Poder Puro (Serie Kat Drummond 19, Cindy Giles 1) 12. CENTRO COMERCIAL #2
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12. CENTRO COMERCIAL #2

Entramos en la tienda de ropa Cottonworths, cruzando el umbral. Los detectores de la entrada parpadeaban; su alarma hacía mucho que había enmudecido. Había ropa abandonada sin pagar en el vano de la puerta. Hasta los ladrones habían estado demasiado aterrorizados como para escapar con el botín.

—Manteneos juntos —ordenó Tom, aun cuando Lilian se alejaba entre las hileras e hileras de ropa. Nadie le gritó que volviera.

—¿Alguna idea de qué puede ser esa cosa? —preguntó Tom.

Negué con la cabeza. —Aún no.

Y no estaba segura de que lo supiera siquiera cuando la viera.

Nos mantuvimos juntos, avanzando casi espalda contra espalda por la sección central de la tienda. Oía respiraciones pesadas procedentes de al menos dos miembros del grupo. Y estaba bastante segura de ser una de ellas.

Las luces se fueron atenuando progresivamente a medida que nos internábamos más y más en la tienda.

—¡Lilian! —gritó Conrad—. No hagas el idiota. ¡Ponte en formación!

No hubo respuesta.

—No entiendo por qué sois todos tan gallinas —comentó Brick—. ¿Os dan miedo unas bombillas parpadeantes?

—No tienes ni idea de la mitad, Bricky —respondió DJ Gibbs, visiblemente tembloroso mientras se aferraba al radiocasete en busca de consuelo.

Por la expresión perpleja de Brick, ni siquiera estaba segura de que supiera algo de aquello.

Conrad chasqueó la lengua. —Contrato a ese maldito mago para rastrear magia oscura y desaparece para irse a probar camisas. ¡Grietas! Cada día está más raro.

Dudaba que Lilian estuviera haciendo eso. En aquella tienda no había tweed.

Di unos cuantos pasos más y sentí que algo crujía bajo mi pie. Me agaché. Conrad me observaba, mientras Brick seguía quejándose de que no estuviéramos corriendo de un lado a otro haciendo ruido para obligar al monstruo a salir.

—¿Qué es? —preguntó Conrad.

Cristal roto. Aparté las visiones. Pero el cristal roto seguía allí. Un marco de fotos que había aplastado bajo el pie.

—¿Una foto? —preguntó Tom, mirando por encima de mi hombro.

Bajo el cristal agrietado había una foto antigua. Más antigua que el Cataclismo. En blanco y negro, desvaída. Mostraba a un hombre, una mujer y dos niñas pequeñas con vestidos de volantes. Posaban para lo que debía de ser un día señalado. Sin embargo, nadie parecía contento.

Y a todos y cada uno les habían tachado los ojos con tinta negra.

Conrad frunció el ceño. —¿Estás pensando lo mismo que yo?

Asentí. —A menos que alguien quisiera llevar encima una foto profanada de sus bisabuelos, creo que esto solo puede ser una cosa.

Conrad asintió. Brick nos miraba como si estuviéramos locos.

—¿Una cosa? ¿Qué es?

—Un vínculo —dije, orgullosa de estar siendo útil por fin. Al menos mis breves clases obligatorias de exorcismo estaban sirviendo de algo.

—¿Una pluma?

Negué con la cabeza. —Un vínculo. Un objeto físico que atrae a un espíritu desde su lugar de reposo en el Entremedio y lo atrae a nuestro reino.

—¿Qué hace aquí? —preguntó Alex—. Entendería una casa antigua. ¿Pero un centro comercial?

—Puede que alguien simplemente conservara una foto de sus parientes mayores —sugirió Tom.

—¿Con los ojos tachados? —Arqueé una ceja hacia él.

—¿Quizá no les gustaban sus parientes? —sugirió con timidez.

—Entonces, ¿el vínculo mantiene aquí al espíritu? —preguntó Brick, mirando el marco mientras se frotaba la barbilla.

—No exactamente... —empecé, justo cuando Brick me arrancó la foto de la mano y la arrojó al suelo.

—¡Pues acabemos con esto! —gritó, alzando el martillo sobre su cabeza y descargándolo contra el marco.

—¡No! —gritamos Conrad y yo al unísono. Demasiado tarde.

Crujido. Crujido. Y crujido.

El cristal hizo jirones la foto, y el marco quedó reducido a astillas bajo el poderoso martillo de Brick.

Al final se detuvo y nos sonrió.

—Entonces, ¿unas copas?

Conrad se pellizcó el puente de la nariz. —Eres idiota de cojones.

—¿Qué? —preguntó Brick, con aspecto de perro regañado—. He destruido el vínculo.

—¡Y con él cualquier posibilidad de preparar un ritual para exorcizar al espíritu! —espetó Conrad.

Un aullido desgarrador acalló cualquier réplica que Brick pudiera haber tenido. Todos nos volvimos hacia el origen del sonido, mientras la ropa salía despedida a un lado. Una pila de vaqueros explotó cuando Lilian la atravesó corriendo a una velocidad impropia de un hombre vestido de tweed.

