15. BARRIOS MARGINALES
BARRIOS MARGINALES
Lilian conducía un destartalado minibús blanco. Del tipo que se ve en los barrios marginales de la frontera, zigzagueando entre el tráfico y saltándose los semáforos en rojo. Pero, que yo supiera, Lilian no era taxista. Y nunca había llevado al resto del equipo.
Quizá se hubiera ofrecido en el pasado. Pero ahora nadie lo utilizaba. Y no podía culparlos.
El interior del minibús de Lilian olía a basura. Basura de verdad. Ese hedor acre y agrio de verduras viejas, carne y plástico sucio.
Al cabo de un rato, dejé de fingir que era educada y me limité a taparme la nariz con la camiseta. La perpetua y nauseabunda sonrisa de Lilian no desapareció ni por un instante.
—¿Adónde vamos? —pregunté cuando alcanzamos la autopista y nos alejamos a toda velocidad de Table Mountain.
No respondió. Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda.
¿Qué estaba haciendo?
Lilian era un mago oscuro. La clase de hombre de la que Heiligslicht nos decía que nos mantuviéramos alejados. A los que había que encerrar entre rejas o enterrar, si su interés académico por los arcanos oscuros llegaba a convertirse en algo más.
No debería estar sentada a su lado, avanzando a toda velocidad hacia el este en plena noche.
—Los barrios marginales —acabó respondiendo.
Sentí otro escalofrío. Pero esta vez procedía de otra fuente.
Lo sentí. Las lineas wey oscureciéndose. Era como si estrangularan al mundo cuanto más nos acercábamos a la extensión de chabolas y bloques de viviendas que rodeaba la verdadera Hope City.
Durante décadas, el Consejo había intentado arreglar los barrios marginales. Proyectos de vivienda asequible, pisos de alquiler protegido, más vigilancia policial, nuevas infraestructuras. Heiligslicht también lo había intentado. Clínicas, orfanatos y monumentos de purificación de las lineas wey.
Todo había sido destruido.
Las bandas gobernaban los barrios marginales. Bandas y caos. Señores de la guerra nigromantes, magos oscuros, brutos de otros mundos. Y monstruos. Un montón de monstruos.
No íbamos a los barrios marginales. Ni durante mis once años con Heiligslicht, ni durante mi tiempo con el equipo de Conrad.
—Demasiado peligroso —decía Conrad sobre los barrios marginales—. Y no hay nadie que pague las facturas.
Y por eso el lugar que más necesitaba nuestra ayuda seguía siendo el destino más miserable y condenado de Hope City.
Y nos dirigíamos justo hacia allí.
Lilian se desvió de la autopista por una salida y descendió desde la seguridad de la vía elevada para adentrarse en el mar de chabolas que se extendía abajo.
El minibús dio sacudidas y botes sobre carreteras agrietadas y llenas de baches.
Contemplé caminos de tierra oscuros que serpenteaban entre chabolas de hojalata y míseras construcciones de hormigón.
Una vieja farola parpadeaba en la distancia. Como la de mis recuerdos.
—¿Estás seguro de que deberíamos estar aquí? —pregunté, con un temblor en la voz del que me avergoncé al instante.
No volvió la cabeza hacia mí, pero me miró de reojo.
—¿Ya flaquea tu determinación, Giles? ¿No querías conocer la verdad de este mundo? ¿Sobre los demonios y la oscuridad?
Sí quería. De verdad que sí. Y, si no era capaz de soportar aquello, ¿cómo iba a arreglármelas para dar caza al demonio que había matado a Herschel?
Aparté la mirada de la burlona mirada de reojo de Lilian y mantuve los ojos fijos en aquella destrozada excusa de carretera.
Nos internamos más en aquel mar de chabolas, pasando junto a alguna que otra monstruosidad de hormigón que se alzaba sobre las improvisadas viviendas que la rodeaban.
Lilian detuvo el vehículo frente a lo que parecía una subestación eléctrica abandonada. Había un bloque de ladrillo visto con una puerta metálica. Los cascarones de antiguos aparatos eléctricos estaban iluminados por una sola lámpara de gas, colgada de un viejo poste de madera.
La lámpara de gas era la única fuente de luz de la calle. Aparte de la luz ocasional que se filtraba por las rendijas de alguna chabola, aquel mar permanecía oscuro. Pero lo que más peculiar me resultaba era por qué alguien había puesto allí aquella luz en primer lugar.
Lilian echó el freno de mano y salió del coche sin dar explicación alguna. Dudé una última vez antes de seguirlo.
El aire apestaba a goma quemada. Era de esperar. Era el hedor omnipresente de unas lineas wey oscuras. La señal que incluso los no sensibles a la magia podían usar para saber que se habían alejado demasiado de las magias puras del mundo.
Mientras que el resto de Hope City tenía una fuente constante de energía mágica limpia que fluía desde el Titán Bajo la Montaña y se filtraba a través de los bosques feéricos, los barrios marginales mantenían unas lineas wey ennegrecidas.
Toda la magia que fluía allí se pudría. Víctima de magias malignas, comportamientos malévolos y decadencia.
Y, a medida que las lineas wey se oscurecían, sus habitantes se corrompían.
Me sentía oprimida. Claustrofóbica. Intenté no respirar demasiado mientras seguía a Lilian hasta la puerta metálica de la vieja subestación. Una vez allí, llamó tres veces, hizo dos pausas más y luego golpeó la puerta una vez con la palma abierta.
