20. LOS BOSQUES INMORTALES
LOS BOSQUES INMORTALES
Jadeé en busca de aire.
Me pareció una eternidad. Y, sin embargo, también me pareció un instante. De golpe, llegó y se fue. ¿Qué era ello? No estaba segura.
Recordaba haber vislumbrado un espacio entre espacios. ¿De verdad podía ser aquello? ¿El Entremedio? El reino sin reino entre reinos. ¿El vacío que no existía entre los espacios físicos?
Mis manos se aferraron a un puñado de tierra blanca y fría mientras escupía y tosía contra el suelo. La arena me raspaba las rodillas. Incluso a través de los vaqueros. Tosí cuanto pude, sintiendo las persistentes náuseas y el agotamiento de haber estado increíblemente cerca del agotamiento mágico.
Había estado cerca. ¡Jodidamente cerca!
Podría haberlo perdido todo…
Pero me habría llevado a ese bastardo conmigo.
Alcé la vista, con la furia cruzándome el rostro como una tormenta.
Los demás parecían tan conmocionados como yo.
Pero mucho menos furiosos. Estábamos en una tierra baldía abierta, de arena blanca y oscura, que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
El cielo estaba oscurecido por nubes de tormenta arremolinadas, pero no caía lluvia.
A lo lejos distinguí zanjas serpenteantes y colinas llenas de cráteres.
¿Trincheras? Y, dispersas por aquella desolación, había hordas y hordas de árboles esqueléticos y calcinados.
Todo el que no jadeaba en busca de aire ni tenía arcadas miraba a su alrededor. Completamente desconcertado por nuestro entorno de otro mundo.
Todos menos Tom. Se mantenía erguido, inspeccionando el páramo con una familiaridad inconfundible.
—¿Qué has hecho? —gruñí, gritándole por encima del viento silbante y la asfixiante quietud.
Tom se volvió hacia mí. La parte racional de mí percibió la culpa en sus ojos. Pero mi rabia hizo que ignorase todo aquello. Lo único que importaba era que mi venganza había estado a punto de cumplirse… ¡y él me la había arrebatado!
—¡Podría haberlo matado! —grité, con lágrimas en los ojos—. ¡Ese bastardo mató a Herschel! ¡Mató a mi padre! Y tú…
Tom negó con la cabeza.
—Te habías quedado sin chispa.
—Podría haber…
Me puso una mano en el hombro. Intenté quitármela de encima, pero apretó. No con fuerza. Pero sí con firmeza.
—Ibas a consumirte. Podía sentirlo. Cins, te costó toda tu chispa acabar solo con esos cuatro demonios débiles. Viste a esa cosa. No era un simple esbirro infernal. Era un demonio mayor. Un engendro o un diablo. ¡Infiernos! ¡Por lo que sabemos, podría haber sido un puto archidemonio!
Vi la dulzura en sus ojos. La preocupación. Y eso me ablandó. Se me debilitaron las rodillas. El cansancio me alcanzó. No podía luchar contra él. Ya no.
Porque sabía que tenía razón.
Me dejé caer de rodillas. Derrotada. Exhausta.
Dioses, ¡Grietas, Titán, Luz Sagrada…!
La vista y la mente se me nublaron al darme cuenta de lo que casi había hecho. Tom me había salvado. Nos había salvado a todos. Pero ¿cómo…?
—Una pregunta, chico de las llamas —dijo DJ Gibbs, adelantándoseme—. ¿Dónde en el Entremedio estamos?
—¿Y cómo hemos llegado aquí? —añadió Brick. Otra pregunta pertinente.
Tom no respondió de inmediato. Frunció el ceño. Arrugó la frente y apartó la mirada. Pero, mientras todos lo observábamos, acabó por rendirse.
—Soy…, soy un caminante del vacío.
Ninguno respondimos. Y sospecho que se debió más a la incredulidad que a la conmoción.
No me malinterpretéis, Heiligslicht me había enseñado mucho sobre magia.
Pero solo sobre un tipo específico de magia.
Fuera de la curación y algo de magia de purificación, no sabía prácticamente nada de los secretos arcanos del mundo.
—Eh, ¿y eso qué significa? —preguntó DJ Gibbs.
—Significa que puede caminar entre reinos —añadió Alex, mirando a Tom como si hubiera visto una especie de fantasma.
Sentí amargor en la garganta. Y una nueva oleada de ira.
—¿Cómo…? ¿Por qué nunca me lo dijiste? —pregunté, sintiéndome ridícula por sentirme traicionada, pero incapaz de cambiar lo que sentía.
—¡Pensaba hacerlo! —insistió Tom, y vi sinceridad en sus ojos—. Es que… caminar por el vacío está mal visto.
—Pone en riesgo tu alma y la propia naturaleza de nuestro mundo —añadió Alex.
Todos lo miramos. Él se encogió de hombros.
—En teoría, al menos. Se supone que no debería ser posible.
Todos nos volvimos hacia Alex, aún confundidos. No me parecía un mago. Más bien un guerrero encantado.
Se encogió de hombros.
—Hice un curso nocturno de grieticia teórica antes de que tuviéramos un mago.
—Así que puedes caminar por el Entremedio. ¿Y llevarnos contigo? —preguntó Brick para aclararlo.
Tom asintió.
—¡Eso es la hostia! —intervino Gibbs—. Pero ¿dónde estamos?
El ceño de Tom se acentuó de algún modo. Miró hacia la tierra baldía y sus cielos oscuros. Un viento leve silbaba a lo lejos.
—Estos son los Bosques Inmortales.
Abrí mucho los ojos. ¡Grietas!
—¿Inmortales…? —preguntó Brick.
Antes de que Tom pudiera responder, lo hice yo.
