42 La marea amansada
La lona que tapaba el horizonte de Fisterra empezó a abrirse a las ocho de la tarde, dejando pasar una franja de luz dorada, limpia, que tiñó las olas de la ensenada de un color de vino dulce.
No había niebla sucia de gasoil ni patrulleras de aduanas con el radar encendido merodeando por los bajos de Corrubedo.
La ría estaba en calma, una superficie aceitosa y mansa que subía dos cuartas con la marea muerta, lavando las rodadas que los bueyes del pueblo habían dejado en la arena al recoger las algas de la mañana.
Xurxo y Sabela caminaban pegados a la orilla, allí donde el agua helada del Atlántico les mojaba los pies descalzos sin la rabia de los temporales de fuerza ocho.
Sabela llevaba la mano metida en el bolsillo del pantalón de Xurxo, entrelazando sus dedos con los del exinspector. Cada paso que daban en la arena húmeda quedaba grabado de forma profunda, limpia, antes de que la siguiente ola borrara la marca con una parsimonia que daba paz a los nervios.
—¿Crees que el guaje Brais nos perdonaría, Ruso? —preguntó Sabela, mirando hacia el norte infinito, donde las rocas de Sálvora Alta cortaban el horizonte como un trozo de pizarra negra.
Xurxo se paró en seco, obligándola a mirarlo de frente.
Le agarró la cara con las dos manos, con esa brusquedad tierna que solo tienen los hombres que han pasado la vida manejando la pistola y la madera de los barcos.
Le barrió con el pulgar una gota de agua salada que el viento del oeste le había dejado en la pestaña.
—Brais Lois murió porque quería ser un madero de los que salen en los libros de Madrid, Sabela —Xurxo hablaba despacio, saboreando el aire limpio de la tarde—.
Pero su placa ya está en el fondo del canal, al lado de los casquillos de mi escopeta.
Su cuaderno se convirtió en humo en el monte Louro y su nombre está limpio de las auditorías de Asuntos Internos.
El chaval sabe que su maestro no dejó la cuenta a medias con Don Manuel.
No nos debe nada, ni nosotros le debemos nada a los muertos de la provincia.
Sabela le sonrió, con una ternura que le borró del todo la frialdad de abogada que le había amargado los ojos durante los años de contrabando en Cambados.
Se inclinó hacia delante, apoyando la frente contra el pecho de él, escuchando el latido regular y pesado de su corazón de gigante; un latido que ya no se aceleraba por el crujido de una puerta lateral ni por el destello de una linterna en la duna.
— Quedámonos aquí, Xurxo —dijo ella en un gallego que le salió del centro del pecho—.
Olvídate del sur de Portugal y de los cargueros de Tánger.
Que la madera la muevan los rapaces nuevos si tienen huevos de aguantar el temporal.
A mí solo me hace falta este granito y el calor de tu camisa cuando empiece a enfriar la noche en la costa.
El Ruso la abrazó con fuerza, levantándola un palmo de la arena mojada mientras el sol terminaba de hundirse por detrás del cabo de Fisterra, apagando las últimas luces del día y dejando la ensenada de Langosteira envuelta en un silencio limpio, humano, que la ría de Arousa ya no iba a poder romper con sus actas oficiales ni con su plomo.