12. CENTRO COMERCIAL
CENTRO COMERCIAL
Las luces azules de la policía y el resplandor amarillo de los faros de los coches reverberaban sobre la cinta reflectante dorada extendida ante cada entrada del centro comercial Cavendish.
Amuletos de plata y trozos de papel con protecciones contra espíritus malignos estaban pegados a las paredes que rodeaban las numerosas entradas del centro comercial.
Un kit contra espíritus oscuros. Habíamos tenido uno en el hospital.
Pero también contábamos con purificadores de combate en plantilla, así que era más una formalidad que otra cosa.
Tom detuvo el coche junto a varios vehículos policiales con las luces intermitentes. Bajé, y DJ Gibbs y Brick salieron atropelladamente de la parte de atrás. DJ Gibbs trasteaba con su radiocasete, mientras Brick se echaba el martillo al hombro.
Conrad llegó poco después, conduciendo un Golf abollado parecido al de Tom. Parecía ser el vehículo de empresa predilecto.
Como grupo, avanzamos por un callejón pavimentado entre los dos edificios que componían el centro comercial Cavendish. Había puestos abandonados a toda prisa a lo largo del callejón. Los comerciantes debían de haberse llevado un buen susto para dejar sus mercancías tiradas por todas partes.
Policías y guardias de seguridad, armados con pistolas y escopetas, se detuvieron a mirar mientras nuestra abigarrada cuadrilla avanzaba hacia la entrada con aire resuelto, con Conrad al frente.
—¡Eh, garrapatas! —les gritó Brick a los policías—. ¿Os da miedo un fantasmita?
DJ Gibbs sonrió. —¡Eso! Nosotros no tenemos miedo de los fantasmas. ¡Pero vosotros sí!
Los policías ignoraron las pullas. Vi a Tom poner los ojos en blanco mientras se inclinaba para susurrarme:
—¿Seguro que estás preparada para esto?
—¡Claro que estoy preparada! —espeté, desconcertada. ¿Quién se creía que era?
Alguien que nunca había luchado contra un monstruo. Lo cual era cierto.
Apreté los puños mientras Tom me dirigía una mirada preocupada y se volvía hacia la verja metálica bajada. Junto a la entrada había un guardia de seguridad, pálido como el fantasma al que íbamos a dar caza.
—Somos los exterminadores —anunció Conrad, enseñando una hoja de papel. Solo una de sus resmas y resmas de papeleo. Seguro que en aquella zona de guerra documental de la oficina tenía enterrados una cura para lo necromal y un método para garantizar la paz mundial.
El guardia de seguridad ni siquiera miró el papel. Estaba claro que solo quería cumplir con su trabajo y largarse de allí.
Con manos temblorosas, sacó un manojo de llaves del bolsillo y se agachó para abrir una serie de candados a ras de suelo. Cuando los hubo abierto todos, Brick agarró el asa de la verja metálica y la levantó de un solo y brusco tirón.
El guardia dio un salto hacia atrás cuando el estrépito del metal dejó tras de sí un eco ominoso que pareció prolongarse eternamente. La cinta y las protecciones cayeron al suelo. Alex recogió una hoja de papel y la frotó con el pulgar. Me la tendió.
—¿De verdad funcionan estas cosas?
No conocía aquella forma de escritura de purificación. Pero ya habíamos aprendido cosas sobre esas protecciones.
—Deberían funcionar —respondí, aunque en realidad no lo sabía con certeza. ¡Grietas! Esto me venía grande.
Lilian dio un paso más allá de la verja. Policías y guardias lo observaban con una mezcla de intensa curiosidad e inquietud.
Extendió los brazos a ambos lados y olfateó el aire. Asintió.
—Abajo. Por aquí.
A nadie más de la cuadrilla le pareció especialmente extraña aquella conducta. Conrad entró y los demás lo seguimos.
De inmediato me golpeó una sensación de desasosiego penetrante. No era solo que aquel centro comercial, que debería estar rebosante de gente, estuviera vacío. Había algo siniestro en marcha. Algo sobrenatural.
Una imagen cruzó fugazmente mi mente. Una farola parpadeante. Una habitación oscura. Y el olor creciente a goma quemada.
—¿Cindy? —preguntó Conrad.
Me di cuenta de que el resto de la cuadrilla se había adelantado y bajaba por unas escaleras mecánicas hacia la planta subterránea. Todos menos Conrad.
—¿Sí? —pregunté, fingiendo que todo iba bien.
Frunció el ceño. Un destello de preocupación sincera. Pero enseguida desapareció tras una expresión severa.
—Te necesito despejada, Giles. No suelo aceptar esta clase de trabajos. No somos exorcistas. Ya has visto a esta cuadrilla. Pueden convertir a un trol en pulpa, pero que el Titán no quiera que tengan que usar la cabeza.
—Me encargaré yo —respondí—. ¿Sabes exactamente qué es lo que vamos a buscar?
En la Academia habíamos aprendido la distinción entre los espíritus oscuros. Todos eran bastante diferentes y, aunque nunca había luchado contra uno, aún sabía un par de cosas sobre nuestros visitantes no tan amistosos del Entremedio.
Bajamos juntos por las escaleras mecánicas mientras la cuadrilla esperaba al pie. Brick miraba a través del escaparate de una tienda de antigüedades, mientras DJ Gibbs seguía manipulando su radiocasete. Las llamas de la capa de Tom lamían el aire. Hambrientas. No veía a Lilian.
