7. SÚPLICAS
SÚPLICAS
—Cindy, ¿estás segura de esto? —me suplicó Stephanie por enésima vez mientras metía mis cosas en una mochila. No es que tuviera muchas. Solo algo de ropa, unos libros de hechizos y una foto enmarcada de Stephanie y yo el día de nuestra graduación en la Academia.
—Lo estoy —dije, con toda la determinación y seguridad que lograba reunir cada vez que me lo preguntaba.
Dejé de hacer la maleta un instante para coger un libro. Era de tapa dura encuadernada en cuero. Un libro de cuentos de hadas que Herschel me había regalado cuando tenía diez años. Acaricié la ilustración incrustada de la cubierta, recorriendo con los dedos unas enredaderas y pétalos de flores.
Herschel había sido enterrado ayer. El día en que terminó mi aprendizaje. Supongo que había cierto simbolismo en ello. Lo odiaba.
Mi padre no debería haber tenido que morir para que yo por fin me convirtiera en adulta.
Había habido cientos de purificadores, médicos y enfermeras en el funeral. Un mar de capuchas blancas, cayados de caduceo, lámparas doradas y cruces rojas. No solo sanadores de Heiligslicht. También gente de todas y cada una de las sociedades médicas de Hope City.
Herschel había marcado muchas vidas. Y había muchas vidas que celebrar. Y llorar su pérdida.
Pero no podía limitarme a aceptar su muerte.
Stephanie se plantó delante de mí.
—¡No sabes cómo es la vida fuera de Heiligslicht, Cindy!
Metí el libro de cuentos de hadas en la mochila.
—Entonces ha llegado la hora de averiguarlo.
—¿Y dónde piensas quedarte?
Le temblaban las manos. No intentó ocultar la desesperación de sus ojos.
—Tengo dinero ahorrado. Puedo quedarme en un hotel.
—Los hoteles están sucios, Cins.
Eso me hizo vacilar, pero negué con la cabeza. —Me las apañaré.
—¿Y las calles sucias? ¡El mundo no es un hospital! Hay suciedad por todas partes. La mayoría de la gente solo saca la basura una vez a la semana. Y solo se lavan las manos tres veces al día. O…
Bajó la voz hasta convertirla en un susurro conspirador.
—No se las lavan nunca.
Eso sí me hizo dudar. ¿¡No lavarse las manos!? Me estremecí solo de pensarlo. Pero tendría que afrontarlo.
—Lo superaré. Seré fuerte. Tengo que serlo.
Mi chispa resplandeció ante mi determinación, aunque al mismo tiempo se rebelaba al oír hablar de suciedad.
Stephanie me miró fijamente. Y la tristeza de sus ojos habría sido el mayor motivo para que me quedara.
Pero ya había tomado una decisión.
—Se ha ido, Cins —susurró Stephanie—. No puedes salvarlo. Esto… no lo salvará.
—¿Y si puedo salvar a otra persona? —repliqué bruscamente—. ¿De qué sirve tener todo este poder si no puedo salvar al hombre que me rescató del vacío? ¿De qué sirve poder curar casi cualquier herida si la que importa no tiene cura?
Me di cuenta de que había estado gritando. Stephanie había retrocedido, con los ojos muy abiertos. Normalmente nunca gritaba. Jamás dejaba caer mi velo de calma y tranquilidad. Nunca. Era una purificadora modélica de cabo a rabo.
Quizá ya no.
Y por esa razón, entre todas las demás, tenía que irme.
Me dejé caer sobre la cama y me cubrí los ojos con las palmas para calmarme.
—Yo… tengo que hacer esto, Steph.
Sentí un brazo rodearme los hombros y estrecharme con fuerza.
—Lo sé —dijo al fin.
Me descubrí los ojos. Las lágrimas corrían libremente por las mejillas de Steph. No trató de ocultarlas con ilusiones. Sabía que Steph nunca me ocultaba nada.
—Te voy a echar de menos, Cins.
—Yo también te voy a echar de menos, Steph.
Nos abrazamos. Con fuerza. Hasta que, por fin, llegó el momento de marcharme.
Me levanté y recorrí con la mirada la habitación en la que había vivido la mayor parte de mi vida. Era hora de seguir adelante.
Me colgué la mochila al hombro y me acerqué a la puerta. Agarré el pomo y me volví para ver a Stephanie de pie en el centro de mi dormitorio.
Le dediqué una sonrisa tranquilizadora, me despedí con la mano y dejé atrás mi antigua vida para empezar algo nuevo.