Poder Puro (Serie Kat Drummond 19, Cindy Giles 1) 18. DEMONIOS
68%

18. DEMONIOS

DEMONIOS

Los tiempos desesperados exigen medidas desesperadas. Aunque eso implique hacer un trato con diablos para matar demonios.

Fui a la Taberna del Sepulturero temprano, el día después de mi doloroso reencuentro con Stephanie. Algo me decía que me toparía con él entonces. Y no quería que ninguno de los trasnochadores anduviera por allí para molestarme esta vez.

Me había acostumbrado al hedor de Lilian, pero nunca me había gustado. Me limitaba a tolerarlo como parte de un entorno laboral generalmente hostil. Pero esta vez fui a buscarlo.

Encontré a Lilian sentado en el reservado de El Reckoning, dándoles cacahuetes de bar a sus ratas. Ahora tenía cuatro.

Me mordí el labio. ¿De verdad debía hacer esto? Lilian traía problemas. Problemas muy serios.

Pero, mientras no fuera a ninguna parte con él, estaría bien. ¿No? Solo tenía que ver si conseguía sacarle algunas respuestas.

Miré por encima del hombro. No había nadie más aparte del camarero. Tragué saliva, cerré los puños y me senté frente a Lilian.

—Ah, señorita Giles —Lilian esbozó una sonrisa burlona—. Es un placer verla sin estar colgada del brazo de ese mastuerzo pirómano.

Ignoré sus insultos. El entrenamiento de tranquilidad ayudaba mucho a no caer en las provocaciones.

—Demonios —dije sin más—. Necesito saber cómo llegan aquí. Dijiste que son subproductos de la esencia de la creación. Pero siguen siendo monstruos, con formas monstruosas. ¿Llegan aquí a través de grietas? Algunos textos dicen que deben ser invocados.

Lilian abrió la boca para hablar, pero ya había adivinado lo que iba a decir.

Agité la mano, desechando su comentario no pronunciado.

—Ya lo sé, ya lo sé. Luz, oscuridad. Imprudencia. Ingenuidad. Te lo he oído todo a ti. Pero sé que eres un cazador de monstruos. Si hay una paga de por medio, matarás a un demonio. O me hablarás de uno.

Saqué del bolsillo un fajo de billetes. Mucho dinero. Pero estaba desesperada. Y, quizá, podía apelar al lado egoísta de Lilian, que al menos resultaba comprensible.

Las ratas de Lilian olisquearon el fajo de dinero mientras él fruncía los labios. Parecía algo reacio, pero entonces extendió la mano hacia el dinero.

Lo aparté.

—Primero dime lo que necesito saber.

Sus hombros se hundieron mientras soltaba un gemido.

—¡Vale!

Buen comienzo. ¡Bien hecho, Cindy!

—Hay un demonio que lleva activo en la ciudad casi un año. Sus mordeduras no tienen cura, ni mundana ni mágica. La carne alrededor de las mordeduras se atrofia y se convierte en ceniza. ¿Sabes algo de este demonio?

Lilian consideró mi pregunta y luego suspiró.

—Giles, hay infinitos demonios por todos los reinos…

—¡¿Sabes algo de él?!

Hizo una mueca cuando alcé la voz, miró el fajo de billetes y luego habló. En un susurro.

—He oído las noticias sobre los ataques. Suena a un Engendro de Ceniza. Un demonio común de los reinos de la putrefacción.

—¿Cómo llegó aquí?

Lilian frunció el ceño.

—Estás haciendo preguntas muy difíciles de responder. Incluso para mí. Pero sospecho que fue invocado. A veces los demonios vienen por voluntad propia. Pero rara vez. La mayoría de las veces los invoca un mortal.

—¿Por qué?

La frustración de Lilian se transformó en una sonrisa.

—Esa es la cuestión.

—¿Y la respuesta?

—Muchas respuestas para una sola pregunta. Poder, riqueza, lujuria. Hay infinitos demonios para infinitos deseos.

Me froté la barbilla, pensativa. Así que era probable que el demonio hubiera sido invocado. ¿Pero por quién? ¿Y por qué?

Sentí que la rabia me subía desde el estómago y la acidez me quemaba la garganta al darme cuenta de algo. Si había un invocador, eso significaba que no había sido solo un demonio quien mató a Herschel. Un humano había traído al demonio aquí.

Si quería vengarme, ¿iba a tener que matar a alguien?

Aparté aquel pensamiento. Primero, el demonio. Había que detenerlo.

—¿Cómo lo derroto? —pregunté en voz baja. Mi determinación y mi rabia se habían esfumado. Solo quedaba desesperación.

Y Lilian podía olerla.

Su sonrisa se ensanchó. Cada vez más inquietante. Sus ratas correteaban por sus brazos y hombros, chillando como si hablaran entre ellas. Lilian inclinó la cabeza. Apenas un poco, como si escuchara su parloteo.

—Un demonio es su propia debilidad —dijo sencillamente, y se levantó.

—¿Eso es todo? ¡Eso no responde a mi pregunta!

Negó con la cabeza.

—Nuestro tiempo aquí ha terminado, Giles. Ha sido un placer, como siempre, pero debo irme. Quédese con su dinero. Vale poco.

Miró a lo lejos.

—Muy poco tendrá importancia en los días venideros.

