17. OPORTUNIDADES
OPORTUNIDADES
El tiempo pasó y llegaron más cacerías. Lilian se presentó a trabajar como de costumbre.
Él no me hablaba, así que yo tampoco le hablaba.
Tom era el único que parecía reconocer aquella fatídica noche en los barrios bajos.
Pero solo porque tenía la mecha aún más corta con nuestro mago oscuro residente.
Conrad nos mantenía ocupados. En lugar de ser el típico jefe que nos explotaba hasta reventar, aquello era en realidad una demostración de lo jodidamente buen gestor que era.
La caza de monstruos es un negocio competitivo.
Hay una docena de casos por toda la ciudad en cualquier momento.
Pero también había cientos de cazadores.
A muchos de los monstruos podía abatirlos un cazador en solitario.
Un autónomo. Esas bestias no daban mucho dinero.
Y, como Conrad dirigía un equipo, tenía que encontrar cacerías lo bastante grandes como para mantener a cinco cazadores y a su DJ de acompañamiento.
Pero, de algún modo, siempre lo conseguía.
Como ya he dicho antes, la caza de monstruos es un negocio lleno de litigios. Por lo general tiene que serlo. Armas a unos cientos de personas con la potencia de fuego y la magia suficientes para enfrentarse a un dragón, y más te vale mantenerlas vigiladas.
Conrad era un mago clasificando papeleo, allanando el camino hacia el poder y esquivando regulaciones cuando hacía falta.
Tenía contactos en HCPD que le conseguían las primicias más jugosas sobre los últimos ataques.
Tenía amigos en el mundo de los negocios, que concedían mandato prioritario para las grandes cacerías.
Y, lo mejor de todo, conocía el número de teléfono de lo que parecía ser cada alquimista y recolector de trozos de la ciudad.
Parecía que la parte más lucrativa de cazar no era matar a la bestia.
Era venderla. ¡Las partes de monstruos daban mucho dinero!
Para los alquimistas, que las usaban como ingredientes de sus pociones; los magos, que las necesitaban como material para rituales; y los coleccionistas, que simplemente querían una cabeza de trol en sus paredes.
Descuartizar cadáveres de monstruos era demasiado asqueroso para alguien como yo, pero Conrad, de alguna manera milagrosa, siempre lograba recoger los cadáveres y venderlos. Sospechaba que tenía contactos en Saneamiento.
Pasaron las semanas y me fui acercando más a Tom. Seguían llegando noticias de ataques cada vez mayores del demonio de ceniza. Pero, con Tom a mi lado, era capaz de dejarlas a un lado.
Por poco.
Lo que me ayudaba era saber que, aunque no estuviera persiguiendo a la criatura que mató a Herschel, seguía marcando la diferencia.
Y eso me mantenía en marcha.
Era medianoche cuando salí a la calle para tomar un poco de aire fresco. Tom y Brick estaban rematando el trabajo dentro. Una araña huargo. ¡Grietas! Era espeluznante. Había convertido un almacén entero en su guarida, cubriéndolo de telarañas y poniendo sus huevos en asquerosos capullos viscosos.
Incluso los más vagos de la HCPD se tomaban en serio a una araña huargo. Déjalas asentarse, alimentarse y reproducirse, y tenías una epidemia entre manos.
Unos años atrás, había estado destinada en un hospital de Riviersonderend.
Un pueblo pequeño a unas horas de Hope City.
Una noche, recibimos una avalancha de víctimas con heridas infectadas por mordeduras de araña.
No pequeñas picaduras como de alfiler. Mordeduras del tamaño de las de un perro, supurando pus.
Una araña huargo había hecho su nido cerca. Y, cuando sus crías salieron del cascarón, se dirigieron al pueblo con sed de venganza. Tuvieron que traer a unos soldados de la CDF con lanzallamas para acabar por fin con ellas.
Por suerte para nosotros, teníamos en el equipo a un tipo con un lanzallamas incorporado.
Oí chasquidos desde dentro mientras Tom incineraba los huevos. Lilian había querido quedárselos. Al parecer se vendían bien. Tom llamó a Conrad para preguntarle. O, como descubrí, para dejarle claro algo.
—¿Estás maldita grieta loco, Pumpernickel? ¡La única araña huargo buena es una araña huargo muerta! Y ahora, quema todo el almacén si hace falta. ¡No dejes que se reproduzca ni una sola!
No tenía aracnofobia, pero compartía exactamente los sentimientos de Conrad.
En cuanto cayó la mamá araña huargo, me marché. Puede que Brick considerase divertido aplastar huevos, pero yo no era precisamente una chica de aplastar cosas.
La calle frente al almacén estaba silenciosa. Me froté las manos para entrar en calor, me las ahuequé sobre la boca y soplé aire caliente.
Ahora sí que era pleno invierno. Necesitaba ropa de invierno de verdad. Normalmente Heiligslicht ya nos habría proporcionado nuestro uniforme de invierno a esas alturas. Pero Conrad no tenía uniforme. Lo que me dejaba luchando contra arañas gigantes y el frío con solo una camiseta y unos vaqueros.
Me froté los brazos, temblando apenas, y me planteé volver a entrar en el almacén solo para poder acercarme al calor de las llamas exterminadoras de Tom.
