4. RESIDENCIA
RESIDENCIA
No se me escapaba la hipocresía de Herschel al disuadirme, e incluso prohibirme, cazar demonios cuando él podía hacerlo.
Pero tampoco era tan sencillo. Heiligslicht era una fuerza de orden en un mundo de caos.
Por eso, estaba increíblemente estructurada.
Draconiana, quizá. Todo el mundo y todo tenía su lugar.
Y mi lugar estaba junto a la mesa de operaciones.
Cuando el sol empezó a ponerse, me dirigí a las residencias situadas detrás del hospital.
Aunque ya no era una joven acólita, seguía siendo una huérfana aprendiz bajo la tutela de Heiligslicht.
Era una de sus pupilas. Lo cual significaba que me atenía a un horario estricto, al toque de queda y a unas normas de alojamiento.
No era tan malo como sonaba. No, en serio.
Tenía una habitación para mí sola, acceso a agua caliente, comidas calientes y la oportunidad de usar mi chispa para ayudar a la gente.
Era muchísimo más de lo que tenía mucha gente en la expansión urbana de Hope City.
Y, antes de que Herschel me encontrara, era mucho más de lo que jamás habría esperado tener.
Heiligslicht me había salvado. Me había dado los medios para ayudarme a mí misma y ayudar a los demás. Y me había abierto los ojos a la verdad del mundo. Y a mucho más.
Aprendí sobre magia. Aprendí sobre sanación. Aprendí que el bien y el mal competían constantemente. Y que, si el bien quería triunfar, teníamos que mantenernos siempre vigilantes. Siempre fieles a esa siempre ambigua Luz Sagrada que daba nombre a nuestra organización.
Entré en mi habitación de la residencia, todavía con cierta frustración porque Herschel había rechazado mi deseo de convertirme en cazadora de demonios, como él. Sin embargo, mezclada con aquella frustración, también estaba la constante ansiedad de que no regresara de su cacería.
Mi habitación estaba impecablemente limpia.
Una cama individual, situada en la esquina más alejada de la derecha.
Junto a ella había una mesita de noche, adornada con una lámpara eléctrica.
En el lado izquierdo había una estantería.
Como sanadora, cobraba. Ahorraba la mayor parte del dinero.
No había mucho en qué gastarlo. Salvo en libros, claro. ¡Me encantaban los libros!
Lo que no gastaba en libros, lo gastaba en detergentes. La residencia tenía personal de limpieza. Pero siempre me parecían insuficientes sus esfuerzos. Y, en momentos como aquel, quería ser yo quien limpiara mi espacio.
Me quité los zapatos antes de cruzar el umbral y los dejé en una caja junto a la puerta. No quería meter barro dentro. De todos modos, iba a fregar los suelos de madera. Pero no hacía falta ensuciar más si podía evitarlo.
Saqué un cubo del armario y fui al baño común para llenarlo de agua. De vuelta en mi habitación, añadí un cóctel de productos de limpieza y empecé a fregar el suelo.
Mientras fregaba, vi destellos cruzar mi campo de visión. Sangre, huesos rotos y cristales hechos añicos. No estaba segura de cuánto procedía de hoy. Ni de cuánto procedía de otros días. De hacía mucho tiempo, antes de que Herschel me encontrara.
También oí gritos dentro de mi mente, además de crujidos. Juramentos y maldiciones. Fregué con más fuerza. Y cuando la madera relució sin una mota de suciedad ni polvo, me volví hacia la estantería.
Saqué todos los libros y les quité el polvo uno por uno; froté sus cubiertas laminadas, procurando no mojar las páginas.
La suciedad. Odiaba la suciedad. La suciedad era caos. El caos erosionaba el orden que necesitábamos en el mundo. Donde había suciedad, putrefacción e inmundicia, había corrupción. Lineas wey oscurecidas. Y donde la magia se oscurecía, la gente también se oscurecía.
El mundo podía hacer buena a la gente o podía volverla mala.
