20. LOS BOSQUES INMORTALES #3
Criaturas. Una docena, más o menos. Registraban el campo de batalla, husmeando en los cascarones de los tanques y escarbando en busca de más víctimas.
Los innumerables cadáveres que profanaban iban desde británicos vestidos de caqui hasta lo que parecían civiles con sombreros de granjero, aún montados sobre sus caballos destrozados. La guerra de los bóeres. Una guerra más cercana a casa que las demás.
Permanecimos en silencio mientras las criaturas se acercaban cada vez más.
—Podemos luchar contra ellas —insistió Brick a Tom en un susurro.
Tom negó con la cabeza. Brick frunció el ceño, con el sudor goteándole por la frente.
Algo me llamó la atención dentro de la trinchera mientras los demás observaban al grupo de demonios que se aproximaba lentamente.
Me alejé reptando del borde, ignorando la discusión silenciosa entre Tom y Brick.
Un cadáver reciente yacía contra una caja de munición. Llevaba un sombrero vaquero de ala ancha y sostenía una pistola entre las manos.
Todas las armas que habíamos visto allí estaban oxidadas, rotas o deterioradas de algún otro modo. Pero esta parecía nueva. Engrasada y reluciente bajo la luz apagada.
Me agaché frente al cadáver. Era un joven con una barba rala.
Apretaba la pistola contra el corazón. Con fuerza.
No sabía por qué ni cómo, pero no podía evitar sentirme atraída por aquella pistola.
Se parecía al arma que había visto en una vieja película de ciencia ficción.
Pero sin los cachivaches aleatorios acoplados.
Tenía una empuñadura de madera, un cargador interno y un cañón largo y fino.
Miré más de cerca. Había una inscripción en un lateral. Grabada en el metal.
Mauser. Y la fecha: 1896. Y había algo más, pero lo cubrían las manos del cadáver.
—¿Ves? —susurró Tom—. Se van. Solo teníamos que esperar.
Brick no respondió. Cedía.
Seguí examinando el arma, cada vez más de cerca…
Los ojos del cadáver se abrieron y se incorporó de golpe.
— ¡Por favor, Dios mío, ayúdame!
Gritó en afrikáans y se abalanzó sobre mí, soltando la pistola. Antes de que pudiera reaccionar, Brick descargó el martillo contra la cabeza del cadáver y la convirtió en una pasta contra la pared de la trinchera.
—¡Ya vienen! —gritó Tom, poniéndose en pie y desenvainando el hacha. Su abrigo se incendió, escupiendo llamas furiosas.
—¡Hay más detrás de nosotros! —añadió Alex.
Las criaturas del vacío nos rodearon, lanzándose de repente hacia nosotros. Nos miraban con sus ojos muertos, como carbón. No hacían ningún ruido mientras corrían por los páramos.
—¡Creía que habías dicho que no podíamos luchar contra ellas! —exclamó DJ Gibbs.
—No podemos. Pero tenemos que intentarlo —respondió Tom.
Busqué en mi chispa, esperando que se hubiera repuesto. Pero sentí muy poca. Mi poder aún no había regresado.
Tom lanzó una bola de fuego. Las criaturas se limitaron a atravesarla corriendo, sin sufrir ni una sola quemadura.
Alex disparó su pistola. Las balas se desvanecieron en la carne pálida y demoníaca.
Aun así, Brick se mantuvo preparado, confiado en que su martillo funcionaría.
Sentí un tirón desde abajo. Miré. La pistola. Su inscripción resplandecía, captando una luz que no existía.
DJ Gibbs levantó un trozo de madera podrida para usarlo como garrote, con el rostro pálido y cubierto de sudor. Tom desató una embestida de fuego. Pronto él también estaría acercándose al agotamiento mágico.
El mundo pareció ralentizarse mientras me inclinaba y recogía el arma. La acuné entre las manos, limpiando el barro y la sangre.
La inscripción estaba en alemán.
Die Weltreisepistole des Dreiunddreißigsten Reiches.
¡Vaya nombrecito!
Tom rugió junto a su infierno. Pero ni una sola criatura cayó. Siguieron acercándose, hasta que una saltó hacia nosotros.
Aparté a Tom de un empujón, sostuve la pistola con el brazo extendido y disparé.
El brazo me sacudió hacia atrás cuando las llamas brotaron de la pistola. Casi a cámara lenta, vi cómo el proyectil penetraba en el pecho de la criatura que estaba en el aire y lo atravesaba de lado a lado.
Explotó en escamas de blanco ceniciento.
Mis compañeros me miraron. Conmocionados. Las demás criaturas vacilaron y luego siguieron avanzando.
Disparé a otra. Y a otra. Cada vez, una bala daba en el blanco y destruía a otro demonio.
Pero seguían llegando más. Me dolía el brazo de disparar. No paré. No podía parar. No mientras mis amigos dependieran de mí.
La trinchera se volvió blanca de criaturas que cargaban. Y entonces se abrió una grieta.
—¡Saltad por ella! —ordenó Tom.
DJ Gibbs saltó sin necesidad de que se lo repitieran, seguido por Alex. Brick apartaba a martillazos a las criaturas que saltaban, capaz de moverlas aunque no de herirlas. Yo seguí disparando.
Por fin, Brick saltó. Tom metió un pie por la grieta, me rodeó con los brazos y tiró de mí hacia abajo con él.
El viento se detuvo. Pero los disparos seguían resonando en mi cabeza. El brazo me vibraba.
Estábamos dentro de una habitación cubierta de papeles. Junto a la puerta yacía un muerto vestido de negro, y Conrad estaba de pie sobre él, con la ira marcándole la frente.
Habíamos vuelto.