Poder Puro (Serie Kat Drummond 19, Cindy Giles 1) 19. INFERNAL
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19. INFERNAL

INFERNAL

Demonios . La palabra resonó en mi mente. La emoción se mezclaba con la expectación, mientras que la parte más racional de mí sabía que no estaba preparada.

A los gritos siguieron crujidos nauseabundos y sonidos de succión. Resonaron disparos.

—¡Alex ya está allí! —exclamó Brick—. ¡Tenemos que irnos!

Tom miró al misterioso cadáver por última vez y luego se puso en pie.

—Vamos.

Corrimos por el pasillo. Los sonidos de lucha y angustia se hicieron más fuertes al entrar en la taberna.

Habían volcado las sillas y abandonado las bebidas mientras los clientes huían hacia la noche.

El tabernero se escondía tras la barra, introduciendo cartuchos en una escopeta con manos temblorosas.

Tom avanzaba delante, Brick llevaba el martillo al costado y yo aceleré el paso para no quedarme atrás.

Aquello no se parecía a las cacerías habituales. No había bromas ni pullas. Ni charlas intrascendentes. Aquello era serio.

Monstruos en nuestro propio territorio. Y demonios, nada menos.

¡Grietas! ¿Estábamos preparados? ¿Lo estaba yo?

No parecía que tuviéramos elección.

—¿Dónde está el jefe? —preguntó DJ Gibbs al reunirse con nosotros fuera. Casi di un salto al resonar más disparos. ¡De verdad que era justo al lado!

—Ausente —respondió Tom.

DJ Gibbs soltó una maldición.

—¿Qué hacemos? —preguntó Brick.

Tom no redujo el paso.

—Lo de siempre…

Echó a correr, con el abrigo ondeando y estallando en llamas a su espalda.

—Cargarnos a unos putos monstruos.

Brick alzó el martillo y lanzó un grito de guerra antes de correr tras Tom.

DJ Gibbs y yo intercambiamos una mirada.

—¿Lo tienes controlado, CG? —preguntó.

Asentí. Mintiéndole a él y mintiéndome a mí misma.

Esprintamos hasta el lugar de la batalla. La terraza de lo que antaño había sido un restaurante agradable estaba cubierta de sangre, miembros cercenados y mesas y sillas de madera hechas añicos.

Alex se ocultaba tras una mesa, con la sangre manándole de la frente mientras recargaba la pistola. No alcanzaba a ver a los demonios.

—¿Detalles? —preguntó Tom cuando nos reunimos con él tras la mesa volcada.

Le posé una mano en la cabeza a Alex. Las yemas de mis dedos resplandecieron en dorado y la sangre dejó de brotar. Alex me sonrió en agradecimiento.

—Son cuatro —dijo, jadeando—. Unos cabrones grises.

—Brick ha dicho que eran demonios —añadí.

Alex asintió. ¡Mierda! Una parte de mí había esperado que Brick simplemente estuviera presa del pánico.

Un gorjeo gutural y reverberante llenó la zona, silenciando nuestra conversación.

Brick apretó el mango del martillo, mientras DJ Gibbs retrocedía. Me situé junto a Tom mientras ayudaba a Alex a ponerse en pie.

Justo delante de la entrada del restaurante había cuatro criaturas.

Piel como carbón oscuro. Ojos rojos y furiosos.

Fauceces abiertas repletas de innumerables dientes afilados como cuchillas.

Una de ellas aún masticaba el brazo de una víctima desdichada.

Sus colas escamosas se agitaban de un lado a otro, azotando la madera astillada y desconchada y la mampostería.

Y se limitaban a mirarnos.

—Parecen hombres rata —susurró DJ Gibbs.

—No he visto hombres rata que se parezcan ni remotamente a esto —respondió Tom—. Y he estado en la Subciudad.

A mí no me parecían ratas. Más bien hombres gárgola deformes que retorcían el mundo a su alrededor hasta volverlo cada vez más oscuro.

Nos miraban. En silencio. Sopesándonos. Hasta que sus ojos rojos se posaron en mí. Y, como un puñetazo en el estómago, pude sentir su odio. Veían lo que era. Quién era.

Y no les gustaba.

Al unísono, todos saltaron hacia delante a cuatro patas, escupiendo la cena medio masticada. Me quedé inmóvil, paralizada por la pura oscuridad que se abalanzaba sobre mí.

Tom me apartó de un empujón acompañado de una ráfaga de aire caliente antes de alzar un escudo de fuego. Uno de los demonios chocó contra la pared y la atravesó de parte a parte. ¡Entonces era inmune al fuego!

