Plomo en la niebla 44 El pacto de las placeras
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44 El pacto de las placeras

El mercado de abastos de Fisterra abría a las siete de la mañana con un barullo sordo que olía a lo de siempre: a hielo machacado, a escama limpia de lubina, a café de pota recalentado y al lodo húmedo que los marineros traían pegado a las botas de goma desde los muelles.

No había luces de neón comerciales. Solo unos fluorescentes amarillentos que colgaban de las vigas de hierro, balanceándose un poco por el aire que entraba de la ría cada vez que alguien empujaba el portón de chapa de la entrada.

Las placeras de las casetas, mujeres de hombros anchos y manos curtidas de limpiar el pescado con agua helada, manejaban los cuchillos de desescamar con un ritmo rápido, seco, que parecía el tic-tac de un reloj de carnicero.

Sabela Teixeira caminaba por el pasillo central llevando una cesta de mimbre vacía bajo el brazo derecho.

Vestía una chaqueta de lana gruesa, gris, de las que tejían las mujeres del pueblo para aguantar el nordés, y un pañuelo oscuro que le tapaba el pelo negro.

Ya no quedaba rastro de la abogada que plantaba cara a los fiscales en los juzgados de Santiago; se movía entre los puestos con la parsimonia de las vecinas que llevan toda la vida contando los duros para la compra.

Detrás de ella, cargando con una caja de madera con dos bidones de aceite para el motor del pesquero, Xurxo Nogueira caminaba despacio, arrastrando un poco la pierna por el cansancio acumulado.

Su envergadura de gigante seguía llamando la atención, pero en el mercado nadie levantaba los ojos de los mostradores cuando él pasaba.

Se pararon delante de la caseta de "A Loncha", una mujer vieja que llevaba cincuenta años vendiendo el marisco que sus hijos bajaban de las rocas de Fisterra. Sobre el mostrador de piedra, un congrio enorme, negro y con los ojos vidriosos, dominaba el hielo.

— Bos días, Sabela —dijo la pescadera, sin levantar la vista mientras le cortaba la cabeza a una merluza con un hachazo limpio que rebotó en la madera—. Hoy el mar trajo poca cosa de fuera, pero tengo unos centollos limpios en el vivero de abajo que os van a venir bien para el guiso de la noche.

— Ponme dos, Maruxa —respondió Sabela, dejando la cesta sobre el mostrador—. Y que vayan bien cargados de coral, que el invierno viene cerrando fuerte desde el norte.

A menos de tres metros, dos inspectores de la Consellería de Pesca, tipos jóvenes llegados de Santiago con chaquetas impermeables de marca y carpetas de plástico azul bajo el brazo, andaban revisando las guías de transporte de las cajas de lirio.

Uno de ellos, un chico flaco con gafas de montura metálica miró de reojo la envergadura de Xurxo, fijándose en la cicatriz blanca que le cruzaba la mejilla izquierda desde el pómulo hasta la mandíbula.

El inspector sacó un papel doblado del bolsillo, un boletín oficial de la provincia con la fotografía borrosa del exinspector del GRECO en paradero desconocido.

El chico hizo un amago de dar un paso hacia Xurxo, pero antes de que pudiera abrir la boca, "A Loncha" clavó el cuchillo de desescamar en la madera del mostrador con un golpe seco, ruidoso, que hizo callar el barullo de las casetas de al lado al momento.

—¿Busca algo de la guía, rapaz? —le soltó la vieja al inspector de Santiago, con una voz ronca que parecía venir del fondo de una batea—.

Porque el pescado de este puesto va todo facturado con el cuño de la cofradía y aquí no nos gusta que los de fuera vengan a estorbarnos la venta de la mañana con vuestras preguntas de oficina.

Los otros pescaderos del pasillo, hombres de manos duras y miradas de granito que llevaban quince años descargando los fardos de los Souto a oscuras, se arrimaron a los mostradores de piedra, cruzándose de brazos y mirando fijamente a los dos funcionarios de la capital.

No hubo amenazas de palabra. No hubo gestos brutos.

Solo un muro de silencio denso, espeso, que cortó el aire del mercado como una cuchilla de acero industrial.

En Fisterra, cuando el pueblo decidía que un hombre pertenecía a la costa, las órdenes de busca y captura de Madrid se convertían en papel mojado antes de pasar de la primera curva de la nacional.

El inspector joven tragó saliva, guardó el boletín oficial doblado en el bolsillo del impermeable y le hizo una señal a su compañero para enfilar la puerta de chapa de la salida, apresurando el paso mientras el murmullo de las placeras volvía a llenar el recinto.

Maruxa "A Loncha" envolvió los dos centollos en un trozo de papel de periódico húmedo y los dejó con parsimonia dentro de la cesta de mimbre de Sabela.

Miró a Xurxo a los ojos, una mirada de vieja que guardaba el secreto de la noche en que la Mossberg terminó con Don Manuel en el pazo de Cambados.

— Llevad la madera limpia, Xurxo —dijo la mujer con un hilo de voz—. Que la ría ya sabe quién tiene que llevar el timón cuando el viento se pone en fuerza ocho.

Xurxo asintió con una lentitud de piedra, agarró la cesta con una mano y enfiló la salida al lado de Sabela.

Salieron a la claridad gris de la mañana de Fisterra, donde la llovizna constante volvía a lavar el cemento del muelle, borrando las últimas huellas de los que se marchaban y dejando a los dos supervivientes envueltos en el pacto de silencio de un pueblo que sabía perfectamente que las deudas de la sal solo se cobraban entre los suyos, lejos de las leyes de los hombres y bajo el amparo del mar.