45 El eco de las armas
La casa de piedra de Langosteira se quedó a oscuras pasadas las diez de la noche. El viento había vuelto a rolar hacia el suroeste, trayendo un agua gorda y ruidosa que golpeaba las tejas con un tableteo constante que parecía el de una ametralladora lejana.
Dentro, Sabela dormía profundamente bajo la manta de lana, con la respiración pausada y el brazo izquierdo extendido sobre el hueco vacío que Xurxo había dejado en el colchón de muelles.
Xurxo estaba de pie en el cobertizo de las redes, al fondo del corral. La única luz venía de un farol de carburo colgado de una viga, que proyectaba una claridad verdosa y temblorosa sobre el suelo de tierra batida.
Frente a él, encima de una mesa de trabajo llena de botes de grasa y bujías oxidadas, el terminal satélite que Sabela creía haber apagado emitía un siseo sordo.
Una luz roja parpadeaba en la esquina de la pantalla de cristal líquido. Una alerta de transferencia inversa. El dinero de Ginebra, los doce millones de los Souto, estaba volviendo a moverse, pero esta vez la ruta no iba hacia las Seychelles ni hacia las cuentas opacas de Casablanca.
Alguien estaba retirando los fondos desde una terminal segura ubicada en el interior de un chalé oficial en las afueras de Las Rozas, en Madrid.
Xurxo Nogueira se pasó la mano por la cicatriz blanca de la mejilla. No había sorpresa en sus ojos de piedra. Tampoco rabia.
Con esa parsimonia de buey viejo que conoce el peso del plomo, apagó el aparato de un manotazo rudo y caminó hacia el fondo del galpón, donde las redes de cerco se amontonaban formando un bulto oscuro.
Apartó la lona verde podrida por el salitre. Debajo del cabo de cáñamo, apoyada contra la pared de mampostería, no estaba la escopeta Mossberg 500 oxidada que Sabela había tirado a la rompiente de la playa de Rostro.
Había una caja de madera militar, nueva, con el sello de la dotación especial de la Brigada Central que el inspector flaco de Madrid había traído en su furgoneta. Xurxo abrió los cierres de hierro.
Dentro, envuelta en papel parafinado que apestaba a grasa de fábrica y a pólvora limpia, descansaba una carabina automática Remington del calibre doce, con el cañón recortado y la aguja percutora limada de forma idéntica a la que ejecutó a Don Manuel Souto.
Al lado del arma, una libreta idéntica, con las tapas azules de la comandancia y el nombre de Brais Lois impreso en la primera página, permanecía abierta por una hoja en blanco.
La fecha apuntada abajo con tinta Bic reluciente era la del día siguiente.
Xurxo sacó del bolsillo de la camisa de franela la placa de metal del GRECO del guaje. No la miró. La dejó caer dentro de la caja de madera, justo encima del cuaderno azul que Anxo Castro creía haber quemado en el mirador del monte Louro.
Con los dedos entorpecidos por el frío de la madrugada, metió seis cartuchos de postas reforzadas en el tubo del arma nueva, escuchando ese clack-clack seco, gélido, que en esta costa nunca significó paz.
La puerta del cobertizo se entornó un palmo por el viento.
En el reflejo del cristal de la ventana, justo detrás de la sombra del Ruso, la silueta del joven subinspector Brais Lois se divisó durante un segundo, con la cazadora de cuero empapada y el agujero limpio en mitad de la frente, mirando fijamente cómo su maestro cerraba la tapa de la caja.
Xurxo se echó el arma a la espalda, se subió el cuello de la camisa de cuadros y enfiló la puerta hacia la lluvia de la noche, camino del coche oficial que lo esperaba escondido entre los pinos.
La contabilidad de la ría de Arousa no la manejaban los jueces de Santiago ni los ministros de la Castellana; la llevaba un madero renegado que no tenía prisa por morir y que acababa de descubrir que el verdadero traidor que vendió al chaval en la duna de Area Maior todavía seguía cobrando la pensión de moqueta en Madrid.
— Xa imos, rapaz —susurró el Ruso hacia la negrura del monte.
