Poder Puro (Serie Kat Drummond 19, Cindy Giles 1) 9. CAMARADAS #2
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9. CAMARADAS #2

Brick escupió la cerveza sobre Alex, que ya estaba mojado y disgustado, mientras se echaba a reír.

No pude evitar sonreír con una emoción infantil.

Tom llamó a una camarera. Había llegado parte del personal, así que el pobre barman ya no estaba solo sirviendo a aquella pandilla alborotadora.

—Cerveza para la mesa. Lo que haya de barril y lo que sea barato.

—¿Lo de siempre entonces, guapo?

Tom guiñó un ojo.

—Ya me conoces.

Mientras esperábamos las bebidas, examiné el cuello y el hombro de Brick. Tenía la piel al descubierto, pues no podía reparar ropa con mi magia. Y aquel número quedaba bien visible.

—¿Qué significa el tatuaje? —pregunté, por sacar conversación—. 62 – 2.

La sonrisa permanente de Brick se desvaneció y murmuró algo que no pude oír ni entender.

—No le gusta hablar de ello —susurró DJ Gibbs—. Mejor no preguntes. ¿Me sigues?

Llegaron nuestras bebidas, librándome de la incomodidad. La camarera me dio un vaso de cerveza dorada e intensa, coronada por espuma. No pude evitar fijarme en las marcas de dedos del vaso. Y en una microscópica pizca de suciedad en el borde.

Sentí que la bilis me subía por la garganta. Pero la contuve.

Tenía que ser como ellos. No podía ir desinfectándolo todo y tirando buenas pintas de cerveza.

Así que me armé de valor y di un trago, reprimiendo las ganas de vomitar.

—¡Eh! Este vaso está asqueroso, colega —gritó DJ Gibbs—. Tráeme otro, ¿quieres?

—Cuando pagues tu cuenta, podrás tener todos los vasos limpios que quieras, colega —replicó la camarera.

Brick rio, recuperando su actitud anterior, y le dio una palmada a DJ Gibbs en la espalda.

Y entonces un hedor llegó hasta el reservado. Y vi, por cómo Alex dejaba de machacar raíces y Tom se tensaba, que no era solo yo y mi fobia a los gérmenes quienes lo olíamos.

—Ya está aquí —susurró Alex. Con funestos presagios. Como si anunciara la llegada de un dios ancestral.

—¿Quién? —pregunté.

—Lilian Pumpernickel —respondió Tom.

Casi escupo la cerveza.

—¿En serio?

Tom asintió con solemnidad.

—Nuestro mago residente, si es que se le puede llamar así. Y experto autoproclamado en demonios.

¿Demonios? Bueno, eso sí que era interesante.

El bar se había quedado en silencio. Solo se oía el tac-tac de unos zapatos de suela dura sobre las baldosas. Y un leve murmullo. El sonido se acercó, cada vez más, y se detuvo.

Un hombre estaba de pie al extremo de la mesa, mirándonos desde arriba.

Tenía una cara anodina. Ni fea ni bonita.

Tan corriente como podía serlo una cara.

Ocultaba el pelo bajo un fedora de tweed.

Combinaba con el resto de su atuendo. Una americana de tweed.

Pantalones de tweed. ¡No me habría sorprendido que llevara ropa interior de tweed!

Y, bajo el tweed, parecía haber algo moviéndose. Palpitando. Aunque quizá solo fuera mi imaginación.

—Entonces, ¿nadie me ha pedido una copa? —preguntó Lilian con una sonrisa astuta. No sabía si estaba realmente dolido o simplemente bromeaba—. Y eso que he recogido las mejores partes de Saneamiento.

DJ Gibbs empujó su cerveza intacta hasta el borde de la mesa.

—Ya no tengo sed.

Lilian cogió la cerveza y siguió bebiendo hasta terminársela. Aproveché para examinarlo con mayor atención. ¡Parecía que la mayor parte de su corpulencia se debía a las múltiples capas de tweed!

Mientras su cuello pálido y demacrado tragaba visiblemente cada sorbo de cerveza, no pude evitar que una fuerte sensación de repelús me invadiera ante aquel hombre.

Por fin, Lilian terminó y dejó la jarra sobre la mesa. Nadie le hizo hueco para sentarse. Él no lo pidió.

—Entonces, ¿qué te ha retenido tanto? —preguntó Brick. No parecía demasiado intimidado por aquel hombre. Dudaba que muchas cosas intimidaran a Brick.

Lilian ni siquiera miró a Brick. En cambio, sus ojos se dirigieron hacia mí. Me sorprendió descubrir que eran simplemente marrones. No de un azul penetrante, plata conmocionada por hechizos ni ámbar hechicero. Solo… marrones.

—La nueva integrante del grupo, supongo. —Lilian me tendió la mano. Era pálida, pequeña y huesuda. Las mangas le engullían la muñeca.

A regañadientes, extendí la mano y estreché la suya.

La sacudió una vez, mientras algo se movía dentro de su manga. Dos pares de ojillos negros aparecieron en la manga, seguidos de dos ratas que enseguida se subieron a su mano, estirándose para tocar la mía.

Retiré la mano de golpe.

Lilian solo sonrió.

—Disculpa. Se emocionan. Sobre todo cuando pueden oler una chispa como la tuya. La percibieron desde fuera. Tan dorada y brillante. Brilla a través de las paredes, ¿sabes?

Sentí que la temperatura de la sala empezaba a subir, mientras el abrigo de Tom comenzaba a arder. Pero, antes de que las cosas se calentaran demasiado, oí a Conrad carraspear.

