21. RESPUESTAS
RESPUESTAS
Tom se puso en pie de un salto, presa del pánico.
—¡Conrad! Hay un demonio al lado…
—Se ha ido —lo interrumpió Conrad—. Hay un equipo de limpieza retirando los cadáveres. Ni rastro de demonios, salvo uno muerto al que le falta el cuerpo.
DJ Gibbs contemplaba fijamente al hombre de negro muerto. Los demás ignorábamos el cadáver. Había asuntos más urgentes.
—¿Cómo… cómo nos sacaste de allí? —pregunté, con la garganta seca. Aún tenía la pistola.
Conrad me ignoró y miró a Brick y a Alex.
—Brick, Alex, necesitamos potencia de fuego adecuada para estos demonios. Id a ver a los enanos de la Mina de Plata y encargad una selección de armas encantadas.
—¿Un martillo nuevo? —preguntó Brick, con voz infantil y emocionada, como si no acabáramos de avanzar a trompicones por un infierno devastado por la guerra.
Conrad asintió.
—Un martillo nuevo.
Alex asintió en señal de conformidad y se fue con Brick. Conrad le pasó una tarjeta de crédito a Alex al salir. Al parecer, las forjas enanas se habían digitalizado.
A continuación se volvió hacia Tom.
—Sigue haciendo eso .
Tom asintió, como si algo de aquello tuviera sentido.
—¿Qué cosa? —pregunté. Todo el mundo me ignoró.
—¿Qué debo hacer, jefe? —preguntó DJ Gibbs. Había superado lo del cadáver enseguida.
—Reúne algunas pistas de canto gregoriano o algo igual de sagrado. ¡Yo qué sé!
DJ Gibbs sonrió radiante. Parecía que aquello era exactamente lo que quería hacer. Salió del despacho detrás de los demás. Solo quedábamos nosotros dos.
Bueno, nosotros y el cadáver. De verdad teníamos que hacer algo con él.
Conrad fue hasta su escritorio sin decir palabra y empezó a guardar unos papeles en una maleta. Con cada instante que pasaba sin hablar, sentía cómo crecía mi ansiedad.
Iba a gritarme o a criticarme. Iba a dejarme en el banquillo por haber hecho algo mal. Lo sabía.
Abrí la boca para discutir de antemano contra su condena, cuando habló.
—Lo siento —dijo sencillamente. Mi chispa resonó con sus palabras. Hablaba con sinceridad. De corazón. Y vi en su rostro, por lo general impenetrable e inescrutable, que estaba sufriendo.
—¿Por qué? —pregunté.
—Por haberte metido en… todo esto. —Señaló el cadáver—. Por eso. Y por el demonio.
—Yo quería enfrentarme a demonios. Sobre todo a su líder. Sabes que esto es exactamente lo que quería. Maté a esos primeros demonios. Y, cuando se reponga mi chispa, iré a por ese Engendro de Ceniza y lo mataré.
Por Herschel.
Conrad negó con la cabeza.
—Nadie debería desear esto jamás, Cindy. Una cosa es querer venganza, pero no dejes que te retuerza por dentro. Enfrentarse a demonios es mirar en su interior y presenciar el mal verdadero.
—Estoy preparada para ello.
Y lo decía en serio.
Conrad dejó de hacer la maleta y me miró fijamente. Largo rato. Por fin, asintió.
—Me voy de la ciudad por un tiempo. Tom se lo dirá a los demás. Él ya lo sabe.
—¿Por qué? —pregunté.
—Mi pasado me está alcanzando. Y ya tienes bastante entre manos con los demonios como para enfrentarte a espías de Goldfield.
Goldfield? ¿La magocracia del norte? Conrad se volvía más y más misterioso cuanto más tiempo lo conocía.
Conrad metió algunos trastos más en otra maleta, pasó junto a mí y saltó por encima del cadáver del espía.
—El tabernero se encargará del cuerpo —dijo—. No te preocupes por ello.
No lo hacía. Había demasiadas otras cosas de las que preocuparse.
—¿Cuándo volverás? —pregunté, sintiendo una punzada de tristeza ante su partida.
—Pronto, eso espero.
Se volvió para irse, pero se detuvo en el umbral.
—Tu magia por sí sola no bastará para desterrar a algunos demonios. Por muy fuerte o pura que llegue a ser tu chispa.
—Entonces, ¿cómo los detengo?
—Debes pronunciar su vulnerabilidad. Su nombre verdadero —dijo—. Combinado con un rito de destierro.
—¿Su nombre verdadero? ¿Pero y si no lo conozco?
—Hay una forma de averiguarlo —respondió Conrad. Había vacilación en su voz. No quería contarme aquello. Pero no por ningún tipo de secreto profesional. Le importaba. Eso al menos podía percibirlo. Y no quería ponerme en peligro.
—¿Cómo? —pregunté, cerrando los puños y acercándome a él.
Frunció el ceño y me miró a los ojos. Y vio algo en ellos que le hizo continuar.
—Debes mirar en su alma, permitiendo que él mire en la tuya.
Debes mantenerte firme. Por completo. Tu voluntad contra la suya.
Debes resistir ante el mal encarnado. Y, si logras hacer todo eso, averiguarás su nombre verdadero.
No es una táctica para pusilánimes. La mayoría de los cazadores de demonios y purificadores rebuscan entre montañas de manuscritos para investigar un nombre verdadero antes que arriesgarse a averiguarlo. Fracasar es demasiado arriesgado.
—¿Qué ocurre si fracaso?
—Entonces te perderás a ti misma. Por completo.
Me dedicó un último saludo con dos dedos y luego se marchó sin decir otra palabra.