2. CURACIÓN
CURACIÓN
ONCE AÑOS DESPUÉS
—¡Todo saldrá bien! —le mentí a un moribundo mientras alargaba la mano hacia mi chispa y dejaba que fluyera libremente hacia la enorme herida ensangrentada de su pecho.
Sangrientas lágrimas le caían de los ojos, abriéndose paso entre la ceniza y la mugre adheridas a su piel.
La suciedad me revolvía la piel, pero tenía que ignorar aquella sensación.
Había vidas que salvar. La suciedad, la sangre, la inmundicia…
todo eso podía esperar hasta después de salvar a aquel hombre. O de fracasar…
Mi chispa desterró aquel pensamiento. Aquí no había lugar para las dudas. ¡No mientras hubiera vidas en juego!
Apreté los dientes y mantuve las manos sobre la herida del hombre. Parecía un mordisco. Un mordisco enorme de una de aquellas bestias nacidas de la grieta. Últimamente había más. Demonios entre ellas.
Una temporada de tormentas de grietas, la llamaban los magos. ¡Como si algo como las grietas pudiera seguir un patrón estacional!
Stephanie Naidoo estaba frente a mí, al otro lado de la mesa de cirugía, echando a toda prisa sal bendita sobre la lesión del hombre, que se infectaba a velocidad alarmante.
Lo que le había mordido tenía algún tipo de mordedura maldita.
Con toda probabilidad, un demonio. ¡Lo típico! Nunca podía ser fácil.
Introduje más y más de mi chispa sanadora en aquel hombre. Hacía mucho que habían quedado atrás los días en que creía que mi chispa no era más que una presencia desconocida dentro de mí. Ahora la entendía.
Era un pozo de poder. Un pozo de poder curativo que se agotaba rápidamente mientras intentaba salvar a aquel hombre de las fauces de la muerte.
—Las constantes bajan —anunció un acólito que hacía de enfermero, mientras otros dos trataban de contener la hemorragia por medios más mundanos. Ropa, vendajes, gasas.
Seguí vertiendo mi magia en él. Deseando con todas mis fuerzas que viviera. Por cada gota de sangre que perdía a causa de aquella maldita herida en el pecho, yo tenía que inyectarle el doble de vitalidad arcana.
La vista se me nubló mientras una luz dorada se arremolinaba por la sala. Mi chispa y yo gruñimos y maldijimos entre dientes. Teníamos que salvarlo. ¡Se lo habíamos prometido!
Él boqueó y tosió, suplicando vivir. Nosotras respondimos de igual modo.
—¡Sujetadlo fuerte! —ordené a los acólitos. Algunos apenas eran adolescentes. Recordaba tener esa edad. Recién salida de un aula y con la orden de inmovilizar a un paciente convulsionando.
La Asociación de Heiligslicht nos daba un hogar. Pero esperaba que le devolviéramos el favor. Con creces.
Intercambié una mirada con mi mejor amiga, Stephanie. Había vertido el tarro entero de sales sagradas, alimentándolas con su propia chispa en bruto para encender su poder purificador. Pero ahí terminaban sus poderes. No era como yo. Su afinidad hechicera era para otra cosa. No para curar.
Lo que significaba que ahora todo dependía de mí.
Apreté los dientes, extendí los dedos y deseé que saliera de mí toda la bondad, la esperanza y toda aquella sustancia dorada para salvar al hombre sobre la mesa.
La vista se me oscureció y sentí que el ácido me subía por la garganta. Me invadió la náusea. Siempre me ocurría cuando forzaba demasiado mi chispa. Pero ella no se quejaba. Nunca lo hacía. No cuando había una vida en juego.
Sentí cómo se me debilitaban las extremidades a medida que mi pozo de poder se agotaba. Más y más. Hasta que ya no pude canalizar más.
¡No! Me negaba a parar. Intenté canalizar más de mi chispa. Pero una mano agarró la mía. Abrí los ojos y me di cuenta de que los había cerrado.
Stephanie estaba frente a mí, con sus ojos castaño oscuro entristecidos. Negó con la cabeza y la bajó. Los acólitos permanecían en una esquina, consolando al más joven de ellos. Lloraba sin contenerse. Era su primer turno como enfermero. Su purificador superior le diría que con el tiempo mejoraba.
Era mentira. Nunca mejoraba. Ni se hacía más fácil.
Simplemente dejabas de llorar.
Stephanie me soltó la mano y se volvió para lavarse la sangre y la ceniza de las manos.
Me quedé mirando el cadáver de aquel hombre.
El hijo de alguien. El padre de alguien.
Ahora, no era más que un saco de carne ensangrentada, con la piel atrofiándose rápidamente y convirtiéndose en copos de ceniza a causa de la mordedura maldita de algún bastardo infernal llegado del otro lado del Entremedio.
Cerré el puño, rompiéndome la piel al hundirme demasiado las uñas en la palma. Mi chispa se canalizó involuntariamente hacia la herida superficial y reparó el daño. Pero volvió a darme náuseas. Me había forzado demasiado, como de costumbre.
—Vosotros tres —ordenó Stephanie, interrumpiendo las condolencias de los acólitos—. ¡Fuera!
Sin decir palabra, salieron en fila india, con las túnicas blancas cubiertas de rojo y gris.