El motor del Patrol viejo, el que los peritos de Asuntos Internos creían haber compactado en la prensa hidráulica de Padrón, roncó entre la niebla del sur, enfilando la autopista de la nacional hacia la capital, para firmar con plomo del doce el último folio de una historia que el lector creía terminada bajo el lodo de la ría.
El motor diésel del Patrol viejo dejó de roncar a un kilómetro del chalé de Las Rozas que Castro se compró con dinero de dudosa procedencia y donde se había refugiado por si Xurxo se le ocurría venir a saldar cuentas.
La noche de Madrid estaba despejada, fría, con un aire de secano que le secaba a Xurxo la costra de la mejilla al bajar del coche. No soplaba el viento de Fisterra ni olía a gasoil de batea, pero el peso del arma engrasada bajo la gabardina era exactamente el mismo.
Xurxo Nogueira cruzó la verja del jardín trasero sin hacer saltar las alarmas; conocía los códigos que los oficiales del Ministerio usaban en sus urbanizaciones de lujo.
A través del ventanal del despacho, la luz del flexo de mesa iluminaba la calva descuidada de Anxo Castro.
El excomisario estaba de espaldas, tecleando con prisa en la pantalla de un ordenador donde las gráficas de la transferencia inversa del oro digital parpadeaban en verde.
A su lado, la caja de puros de Don Manuel Souto permanecía abierta, a la mitad. Castro se llevó el vaso de ginebra a los labios, riéndose solo, creyéndose el tipo más listo de la Castellana.
El crujido del cristal al romperse fue un sonido seco, limpio, que no tuvo tiempo de hacer eco en la urbanización.
Castro se giró de golpe, tirando el vaso sobre la lujosa moqueta, pero las palabras se le quedaron congeladas en la garganta antes de salir.
Frente a él, manchando el suelo de madera noble con el lodo de la Costa da Morte que traía pegado a las botas, el gigante de la gabardina negra apuntaba la carabina Remington directo a su corbata de seda.
—Xurxo... —consiguió susurrar Castro, con las pupilas saltadas del revés—. El informe de Asuntos Internos... el expediente está archivado... Tú no existes...
Xurxo Nogueira no levantó la voz. Dio un paso largo, plantándole el cañón congelado de la carabina nueva en mitad del esternón, justo encima del escudo bordado de su camisa de sastre.
Con la mano izquierda, sacó del bolsillo el cuaderno de tapas azules de Brais Lois y se lo tiró encima del teclado, manchando la pantalla con la grasa del papel parafinado.
—Las actas del Ministerio no limpian la duna, Castro —el susurro del Ruso sonó plano, plano como el granito de la lonja —Le diste la cazadora al guaje para que Iago le volara los sesos pensando que era yo, y luego le robaste los doce millones al clan desde tu despacho de Madrid.
Fuiste tú quien firmó la baja del chaval, fillo de puta .
—¡Podemos partir las cuentas, Nogueira! ¡Tengo las claves de Nassau abiertas en el sistema! ¡Son seis millones para cada uno, carallo, piensa en la abogada! —chilló Castro, meándose encima mientras intentaba estirar los dedos hacia el teclado.
Xurxo Nogueira lo miró a los ojos por última vez, buscando el miedo blando del que vende a los suyos por una pensión de moqueta. No hubo juicios de la Audiencia Nacional, ni recursos de nulidad de Sabela, ni actas de registro modificadas por el forense Carro.
— Dille ao guaje que xa cobrei el pagaré —le dijo.
El trueno de la Remington del doce retumbó en mitad de la noche de Madrid, rompiendo los ventanales del chalé y apagando los fluorescentes del despacho de un fogonazo espeso que olió a pólvora limpia.
El cuerpo de Anxo Castro cayó hacia atrás en el sillón de orejas, con el pecho deshecho por las postas reforzadas y las claves digitales borrándose de la pantalla entre los hilos de sangre caliente que empezaron a gotear sobre la moqueta.
Xurxo recogió la libreta azul del chaval, guardó la carabina debajo de la gabardina y salió al jardín sin mirar atrás, perdiéndose en la oscuridad de la Nacional VI camino de Fisterra.
La historia de plomo de la ría de Arousa se había terminado de escribir, firmada con la caligrafía de sangre de los que saben que en este mar las deudas nunca caducan y que la justicia de los lobos aduaneros siempre encuentra el camino de vuelta a casa.