Poder Puro (Serie Kat Drummond 19, Cindy Giles 1) 14. LICENCIA
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14. LICENCIA

LICENCIA

Los cazadores de monstruos eran, en esencia, animales nocturnos.

Durante los últimos meses, mi horario diario había consistido en levantarme cada vez más tarde, hasta el punto de estar lista para desayunar a las cuatro de la tarde y quedar para tomar un café a las cinco. La cacería empezaba a las seis.

Por supuesto, también había ataques de monstruos durante el día.

Pero solían ser del tipo que podía manejar un autónomo o un grupo pequeño.

Conrad tenía en mente ganancias mayores y nos reservaba para las cacerías nocturnas.

Por eso cobraba tarifas nocturnas. Pero también solía significar una cacería más difícil. Lo que suponía una paga más alta.

Estaba acostumbrada a los horarios raros. Ser sanadora de traumas me había preparado para eso. Y, tras unas cuantas cacerías, empecé a acostumbrarme cada vez más a los monstruos.

Gran parte de mi trabajo era igual que en el hospital. Pero mis nuevos amigos, Brick sobre todo, eran mucho más resistentes que mis pacientes habituales. La mayoría de las veces, los curaba mientras seguían acuchillando al enemigo.

Cuando no los estaba curando, me encontraba en pleno meollo.

Había aprendido a disparar sobre la marcha después de que un murciélago vampiro gigante dejara fuera de combate a Alex y yo tuviera que cubrirlo.

Desde entonces, iba recogiendo armas de repuesto donde podía.

Y, tenía que admitirlo, era bastante divertido.

Sin embargo, durante todo ese tiempo no había sido una cazadora de monstruos oficial.

Cazaba bajo el amparo de la tutela de Conrad.

Una becaria, básicamente. Parecía que mi vida no era más que una sucesión de prácticas de un sitio a otro.

Pero ahora iba a convertirme en una cazadora de monstruos oficial, con licencia.

No pude evitar sonreír de oreja a oreja al entrar en el Sepulturero a las cuatro de la madrugada.

La puerta principal estaba abierta. Solo estaban el dueño y una de las camareras, limpiando tras una larga noche.

Los saludé con la mano. Me sonrieron y me devolvieron el saludo mientras me dirigía al despacho de Conrad.

Me detuve ante su puerta, con su cartel escrito a mano, y levanté la mano para llamar. Era la única integrante del equipo que llamaba antes de entrar.

Sonreí con picardía y, en lugar de llamar, fui a abrir la puerta.

—Pase, señorita Giles —anunció Conrad antes de que pudiera abrirla.

Decepcionada, entré.

Conrad estaba sentado tras su escritorio.

Desde que había empezado a trabajar para él, sus montones de papeles habían menguado, crecido y sido sustituidos por otros aún mayores.

Desde entonces había aprendido que la industria de la caza de monstruos no era tan anárquica ni tan amante de la gloria como parecía desde fuera.

Había muchas normas. Muchas regulaciones. Y muchos formularios.

Conrad no tenía archivadores y tenía que lidiar a la vista de todos con aquella pesadilla burocrática y litigiosa.

—Deberías invertir en unos archivadores —comenté mientras cerraba la puerta a mi espalda.

—Eso sería dejar que el papeleo ganase. —Sonrió levemente, ahuecando las manos sobre el escritorio. Había despejado una pequeña zona para hacerles sitio.

Alcé una ceja ante aquello mientras me indicaba que me sentara.

Tomó una hoja de encima del montón de la izquierda de su escritorio. Mi documentación para la licencia. La había rellenado la noche en que me uní al equipo. Le había adjuntado un fajo de otros papeles.

Fui pasando las páginas. Calificaciones. Puntuaciones. Comentarios. Anotaciones.

Todo culminaba en un sello y una firma en la última página.

—El Departamento del Consejo-Regulador de Licencias reconoce por la presente a Cindy Giles como cazadora de monstruos certificada, responsable y profesional conforme a la Ley de Eliminación de Monstruos por Contrato de 1996 y la Ley de Cazadores de Monstruos de 1997.

Lo había firmado algún funcionario cualquiera del DROL, y Conrad Khoi como mi agente con licencia.

Noté que se me humedecían los ojos y que mi chispa resplandecía con fuerza. Instintivamente, me sequé una lágrima. Conrad fingió no darse cuenta, pero por su leve sonrisa supe que sí lo había hecho.