Tom esquivó hacia un lado, descargó el hacha y le rajó la mejilla al demonio. Ni sangre. Ni moratón.

Brick rugió mientras golpeaba a un demonio con el martillo.

La fuerza de su ataque empujó al demonio hacia atrás, pero no oí el siseo del baño de plata al entrar en contacto con un ser maligno.

Los vampiros, los espíritus oscuros y los hombres lobo sucumbían a la plata.

Pero aquel demonio ni siquiera sufrió el menor daño.

Alex recitó un encantamiento, dejando que la escarificación de su brazo resplandeciera en verde, mientras enfundaba las pistolas y desenvainaba los machetes.

Un demonio cerró las fauces sobre su cabeza justo cuando él esquivaba hacia un lado con su agilidad mejorada.

Arremetió furiosamente contra el demonio, asestándole una ráfaga de devastadores tajos y golpes.

El demonio volvió a morderle, y esta vez Alex apenas logró esquivarlo.

—¡CG! —gritó DJ Gibbs.

Un demonio salió despedido hacia mí. Levanté las manos para protegerme la cara justo cuando estas resplandecieron en dorado y liberaron una descarga de energía.

El demonio se cubrió el rostro y se estrelló contra la pared a mi espalda, con la cara hundida profundamente en la mampostería.

DJ Gibbs chilló y corrió a esconderse detrás de mí cuando el demonio empezó a moverse. Sus garras resbalaron sobre la gravilla, pero logró sostenerse y entonces se volvió hacia mí.

La mitad de su cara se había fundido por completo, revelando un cráneo bestial que albergaba un ojo rojo, palpitante y muy furioso.

Miré mis manos. ¿Había hecho yo eso? Había sido igual que con el espectro. Ahora solo tenía que averiguar cómo hacerlo de nuevo.

Brick golpeó a un demonio con el martillo cuando este volvió la cabeza para mirarme. De repente, todos los demás demonios se giraron hacia mí. Y pude sentir cómo su furia se condensaba en un único objetivo: mi muerte.

—¡Cindy, canaliza! —gritó Tom mientras corría hacia mí.

Busqué mi chispa en mi interior, pero no sabía qué hacer. ¿Cómo había hecho aquello? ¿Cómo había eliminado al espectro?

Había demasiado poco tiempo para pensar. Así que, sencillamente, lo hice.

Canalicé mi chispa y liberé una descarga de purificación contra los demonios que se acercaban. Se echaron atrás, pero no se fundieron como el otro.

Tom, Brick y Alex formaron un círculo a mi alrededor. Los demonios nos rodearon, chasqueando los dientes como perros salvajes. Poniendo a prueba nuestras defensas.

—¿Puedes volver a hacerlo, Cins? —preguntó Tom.

Negué con la cabeza.

—No sé cómo.

—Bueno, ¿puedes averiguarlo, CG? Porque, si no, vamos a ser el postre —añadió DJ Gibbs.

Un demonio lanzó una dentellada hacia nosotros. Brick le atizó de inmediato en el hocico con el martillo. Lo empujó hacia abajo, pero por lo demás no pareció inmutarse. Aquellos demonios no podían resultar heridos por nada físico. Lo que nos dejaba a mí y a mi chispa.

—Tienen miedo… —observó Alex.

—Parecen muertos de hambre, colega —replicó DJ Gibbs—. No asustados.

Pero Alex tenía razón. Levanté una mano y los demonios se estremecieron. Rondaban a nuestro alrededor. Sopesándonos. Acechándonos. Buscando una abertura.

Si no hacía algo, y rápido, se darían cuenta de que estábamos indefensos.

No podía permitir que mi descarga hubiera sido solo una casualidad. Y no podía dejar que mis amigos murieran cuando yo podía hacer algo para impedirlo.

Tenía que luchar contra ellos.

Levanté las manos y tiré de mi chispa. De toda la que pude. No recité ningún encantamiento ni dirigí la magia de modo alguno. No sabía hacer nada salvo sanar y crear luces brillantes. Pero sabía que había poder dentro de mí. Un poder puro que podía desterrar a aquellas criaturas de oscuridad.

Solo tenía que usarlo.

Los demonios se quedaron inmóviles, con los ojos rojos muy abiertos mientras yo resplandecía en dorado y la luz brotaba de mi piel. Entre mis palmas se formó energía dorada. Inconscientemente, moví las manos para moldear una esfera con aquella energía.

Esto funcionaría, me dije. Tenía que funcionar. Pese a la oscuridad que me cercaba. Pese a mis fracasos. Tenía que demostrar que era más que una simple sanadora. Más que una simple cazadora de monstruos.

