró al suelo una jaula.
Penelope, mi rata blanca, salió arrastrándose. Chilló, aterrorizada.
Deseé que se acercara. Que viniera a esconderse conmigo.
Pero entró en pánico y corrió hacia mi padre. Él la cogió, maldiciendo por el ruido, y la lanzó contra la pared. Murió. Al instante. Su cuerpecito quedó roto sin remedio.
Reprimí los sollozos. Guardé silencio.
Mi madre recogió un trozo de cristal y se abalanzó sobre mi padre. Él no se apartó. Recibió el cristal en el estómago antes de agarrarla por la cara y arrojarla contra la mesa. Ella gritó, maldiciendo y exigiendo más polvo de hadas.
Las palabras que usaban me herían los oídos, incluso ahora.
Oí los golpes contra los huesos, los tajos en la carne, los gritos y las maldiciones. Cerré los ojos, intentando no llorar, esperando que todo terminara.
Ahora cerré los ojos. Solo quería que se detuviera. Quería que todo acabara.
Mi chispa me hizo regresar. Abrí los ojos.
El círculo ritual se hundió en el suelo y abrió un pozo que escupía lava y fuego infernal. El calor me quemaba la cara, me hacía llorar y me resecaba los labios. Sentí cómo parte de mi pelo se incineraba, ardiendo en el aire sobrecalentado.
La estancia quedó completamente iluminada por el pozo de fuego. Y, sin embargo, se sentía más oscura que la habitación más oscura.
—¡Está llegando! —gritó Lilian, ansioso y sollozando de alegría.
Empujé contra mis ataduras, intentando rozarlas contra los bordes de aquel pilar de hormigón. Cualquier cosa para deshilachar las cuerdas. Cualquier cosa que me permitiera detener aquello.
Un temblor sacudió el sótano, haciendo que el polvo y las ratas cayeran al suelo. No pude evitar dejar de forcejear y contemplar el pozo. Y lo que estaba saliendo de él.
Latía como tambores. Cada vez más fuerte. Y entonces se detuvo, antes de que una enorme mano con garras emergiera del pozo y se clavara en el hormigón para afianzarse.