Eso era lo que Herschel decía que les había pasado a mis padres…
Mis tareas de limpieza y mis pensamientos distraídos se vieron interrumpidos de golpe por unos golpes en la puerta. Levanté la vista del libro que tenía en la mano. Acababa de terminar de limpiarlo. Ya no había luz fuera. Oí otro golpe en la puerta. Miré la hora.
¡Me había perdido la cena!
¿De verdad había pasado todo ese tiempo limpiando? Grietas…
Volví a colocar el libro en su sitio de la estantería. Estaba ordenada por orden alfabético, altura y género, por supuesto.
—¡Ya voy! —dije, y por fin abrí la puerta.
Stephanie estaba al otro lado del umbral, con una sonrisa en la cara. Seguía llevando su capucha de purificador, pero podía ver el vestido de seda verde que ocultaba debajo. A su lado estaban dos chicas que habían estado en nuestra clase.
—¡Cins! No te he visto en la cena. Espero que hayas descansado bien.
Asentí, mintiendo.
—¿Conoces a Sarah y Kabo?
Volví a asentir. Sí, las conocía. Nunca hablábamos.
Y estaba bastante segura de que habían sido ellas quienes iniciaron el rumor de que, unos años atrás, había limpiado todos los pupitres de Sanación 101 la noche antes de clase tras encontrar un chicle pegado debajo del mío.
Los rumores eran ciertos, pero no era asunto suyo ir contándolos.
Además, ¿quién pegaba su chicle debajo de un pupitre? ¡Qué asco!
Nadie habló. Me di cuenta de que estaba plantada firmemente delante de la puerta. Me aparté y les indiqué que entraran. Hice una mueca cuando lo hicieron sin quitarse los zapatos —salvo Stephanie— y dejaron marcas por mis suelos limpios.
—Bueno… —dijo Stephanie—. Vamos a salir a tomar unas copas y me preguntaba… no, insistía en que vinieras.
Alcé una ceja ante eso. —¿Copas, Steph? ¡Es jueves! Mañana entramos de guardia a las cuatro de la mañana.
—Para entonces ya estaremos sobrias.
—Todos los clubes están abiertos los jueves —añadió Sarah—. Y todos los chicos están allí.
Negué con la cabeza. —Voy a tener que pasar, Steph. Lo siento.
—Ya te dije que era más rígida que un gólem —le susurró Kabo a Sarah, muy alto.
—¿De verdad deberíais salir? —pregunté—. Ya casi es el toque de queda.
—Más le vale no chivarse —le susurró Sarah. De nuevo, demasiado alto.
Stephanie sonrió y chasqueó los dedos. Apareció un clon mío, sentado en mi cama y leyendo un libro. Ya había visto lo que podían hacer las ilusiones de Stephanie, pero siempre me sorprendían.
Examiné más de cerca a mi clon ilusorio.
—¡Mi nariz no es tan grande! ¿O sí?
La nariz del clon se encogió apenas un poco.
—No me paso el día mirándote, Cins.
Solté un resoplido. —Creía que ese era básicamente tu trabajo.
—¿Nos vamos o no? —preguntó Sarah.
Stephanie me miró con ojos suplicantes. —Venga, Cins. No será divertido sin ti. Será la primera vez que salgamos. En la vida. ¿No quieres ver a qué viene tanto revuelo?
No quería saltarme el toque de queda. Ni ninguna otra norma, ya que estábamos. Pero también odiaba cómo Sarah y Kabo me miraban como si fuera una especie de robot.
Y, quizá, tomar unas copas pudiera ser divertido…
Suspiré. —Está bien.
Stephanie chilló de emoción antes de sacarme a rastras de mi habitación.
—¡Sigo llevando el pijama sanitario! —protesté.
—¡No te preocupes! —exclamó Stephanie—. Te daré un vestido.
—Uno falso.
Sonrió. —Nadie nota nunca la diferencia.