Podía matar demonios.

La esfera crepitaba de poder puro. Los demonios se dieron la vuelta y empezaron a huir.

Mi chispa vibró y me instó a purgar la inmundicia del mundo.

Liberé mi poder.

Una descarga dorada salió disparada de mí mientras los demonios gritaban y trepaban unos sobre otros en un intento de escapar.

La luz de mi descarga alcanzó el tobillo de un demonio y este gritó. Su carne empezó a fundirse, desintegrándose en luz dorada mientras trataba de alejarse a zarpazos de la luz de mi chispa.

Mis amigos observaron maravillados cómo cada demonio era alcanzado, uno tras otro, y se convertía en polvo resplandeciente.

Sentí que mi chispa se agotaba. Pero me aferré a ella. Solo un poco más…

El último demonio arañó el suelo en dirección a nosotros, con el cuerpo fundiéndose. Se arrastró centímetro a centímetro hasta que no fue más que una fauce rota y un brazo con garras.

Mi chispa lanzó un grito de advertencia y la corté. A solo un instante del agotamiento mágico.

La luz dorada desapareció. Me sentí mareada. La visión se me nubló. Las náuseas me abrumaron y vomité. ¡Dioses! Nunca había estado tan cerca del agotamiento mágico. Jamás. ¡No era una sensación agradable!

El demonio que quedaba soltaba respiraciones ásperas mientras arañaba débilmente la bota de Brick. Brick alzó el martillo y lo descargó sobre la cabeza del demonio. Sin su protección infernal, la cabeza del demonio crujió y estalló. Sus tripas demoníacas mancharon la mampostería.

—¡Cindy, eso ha sido increíble! —exclamó Tom justo cuando oímos crujidos sobre el techo del restaurante.

Todos levantamos la vista y se me heló la sangre.

Una figura se alzaba sobre el tejado, mirándonos desde arriba con ojos indiferentes. Iba envuelta en una capa gris ceniza, desgarrada y ondeando al viento. De ella caía un polvo pálido que se mezclaba con la brisa.

Su rostro era alargado, de un tono de carbón quemado. Y de su cabeza y barbilla sobresalían cuernos.

—Impresionante —raspó, y su voz llenó el patio del restaurante—. Pero desperdiciar tanta chispa en enemigos tan insignificantes. Tu maestro los habría eliminado con mucha más sutileza, señorita Cindy Giles.

Di un paso atrás involuntariamente. El corazón me dio un vuelco.

No … no podía ser.

La criatura sonrió, revelando una boca de dientes afilados de la que goteaba ceniza como si fuera sangre.

—He esperado este momento. Durante mucho tiempo. Te he sentido, Cindy Giles. Eres un dolor de cabeza dentro de mi mente. Una mota cegadora y repugnante en la existencia. Y he esperado tantísimo permiso para matarte. Para saborear el dulce néctar de tu carne atrofiada mientras tu chispa muere.

—Cindy, ¿qué… qué es eso? —preguntó Tom, con los ojos desasosegados. Alex apuntó al demonio con su pistola. DJ Gibbs ni siquiera pensó en encender el radiocasete. Hasta Brick estaba aterrorizado, con las manos temblándole sobre el martillo.

El demonio se relamió.

—Saboreo tu miedo. Tu nauseabunda miasma de pureza ya ha desaparecido, Giles. La has desperdiciado. Y ahora solo queda el tormento.

Alex disparó una bala al demonio. Le atravesó sin más y desapareció en una bocanada de humo.

—Sabrás mucho mejor que ese gusano sin chispa al que llamabas padre.

De repente, la ira ahogó mi miedo y levanté las manos para lanzar un hechizo. Apenas podía sentir mi chispa. Pero no importaba. Lo único que importaba era que aquel monstruo había matado a mi padre.

Busqué en lo más profundo de mi alma, igual que había hecho cuando nos enfrentamos al espectro.

El demonio saltó sobre nosotros, levantando una tormenta de polvo de ceniza.

—¡Cindy, no! —gritó Tom.

Tiré de mi chispa menguante. De toda la que pude. Pero quedaba tan poca. Si la usaba… podía quedarme sin nada.

Pero aquel era el demonio. Aquel era el momento.

Nada más importaba. Seguí tirando, hundiéndome cada vez más profundo. Podía destruirlo. ¡Tenía que hacerlo!

Levanté las manos justo cuando Tom me derribó al suelo, atrayendo a todos hacia sí, y el mundo cambió a mi alrededor.

Oscuridad.

Y después, ni siquiera eso.