—Eres buena, Giles. Muy buena. Sé que al principio tenía mis reservas, pero me demostraste que me equivocaba. Eres una integrante valiosa del equipo. Todos te han dado una evaluación excelente. Incluso Lilian.

Bueno, quizá Lilian no fuera tan malo después de todo.

—Me equivoqué, chica. Lo admito. Creía que tu chispa se empañaría con este trabajo, pero estás hecha de una pasta más dura de lo que pensaba.

—Estaba rodeada de muerte en el hospital —respondí, sin dejar de mirar los formularios ya cumplimentados. Mi licencia. ¡No podía creérmelo!

Conrad asintió comprensivo.

—Aun así, a los purificadores no suele irles demasiado bien en este oficio. Tu chispa requiere pureza de espíritu. No es fácil conservarla cuando estás cubierta de vísceras de monstruo la mitad del tiempo.

—Me acostumbré —mentí.

—En realidad nunca te acostumbras. Ni a eso ni a nada. Si lo hiciéramos, probablemente seríamos tan malos como los monstruos a los que cazamos.

Lo dijo sin énfasis, pero Conrad parecía mirar más allá de mí. A algo lejano que había sucedido hacía mucho tiempo. Me di cuenta de que no sabía gran cosa sobre aquel hombre. De dónde venía. Ni siquiera cuántos años tenía.

—¿Cómo empezaste? —pregunté.

Pareció sorprendido por la pregunta. Como si la gente no soliera preguntarle por esa clase de cosas.

—Vi un hueco en el mercado —dijo, como si estuviera recitando de memoria el discurso de un vendedor—. Y lo aproveché. Muchos cazadores de monstruos no quieren lidiar con esta palabrería legal ni con clientes quejicas. Yo lo hago por ellos.

—No me refiero a eso. Sé que cazabas monstruos antes de convertirte en agente.

Conrad frunció el ceño.

—Eso fue hace mucho tiempo. ¿Te lo contó Tom?

—No mucho.

Conrad suspiró y se recostó en la silla.

—Lo descubrirás tarde o temprano. Sí, antes cazaba monstruos. En Goldfield. De allí soy. Y te digo una cosa: Hope City está muchísimo mejor.

—¿La echas de menos alguna vez? —pregunté. Después de todo, había sido su hogar. Y, pese a toda la emoción de los últimos meses, yo seguía echando de menos mi pequeña habitación de residencia y el hospital Heiligslicht.

¡La nostalgia era una droga de cuidado!

Negó con la cabeza.

—Goldfield no es el tipo de lugar en el que un hombre como yo pueda prosperar. Es asfixiante. Controlador. Hope City, pese al papeleo, ofrece mucho más margen para crecer.

—Pero ¿por qué dejaste de cazar monstruos? ¡Hope City parece el lugar ideal para hacerlo!

De nuevo fue algo sutil, pero Conrad pareció entristecerse. Solo un poco.

—Cacé demonios. Literal y figuradamente. Los segundos acabaron alcanzándome.

¿Demonios?

No pude evitar que se me notara la emoción. Levanté la vista, con los ojos brillantes.

—¿Fuiste cazador de demonios?

Asintió de mala gana. ¡Había sido como Herschel! No solo un cazador de monstruos de bestias corrientes. Era un guerrero que comprendía lo demoníaco y lo infernal, y lo desterraba de nuestro mundo.

—Ahora que tengo licencia —dije—, quiero empezar a aprender sobre los demonios. Para matarlos. Estoy buscando un maestro.

Conrad alzò una ceja ante aquello.

—Eso parece algo que deberían haberte enseñado en la Academia.

Negué con la cabeza.

—Solo a quienes están en la rama de purificador de combate.

—Te he visto en acción. ¿No te pusieron en esa rama?

Negué con la cabeza.

—Por la misma razón por la que tú no querías contratarme. Que eso empañaría mi chispa. Que sería un desperdicio matando monstruos cuando podría estar curando a la gente.

—Curar es una ocupación noble, Cindy. La más noble de todas.

—Eso me han dicho. Pero no puedes salvar a todo el mundo.

—Respiré hondo—. Por eso quería convertirme en cazadora de monstruos.

Para matar a los monstruos antes de que pudieran llegar a sus víctimas.

He perdido... a demasiados pacientes como para conformarme con unas veces ganar y otras perder. ¡No quiero perder a nadie!

Me di cuenta de que al final había elevado la voz. Que me había dejado llevar por la pasión. Más pasión de la que estaba acostumbrada a mostrar ante los demás. No aquella serenidad tranquila que solía mostrar a la gente.