Se quitó la gorra en señal de despedida y se marchó, dejándome atónita y enfadada a la vez.

De verdad creí que lo tenía. Que iba a ayudarme. Pero fui una idiota por esperar algo útil de Lilian maldita grieta Pumpernickel.

Me levanté para irme y choqué de lleno con un Tom ceñudo, envuelto en llamas.

—¡Tom! —exclamé, sorprendida.

¡Dioses! ¿Me había oído hablar con Lilian?

¡Un momento! Podía hablar con Lilian si me daba la gana.

—Cindy, ¿por qué hablabas con él? —preguntó Tom, con un deje de enfado en la voz. Pero lo que más me dolió fue la decepción.

Pensé en mentir, pero no tenía sentido. Y Tom era mi… bueno, más que un amigo.

—Estoy desesperada, Tom —admití—. Hay un demonio sembrando el caos por la ciudad. Heiligslicht no está haciendo ni una sola maldita cosa por las grietas para detenerlo. Yo… necesito averiguar cómo pararlo.

Tom me miró. Se me quedó mirando fijamente.

—¿Es ese? —preguntó sin más.

El demonio que mató a Herschel. Lo sabía.

Asentí.

—Entonces será mejor que vayamos a hablar con Conrad —dijo.

Chasqueé la lengua.

—Conrad no me ayudará. Ya intenté preguntarle y se negó en redondo.

—A mí me escuchará —dijo Tom, tomándome de la mano y guiándome escaleras arriba. Y lo decía en serio.

Tom avanzó por el pasillo hacia el despacho de Conrad. Oí rebuscar al otro lado. Conrad debía de tener un día ajetreado. Como de costumbre. O quizá estaba ocupado planchando todo su traje sobre el escritorio.

Antes de que pudiera pedirle a Tom que llamara amablemente antes de entrar, como cualquier persona civilizada, abrió la puerta.

—Conrad, tenemos que… —empezó Tom, y se detuvo.

Un hombre vestido enteramente de negro, con unas gafas verdes relucientes, estaba detrás del escritorio de Conrad. En una mano sujetaba un puñado de papeles arrugados. En la otra, una pistola con silenciador.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, lo alcancé con un destello de magia de purificación. Se tambaleó mientras Tom lanzaba una ráfaga de fuego hacia su mano.

Soltó la pistola cuando Tom salió disparado hacia él, dejando llamas a su paso.

El hombre esquivó el ataque justo cuando yo daba un paso adelante y le lanzaba una patada. Me agarró la pierna y me arrojó al suelo, mientras Tom le estampaba un puño ardiente en la cara.

El hombre giró en el aire antes de aterrizar con elegancia sobre los pies. ¿Qué era? ¿Una especie de ninja mágico de alta tecnología?

Sacó una daga larga y saltó hacia mí. Lancé un destello, pero sus gafas parpadearon y lo protegieron de la descarga. ¡Esta vez estaba preparado! Pero no para Tom.

Una bola de fuego lanzó al hombre contra la pared y le quemó la vestimenta negra.

El hombre golpeó la pared y se desplomó en el suelo. Antes de que pudiera levantarse, Tom se abalanzó sobre él y sacó su hacha. Las llamas le llenaban los ojos. Jamás lo había visto tan enfadado.

—¡¿Quién eres?! —gritó.

El hombre empezó a temblar violentamente. ¡Oh, dioses!

Tom no se dio cuenta.

—¡¿Quién te ha enviado?!

Aparté a Tom de un empujón y le quité al hombre el pasamontañas y las gafas. Tendría unos treinta y tantos años. Llevaba la cabeza y la cara afeitadas. Y tenía los ojos en blanco mientras la sangre le manaba de la boca.

Puse las manos sobre su garganta y recité un hechizo para diagnosticar el problema.

No era veneno. Tampoco estaba relacionado con quemaduras ni traumatismos. Amplié la búsqueda.

Un indicio de algo. Algo arcano.

Se me abrieron los ojos de par en par. Una maldición.

Sus constantes vitales estaban fallando. Lo inundé de chispa sanadora. Pero sus convulsiones cesaron y dejó de moverse por completo.

Llegaba demasiado tarde. Siempre demasiado jodidamente tarde.

Dejé caer los brazos a los lados.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Tom—. ¿He… he sido yo?

Negué con la cabeza.

—Una maldición autoinfligida. Él…

Se había suicidado.

Sentí los brazos de Tom rodeándome.

—Hiciste todo lo que pudiste.

Eso nunca ayudaba realmente. Pero la cercanía de Tom sí.

—¿Quién era? —pregunté, sabiendo que Tom no conocía realmente la respuesta.

Tom negó con la cabeza.

—No tengo ni idea, pero puede que Conrad lo sepa. Por cierto, ¿dónde está?

Antes de que pudiera decir nada, resonaron gritos ahogados, seguidos de pesadas pisadas y estrépito en el pasillo. Brick apareció en la puerta, con el pánico reflejado en los ojos. Ni siquiera reparó en el hombre de negro muerto.

—¿Qué ocurre, Brick? —preguntó Tom.

Brick estaba pálido. Asustado. Y Brick nunca se asustaba…

—¡Monstruos! —dijo—. Justo al lado. Cuatro de ellos.

—¿Qué clase de monstruos?

Brick tragó saliva.

—Demonios.