—¡Lo he encontrado! —gritó, sin detenerse mientras salía disparado de la tienda.

Un chillido me atravesó los tímpanos, e incluso Brick soltó el martillo mientras se sujetaba la cabeza, dolorido.

Intenté rebullir en mi memoria en busca de información sobre espíritus oscuros. Pero no podía concentrarme. La oscuridad se cerraba sobre nosotros. Cada vez más.

Tom fue el primero en recuperarse. Desenvainó el hacha y la prendió en llamas. Se encaró hacia la dirección de los gritos y los lamentos, y aguardó.

Alguien me apretó el hombro. Conrad. Me dedicó una sonrisa tranquilizadora, aunque le veía la humedad acumulándose en la frente.

—Contamos contigo —susurró, justo cuando toda clase de camisas, vestidos y tejidos quedaban hechos trizas, lloviendo sobre nosotros hilos y retales.

Y a través de la explosión de ropa, lo vi.

Un cráneo ennegrecido, envuelto en humo oscuro y palpitante, surgió entre las prendas destrozadas y se precipitó hacia nosotros.

Cráneo. Cráneo. Cráneo.

Una garra llena de espadas se lanzó hacia mí. Tom envió una ráfaga de aire caliente en mi dirección, apartándome del espíritu por un pelo.

—¡DJ! —le gritó Conrad a Gibbs, que permanecía inmóvil.

Despertó de su ensimismamiento y dejó el radiocasete en el suelo. Lo encendió.

—¿A quién vas a llamar? —tronó por toda la tienda.

—¡A los Cazafantasmas! —gritó Brick al unísono con la música, mientras barría con el martillo la nube retorcida y semicorpórea del espíritu. El martillo la atravesó sin más.

Brick miró el martillo como si estuviera averiado. Justo cuando el espíritu se volvió hacia él, con el cráneo desplazándose dentro de la nube oscura que parecía componer su cuerpo amorfo.

La boca del cráneo se abrió de golpe, revelando una luz azulada. Cada vez más brillante.

Algo encajó en mi mente.

—¡Brick, agáchate!

—¿Qué...?

Conrad se lanzó sobre él, apartándolo de algún modo del peligro justo cuando un haz de energía espectral brotaba de la boca del espíritu.

—¡Todos, tenemos que encontrar plata! —ordené—. ¡Y tenemos que salir de aquí!

Alex ayudó a Conrad y a Brick a levantarse mientras DJ Gibbs recogía el radiocasete. El espíritu lanzó un lamento amenazador y nos persiguió, elevándose por el aire mientras corríamos hacia el centro comercial.

—¿Qué es? —preguntó Tom, con llamas ondeando tras él.

—Es un espectro —respondí. Máscara semejante a un cráneo, cuerpo amorfo y garras afiladas como cuchillas. Pero lo que me lo había recordado era su rayo de luz espectral.

—¿No podemos, ya sabes, razonar con el fantasma? —preguntó DJ Gibbs—. Mi madre tiene un fantasma en casa que no molesta a nadie.

—Los espectros son espíritus de ira y venganza —grité por encima de la cacofonía de los tejidos desgarrándose—. Sin el vínculo, no podemos calmarlo.

Brick apartó la mirada, culpable.

—¿Qué hacemos? —preguntó Conrad mientras resbalábamos sobre las baldosas y doblábamos la esquina.

—¡Plata! La plata podrá tocarlo.

Conrad maldijo entre dientes. —¡Me he olvidado de la maldita plata!

—¿Contra espíritus oscuros? —pregunté, y después negué con la cabeza. No había tiempo para buscar culpables.

—¡Ahí! —dijo Alex, deteniéndose junto a una tienda de cubertería. ¡Grietas! Eso sí que era suerte.

—¡Se está acercando, colegas! —anunció DJ Gibbs, con la música aún atronando desde su radiocasete.

—¡Brick! —ordenó Tom, señalando el cristal del escaparate.

—¡Eso no...! —Conrad no pudo terminar la frase antes de que Brick estrellara el martillo contra el cristal. Saltó una alarma, pero estaba bastante segura de que seguridad no iba a irrumpir allí en tromba.

Nos colamos a toda prisa por el boquete del cristal. Hice una mueca al sentir cómo me rasgaba el brazo, pero no malgasté chispa en curármelo.

—¡Brick, coge! —dijo Alex, lanzándole una bandeja de plata.

Brick la atrapó. —¿Y qué coño se supone que hago con esto?

Alex sonrió. —Siempre dijiste que querías platear tu martillo.

Brick pareció confuso, y después se le iluminaron los ojos.

—¡Chico llamas, ven aquí! —ordenó Brick, mientras Tom se agachaba bajo la bandeja de plata, sostenida sobre el mazo.

Chasqueó los dedos y creó una chispa que se transformó en llama.

Frunció el ceño de tal modo que no pude evitar quedarme mirándolo, mientras canalizaba más y más chispa hacia las llamas, hasta volverlas blancas de puro calor.