Conrad me observó unos instantes antes de que sus ojos se entristecieran.

—Perdiste a alguien.

Asentí.

—A manos de un demonio.

Asintió despacio. Lo sabía. Probablemente lo había sabido desde el principio.

Por lo que había aprendido de Conrad, parecía saber un poco de todo.

Seguramente había conseguido mis expedientes de Heiligslicht.

Probablemente incluso sabía cosas sobre mi infancia. ¡Grietas! Era un pensamiento aterrador.

—Este oficio es para oportunistas y asesinos —dijo—. Los de buen corazón no duran, Cindy. No mucho.

—Tengo que durar. Porque, si no yo, ¿quién?

—Los purificadores de combate, otros cazadores de monstruos. Siempre habrá alguien que se alce para luchar contra la oscuridad. No tienes por qué ser tú.

Lo miré con furia, con fuego en los ojos. Sonaba como Stephanie, como Herschel. Como todos los demás.

—Tengo que hacer esto, jefe. Tengo que cazar demonios. Y para hacerlo, necesito entenderlos.

—Los demonios están por encima de nuestro nivel salarial —dijo, adoptando una vez más aquella fachada de hombre de negocios—. Eres un activo para el equipo, pero olvídate de cazar demonios. Los espíritus oscuros son lo más oscuro a lo que llegaremos, si puedo evitarlo.

—Me apunté para cazar demonios.

Desestimó mi comentario con un gesto de la mano.

—Lo siento. Pero dejé eso atrás, en Goldfield. Cazar demonios no es como cazar monstruos. Se lleva una parte de ti. Y no estoy dispuesto a hacerte pasar por eso... a hacer pasar al equipo por eso.

—Es mi elección —espeté—. Y si no puedes enseñarme lo que necesito, quizá debería preguntarle a Lilian.

—¡No! —soltó de golpe, levantándose de repente y tirando la silla.

Entonces se dio cuenta de su arrebato, se alisó la americana de raya diplomática y volvió a sentarse.

—Sé que duele. ¡Titán! Créeme, lo sé. Pero de la venganza no sale nada bueno. Especialmente contra demonios. Luchar contra ellos... no merece la pena. Olvídalo. Hacemos un buen trabajo luchando contra las otras bestias del Cataclismo.

Me tendió una tarjeta plastificada. Mi licencia.

—Ahora eres una cazadora de monstruos, Cindy Giles. Eso significa algo.

Se giró en la silla, indicándome que me fuera.

Sentí que se encendía en mi vientre un calor ácido. Una rabia que la parte más lógica de mi mente sabía injustificada.

Me marché hecha una furia, casi dando un portazo antes de que mi chispa me impulsara a cerrarla despacio.

Pero, sin ojos indiscretos, golpeé la pared con el puño y apreté los dientes.

Había hecho todo esto para cazar demonios. Para vengar a Herschel. Y ahora era como si volviera a estar al principio.

Heiligslicht no me había dejado vengar a Herschel. Y ahora Conrad tampoco.

¿Cómo podía salvar a nadie si no dejaban de decirme que no podía? Demasiado frágil. Demasiado importante. Demasiado pura.

¿Cuándo me dejaría la gente tomar mis propias decisiones?

—Es duro que te nieguen aquello que sabes que es correcto —dijo Lilian a mi espalda. Oí el correteo de sus ratas mientras se arrastraban bajo su eterna americana de tweed. Otra rata, una recién llegada, estaba encaramada sobre su sombrero y me observaba con sus ojillos negros y brillantes.

No di un respingo, aunque no lo había oído llegar.

—¿Qué sabes tú? —pregunté, secándome las lágrimas de rabia.

—Sé que el mundo nos niega lo que necesitamos y merecemos. Y sé que también nos da las herramientas que necesitamos para triunfar.

No respondí; me limité a mirarlo. Furiosa, pero curiosa.

—Puedo enseñarte sobre la oscuridad y los demonios, Cindy Giles. Solo debes aceptar que tu visión del mundo podría estar equivocada. Que hay más en la vida que la luz. Que, para mirar al abismo, debes aceptar que él también te devolverá la mirada.

Mi chispa se rebeló ante sus palabras. Mi formación como purificadora detestaba todo lo que él representaba.

Pero no pude evitar recordar la sensación de la mano de Herschel sobre mi mejilla y recordar lo que me lo arrebató.

Para vengarlo...

Haría cualquier cosa.

Lilian me tendió la mano y yo la acepté.