—Los Bosques Inmortales. Un reino demoníaco. El lugar adonde van las almas perdidas de la guerra a sufrir eternamente.
Parecía que mi educación en Heiligslicht no había sido completamente inútil.
Una de las muchas funciones que desempeñaba un purificador en la sociedad mágica moderna consistía en celebrar ritos funerarios.
Con tantas vidas de ultratumba capaces de atraer a un espíritu, necesitábamos aprender sobre ellas.
Los Bosques Inmortales no eran uno de los lugares agradables.
—Encantador. ¿Por qué nos has traído aquí, colega? —preguntó DJ Gibbs, estremeciéndose apenas.
Tom negó con la cabeza.
—Aún soy nuevo en esto. Solo quería llevarnos a algún lugar seguro.
—Los Bosques Inmortales no son un lugar seguro —añadí.
Tom frunció el ceño.
—Lo sé, lo sé. La he cagado.
Ya se estaba castigando bastante. ¡Grietas! Me había salvado la vida. Nos había salvado la vida a todos. Y yo se lo había agradecido gritándole.
Me acerqué a él y le apreté la mano.
—Ahora estamos a salvo —dije—. Gracias.
Tom me dedicó una sonrisa agradecida.
Alex se aclaró la garganta.
—Entonces… —dijo—. ¿Y ahora qué?
—¿Puedes abrir grietas para llevarnos de vuelta a Hope City? —preguntó Brick—. Lo más lejos posible de ese capullo ceniciento.
Quise discrepar, pero Tom tenía razón. No estaba en condiciones de desafiar al Engendro de Ceniza. Aún no, al menos.
Tom cerró el puño. De forma sutil. Le tembló un ojo. No era el de siempre, seguro de sí mismo y chulesco. ¿Había sido por la pelea? ¿O tenía razón Alex acerca de lo peligroso que era caminar por el vacío?
—No creo que pueda abrir grietas para llevarnos de vuelta —admitió—. He llegado aquí al azar. De lo contrario, habría elegido un lugar más… seguro.
Bajó la mirada, avergonzado.
—Aún no se me da muy bien.
—Tío, puedes saltar entre reinos. No tienes que disculparte por nada —replicó DJ Gibbs.
Asentí, mostrando mi acuerdo. Peligroso o no, aquello era increíble.
—Entonces, ¿cómo salimos de aquí? —preguntó Brick.
—Tengo que encontrar alguna clase de abertura. Este es un reino demoníaco, así que su velo entre el Entremedio y su plano material es más fino. Deberíamos poder encontrar una grieta en el aire que pueda usar para llevarnos a casa.
Todos a una, escrutamos aquel ondulante océano de arena muerta y árboles aún más muertos. Un viento silbaba a lo lejos. Nos atraía. Nos llamaba para que nos acercáramos.
Respiré hondo y di un paso al frente.
—Será mejor que empecemos.
A regañadientes, pero sin demasiadas alternativas, todos empezamos a avanzar por aquella maldita desolación.
Atravesamos campos de muertos. El primero estaba cubierto de restos de guerreros antiguos, putrefactos, esqueléticos y, a la vez, todavía frescos. Llevaban lanzas, escudos de bronce y cascos corintios con penachos de vivos colores apagados por los cielos oscuros.
Mientras caminábamos penosamente, el tiempo no parecía transcurrir.
Cruzábamos campos de muertos similares, casi idénticos, y colinas que se reflejaban unas a otras.
Creíamos habernos perdido, estar dando vueltas en círculos, hasta que entrábamos en territorio desconocido.
Los muertos de los antiguos griegos se transformaron en líneas ensangrentadas de mosqueteros de Waterloo, muertos en formación.
Más adelante, los campos quedaron infestados de trincheras. La artillería yacía reventada, con los cañones abiertos como flores de metal. Había aviones estrellados entre los árboles, sus fuselajes aún en llamas, pero sin emitir calor.
—¿Han pasado días? —preguntó Brick, jadeando.
DJ Gibbs, que caminaba a su lado, parecía sinceramente confuso.
—Han sido como cinco minutos, colega.
A mí me habían parecido horas.
—Aquí el tiempo no significa nada —expliqué—. La guerra es atemporal. Y este reino se alimenta del sufrimiento interminable que impregna las almas de los muertos de guerra atormentados.
Mi chispa vibró un poco. Me mordí el labio. Estaba tan emocionada por saber por fin algo que los demás no sabían que había olvidado que quizá no debería estar extendiendo tanta tristeza y fatalidad.
Seguimos viajando, si es que se le podía llamar así en aquella tierra de paisajes cambiantes, idénticos y aleatorios. Llegamos al borde de una trinchera, y Tom saltó dentro y me atrapó al caer.
—Ese viento no suena ni más fuerte ni más cerca —observó Alex.
—Creo que es una falsa esperanza —respondió Tom.
—Una auténtica calientapollas, sí —añadió DJ Gibbs. Tuve que admitir que su actitud franca me levantaba el ánimo.
Brick suspiró.
—Ojalá Lilian estuviera aquí. Él sabe mucho de toda esta mierda mágica y espeluznante.
—Ojalá Lilian estuviera aquí para poder empujarlo a la boca de cualquier demonio que habite este maldito lugar —replicó Tom.
—Espera, ¿qué demonios? —preguntó DJ Gibbs, palideciendo; su jerga y su tono relajado habían desaparecido.
—Los he visto por aquí y por allá las veces que he estado aquí antes —respondió Tom—. Unos hijos de puta inquietantes.
—Los inquietantes son precisamente el tipo de cosas con las que Lilian sabe lidiar —añadió Brick—. No sé por qué tenéis tanto problema con él.