Unos faros aparecieron al final de la calle. Me quedé paralizada. Aquella calle había estado vacía desde que la HCDP la acordonó. Podía ser Saneamiento, pero aún no los habíamos llamado.
El coche se acercó, y vi un símbolo en uno de sus laterales. El caduceo. Heiligslicht.
Me tensé. El coche se detuvo y los faros se apagaron.
No dije una palabra cuando se abrió la puerta y un purificador encapuchado salió del coche. Se bajó la capucha, y exhalé con un alivio inmenso.
—¡Stephanie! —exclamé, corriendo hacia mi amiga, que me recibió con los brazos abiertos.
—¡Cins! Grietas, ha pasado una eternidad. Y... estás cubierta de porquería.
Hice una mueca.
—Sí. Porquería de araña.
Stephanie imitó mi mueca y se limpió parte de la mugre con la manga antes de abrazarme de nuevo.
—Te he echado de menos, Cins. No es lo mismo sin ti.
—Yo también te he echado de menos —dije, y me di cuenta al mismo tiempo.
Nos soltamos y cayó sobre nosotras un pesado silencio. Aparté la mirada.
—Lo siento —dije—. He estado...
—Ocupada, lo sé. No tienes que disculparte. Yo tampoco he sido precisamente brillante manteniendo el contacto.
Sonreí, detectando su sinceridad. Un peso se levantó de mis hombros al comprender que mi mejor amiga seguía siendo eso mismo.
—Entonces, ¿cómo me has encontrado? —pregunté.
Stephanie se mordió el labio y después sacó algo del bolsillo. Una vara detectora de líneas ley. Del tipo que había visto usar por primera vez cuando Herschel me salvó. Del tipo que solo llevaban los purificadores de combate.
—Oí que vuestro grupo de cazadores estaba haciendo un trabajo en este barrio. Usé la vara para encontrar el punto más claro en la oscuridad.
¿De verdad destacaba tanto en unas lineas wey oscuras? Ignoré esa parte.
—Steph, ¿cómo es que tienes una vara?
Ella vaciló.
—Eh... Yo...
Suspiró, comprendiendo que no podía mentirme.
—Ahora soy purificadora de combate.
—¿Eres qué? —exclamé, casi gritando. Sentí que se me helaba la sangre.
—De momento, solo desde hace un mes.
—¿Cómo? —pregunté.
—Bueno, sabes que nunca fui la mejor sanadora. Ni siquiera una sanadora. Pero mis ilusiones tienen aplicaciones de combate. El Chapter-Meister me encontró y me asignó a... la Unidad de la Tormenta.
La Unidad de la Tormenta. El antiguo escuadrón de Herschel.
No pude responder. Mi mente, mi chispa y mis tripas libraban una batalla. Celos, ira, conmoción.
Yo había querido ser purificadora de combate. Había querido cazar demonios junto a Herschel.
Stephanie no había querido nada de eso.
Y ahora...
Quería gritarle. Decirle que no era justo.
Pero, tan deprisa como había surgido mi ira, se enfrió. Mi chispa me calmó. Me llenó de una racionalidad serena.
Pero, aunque la ira se había ido, mi tristeza permanecía.
—Cins, sé lo que debes de estar sintiendo —continuó Steph.
Y yo sabía que lo sabía—. Y por eso estoy aquí.
Debes de haber oído que el demonio que mató a Herschel sigue ahí fuera.
Está dejando víctimas por toda la ciudad.
El Chapter-Meister te asignará a un escuadrón de purificadores de combate si vuelves.
El corazón me dio un vuelco al oír aquello, y mi emoción creció.
—¿Me dejarían convertirme en purificadora de combate? ¿En exorcista?
Steph vaciló y frunció el ceño. Así que la respuesta era no.
La miré con furia.
—Me dejarían seguir a los purificadores. Curar a los heridos. Lo de siempre. Una cirujana móvil.
—Ayudará a la gente, Cins. Eso es lo que quieres, ¿no?
—¡Ya estoy ayudando a la gente! —espeté, y luego me calmé—. Ya estoy ayudando. Del modo en que quiero hacerlo. Y este demonio... si Heiligslicht aún no lo ha atrapado, no lo hará.
Pero, tal vez yo pudiera.
—Cindy... —Stephanie me miró a los ojos, suplicante—. Eres una purificadora. Perteneces con nosotras. Conmigo. Por favor... vuelve. Ya encontraremos una solución.
Oí vítores y chasquidos dentro del almacén. Mis amigos. Mis camaradas. Los que nunca cuestionaban lo que yo podía hacer. Simplemente me ayudaban a hacerlo.
Steph era mi mejor amiga. Mi hermana. Pero no lo entendía. No podía entenderlo.
Le dedique una sonrisa triste.
—Lo siento, Steph. Pero yo pertenezco aquí.
Le di la espalda e intenté ignorar sus débiles sollozos.
Heiligslicht no creía en mí. No me dejaría vengar a Herschel. No me dejaría salvar a nadie hasta que fuera demasiado tarde.
Aquel demonio tenía que caer. Pero no podría matarlo desde una mesa de operaciones. Tendría que darle caza.
Y, aunque le había prometido a Tom que nunca volvería a hacer esto, sabía que no tenía otra elección.
Tendría que preguntarle a un diablo, una vez más, cómo matar a un demonio.