Plomo en la niebla 43 El frío de la bruma
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43 El frío de la bruma

La claridad del salón se volvió del color de la ceniza fría cuando las últimas brasas de la chimenea terminaron de apagarse.

Sabela seguía tumbada de lado sobre la mesa, con la cabeza apoyada en el pecho de Xurxo y las piernas entrelazadas entre las suyas bajo la manta de lana gruesa que el Ruso había bajado del altillo para taparlos del nordés que ya empezaba a silbar por las rendijas del porche.

Sus dedos, pequeños frente a la envergadura de las manos de él, jugaban con la placa del GRECO de Brais Lois que Xurxo había dejado encima de la madera, al lado de la taza de porcelana vacía.

El metal ya no tenía la costra de sangre de la playa de Area Maior; la arena fina y el roce de la tela la habían pulido hasta dejarle una luz opaca, mansa.

—¿Crees que Castro estará mirando este mismo mar desde su ventana de Madrid, Xurxo? —preguntó ella en un susurro, sintiendo el latido regular del exinspector debajo de su oreja.

Xurxole rodeó los hombros con el brazo, apretándola un poco más contra su costado para que el frío de la madrugada no le encogiera los músculos de las piernas.

—Castro es un muerto que todavía camina por la Castellana con un traje gris, Sabela —Nogueira hablaba despacio, con esa voz de buey cansado que el amor de la carne había vuelto más humano—.

Su pensión y su piso del Retiro no le van a quitar el frío de las encías cada vez que escuche los informativos de las diez.

Sabe que las firmas que le robó al forense Carro no van a tapar las bocas de los Souto si la marea vuelve a subir con fuerza ocho en la provincia.

Sabela se giró sobre el pecho de él, mirándolo fijamente a los ojos con esa ternura descarnada de los que ya no tienen nada que ocultar ante los juzgados de Santiago.

Le pasó la yema del dedo índice por la cicatriz blanca de la mejilla, delineando el tajo con una parsimonia que parecía una caricia judicial.

— Xa non somos maderos ni letrados, Ruso —dijo ella en un gallego blando, besándole el cuello justo donde le había dejado la marca de los dientes antes—.

Ahora solo somos dos nombres que se borraron de los registros de aduanas para que la costa pudiera seguir respirando a oscuras.

Xurxo la besó en la frente, tapándola del todo con la manta de lana mientras el rumor de la marea muerta empezaba a retirarse de la ensenada de Langosteira, dejando la playa limpia de huellas y la casa de piedra envuelta en un silencio humano, definitivo, que ningún inspector enviado desde Madrid iba a tener la fuerza de romper con sus folios oficiales ni con su plomo más bravo del mundo.