Unos instantes después, la puerta se abrió y dejó al descubierto a un hombre calvo y hosco que nos sacaba una cabeza a ambos. Solo Brick habría podido competir con él.
Lilian sonrió al portero y se quitó la gorra. Una rata solitaria se posaba sobre su cabeza, bajo el sombrero. El portero no sonrió, pero se apartó para dejarnos pasar.
Descendimos por una larga escalera construida con metal de desguace. Y, cuanto más bajábamos, más fuerte era la cacofonía. Y más intenso el hedor…
Con cada escalón, destellos asaltaban mi mente. Recuerdos. De olores y sonidos.
Vamos, Cindy. Me animé. Sigue adelante. Estás muy cerca.
Cerca de descubrir la verdad. De aprender por fin cómo resolver todo aquello. De vengar a Herschel, de evitar muertes, de comprender la oscuridad para poder derrotarla. Para que lo que me había pasado no pudiera volver a ocurrir jamás…
Las escaleras desembocaban en un pasillo de hormigón. De una habitación distante se filtraban luz amarilla y sombras parpadeantes. Un rugido de excitación se mezclaba con golpes apagados y el crujido de huesos.
Di otro paso y olí hierro y sangre. Otro paso, y me llegaron bocanadas de humo dulzón y polvo. Se me abrieron los ojos de par en par.
No había olido aquel hedor en más de una década.
Pasamos junto a una sala llena de hombres y mujeres escuálidos que esnifaban polvo brillante. Polvo de hadas. Igual que el que tomaban mis padres. Los restos triturados de hadas diminutas.
Un hombre me miró con ojos hundidos e inyectados en sangre antes de esnifar otro puñado de aquella sustancia. No le importó que una diminuta ala se le metiera por la nariz con el polvo.
Tropecé, caí contra una pared y me sostuve en ella para no desplomarme. Me temblaban las rodillas.
Olía sangre. La veía derramada por el suelo. Mezclándose con el licor en el aire. Cristales rotos. Y una farola parpadeante.
Crujidos. Huesos rotos. Gritos. Voces airadas. Juramentos.
No podía seguir. ¡Grietas! Aquello había sido un error.
—No podrás luchar contra la oscuridad, purificador, si no eres capaz de afrontarla —escupió Lilian, con el rostro a apenas unos centímetros del mío.
Lo empujé hacia atrás y apreté los dientes.
—Sigue adelante —dije, resuelta. Pero, cuando no miraba, dejé caer mis defensas. Me agarré la cara y la apreté.
Me volvía demasiado de hacía demasiado tiempo. Toda la suciedad. Toda la inmundicia.
Necesitaba limpiar. Limpiarlo todo.
Pero no lo hice. Seguí a aquel hombre siniestro, hacia el ruido y los gritos.
Lilian se detuvo, y yo me detuve a su lado. Me quedé paralizada al ver lo que había allí y dejé que el horror entremezclado de todo aquello me invadiera.
Un foso.
Era un foso. Estaba bajo tierra, en una sala con forma de cúpula.
Focos dorados rodeaban el foso e iluminaban la estancia con un resplandor cálido.
Sus bordes estaban flanqueados por sillas, bancos y espacio para estar de pie, ocupados por un público bullicioso de hombres sucios.
Y, en el centro de todo, estaba el foso.
Un ruedo de tierra manchada de sangre vieja, rodeado por un muro.
Y, en aquel foso, un enorme orco, con cicatrices de latigazos cruzándole la espalda, molía a golpes a un hombre león mientras una multitud lo vitoreaba.
Miré horrorizada, incapaz de comprender qué estaba ocurriendo, abrumada a la vez por la suciedad y el ruido. Detrás del hombre león yacían rotos y mutilados un goblin, varios kobolds y un elfo. Su sangre fresca, negra y roja, se mezclaba con la arena manchada.
—¿Lo entiendes ahora? —preguntó Lilian, como si fuera evidente.
Me estremecí cuando el puño del orco se estrelló una vez más contra el rostro del hombre león y le destrozó la mandíbula. Dudaba que ni siquiera yo pudiera salvarlo ya.
—Yo… —tartamudeé—. No lo entiendo.
Lilian suspiró.
—Claro que no. Porque el mundo está ordenado para ti.
Está hecho de cositas bonitas y valores mezquinos.
Pero todo es engaño. Esto… esto es el verdadero rostro de la humanidad.
Depravado. Caótico. Violento. Lo único que impide que estos caballeros se degüellen unos a otros es que ahora tienen a seres de otras especies para que actúen como sustitutos de su salvajismo.
—¿Cómo…? —Tragué saliva y aparté la vista de la escena del foso—. ¿Cómo me ayuda esto? ¿Cómo se supone que esto va a ayudarme a comprender a los demonios?
—¿Sabes de dónde vienen los demonios? —preguntó Lilian, hablando de algún modo con suavidad y claridad por encima de los crujidos y los aplausos enloquecidos.
—De los muchos Infiernos —respondí, como si fuera evidente—. Raz’ed, Tartarus, Uhlanga. Muchos reinos.
—¿Pero qué hay de antes? —replicó Lilian, con el tono de un profesor que reprende a una alumna—. ¿De dónde vienen los demonios antes de caminar por el reino mortal?