—¡Lilian! ¿Dónde diablos te has metido? A mi despacho. ¡Ahora!

Lilian me miró unos instantes más antes de darse la vuelta.

—Será bueno trabajar contigo, Cindy Giles. Hay mucho que aprender de la oscuridad y de la luz. ¿No crees?

La sala contuvo el aliento hasta que Lilian desapareció por la parte de atrás. Todos soltamos un suspiro colectivo de alivio.

—¡Grietas! Odio a ese tipo… —exclamó Tom—. Me da igual que necesitemos a un mago. Apesta toda la sala.

Brick se limpió la cerveza de la boca.

—¿Por qué lo odias tanto, Tom? Te salvó el cuello con aquella cerda maldita la semana pasada.

DJ Gibbs le dio una palmada en la espalda.

—El hecho de que no entiendas por qué te hace aún más adorable, Bricky-boy.

El grupo volvió a los cotilleos y las charlas distendidas sobre deportes, cacerías y programas de televisión.

—¿Estás bien? —susurró Tom.

Asentí. A pesar de Lilian y sus ratas, la noche iba de maravilla.

Tom sonrió.

—Me alegro. Aléjate de ese tipo. Da mal rollo.

Eso era cierto. Pero había algo en Lilian. Nada bueno, por supuesto. Pero era algo que había dicho.

Yo nunca le había dicho mi nombre. Lo que significaba que sabía quién era. Y por cómo hablaba de la oscuridad y la luz, sabía mucho más que eso.

Oí las palabras de Herschel como si todavía estuviera justo a mi lado: —No intentes comprender el mal.

Pero sus palabras se desvanecían con cada instante que pasaba. Porque él se había ido y, si quería vengarlo, tendría que aprender todo lo que pudiera sobre la criatura que me lo arrebató.

***

Me tambaleé un poco al salir de la Taberna del Sepulturero. El dueño mantuvo la puerta abierta para Brick, que llevaba a un DJ Gibbs en coma. Sonreí mientras les deseaba lo mejor.

Lilian y Conrad no salieron por delante. Puede que siguieran en el despacho de Conrad o que se hubieran ido por la salida trasera.

Alex se había marchado de cacería antes, durante la noche. Lo que nos dejó solo a Tom y a mí.

No había hablado mucho durante la velada. Pero había escuchado. Y había aprendido. Y debía admitir que, pese a todo, era la primera noche divertida que tenía desde hacía muchísimo tiempo. Sin duda, la mejor noche desde que Herschel había…

Mejor no pensar en eso.

—Entonces, ¿tienes algún sitio donde quedarte? —preguntó Tom, abriendo la puerta de un Golf azul y blanco que parecía más viejo que el Cataclismo.

Negué con la cabeza.

—Aún no. Pensaba buscar un hotel.

Una sonrisa traviesa cruzó su rostro.

—O podrías quedarte a dormir en mi casa.

Antes de que pudiera responder de ninguna manera, se echó a reír.

—No te preocupes, no soy tan capullo. Conozco un buen sitio. ¿Te llevo?

—Sí, por favor.

Condujimos en relativo silencio por la autopista de Hope City, en dirección sur. Tom conducía bien, pese a llevar unas cuantas pintas encima. Bueno, siempre podía despejarlo con un poco de magia de purificación si empezaba a zigzaguear.

—Esta noche está tranquila —dijo mientras conducíamos. Compartíamos la autopista con solo unos pocos viajeros más. Table Mountain era una silueta oscura en el cielo nocturno—. Mañana debería haber más cacerías. ¿Te apuntas?

Asentí.

—Lo haré.

El silencio regresó. Por fin, decidí romperlo.

—¿Qué te hizo convertirte en cazador? Conrad dijo que te uniste mientras estabas en el instituto. ¿Es verdad?

No respondió de inmediato. Sentí que el nivel de incomodidad aumentaba.

—Lo siento… —empecé, pero Tom me interrumpió.

—Es verdad. Me uní en mi último año. A los diecisiete.

—¿Por qué? —pregunté sin más. Quizá no debía juzgarlo. Yo tenía dieciocho años. Había terminado mi equivalente al instituto unos meses atrás.

Se encogió de hombros.

—Dinero. Gloria. Aventura.

Chasqueé la lengua.

—¡No puede ser solo eso!

Él rio entre dientes.

—¿Cómo sabes eso, señorita Giles? ¿Ahora eres una experta en mí?

Me tocó a mí encogerme de hombros.

—No. Ni de lejos. Pero creo que ya te conozco lo suficiente para saber que no eres tan simple.

—Deberías hablar con mis ex. Simple es lo primero que dirían de mí. Aunque creo que lo dirían en otro sentido.

Tom se detuvo frente a una mansión de tres plantas, con un tejado verde de chapa ondulada y balcones bordeados de filigranas blancas. Aún había luz en recepción. Tom aparcó y me condujo al interior.

Fui a sacar mi tarjeta tras pedir una suite individual. Tom se me adelantó. Me guiñó un ojo.

—Los cazadores veteranos tenemos que ayudar a los novatos. Ya le invitarás a un café o algo a un nuevo cazador más adelante para compensarlo.

Lo acompañé de vuelta al coche después de recoger mis llaves.

—Aquí tienes mi número —dijo Tom, tendiéndome la tarjeta de Conrad, pero con su propio número escrito a bolígrafo—. ¡Mañana, en pie temprano! La cacería no duerme.

Bostezó.

—Bueno, al menos no más de diez horas.

Me despedí de él con la mano hasta que se perdió de vista.

Aspiré el aire. Aún podía oler el fuego de su abrigo. No pude evitar sonreír, y no sabía por qué.