El chico de ojos enrojecidos y mejillas húmedas miró al hombre al que no habíamos logrado salvar y luego me miró a mí.
Abrió mucho los ojos al ver lo que veía, se olvidó de las lágrimas y salió corriendo, cerrando la puerta tras él.
Por fin a solas, Stephanie dejó caer la fachada. Permitió que el sudor le surcara la frente, ahora fruncida, mientras se le vencían los hombros. Puso una mano ya limpia sobre mi brazo. Me agarró con firmeza. Tratando de alejarme de la mesa.
—Se ha acabado, Cins. No podemos hacer nada más.
—No debería acabar así, Steph. Jamás debería —respondí, obligándome por fin a apartarme y acercarme al lavabo. Stephanie abrió el grifo por mí y me lavé la sangre y las vísceras.
Podía soportar la suciedad cuando había una vida en juego, pero solo era cuestión de tiempo que mi incomodidad se transformara en una intensa sensación de ardor por todo el cuerpo.
Sí, la suciedad y yo no nos llevábamos bien.
Pero, ¿podías culparme? La suciedad traía la descomposición. La descomposición traía el caos. El caos conducía al mal. Y el mal…
Desterré el pensamiento. El recuerdo seguía pareciendo reciente.
Siempre al fondo de mi mente. Incluso once años después.
Los destellos de aquella época en la choza aún volvían a mí.
De vez en cuando. Pero me mantenía ocupada.
Mantenerme limpia, conservar la esperanza y procurar tener algo que hacer ayudaban a mantener aquellos días oscuros donde debían estar.
En los rincones más profundos de mi mente.
Me sequé las manos, benditamente limpias ya. La mesa detrás de mí estaba vacía. Se habían llevado al pobre hombre mientras yo me enjabonaba y aclaraba las obligatorias dos docenas de veces. Ni más, porque sería obsesivo. Ni menos, porque sería una imprudencia.
Stephanie había esperado pacientemente detrás de mí.
—Has agotado tu chispa, Cins —dijo, sonando preocupada y acusadora al mismo tiempo.
Me encogí de hombros mientras salíamos del quirófano. Los acólitos entraron en fila cuando nosotras salíamos, listos para dejar la sala impoluta para el siguiente paciente.
—Podrías consumirte, Cins. No puedes arriesgarte a eso. Heiligslicht tampoco puede arriesgarse.
—Pero no me he consumido.
Quizá debería haberlo hecho. Si hubiera canalizado solo un poco más de energía en mi hechizo, quizá el hombre habría vivido.
Me di cuenta de que ni siquiera sabía su nombre. Pero eso nunca importaba. Era una vida. Eso es lo único que debería importar.
Stephanie negó con la cabeza; su larga melena negra se balanceó de un lado a otro. Contrastaba mucho con mi pelo rubio y corto.
—Si te consumes, ¿qué pasará con todos los demás pacientes a los que podrías salvar?
Abrí la boca para discutir, pero me mordí la réplica. Tenía razón. No es que fuera a admitirlo en voz alta.
—Recuerda lo que nos enseñó Meister Idano en, yo qué sé, primero de curación —continuó Stephanie—. Nunca…
—Agotes tu chispa, o las lineas wey, hasta el punto de privar a un futuro paciente de una oportunidad de vivir —intervine, citando palabra por palabra a mi antiguo profesor.
Suspiré. —Lo sé, Steph. Es solo que… resulta más fácil decirlo que hacerlo cuando hay un paciente sobre la mesa y lo único que se interpone entre él y el vacío es…
Me detuve en el pasillo del hospital. Purificadores, sanadores y acólitos corrían en todas direcciones, trasladando pacientes, cargando fardos de pergaminos de curación e incluso una carretilla llena de sales sagradas. Últimamente había muchas maldiciones. Nos estábamos quedando sin ellas.
Stephanie me apartó con suavidad del paso de una camilla que transportaba a una mujer con una pierna rota.
El extremo del hueso sobresalía de la carne.
La purificadora Gurtrum trotaba junto a la camilla, canalizando su chispa.
Había sido una de las purificadoras que me encontraron hacía tantos años.
No me miró al doblar una esquina, interrumpiendo su curación solo el tiempo necesario para que empujaran la camilla hasta un quirófano.
Stephanie suspiró. Era un día de suspiros derrotados.
Apenas hacía un año que nos habíamos graduado y convertido oficialmente en purificadoras.
No es que no hubiéramos adquirido experiencia curando antes de eso.
Solo significaba que ahora éramos miembros de pleno derecho de Heiligslicht y podíamos ejercer como purificadoras en todas las diversas funciones que podía desempeñar una practicante de magia de purificación.
Parecía que no llevaba ni cinco minutos en la Asociación cuando me plantaron delante a un paciente indefenso que gritaba y me dijeron que lo curase.
Pero no era justo por mi parte. Heiligslicht tenía buenas intenciones. Más que eso.
—Me calmaré, Steph —cedí, anticipando una reprimenda—. Es solo que Heiligslicht cuidó de mí. Me salvó. Lo mínimo que puedo hacer es salvar a todos los demás que pueda.
—Heiligslicht no quiere que ninguna de nosotras se consuma, Cins. —Stephanie se puso las manos en las caderas. ¡Modo sermón activado!
Qué tonta por intentar evitarlo. Mi chispa era todo lo estirada que se podía ser e incluso ella quería salir corriendo.