Conrad negó con la cabeza ante mi pregunta. —Lo único que sabemos es que están los signos habituales de una aparición reciente. Aire empalagoso, frío intenso, lineas wey oscureciéndose. Todo el tinglado. Tengo la sensibilidad mágica de un nabo e incluso yo puedo notarlo.
Intenté ignorar la oscuridad que nos rodeaba. No literal, entiéndeme. Por suerte, los pasillos de aquel centro comercial estaban bien iluminados. No podía imaginarme en las catacumbas de un centro comercial con un espíritu oscuro suelto.
—Eso suena a incompetencia. ¿Cómo se supone que vamos a luchar contra algo si no sabemos qué es? —protesté.
—Acostúmbrate, cría —respondió Conrad—. Los civiles no distinguen un kobold de un dragón ni de coña la mitad de las veces.
Lilian reapareció al doblar junto a un restaurante con las sillas volcadas y los platos fríos.
—Por aquí. El aire está espeso. La corrupción es más intensa al final del pasillo.
Volvió a desaparecer. Tom chasqueó la lengua, irritado.
—¿Por qué, por Odín, seguimos teniéndolo con nosotros?
Conrad le dio una palmada en la espalda. —Porque nadie sabe rastrear el origen de unas lineas wey oscuras como alguien que está borracho de ellas.
Tom apretó los dientes. —Que esté borracho de ellas debería ser razón suficiente para no tenerlo cerca.
Conrad se encogió de hombros. —Es un perturbado, pero no ha hecho daño a nadie. Su interés es puramente académico.
Tom bufó. —Por ahora.
Seguimos a Lilian. Lo vi más adelante, siguiendo a dos ratas mientras correteaban por el pasillo. Estaban bien adiestradas. Había comida y comestibles abandonados por todas partes. La gente se había marchado con prisa. Sin embargo, las ratas no se desviaban de su ruta.
No pude evitar sentir repulsión ante aquel desorden. Si un espíritu oscuro no estaba oscureciendo aquellas lineas wey, ¡desde luego el desorden sí!
Entonces, las luces se apagaron.
Oí un chillido, pasos arrastrados y un crujido seco. Tom chasqueó los dedos y su abrigo se iluminó como una hoguera, alumbrando el pasillo.
—¡Cuidado! —siseó Conrad—. Estás dejando marcas de quemaduras en el techo.
—¿Desde cuándo te preocupan los daños colaterales?
—Desde que el Consejo averiguó mi dirección para mandarme las multas.
Tom no dejó que sus llamas menguaran hasta que las luces volvieron a parpadear y se encendieron.
DJ Gibbs nos miró con expresión avergonzada mientras Brick lo llevaba en brazos.
Brick lo dejó caer sin miramientos sobre el suelo de baldosas y volvió a recoger el martillo.
Se había formado una telaraña de grietas donde lo había dejado caer.
Todos miramos a Conrad, esperando una reprimenda. Él solo parecía derrotado.
—¡Estamos más cerca! —gritó Lilian desde delante. ¡Sonaba emocionado!
Alex se remangó, revelando las sinuosas runas escarificadas que le cruzaban los bíceps. Murmuró unas palabras de conjuro que se me borraron de la mente en cuanto las oí. Nunca había escuchado aquella lengua.
Las cicatrices brillaron de un verde intenso, cubriéndole los brazos como enredaderas.
Se dio cuenta de que lo estaba mirando.
—Un antiguo conjuro familiar, transmitido a través de la carne. Me presta el poder de quienes me precedieron.
—¿Cómo permanece el conjuro en tu piel? —pregunté. Normalmente, cuando la magia se pronunciaba en voz alta al leerla, las palabras de conjuro ardían, junto con cualquier soporte sobre el que estuvieran escritas.
—El papel arde, pero la carne es para siempre —respondió Alex, guiñándome un ojo con aire conspirador.
Las luces volvieron a parpadear, pero con el abrigo de Tom y el resplandor de los brazos de Alex, la oscuridad momentánea no resultaba tan opresiva.
Lilian se detuvo ante una gran tienda de ropa, con su figura cubierta de tweed recortada contra las luces parpadeantes del interior.
No necesitaba que nos anunciara que habíamos llegado al lugar correcto. El aire era tan espeso como sopa congelada, y habría jurado oír voces que no existían. Me llevé una mano a la frente mientras unos dolores agudos me atenazaban la mente.
Mi chispa palpitaba. No le gustaba aquello. No le gustaba nada.
Brick nos miró a todos. Alex tenía desenvainados sus machetes, DJ Gibbs se había quedado terriblemente callado y abrazaba su radiocasete como si fuera un osito de peluche, e incluso Tom y Conrad fruncían el ceño, reacios a entrar en aquel oscuro dominio comercial.
Solo Lilian sonreía.
—¿Qué es? —preguntó Brick, confundido—. Solo es un Cottonworths. ¡No hay ni un bichejo a la vista!
Parecía que Brick tenía la sensibilidad mágica de, bueno, un ladrillo. No pude evitar sentir un poco de envidia, mientras el mundo parecía cerrarse cada vez más a nuestro alrededor.
Conrad se aclaró la garganta.
—Bueno, entremos, averigüemos qué es esa cosa y acabemos con ella.
Tom asintió, indicándonos a los demás que siguiéramos adelante. Aunque Conrad era el jefe, parecía que Tom era el capitán. Sospechaba que todos salvo Lilian obedecerían antes a Tom que a Conrad. Cualquier día.